Cualquiera puede enojarse. Eso es algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y en el modo correcto, eso ciertamente no resulta tan sencillo.
Por: Marta
Arrechea Harriet de Olivero | Fuente: Catholic.net
LA
MANSEDUMBRE
La mansedumbre es la virtud “que tiene por objeto moderar
la ira según la recta razón”. (1)
Hija de la templanza, la mansedumbre nos modera los arrebatos de cólera, de
furia o de ira, que se levantarán sólo en los momentos necesarios y en la
medida debida. Nos permite canalizar nuestras pasiones e impulsos, no para
reprimirlos, sino para sacarles provecho, ayudándonos a vencer la indignación y
el enojo, (justo e injusto), y a soportar las molestias y contrariedades con
serenidad, otorgándonos suavidad en el trato.
La mansedumbre no es una opción, sino que está mandado en el evangelio. Es el control sobre sí mismo, es
el cómo reaccionamos ante lo que nos violenta o nos irrita. Manso es el que
logra interiormente la paz, el que no se irrita gratuitamente, el que se
domina, que no se altera en forma desmedida ni se descontrola aunque le sobren
motivos para hacerlo. Toda la antigüedad educó en las virtudes especialmente a
los guerreros, que debían ser valientes, austeros, leales, apuntando a una
dimensión superior del hombre. Ya los paganos reconocían la
importancia de inculcar las virtudes para mejorar y elevar la naturaleza humana. Moisés, por ejemplo, no era un
hombre manso por naturaleza, pero las escuelas militares de Egipto le habían
enseñado a dominarse. Aristóteles decía que la persona mansa, (que es la
virtuosa), se encuentra en medio de dos extremos igualmente viciosos. El “colérico” (que se enoja
por todo y no sabe ni puede medir sus acciones o sus palabras debido al
desorden y el desborde de su alma ofendida), y el “impasible” (el que es incapaz de padecer ni bien ni mal, o
todo le da igual). En su “Ética a Nicómaco” Aristóteles
ya decía: “Cualquiera puede enojarse. Eso es
algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto,
en el momento oportuno, con el propósito justo y en el modo correcto, eso
ciertamente no resulta tan sencillo”.
Comúnmente se asocia a la mansedumbre con la timidez, la debilidad y la falta
de carácter, pero la mansedumbre no significa debilidad, por más que esté
adornada de bondad, paciencia y comprensión. La mansedumbre es la virtud de los
fuertes que saben dominarse en aras de un bien mayor, los que saben soportar
con paciencia las contrariedades y tienen dominio de sí por sobre las pasiones
desordenadas y los impulsos violentos. Es una virtud muy importante que lima
las asperezas cotidianas y contribuye enormemente a la armonía y a la paz
familiar. Tiene mucho de paciencia y de fortaleza interior. El débil
generalmente actúa con violencia para que no se descubra su debilidad (fruto
muchas veces de su inseguridad). El débil llega a ser a veces duro y dominante
con los débiles, pero cede ante los poderosos y se enoja sin motivo para
demostrar una fortaleza que no tiene. El manso, al contrario, se domina, medita
y frena sus reacciones hasta que el autocontrol se hace hábito y por lo tanto
virtud.
La mansedumbre es la virtud de los pacíficos, que son valientes sin violencia,
que son fuertes sin ser duros. Los pacíficos son contrarios a la violencia
innecesaria, a las guerras injustas, a la agresividad como sistema de
comunicación, a la brutalidad y a la crueldad. Pero no son cobardes, es la
fuerza apacible y serena de los que logran dominar su temperamento y modelar su
carácter y reaccionan sólo cuando hace falta. Dicen que la música amansa a las
fieras, pero no toda la música. La paz se percibe al oír a Schubert y no a Wagner,
que enardecía a las multitudes nazis. La virtud de la mansedumbre debe estar en
el justo término medio. Debiera ser como una cumbre entre dos valles, como el
punto culminante entre dos precipicios: el de la
cólera irascible y el de la sumisión servil.
