San José custodia y
protege el cuerpo místico de Jesucristo, la Iglesia, de la que la Virgen Santa
es figura y modelo.
Por: José María Iraburu | Fuente: Infocatolica.com
San José, custodio amante, de
Jesús y de María, enséñame a vivir siempre
en tan dulce compañía.
Sé mi maestro y mi guía en
la vida de oración; dame paciencia,
alegría y humildad de corazón.
No me falte en este día tu
amorosa protección, ni en mi última agonía
tu piadosa intercesión.
Esta preciosa oración a San José me la dio hace
bastantes años en una estampa una religiosa carmelita, que como todas las del
Carmelo había heredado de Santa Teresa de Jesús una devoción muy grande al
glorioso patriarca San José. Dios le pague el precioso regalo que me hizo.
Llevo siempre esa oración en el Breviario, para rezarla todos los días.
* * *
La exhortación apostólica
Redemptoris
Custos, de San Juan
Pablo II (15-VIII-1989)
es uno de los más grandes documentos que el Magisterio apostólica nos ha dado
sobre San José. En el día de su solemnidad litúrgica quiero recordarla, tomando
de ella aquellos textos en los que, continuando una larga tradición, enseña
cómo San José, habiendo sido elegido por
Dios para custodiar la vida de Jesús, recibió al mismo tiempo la misión de
custodiar la vida del Cuerpo de Jesús, que es la Iglesia.
El texto que sigue recoge, pues, algunos
fragmentos de la Redemptoris Custos.
* * *
1. «Llamado a ser el Custodio
del Redentor, “José… hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a
su mujer” (Mt
1,24). Desde los primeros siglos, los Padres de la Iglesia, inspirándose en el
Evangelio, han subrayado que San José, al igual que cuidó amorosamente a María
y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo [San Ireneo], también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa
es figura y modelo.
8. «San José ha sido
llamado por Dios para servir directamente a la persona y a la misión de
Jesús mediante el ejercicio de su
paternidad; de este modo él coopera en la plenitud de
los tiempos en el gran misterio de la redención y es verdaderamente “ministro de la salvación” [San Juan Crisóstomo].
Su paternidad se ha expresado concretamente “al
haber hecho de su vida un servicio, un sacrificio, al misterio de la
encarnación y a la misión redentora que está unida a él; al haber hecho uso de
la autoridad legal, que le correspondía sobre la Sagrada Familia, para hacerle
don total de sí, de su vida y de su trabajo; al haber convertido su vocación
humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de
toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa“
[Pablo VI, 19-III-1966].
«La liturgia, al recordar
que han sido confiados “a la fiel custodia de San José los primeros misterios
de la salvación de los hombres” [Or. colecta de la Misa], precisa también que
“Dios le ha puesto al cuidado de su familia, como siervo fiel y prudente, para
que custodiara como padre a su Hijo unigénito” [Prefacio de la Misa]. León XIII
subraya la sublimidad de esta misión: “Él
se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina
fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde
se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le
diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a su propio padre”
[1889,Quamquam pluries].
28. «En tiempos difíciles para la
Iglesia, [el Beatto] Pío IX, queriendo ponerla bajo la especial protección del
santo patriarca José, lo declaró “Patrono de la Iglesia Católica” [1870, decr. Quemadmodum Deus]. El Pontífice sabía que no
se trataba de un gesto peregrino, pues, a causa de la excelsa dignidad concedida
por Dios a este su siervo fiel, “la
Iglesia, después de la Virgen Santa, su esposa, tuvo siempre en gran honor y
colmó de alabanzas al bienaventurado José, y a él recurrió sin cesar en las
angustias”.
«¿Cuáles son los motivos
para tal confianza? […] José, en su momento,
fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia
(…). Es, por tanto, conveniente y
sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que
entonces tuteló santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja
ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo” [León XIII,Quamquam pluries].
31. […] «También
hoy tenemos muchos motivos para orar [a San José] con las mismas palabras de León XIII: “Aleja
de nosotros, oh padre amantísimo, este flagelo de errores y vicios… Asístenos propicio desde el cielo en esta
lucha contra el poder de las tinieblas …; y como en otro tiempo libraste de la
muerte la vida amenazada del niño Jesús, así ahora defiende a la santa Iglesia
de Dios de las hostiles insidias y de toda adversidad” [Quamquam
pluries, in fine]. También hoy existen suficientes motivos para
encomendar a todos los hombres a San José.
32. «Que San José obtenga para la
Iglesia y para el mundo, así como para cada uno de nosotros, la bendición del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».
Amén, amén, amén.








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