En
el contexto de la crisis vivida a causa de la extensión del coronavirus, una
religiosa de clausura nos ha hecho llegar un comentario que merece la pena.
Compartimos este pensamiento de fe, sin citar a la persona ni sus palabras
exactas, pues no viene al caso.
Es
evidente que nada escapa a los designios de la Providencia divina, y que dichos designios
buscan siempre nuestra conversión. “Dios quiere que
todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1
Tm 2,4). San Agustín afirma que fuera de Cristo, “camino
universal de salvación, que nunca ha faltado al género humano, nadie ha sido
liberado, nadie es liberado, nadie será liberado” (De civitate Dei
10,32,2). En la vida de cualquier ser humano, de una familia, de una nación o
un continente, una crisis como esta, es siempre una
intervención amorosa de Dios, para que volvamos nuestra mirada hacia Él. Es un llamado de Dios, un grito del cielo. En
este caso, un grito al mundo entero. Hemos llegado a unos niveles de orgullo y
soberbia demasiado altos; hemos pensando, no como personas aisladas sino a
nivel cultural, que somos dueños de la vida y de la muerte, alcanzando la
plenitud del desarrollo de la tentación inicial de ser “como
dioses”. En palabras de San Juan Pablo II, es el desarrollo de la
anti-palabra en la historia, que ha cristalizado en una cultura destructora del
orden natural en todos los ámbitos posible.
Necesitamos la humillación del flagelo de la enfermedad para que
reconozcamos nuestra dependencia total del Creador, único dueño y señor
de la vida y de la muerte. Ha bastado un
microbio para desestabilizar el planeta.
Dice
el libro del Apocalipsis que al derramarse sobre la tierra las copas de la ira
de Dios, los hombres “blasfemaron contra el Dios del cielo a causa de su dolor
y de sus llagas, pero no se arrepintieron de sus obras” (Ap 16,11).
Roguemos a Dios que no lo permita, sino que volvamos nuestros ojos a Él,
especialmente tantas personas y familias alejadas por años de la Iglesia y de
las fuentes de la salvación. Que no nos trate como merecen nuestros pecados,
sino según su gran Misericordia. Es tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión y
salvación. Es necesario transmitir ahora, a las personas que están presas del
miedo, la serenidad que solo puede dar el
abandono en las manos de Dios, sabiendo
que ni un cabello de nuestra cabeza cae sin que Él lo permita. Es Palabra
divina. Amén.
Schola Veritatis








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