La virtud es un hábito y los hábitos no se logran sino con actos frecuentemente
reiterados. No basta abstenerse de acciones provocadas por la pasión de la ira
para tener mansedumbre: es preciso además repetir
con frecuencia actos de esa virtud en circunstancias propias para encender la
ira. Huir del vicio es caminar hacia la virtud, pero no es propiamente
la virtud. No es nada del otro mundo que alguien sea manso, sin que haya nada
que lo irrite, ofenda o contradiga. Al contrario, sería muy extraño que se mostrara
áspero y enojadizo en cuanto se le rodee de contemplaciones, cortesías y
miramientos. Las abejas clavan el aguijón a los que las irritan, pero son
inofensivas para quienes, alrededor de la colmena, procuran no alborotarlas. El
gato esconde sus uñas para jugar con el que le acaricia, pero hay que ver cómo
se las enseña a los que lo maltratan.
La mansedumbre se gana con la lucha diaria contra uno mismo. “No digas “Es mi genio así... son cosas de mi carácter.
Son cosas de tu falta de carácter” nos recuerda Monseñor Escrivá de Balaguer en
“Camino”. De ahí que haya personas que parecen de carácter muy apacible
mientras todos les llevan la corriente, pero no bien se los contradice uno se
da cuenta el fuego que hay debajo de las cenizas. Por desgracia, los espíritus
poco expertos en las cosas de Dios no alcanzamos a entender esta verdad y
ponemos la virtud en una calma y serenidad sin escollos ni combates. Creemos
que estamos bien cuando no hay conflictos porque no los enfrentamos, lo cual es
falso. Tal ignorancia es un peligro serio y puede resultarnos funestísimo. Nos
hace considerar como obstáculo para la perfección lo que es un medio necesario,
(probar nuestra mansedumbre soportando los defectos del prójimo), y nos induce
a faltas de caridad por escandalizarnos de sus defectos. De ahí que: “No es extraño” dice San Francisco de Sales “que un religioso sea manso y cometa pocas faltas cuando
nada hay que pueda enojarle o probar su paciencia. Cuando me dicen: “He aquí un
religioso santo, enseguida pregunto: ¿Ejerce algún cargo en la comunidad? Si me
responden negativamente, poco admiro semejante santidad, pues hay gran
diferencia entre la virtud de ese religioso y la del que haya sido probado, ora
interiormente por tentaciones, ora exteriormente por las contradicciones que se
le hacen aguantar.
La virtud sólida no se adquiere nunca en tiempos de paz, mientras no hay
contrariedad de las tentaciones”.
Esto, en la vida cotidiana nos exige a esforzarnos en dominarnos y no montar en
cólera si nuestro hermano perdió (por primera vez y sin querer) las llaves de
la moto, si nos sacó la raqueta de tenis sin pedirnos permiso (porque teníamos
el celular apagado), si nos usó el buzo que más nos gusta (porque salió por
primera vez con la chica que le gustaba) y lo dejó en un auto ajeno, si nos
contestó mal porque está alterado y nervioso porque rendía al día siguiente una
materia que le podía costar el año.
Debemos ser mansos ante las ofensas hechas hacia nuestra persona (si pensamos
en sacar un bien mayor soportándolas). Ahora, si el ofendido es Dios, Su Madre
o la Iglesia, cabe la furia y el látigo. Podemos y hasta debemos tener una
santa ira cuando las ofensas van dirigidas a Dios. Ahí no cabe la mansedumbre,
ahí prima otra virtud, la virtud de piedad que exige nuestro testimonio y nos
obliga a salir en defensa de Dios como sus hijos que somos. En algunas
ocasiones, se impone la santa ira, y renunciar a ella en estos casos sería
faltar a la justicia o a la caridad, que son virtudes más importantes que la
mansedumbre. El mismo Cristo, modelo incomparable de mansedumbre, arrojó con el
látigo a los profanadores del Templo. Nuestro Señor no perdió la
virtud de la mansedumbre. Sólo manifestó las prioridades y lo que la justicia
exigía, defender ante todo los derechos de su Padre. La ira a veces es necesaria para que, utilizada de manera
conveniente, permita el ejercicio de otras virtudes cristianas.
