Hay
católicos que dan culto a personajes populares -p. ej.: Gilda o Rodrigo- o
creen en el tarot u otras supersticiones, ¿están cayendo en pecado?
Por: P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E. | Fuente:
Ediciones del Verbo Encarnado
PREGUNTA:
Estimado
Padre, quisiera saber si para un católico es pecado aceptar alguna de las
supersticiones que día a día se nos ofrecen (como consultar el tarot, encender
sahumerios o rezar a Gilda). Estoy viendo estas y otras prácticas no sólo en
personas no creyentes sino entre muchos católicos. ¿Cuál
es el límite de toda esta credulidad? Gracias por su respuesta.
RESPUESTA:
Estimado:
Usted me
da pie para tratar un tema que no sé si calificar sólo como delicado o
abiertamente dramático. El motivo lo menciona Usted: la
superstición no es ya práctica de no creyentes sino de personas que se
consideran sinceramente católicas (en muchos casos bien intencionadas
pero con poca o casi ninguna formación). Y digo dramático tanto por el número
de católicos que mezclan en su religiosidad elementos supersticiosos, cuanto
por la falta de reacción proporcionada a la gravedad problema por parte de la
de la Iglesia.
VOY
PUES A DIVIDIR MI RESPUESTA EN TRES PUNTOS.
1. UNA OFERTA QUE LLEGA A LA RIDICULEZ
Leer las
ofertas del supermercado de la superstición en cualquier página de avisos
clasificados nos puede llevar del asombro al escándalo o a la carcajada. Allí
no se roza la bufonada, sino que se puede nadar dentro de ella.
Para muestra cito algunos de los
clasificados aparecidos hace un par de años en un periódico de mucha
divulgación:
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Abona al resultado. Trabajos alta magia negra. Solución inmediata a los
conflictos que oscurecen tu vida. Parejas imposibles. Destrabes. Problemas
laborales. Corto daño. Llevo paz a tu hogar. Tarot. Videncia.
Videncias perfectas. Percepción extrasensorial sin margen de error. Usted no
hable: le diré su pasado, presente y futuro. Le diré sus problemas y
soluciones. Luego Usted me hará sus preguntas. Trabajos perfectos y resultados
inmediatos. Limpie su aura. Destrabe su vida. Sepa como proteger su Casa, su
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país. Infalible en cortar toda clase de daños, brujerías, envidias, ataques
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negra, Ritos Vudú, Amor imposible, Ayuda a parejas, Buzios, Tarot. Abona al
resultado. •Curso Runas, Numerología, Tarot, Magia, Gemas.
•El Rosa Cruz. Maria y Fernando.
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Profesionales. Usted no hable...., le diremos su nombre y apellido, le
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Llegó. ¿Tu pareja te engaña? ¿Tu pareja se te fue? ¿En tu trabajo te va mal?
¿No podés progresar? ¿Estás enfermo? ¿Te hicieron algún daño con magia negra?
¿En tu casa está todo mal? ¿En tu negocio las cosas van de mal en peor? ¿Tenés
problemas de papeles o juicios? Si tu respuesta es sí... Ya no dudes más, vení
a consultar al Pae Africanista, encontrarás la solución definitiva a tus
problemas. También tirate las cartas, en una sesión especial, y descrubrí todo
lo que deseas. Lo más fuerte en trabajos sobrenaturales, con resultados casi
inmediatos. Más de 1000 personas de todo el país ya conocen los resultados. No
se deje engañar más con falsos curanderos y hechiceros. Deje de sufrir y venga
a visitarme. 1º premio Tarotista Brasil 1998. Diploma de Reconocimiento por
trayectoria en Provincia de Chaco. Argentina 1999.
•Etc.
¡Parece una buena broma! Sin embargo esto
se vende a los incautos y desesperados. Y tiene muchos compradores.
2. EL DRAMA ACTUAL
El drama
consiste en que muchas personas creen lo que se ofrece en el hipermercado de
las supersticiones. Y ¿qué es la superstición? La
superstición es la corrupción de la fe verdadera y un peligroso juego en el que
también puede tomar parte el diablo o detonar más de una alteración
psicológica.
