Qué mejor momento que ahora, cuando acabamos de celebrar Pentecostés, para comentar un fenómeno que llevo observando por toda España desde hace más de dos años: la nueva ola de atracción por experiencias carismáticas que se vive en la Iglesia de España en general.
Aunque no soy "carismático de cuna" —provengo del
pesebre ignaciano— he tenido la bendición de participar de esta corriente de
gracia desde el 2002, y a lo largo de todos estos años he podido conocer
multitud de realidades en España y otros países, en nuestra Iglesia y en otras
comunidades eclesiales.
El caso es que ya son
muchas primaveras, en las que he acabado huyendo de la clásica etiqueta de ser
o no ser "carismático" —¿acaso un
cristiano puede no serlo?— tratando de vivir una vida de crecimiento en
el Espíritu junto con mi querida esposa, en las que hemos visto de todo.
Si la Renovación llegó en una
primera ola tras el Concilio en el albor de los ochenta, hubo una segunda con
la división de las "dos renovaciones", y
probablemente estamos asistiendo a una tercera ola. Por supuesto, conste que en
esto del Espíritu, nadie sabe de dónde viene ni a dónde va, por lo que tampoco
es que debamos ponernos a hacer mucha historia ni clasificaciones porque
erraríamos.
El caso es que, tras muchos años
de travesía en el desierto, una vez más, la realidad de la experiencia viva del
Espíritu Santo parece estar desbordando los límites de la Renovación
Carismática tal cual se conoce. Haciendo buena la intuición clásica del
cardenal Suenens, quien decía que la Renovación es para toda la Iglesia y el
Espíritu Santo es el Carisma anterior a los carismas, vemos como gente de
parroquias, movimientos y asociaciones, se está acercando a seminarios de vida
en el espíritu impartidos por diferentes grupos y buscan participar en grupos
de oración de corte pentecostal.
Está claro que la gente de dentro
tiene sed de experiencias vivas de encuentro con Dios, y qué mejor experiencia
que la de Pentecostés "re-disfrutada" mediante
el bautismo en el Espíritu o efusión. Para mí, es algo indispensable si
queremos reavivar nuestro bautismo y activar nuestra vida de fe, tanto a nivel
personal como comunitario y evangelizador. La clave de toda evangelización es
empezar por Pentecostés y la experiencia viva de encuentro con el Resucitado
que solo puede suceder mediante el Espíritu Santo.
¿Qué es lo que
evidencia este movimiento de personas en búsqueda de experiencias vivas? Como escuché hace poco a una chica en un grupo, que venía de un retiro
en su movimiento: "Me he pasado el fin de
semana escuchando acerca de Dios, pero he venido aquí porque necesito tener una
experiencia de Dios".
Sin ánimo de hacer antagonismos,
ni de expedir certificados de experiencias auténticas de Dios, está claro que
cuando la gente busca fuera de sus realidades, lo hace porque su sed no se ha
saciado donde están.
Para bien o para mal, venimos de
una Iglesia muy cartesiana, donde la experiencia de Dios está muy estipulada
—cuando no, acartonada— y en la cual hay poco lugar para la espontaneidad y el
desbordamiento propios de la experiencia de la brisa suave que trae el Espíritu
Santo. Y claro, como pasa lo que nos decía un director de ejercicios ignaciano
(lo afectivo es lo efectivo), en una época de experiencias y sentimientos, la
sobriedad de la oración mental y la meditación saben a poco.
Me dirán que no todo es cuestión
de sabor, o de sentimientos. Y ciertamente, se trata de mucho más que eso. Pero
cuando nuestra práctica diaria no produce emoción, cuando vivimos de chupar
banco y aguantar tediosas homilías repitiendo maquinalmente oraciones
requetesabidas, cuando hace años que no vemos un milagro (ni se le espera), no
nos extrañemos de que la gente busque un algo más, allá donde se lo ofrezcan.
A la gente le atrae el
sentimiento, pero anhela mucho más. Anhela comunidad, presencia y vida. No le
basta con que teológicamente seamos comunidad, sacramentalmente tengamos la
presencia, y nominalmente tengamos la vida. Quiere palpar la salvación y
empaparse de ella hasta los tuétanos, como quien se baña en un río de agua
viva. Quiere un Jesús vivo, en una Iglesia vibrante, y eso solo lo da la
experiencia de la vida en el Espíritu, la cual no es patrimonio exclusivo de
ningún grupo de la Iglesia.
Podremos ponerle mil pegas a lo
que está pasando, intentar sacarle punta a los estilos con los que se hace y
desear que haya equilibrio, discernimiento y obediencia (los tres talones de
Aquiles de la experiencia carismática cuando no está bien acompañada y
pastoreada). Pero, lo que está claro, es que algo se está moviendo y viene de
Dios, y debemos tomar nota de lo que se está moviendo.
Y ojo, esto atañe tanto a los
carismáticos de toda la vida como a los no carismáticos de toda la vida… Es muy
fácil aferrarse a la gracia del pasado, y quedarse en formas, expresiones y
culturas, que no son sino una expresión cristalizada de lo que fue. Todos
podemos caer en el error de anhelar la renovación que fue, y perdernos la del
mañana. Al fin y al cabo, todos nacemos de una renovación personal y
comunitaria: la que tuvimos en nuestro encuentro con Jesús y la renovación de
la que nació el grupo en el que crecimos.
El Espíritu es
Señor, y cuando sopla, sopla por donde quiere. San Pablo nos dice que
donde hay Espíritu y este es Señor, hay libertad.
¡Qué mayor libertad que
la de poder vivir con toda la intensidad nuestro bautismo que nos hace hijos,
amigos y familia de Dios!








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