La tolerancia es un problema intelectual. Surge de un planteo intelectual y
moral. Es por el mandato de amar al prójimo que toleramos sus defectos, como el
prójimo está llamado a tolerar los nuestros. En lo que no estoy de acuerdo, lo
tolero. Nada de voces intempestivas, de gritos desacompasados, de amenazas
furibundas. En cambio la mansedumbre hace que domine mi propio temperamento hasta
un punto en que no se note lo
que me altera y lo que no. La mansedumbre controla nuestras pasiones para
encauzarlas oportunamente y bien. Lo que generalmente ocurre es que es muy fácil equivocarse en discernir si los motivos de nuestra ira son
justos o si no lo son, y cuando nos habremos excedido. Nuestro Señor se presentó como “manso y humilde de corazón”
(Mateo 11,29) y más adelante nos recuerda: “Bienaventurados los mansos
porque ellos heredaran la tierra” (Mateo
5, 4) lo cual nos marca este camino como necesario para encontrar la paz del
corazón. “Con sus apóstoles, Nuestro señor sufre
sus mil impertinencias, su ignorancia, su egoísmo, su incomprensión. Les
instruye gradualmente, sin exigirles demasiado pronto una perfección superior a
sus fuerzas. Les defiende de las acusaciones de los fariseos, pero les reprende
cuando tratan de apartarle los niños o cuando piden fuego del cielo para
castigar a un pueblo. Reprende a Pedro su ira en el huerto, pero le perdona
fácilmente su triple negación, que le hace reparar con tres manifestaciones de
amor. Les aconseja la mansedumbre para con todos, perdonar hasta setenta veces
siete (es decir, siempre), ser sencillos como palomas, corderos en medio de
lobos, devolver bien por mal, ofrecer la otra mejilla a quien les hiera en una
de ellas, dar su capa y su túnica antes que andar con pleitos y rogar por los
mismos que les persiguen y maldicen...” “Con
las turbas, les habla con dulzura y serenidad. No apaga la mecha que todavía
humea, ni quiebra del todo la caña ya cascada. Ofrece a todos el perdón
y la paz, multiplica las parábolas de la misericordia, bendice y acaricia a los
niños, abre Su Corazón de par en par para que encuentren en El alivio y reposo
todos los que sufren, oprimidos por las tribulaciones de la vida.
Con los pecadores, extrema hasta lo increíble su dulzura y mansedumbre. Perdona en el acto a la Magdalena, a
la adúltera, a Zaqueo, a Mateo el publicano. A fuerza de bondad y delicadeza
convierte a la samaritana. Como Buen Pastor va en busca de la oveja extraviada
y se la pone gozoso sobre los hombros y hace al hijo pródigo una acogida tan
cordial que levanta la envidia de su hermano. No ha
venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia. Ofrece el
perdón al mismo Judas, a quien trata con el dulce nombre de amigo, perdona al
buen ladrón y muere en lo alto de la cruz perdonando y excusando a sus
verdugos”. (2) En un espíritu manso, apacible, tranquilo, calmo,
sosegado, sin turbación moral, fruto de un dominio interior, de una vida
espiritual florecerá la serenidad. Esta serenidad que
debiéramos irradiar en nuestro trato con el prójimo, es fruto del dominio y
mortificación interior, de ser conscientes de sabernos en manos de Dios y no de
un destino ciego y caprichoso. A la mansedumbre y a la serenidad se oponen la ira o iracundia, el espíritu indomable, el
griterío, la blasfemia, la injuria y la riña.