I) PECADO CONTRA LA FE[1]
La
superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las prácticas que
impone[2]. Se puede definir como un vicio que ofrece culto divino a quien no se
debe, o a quien se debe, pero de un modo indebido. Según esta definición se
divide en dos especies: el culto indebido al Dios
verdadero y el culto a dioses falsos.
A)
EL CULTO INDEBIDO consiste en ofrecer a Dios un culto
falso o de un modo que no corresponde (culto superfluo). Se denomina culto
falso cuando es ofrecido por quien no es verdadero ministro de Dios, o porque
expresa falsedad (haciendo adorar falsas reliquias, falsificando milagros). Es
de suyo pecado mortal[3]. En cambio, se denomina culto superfluo cuando se
tributa culto a Dios pero de un modo no aprobado por la Iglesia, alterando las
ceremonias de culto, introduciendo en el culto elementos supersticiosos. Por la
ignorancia de los fieles generalmente no es más que pecado venial.
B) EL CULTO A FALSOS DIOSES consiste, como su
nombre lo indica, en el hecho de rendir adoración a cosas o seres que no son
verdaderamente Dios. Bajo este concepto tradicionalmente se colocan tres
especies:
A.
LA IDOLATRÍA que es el culto divino rendido a
creaturas representadas bajo formas sensibles llamadas ídolos; este culto
consiste en signos sensibles, sacrificios, juegos, ritos diversos. Se denomina
idolatría interna cuando la persona somete la inteligencia y la voluntad a la
adoración del falso dios; en cambio es externa cuando se manifiesta
exteriormente por palabras, gestos o símbolos (esta es sólo material si falta
el consentimiento interno o formal si además se consiente internamente). Se
trata siempre de un pecado gravísimo, por la injuria que se hace a Dios; sin
embargo, subjetivamente, la gravedad del pecado puede estar atenuada en muchos
idólatras que obran por ignorancia (en este caso su falta denota menos
perversidad que la de ciertos herejes que conscientemente desnaturalizan la
fe).
B. JUNTO A LA IDOLATRÍA SE ENUMERA LA ADIVINACIÓN IDOLÁTRICA. Esta pretende usurpar indebidamente la predicción del
porvenir. Es una forma de superstición, porque es un recurso a los demonios,
ya sea que se les invoque expresamente para pedirles la revelación del
porvenir, ya sea que ellos mismos se insinúen en las vanas inquisiciones para
enredar los espíritus de los hombres en la mentira.
La adivinación procede de maneras múltiples y variadas; desde la antigüedad son
conocidas algunas formas de adivinación, como, por ejemplo el explícito recurso a los demonios (invocándolos
para conocer el porvenir), la
oniromancia (la adivinación recurriendo a los sueños); la nigromancia (pretendiendo
hacer aparecer o hablar a los muertos), el pitonismo (contestando a través de brujos o
adivinos), el aruspicio (adivinación
del futuro consultando las entrañas de los animales inmolados), las falsas conjeturaciones (es
decir, el conjeturar acontecimientos faustos o infaustos por medio de hechos fortuitos como el romperse
un espejo, cruzar un gato negro; hay que incluir aquí a los que dicen la
buenaventura, a los tarotistas, etc.). También se debe enumerar entre estas
supersticiones algunas formas de espiritismo.
El Catecismo enseña al respecto: Dios puede revelar el porvenir a sus profetas
o a otros santos. Sin embargo, la actitud cristiana justa consiste en
entregarse con confianza en las manos de la providencia en lo que se refiere al
futuro y en abandonar toda curiosidad malsana al respecto... Todas las formas
de adivinación deben rechazarse: el recurso a Satán o a los demonios, la
evocación de los muertos, y otras prácticas que equivocadamente se supone
desvelan el porvenir (cf. Dt 18,10; Jr 29,8). La consulta de horóscopos, la
astrología, la quiromancia, la interpretación de presagios y de suertes, los
fenómenos de visión, el recurso a mediums encierran una voluntad de poder sobre
el tiempo, la historia y, finalmente, los hombres, a la vez que un deseo de
granjearse la protección de poderes ocultos. Están en contradicción con el
honor y tal respeto, mezclados de temor amoroso, que debemos solamente a
Dios[4].
