Caminaba
por la calle a hora punta. Me sobresaltó el estruendo de una moto de gran
cilindrada que se detenía junto a mí. Una figura con traje negro, salpicado de
remaches, me espetó, mientras se quitaba el casco a toda prisa:
– “Padre, padre, quisiera hacerle una pregunta”.
Tras unos
segundos de expectativa, mostró por fin su rostro de motera desenfadada.
– “Por supuesto –respondí–, a
tu disposición”. – “Mire… yo quisiera hacer
algo los fines de semana, que fuera…, bueno, que no fuera para mí misma sino
para los demás. ¿Qué podría hacer?”
Se me
ocurrió aconsejarle que fuera a una parroquia cercana donde tienen bien
organizado el servicio a los más necesitados, un banco de alimentos y de ropa,
atención a los enfermos, visitas a las personas que están en la cárcel, etc. Y
se despidió con un “Gracias, es lo que necesitaba”.
No es muy
frecuente este deseo de “dar gratis”. Diez
veces nombra Benedicto XVI la gratuidad en su tercera encíclica. La Biblia
muestra que Dios ha tenido la iniciativa para dirigirse como amor a los
hombres, manifestado máximamente en Jesucristo. Por eso los cristianos hablamos
de “gracia”, esto es lo que Dios nos da “gratis”, y los santos dieron mucho y gratis. Todo
es gracia, enseñanza paulina que recogen entre muchos otros Santa Teresa de
Lisieux y Georges Bernanos. En nuestro lenguaje nos queda, –“gracias a Dios”– la costumbre de dar gracias;
especialmente cuando nos regalan algo que no hemos merecido, o quizá
simplemente como una muestra de educación ante cualquier pequeño servicio.
¿Gratis?
Se preguntan los “maestros de la sospecha” (como
llamó Paul Ricoeur a Marx, Freud y Nietzsche) ¿No será que los cristianos dan
porque esperan “a cambio” el premio del más
allá?
Sin
embargo, la experiencia muestra que las personas estamos hechas para dar y
recibir (ni somos cosas inertes que no pueden dar, ni somos Dios que no
necesita recibir nada, pues es puro don). Somos felices cuando damos, aunque no
seamos conscientes de que eso se debe a que recibimos ante todo el bien que
hacemos. ¿No será esto –insiste de nuevo la sospecha– un “dar” interesado? No, porque el que da gratis
experimenta la satisfacción del bien hecho sólo si obra con rectitud. En
cambio, para el materialista cerrado a la trascendencia, no tienen sentido las
palabras que San Pablo atribuye a Jesús: “Mayor
felicidad hay en dar que en recibir”. El materialista ateo no puede
explicar la alegría del don, porque la materia, incluso animada por una forma
animal –valga la redundancia–, sólo se “da” necesariamente
y por instinto; carece de autoconciencia y por tanto no puede experimentar el
gozo que es prueba de haber encontrado, quizá en un detalle insignificante, el
amor como sentido de la vida.
La
gratuidad es un signo de la trascendencia de la naturaleza humana. Dar se
origina en el darse. Y sin el don de sí mismo, cualquier don, aunque pretenda
ser “gratis”, puede ser manipulado por el
que lo da; también puede ser rechazado por el que lo recibe, porque desconfíe
de que resulte para él no un bien sino un mal.
Si “todo es gracia”, la humanidad no puede progresar
verdaderamente si no es concediendo prioridad a la gracia, a lo gratuito. Primero a la “gracia” como
amistad y unión con Dios, cuyo signo y testimonio es la paz de la conciencia.
En segundo lugar, hay que dar paso a la
gratuidad como actitud personal: dar sin esperar nada a cambio, lo que podría parecer
humanamente un sinsentido: dar dinero, dar tiempo (aún más difícil), pero sobre
todo –como queda dicho–, lo que está más al fondo: darse a sí mismo.
En su
última encíclica, Benedicto XVI observa que todo lo que tenemos (comenzando por
la capacidad de conocer la verdad y amar el bien) es don de Dios que hay que
saber manifestar, dándose a los demás; correspondiendo a la gratuidad de Dios
que desea también nuestra generosidad para contribuir a la unidad y la comunión
del género humano. Tanto la caridad como la verdad son regalos que Dios nos
hace y no productos ni resultado de los esfuerzos humanos. Aunque pensamos que
nos podemos “hacer” a nosotros mismos, nos
equivocamos: nos “hacemos” si colaboramos
con Dios.
Señala el
Papa que la dimensión de gratuidad es uno de los mejores “negocios” que la economía actual –sin renunciar
al beneficio– debería descubrir, porque las personas son las principales
riquezas de los pueblos. La “lógica del don” es
una exigencia de la caridad en la verdad. “Sin la
gratuidad –escribe– no se alcanza ni
siquiera la justicia”. Y añade: “El mercado
de la gratuidad no existe y las actitudes gratuitas no se pueden prescribir por
ley. Sin embargo, tanto el mercado como la política tienen necesidad de
personas abiertas al don recíproco”.
También
la naturaleza creada –la tierra, el agua y el aire– son dones recibidos, lo
mismo que la conciencia y la libertad. Esto lo desconoce la mentalidad
tecnicista y materialista. Pero entonces “el
desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede
recrearse utilizando los ‘prodigios’ de la tecnología”.
Por eso “la fuerza más poderosa al servicio del desarrollo es un
humanismo cristiano” que enseña a reconocer, en la oración, los dones de
Dios y manifestar ese reconocimiento por medio de la gratuidad en nuestra vida.
Y también por eso, excluir a Dios se demuestra inhumano. “La conciencia del amor indestructible de Dios es la que
nos sostiene en el duro y apasionante compromiso por la justicia, por el
desarrollo de los pueblos”. Porque, en último término, el amor mismo “no es el resultado de nuestro esfuerzo sino un don”.
Ramiro Pellitero, Instituto Superior de Ciencias Religiosas, Universidad
de Navarra
(publicado en www.religionconfidencial.com, 14-IX-2009)
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