En nuestra sociedad moderna, la revolución anticristiana ha impuesto adrede el
desprecio por la mansedumbre y la serenidad. Estas virtudes también han
desaparecido en nuestra sociedad, que ya no cuenta con Dios como eje de su
vida. La subordinación a cualquier autoridad ha puesto en su lugar un espíritu
rebelde e indomable en todos los órdenes, con la violencia y la insubordinación
como la propuesta a seguir. Violencia en todas las manifestaciones de la
cultura. En la música, en el cine, en la pintura, en la escultura, a través del
culto de lo feo, de lo deforme, en contraposición a Dios cuyo atributo es la
Belleza. Violencia en la ambición exacerbada y desmedida por tener. Violencia
en las agresiones verbales de las conversaciones. En el trato diario entre las
personas, en los gestos, en los modos, en las poses que tomamos hasta para
vender un producto en una propaganda de una revista (en cómo nos sentamos,
caminamos o miramos). Hay una forma violenta hasta de mirar, con desafío,
insolente, una forma de sostener la mirada que es más una provocación que
simple curiosidad. El sabio consejo de bajar la vista (que nos daban nuestros
mayores en épocas más cristianas) no sólo nos protegía de ver muchas veces lo
que no debíamos, sino que nos evitaban de meternos en problemas más serios. El
sostener la mirada no sólo es un desafío sino que implica una provocación “a más” Violencia es la
forma agresiva de vestirnos o de mostrarnos semidesnudos. Violencia son las
injusticias diarias en todos los órdenes de la vida. Este clima de violencia,
sumado a nuestra falta de virtud en general, nos lleva a una sociedad en donde
la mansedumbre y la serenidad brillan
por su ausencia porque se nos presentan como carentes de sentido.
Esta violencia está impuesta diabólicamente desde los dibujitos animados para
niños en donde todo es pelea, choque, agresividad y fealdad. El cine, la
televisión e internet (en gran parte al servicio de la revolución) presentan a
la juventud como héroes o modelos a seguir a personajes totalmente opuestos a
la mansedumbre y la serenidad. En su gran mayoría son histéricos, excitados,
descontrolados, que toman decisiones jamás calmos sino siempre exacerbados, en
situaciones límites y llenos de adrenalina. Todo esto es enfermo, es lo
opuesto de la actitud sana de la persona que toma las decisiones como se debe
con el juicio sereno, manso y tranquilo.
Notas
(1) “Teología de la perfección cristiana”.
Rvdo. P. Royo Marín. Editorial BAC. Pág. 609.
(2) “Teología de la perfección cristiana”. Rvdo P. Royo Marín. Editorial BAC.
Pág 610.
LA DOCILIDAD
La docilidad es la virtud que nos lleva a hacer: “lo
que se nos manda o aconseja tranquilamente sin violentarnos, ni oponerle
resistencia, y la que hace fácil que se nos enseñe. Es la predisposición para
aceptar las indicaciones que recibimos para encaminarnos hacia el bien.”
La docilidad es hija de la prudencia y de la humildad, porque la actitud dócil
es la que está abierta al aprendizaje a la corrección, al consejo, a aceptar que otros
saben más que nosotros y que pueden y deben enseñarnos y nosotros debemos
dejarnos enseñar sin resistirnos como fieras. La persona dócil no ofrece
resistencia a aprender, a ser aconsejada, a ser corregida. Más bien lo acepta
con humildad e interés. La docilidad hace que no nos altere que nos manden y,
si entendemos esta virtud, el acatar la autoridad en todos los órdenes no nos
resultará tan áspero. El entender nos aliviará, nos facilitará y nos suavizará
el obedecer y el dejarnos enseñar. Aún en el mundo de los seres inanimados como
el de los materiales, podemos hablar de materiales “dóciles” haciendo referencia a los que se dejan trabajar,
moldear, tallar, esculpir, (como la madera, el barro, la arcilla), y los que no
son fáciles y generan resistencia, (como la piedra y la roca).