C. POR ÚLTIMO HAY QUE SEÑALAR LAS LLAMADAS VANAS OBSERVANCIAS. Se denomina así al uso de medios desproporcionados para
obtener un efecto en sí mismo natural. Se divide en el arte notoria (tiene como
objeto el adquirir repentinamente una ciencia sin trabajo, y por medios
ineptos), el arte de la salud (que busca sanaciones, curaciones con remedios
fútiles como falsos ungüentos, amuletos, encantamientos, etc.; tales prácticas
si no tienen naturalmente ese poder, no son sino signos mágicos que algunas
veces llegan a ocultar pactos con los demonios), la magia[5] (el arte de
realizar cosas maravillosas por causas ocultas o por invocación o intervención
diabólica). Hay que añadir el maleficio (que consiste en la expresa invocación
del demonio con el fin de dañar o perjudicar a alguna persona en lo espiritual
o corporal).
El
Catecismo dice: "Todas las prácticas de magia
o de hechicería mediante las que se pretende domesticar potencias ocultas para
ponerlas a su servicio y obtener un poder sobrenatural sobre el prójimo -aunque
sea para procurar la salud-, son gravemente contrarias a la virtud de la
religión. Estas prácticas son más condenables aún cuando van acompañadas de una
intención de dañar a otro, recurran o no a la intervención de los demonios.
Llevar amuletos es también reprensible"[6].
A veces
se enumera aquí al magnetismo. Esta es la influencia de cierto fluido magnético
o eléctrico que brota de los minerales o del sistema nervioso de algunos
hombres, y que sería apto para curar ciertas enfermedades por su propia virtud
magnética o por sugestión sobre el magnetizado; de suyo, considerado
objetivamente y en abstracto, nada malo hay en él; puede considerarse como uno
de los tantos remedios físicos para curar las enfermedades, parecido a la
electroterapia, psiquiatría, etc. Pero en concreto, o sea, tal como suele
ejercerse, de modo irresponsable, está lleno de peligros contra la fe, por los
fines preternaturales que se intentan, por sus procedimientos ocultos y
adivinatorios, etc.[7].
El motivo
formal de la fe, es decir, la razón por la que profesamos los misterios de
nuestra fe, es la Revelación de Dios, Verdad Primera que no puede engañarse ni
mentir, y que nos propone sus misterios por medio del Magisterio de la Iglesia.
No se trata de conjeturas, ni de pálpitos, ni de fe humana, ni de tradiciones
culturales. Al mezclar las verdades pertenecientes a la fe católica con
elementos espurios como aguas sanadoras, runas, adivinaciones, santones,
curanderismo, energía positiva, etc., no se elevan estas creencias al nivel de
la fe (porque nadie ignora que la Iglesia jamás ha propuesto estas cosas para
ser creídas con fe divina) sino que se rebajan las auténticas verdades de fe al
nivel de la creencia humana. Se cree así en San Cayetano o San Antonio, en la
Virgen Desatanudos, en el agua bendita y la señal de la cruz, o en cualquier
santo o advocación mariana por los mismos motivos que se aceptan las falsas
prácticas; pero esto no es fe sobrenatural. Signo de ello lo tenemos en el hecho
de que algunas personas dicen no creer del todo en estas cosas, pero lo hacen
por las dudas. Las dudas serias son realmente las que se meten como gusanos en
el articulado de la fe católica.
El riesgo
no es, pues, añadir creencias a la fe, sino perder la fe.
Por
tanto, es un grueso error lo que declaró en un periódico uno de estos
profesores ocultistas: una señora una vez me preguntó -dice él- si tenía que
confesarse porque había venido a verme. Yo le dije que no, que éramos como
médicos, que la ayudábamos a aliviar su salud del alma, a buscar energía
positiva. No me parece que ir a un astrólogo, o hacerse tirar las cartas esté
en contra de ninguna religión[8]. Esto no es así; la superstición es pecado
grave.