Pedir y escuchar un consejo a las personas capacitadas de darlo es una actitud
en la vida no sólo humilde sino inteligente. Achica el margen de error en todos
los órdenes. No tendremos que pagar tan altos precios por pensar que siempre
nuestro propio parecer es superior al del que sabe. Los adultos que han vivido,
y sobre todo si han vivido bien, siempre tendrán luces más largas para divisar
el camino a seguir que los jóvenes que generalmente utilizan sólo luces cortas.
Estarán en condiciones de aconsejarnos en las distintas decisiones que habremos
de ir tomando a medida que crezcamos. La carrera a seguir, el trabajo a
aceptar, el lugar donde habremos de comprar nuestra casa, el médico que nos
conviene por su seriedad académica. Siempre estaremos más iluminados por el
consejo de los que saben que por nuestra sola opinión Ser dócil a los ojos de
Dios es hacer fácil que se nos enseñe lo que es bueno o malo según Su Ley, y no
lo que a nosotros nos parece que la docilidad es. Dejarse enseñar sin rebeldía
en todos los órdenes, no sólo en los modos que pueden ser muy dóciles, sino en
nuestro interior, empezando por observar las simples leyes de la naturaleza. La
actitud de rebeldía, de soberbia, de rechazo, de autonomía, mal dispone a la
persona a ser enseñada, aconsejada y a escuchar.
Ser dócil es aceptar que el profesor del deporte que practico me pueda corregir
algún defecto, aunque yo me haya destacado igual haciéndolo mal. Ser dócil es
no empecinarnos en hacer el campamento en un lugar inapropiado en el período de
lluvias debajo del cartel que nos indica “No
acampar”. Aceptar que la bandera colorada que ha levantado el guarda
vidas me indica que el mar está peligroso, (aunque a mí me parezca que está
igual que siempre y que yo sé nadar muy bien). Aceptar que las hortensias
necesitan mayormente sombra y mucha agua, porque la verdad objetiva de la
floricultura nos enseña que es así, y no lo que a nosotros nos parece que es
bueno para esas flores. Si nos encaprichamos en contra de esa verdad,
(demostrada por años de experiencia), y las ponemos al rayo del sol todo el día
y las regamos solo de vez en cuando, simplemente se marchitarán.
La ignorancia no es falta de docilidad, porque la ignorancia a veces puede ser
culpa nuestra y otras veces no. Lo mismo que ocurre con las hortensias y en
todos los ámbitos también ocurre con al alma humana y sus necesidades. La
naturaleza tiene sus leyes, aún para la persona humana. Si nos empecinamos en
llevarle la contra a lo sumo resistiremos un tiempo, porque tanto la naturaleza
como la naturaleza humana, a la corta o a la larga, nos pasarán la cuenta. Por
ejemplo, la Iglesia nos enseña que lo bueno para el hombre es cumplir con los
Mandamientos. Si somos dóciles a esta verdad y tratamos al menos de caminar
(sino en el camino al menos por la banquina) dejándonos guiar por ellos seremos
más felices que si los ignoramos continuamente e ignoramos adrede que existe
siquiera un rumbo a seguir.
La docilidad es fundamental en el mundo de la docencia, en donde los alumnos
deben tener la actitud abierta hacia la necesidad de aprender. Antes que el
maestro comience a enseñar el alumno debe ser “enseñable”. El
alumno dócil vuela en el aprendizaje. De la misma manera que la condición para comer algo es que
primero ese algo sea “comestible” y para
transitar por un lugar el camino primero tiene que ser “transitable”. Los
docentes necesitan frente a sí alumnos dóciles, educados, respetuosos para
poder empezar con su tarea.