II) EL JUEGO DEL DIABLO
Cuando
Santo Tomás se pregunta por la causa de la idolatría él señala como
predisposiciones en muchos hombres el desarreglo de sus afectos (razón por la cual terminan rindiendo
honores divinos a quienes veneran de modo desordenado; pensemos en nuestros
días el culto a cantantes como Gilda o Rodrigo); también el placer natural que le causan las imágenes y, especialmente, la ignorancia del verdadero Dios, que los lleva a venerar como
divinidades las creaturas que los asombran (fuego, océano, sol, etc.). Sin
embargo, indica Santo Tomás que la causa determinante son los demonios, que
para hacerse adorar de los hombres explotan su ingenuidad y utilizan los
ídolos para dar oráculos y cumplir hechos sorprendentes. Y cita la frase de la
Escritura: Todos los dioses de los paganos son
demonios (Sal 115,5).
Para
evitar relatos morbosos no doy aquí ningún testimonio de los muchos que han
confesado haber quedado atrapados bajo la influencia diabólica por jugar con
estas cosas. Basta mencionar el tan mentado tablero Ouija o juego de la copa.
Muchos han tenido que aplicarse las palabras de Goethe:
No puedo librarme de los espíritus que invoqué.
El libro
de la Sabiduría (4,12), en la versión de la Vulgata, habla de la fascinatio nugacitatis y dice que ésta oscurece el
bien: fascinatio enim nugacitatis obscurat bona.
La nugacitas es la frivolidad, la estupidez, la necedad, el vacío. La nada
ejerce una atracción misteriosa sobre los espíritus débiles en la fe; esto
explica la seducción que ejerce el mal sobre los pecadores y desorientados.
Pero a través de esa fascinación el mal actúa como un imán que chupa y traga a
los que se inclinan neciamente sobre él.
Sobre
estos temas hay que ser extremadamente cuidadosos. Alguien que durante mucho
tiempo se dedicó a estudiar el tema del ocultismo y sus trasfondos satánicos
dejó escrito unas palabras de gran prudencia: La
investigación sobre estos temas, cuando es innecesaria y movida por la vana
curiosidad, es siempre peligrosa. Nunca insistiremos de modo suficiente
en la necesidad de no centrar nuestra atención en los fenómenos ruidosos y
extraordinarios del accionar diabólico. Permanezcamos en cambio firmes en la
vigilancia y la oración, para que el Adversario no esclavice nuestras almas por
el error, la mentira y el pecado[9].
III) CUIDADO CON NUESTRO PSIQUISMO DÉBIL
Finalmente,
quien se mete en este campo también arriesga mucho desde el punto de vista
psíquico. Es bien conocido el ambiente desequilibrado en que se mueve este tipo
de tendencias. Muchos de quienes dirigen este tipo de fenómenos (fundadores de
sectas, dirigentes, mediums espiritistas, pseudo-profetas, iluminados, etc.),
cuando no son vividores y delincuentes se encuadran entre enfermos mitómanos,
histéricos, paranoicos, esquizoides y obsesos psíquicos[10]. Similar suerte
pueden correr quienes se dejan influenciar por ellos o por la atracción morbosa
que suele caracterizar todo lo relacionado con lo oculto, la magia, los poderes
de la mente, las fuerzas ocultas de la naturaleza, etc. Por eso afirma Martín
Ebon, autor del libro La trampa de Satanás: Los autores
que se ocupan de la telepatía, la clarividencia, la profecía, la acción de la
mente sobre la materia y otras prácticas psíquicas deben estar constantemente
alertas ante el peligro de presentar esos temas únicamente en términos
brillantes y positivos. Hay en estos fenómenos otra cara, una cara
oscura, y en nuestro tiempo esta oscuridad parece difundirse con suma
rapidez... sufrimos una virtual epidemia de juego irresponsable con los
poderes ocultos... los poderes ocultos no son un juguete. Nos exponen a
influencias que desconocemos y que a veces no podemos controlar. Este mismo
autor señala entre las consecuencias más notables de estos juegos con los
poderes ocultos: los estados neuróticos, el desdoblamiento de la personalidad,
la obsesión y la posesión por entidades no determinadas, que para Ebon son tan
sólo fuerzas liberadas del subconsciente, pero que pueden llegar a ser incluso
seres demoníacos[11].
También
un autor que se consideraba representante del esoterismo tradicional (opuesto,
pues al moderno ocultismo) como René Guénon sostenía que todo intento de
practicar cualquiera de las artes ocultas representa, para el hombre
contemporáneo, un grave peligro mental e incluso físico[12].
Un autor no católico sino evangelista,
Kurt Koch, de gran experiencia en el tema señala como efectos de este tipo de
actividades:
•En el carácter producen: un aumento
agudo y pertinaz de los afectos, e hipersensibilidad que se manifiesta en
accesos de ira, susceptibilidad explosiva y sexualidad aumentada, es decir, un
desborde incontrolado de las pasiones.
•En el plano de la patología psíquica
se producen: alucinaciones, estados melancólico‑depresivos, apatía, pérdida de
ganas de vivir, tendencia compulsiva al suicidio; y síntomas como los
pensamientos hipnóticos, las obsesiones, las disgregaciones y desdoblamientos
de la personalidad que pueden llegar hasta la locura completa. Incluso puede
llegar a la misma obsesión y posesión diabólica.
•En la vida espiritual y religiosa
llevan a la pérdida de la fe, y producen estados que se caracterizan por la
animosidad contra Dios y contra Cristo, desgano hacia la Palabra de Dios y la
oración, pensamientos blasfemos, piedad simulada y locura religiosa.
•El desarrollo de facultades mediales
(emparentadas con el desdoblamiento de la personalidad) así como la producción
de fenómenos paranormales pueden, según la experiencia de Koch, afectar a los
descendientes del sujeto hasta la tercera y cuarta generación, así como a los
lugares (casas, establecimientos) donde se realizan las prácticas
ocultistas[13].
3. EL GRAN DESAFÍO
Estamos
ante una situación muy grave que exige remedios proporcionados. En algunas
publicaciones se insiste, a mi parecer de modo erróneo, en las causas
socioeconómicas del problema. Atormentado, el hombre recurre a la religión y
las creencias para soportar las condiciones de vida y sus avatares, se lee[14].
No hay que confundir. Es cierto que gran parte de la gente recurre a tarotistas,
brujos, sanadores y otros rubros, para pedir trabajo o salir de la
desesperación económica que los aflige. Pero esta no es la explicación de la
causa sino la descripción de las consecuencias. Épocas más duras ha conocido la
historia; piénsese si no en las dos grandes guerras que afligieron el siglo XX;
y en esta misma época que vivimos, personas hay que están en condiciones más
ásperas que muchos de los que recurren a estos medios aternativos y sin embargo
no lo hacen.
Corremos
el riesgo de refugiarnos en explicaciones sociológicas y económicas. Pero la
cuestión aquí es teológica. El problema afecta a la fe y tiene raíces en la fe.
Manifiesta una crisis muy grave en el plano pastoral y evidencia una
insuficiencia en la praxis pastoral por parte de los responsables de ésta.
Probablemente estamos atrapados en una pastoral de escritorio, prejuiciada
(pues es por prejuicios que se han abandonado métodos pastorales que han dado
en el pasado felices resultados) y lejos de la altura que exigen las
circunstancias.
Hay que
ir a las raíces. Estamos ante una reviviscencia del paganismo o una
paganización de la religión (no me animo a decir demonización). Entonces hay
que atacar con una evangelización de profundidad y amplitud.
Por
amplitud quiero decir: vasta, es decir, que llegue
a las grandes masas. No basta la cátedra de la escuela ni el ambón de la
Iglesia (y ojalá éstas fuesen más eficaces). Hace falta catequizar por medio de
los grandes medios: televisión, radio, periódicos,
revistas de todos los niveles. No podemos seguir lamentándonos de que
las sectas o los movimientos ocultistas bombardean a los pobres incautos; hay
que ganar espacio. Y hay que reconocerlo: los
católicos no evangelizan a través de los medios como deberían; o, al menos, lo
hacen con mucha tibieza. Es cierto que los grandes medios muchas veces
no dan lugar a ello (por el contrario, se ponen al servicio de la confusión que
reina en este campo); entonces no queda otra solución que crear grandes medios
católicos; o aumentar los que ya existen.
Pero aún
esto no basta. Es necesario que esta evangelización sea profunda y capaz de
calar hondo. Y esto sólo es posible tomando en serio el espíritu misionero de
la Iglesia. No sólo de la misión ad gentes, en tierras de paganos; sino de las
misiones populares, como las concibieron San Pablo,
San Alfonso, San Luis María Grignión de Montfort y todos los grandes
predicadores populares, los cuales revirtieron situaciones como la nuestra.