Hoy la revolución anticristiana ha generado una falta de autoridad, obediencia,
respeto hacia la jerarquía del maestro o profesor y disciplina en las aulas que hace imposible la enseñanza y los resultados están a la
vista. Escuchamos en los medios que los alumnos rompen a patadas los
calefactores para no tener calefacción y por ende no tener clases, que a fin de
año tiran los bancos por las ventanas del colegio y salvajadas antinaturales
por el estilo. De ahí que no sólo se hable de deserción escolar por los
alumnos, sino que son los profesores y maestros quienes abandonan sus cursos
por sentir que los alumnos que tienen adelante ya “no son
enseñables”. En nuestra Patria, sabemos que la violencia ha
llegado a un grado en que un alumno entró una mañana al curso y mató a mansalva
a cinco de sus compañeros de clase e hiriendo a otros tres más con una pistola de 9 mm, (como sucedió en el 2004 en Carmen
de Patagones). Pero lo grave es que esta violencia ya es
antinatural. Está
generada por la revolución para ser utilizada con otros fines.
La revolución anticristiana ha cortado adrede
ese nexo que siempre existió entre el maestro o profesor que enseña y el alumno que
respetuosamente, reconociendo la superioridad de conocimientos del profesor, aprende. La revolución lo fomenta para
que el alumno no reciba ni la cultura de generaciones anteriores, (y por lo
tanto, al no saber ni quien es ni de dónde
viene, ni su propia historia, no tenga ni arraigo ni raíces que lo sostengan),
ni desarrolle sus talentos y eso le genere una frustración y una violencia que
luego será “manejable”, con
objetivos políticos.
La destrucción de la lectro escritura
también merece unas palabras. Es destruir el idioma y su riqueza, el
nivelar para abajo, el minimizar el vocabulario, el sacar de circulación las
mayúsculas y escribir todo con minúsculas, todo forma parte del mismo plan.
Incluso el sistema de cambiar sistemáticamente todos los libros de texto todos
los años que imposibilita a los hermanos y familiares heredar y compartir los
libros de colegio, con textos incomprensibles para la mayoría de los padres
tiene su explicación. Se trata otra vez de cortar los lazos que unían a los
padres que podían colaborar con sus hijos en tareas y deberes escolares. Hoy esto
es casi un imposible para la mayoría de los padres por lo incomprensible y la
falta de sentido común de los textos. Aún en materias como matemáticas los
adultos nos vemos imposibilitados de ayudar.
Dócil fue Nuestro Señor Jesucristo a la voluntad de Su Padre. Dócil fue la
Santísima Virgen para aceptar su maternidad divina que no estaba en sus planes.
Dócil fue San José en seguir los dictados del ángel para salvar al Niño Dios y
a Su Madre y huir a Egipto. Dóciles han sido los santos a las inspiraciones divinas
y hemos visto los resultados. Dóciles tenemos que ser nosotros para respetar
los 10 Mandamientos, para aceptar los consejos de nuestros padres y superiores
que representan la voluntad de Dios, para obedecer a los consejos de sacerdotes
y directores espirituales (de buena doctrina) en confesión, que nos ayudarán a
transitar el mejor camino sin temor a equivocarnos. Para dejarnos enseñar y
corregir por nuestros padres, maestros, hermanos mayores y buenos amigos que
tan sólo estarán cumpliendo con nosotros los consejos evangélicos de las obras
espirituales de misericordia de “corregir al que yerra” y de
“enseñar al que no sabe”.
Es fácil constatar que, en todos los ámbitos de la vida, y mucho más para
crecer en la vida espiritual y crecer en santidad, sin la docilidad es
imposible que demos ni tan siquiera un paso adelante en orden a nuestra
santificación y mejora personal. La revolución anticristiana ha impuesto el
vicio opuesto a la docilidad, la rebeldía como norma a seguir. Presenta al
hombre como una vasija llena que no tiene nada ya más que recibir en sabiduría
de nada ni de nadie, para que nadie se deje engañar por el
que sabe, para que no se acepte la cultura y la sabiduría heredada de siglos
anteriores, para cortar lazos con todo y con todos, empezando y terminando con
el Divino Maestro que es Dios y de su Iglesia, Madre y Maestra.








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