Junto a
la misión popular hace falta una predicación de la fe viva y vivificante,
completa y pormenorizada. Incluso, aunque se escandalicen muchos, hay que decir
que es necesaria una buena formación apologética. San Pedro insta a los
cristianos a estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza (cf. 1Pe 3,15),
es decir, de las cosas que creemos y esperamos. Lamentablemente la mayoría de
los católicos no estamos hoy en condiciones de ejecutar el mandato del Primer
Papa.
La
confusión que reina en cuestiones elementales de nuestra fe (como las que
analizamos en este artículo) lo demuestra. Si San Juan Bautista se presentase
hoy nuevamente no dudaría en predicarnos como a los judíos: En medio de vosotros está uno a quien no conocéis (Jn
1,26). Porque a Jesucristo -ese Uno que vive en medio de los cristianos- poco
lo conocemos. Si lo conociéramos más no lo rebajaríamos al nivel de los falsos
mesías y tendríamos más en cuenta la exhortación de la carta a los Hebreos: Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo, y lo será siempre. No
os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas (Hb 13,8-9).
_______________________________
NOTAS:
[1] La superstición es analizada por Santo Tomás en Suma Teológica,
II-II, cuestión 93 y siguientes. Uso también aquí cuanto expone Antonio Royo
Marín, Teología Moral para Seglares, tomo I, n. 365 y siguientes.
[2] La superstición es la desviación del sentimiento religioso y de las
prácticas que impone. Puede afectar también al culto que damos al verdadero
Dios, por ejemplo, cuando se atribuye una importancia, de algún modo, mágica a
ciertas prácticas, por otra parte, legítimas o necesarias. Atribuir su eficacia
a la sola materialidad de las oraciones o de los signos sacramentales,
prescindiendo de las disposiciones interiores que exigen, es caer en la
superstición (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2111).
[3] El culto viene a ser falso y pernicioso si los actos exteriores que
lo expresan tienen un significado erróneo. Sería el caso, por ejemplo, de que
se celebren todavía bajo la ley nueva las ceremonias de la ley antigua, porque
éstas no eran sino figurativas de la futura pasión de Cristo, y su empleo
actualmente parecería significar que los misterios de Cristo aún están por
venir. Asimismo sería una falsedad el ofrecer a Dios un culto en oposición a
las reglas establecidas por la Iglesia: esto equivaldría a substituir a la
religión auténtica establecida por la autoridad divina una iniciativa o una
tradición completamente humana.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2115-2116.
[5] Cf. Royo Marín, I, nº 368. No me refiero, evidentemente, a la prestidigitación
o ilusionismo.
[6] Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2117.
[7] Cf. Declaración del Santo Oficio del 4 de agosto de 1856: Dz
1653-1654.
[8] Clarín, 12/11/00, sección Zona, p. 4.
[9] P. Alberto Ezcurra, en la recensión al libro de Malachi Martin, El
rehén del diablo, en Revista Mikael 18 (1978), 146.
[10] Pensemos, por ejemplo, en Marsall Applewhite, fundador de la secta
Puerta del Cielo que hizo suicidar a 39 de sus miembros en marzo del año pasado
para poder engancharse en la nave espacial oculta en la cola del cometa Hale
Bopp, en David Koresh quien se creía el Mesías y trajo la muerte de la mayoría
de sus seguidores que termiranon calcinados en su fortaleza de Waco, Texas, en
1993, en Jim Jones que se suicidó en Guyana con mil de sus seguidores; en Shoko
Asahara, lider de la secta Aum Shinrikyo (Verdad Suprema) que inundó de gas
sarín los subterráneos de Tokio, etc.
[11] Ebon, Martín, y otros, La trampa de Satanás, Troquel, Buenos Aires
1978. Este libro tiene datos interesante, pero contiene también muchos errores.
[12] Lo dice Mircea Eliade hablando de la posición de Guénon en:
Ocultismo, brujería y modas culturales, Marymar, Buenos Aires 1977, pp.
105-106.
[13] Citado por Alberto Ezcurra, La moda del ocultismo, Mikael 30
(1982), 23-25.
[14] Clarín, citado, p. 4.