Un proceso de apertura en
marcha.
El Sínodo de la Familia mostró
públicamente, por primera vez, que hay una corriente pro homosexual entre los
obispos y cardenales. Lo cual no es nuevo, ya varios sacerdotes hablaron del
lobby gay y hasta el Papa Francisco, incluso le hizo un guiño con la ambigua
expresión “Quien soy yo para juzgar”; pero lo que sí es nuevo es la
legitimación que dieron las instancias del Sínodo que esto existe.
Esta relación entre la
homosexualidad y un sector de sacerdotes es un punto mayormente oculto o
todavía en tinieblas, aunque ha habido denuncias internas sobre lo que se ha
dado en llamar la “mafia lavanda” actuando en la estructura eclesial como grupo
de ayuda mutua. E incluso traemos aquí la historia del fundador de la
organización madre de los gays y lesbianas en Italia, Arcigay, que fue creada
por un sacerdote gay, que luego al final de la vida volvió al sacerdocio.
DENUNCIAS SOBRE LA “MAFIA
LAVANDA”
Incluso el doctor Richard
Fitzgibbons, uno de los
psiquiatras más prestigiosos de Estados Unidos, ha cuestionado los resultados de un millonario
estudio sobre los casos de abusos sexuales perpetrados por miembros del clero –
hecho por encargo de la Conferencia de Obispos Católicos – porque niega la
relación entre la homosexualidad y los sacerdotes abusadores .
La
gran mayoría de los abusos sexuales de sacerdotes contra menores
ha sido
contra niños y no contra niñas, por lo que el
psiquiatra dice:
“Cuando un adulto está
involucrado en una conducta homosexual masculina, claramente tiene un problema
en el área de la homosexualidad”.
Y además aconsejó que “los sacerdotes y seminaristas que sufren de
una profunda actitud homosexual tienen la seria responsabilidad de buscar ayuda
adecuada para proteger así a los adolescentes”.
Sin embargo, con los
nuevos vientos que soplan en el Vaticano, difícilmente la Iglesia puede considerar de hecho
a la homosexualidad entre el clero como un problema fuerte, más allá de las
declaraciones para la prensa.
No podemos hablar que existe
una apertura formal hacia la homosexualidad en la
Iglesia católica, pero sí que el papa
Francisco ha abierto un proceso que corta la tendencia a la estigmatización
de la homosexualidad dentro de la Iglesia, a través de la ambigua frase “quien soy yo para juzgar”.
Esto significó que emergieran – como hongos luego
de la lluvia -, casos de sacerdotes,
parroquias y grupos o congregaciones favorables a un cambio en la doctrina
sexual de la Iglesia; el último caso más sonado ha sido el de Monseñor Charamsa que “salió del armario” precisamente antes del
Sínodo de la Familia de 2015, seguramente como una operación de “ablandamiento”
y presión pública.
Los
que están en contra de la apertura dirán que son desviaciones, mientras que los que están a favor dirán que es una
necesidad de modernización de la Iglesia. Pero lo cierto que el proceso de
apertura está ocurriendo, más allá que cada uno lo vea con buenos ojos o malos
ojos.
No
sabemos la intención concreta de Su Santidad al decir esa frase, solo podemos especular, pero no
viene al caso en este artículo.
Veamos ahora el caso de Arcigay.
LA MAYOR ORGANIZACIÓN
HOMOSEXUAL DE ITALIA FUE FUNDADA POR UN SACERDOTE CATÓLICO
Con lo anterior en mente, es que traemos la fascinante historia de Marco Bisceglia,
un sacerdote italiano contestario, de la teología de la liberación, que fundó
la mayor organización de defensa homosexual de Italia.
Siendo homosexual él mismo,
fue suspendido a divinis por la iglesia, y luego, ya con Sida, hizo un largo
camino de “vuelta a casa” y Joseph Ratzinger, siendo Prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, lo rehabilitó.
Para muchas personas que nunca han oído hablar del
caso puede parecer una fantasía absurda, pero es simplemente un hecho: la
Arcigay fue concebida por un sacerdote. Sí, la
asociación de derechos de los homosexuales más importante de lengua italiana
debe su alma a un consagrado, homosexual el mismo.
Ocurrió
en Palermo en diciembre de 1980 y el sacerdote, suspendido “a divinis”, unos años
antes, se llamaba Marco Bisceglia, por todos conocido como Don Marco.
La historia de Don Marco es una de las más bellas
historias de vida que podemos contar. De las que dejan en claro, para los que
no creen, lo que es el
extraordinario lugar de acogida y de recuperación del hombre que puede hacer la
Iglesia.
UN SACERDOTE CONTESTATARIO
En
su “primera vida” Don Marco Bisceglia es un sacerdote de lucha. Nacido en 1925,
sacerdote desde 1963, estudió y abrazó teología de la liberación, sobre todo la
lección de poco ortodoxo teólogo jesuita José María Díez-Alegría Gutiérrez.
Fue
nombrado en la parroquia del Sagrado Corazón de Lavello, su región de
origen, en Basilicata, y tenía el deseo de expresar sus ideales en acción. La defensa de los más débiles es el verdadero
contenido de la evangelización de Don Marco. Las crónicas
comienzan a llamarlo “el Don Mazzi del Sur”.
Don Marco se opone a cualquier
cosa que sienta injusta, sobre todo dentro de la Iglesia: el pago del funeral,
por ejemplo. Lucha contra el celibato de los sacerdotes, las
operaciones financieras, los bancos, las inversiones inmobiliarias, el
enriquecimiento de algunos sacerdotes con las especulaciones. Y la gente se une a él: muchos
trabajadores que nunca habían ido a la iglesia antes, se encontraron
siguiéndolo en sus batallas, a menudo
cerca de las del Partido Comunista.
Don Marco expresa tonos fuertes, incluso en
público, durante las homilías, en oposición a
la Iglesia y su estructura organizativa.
CONFRONTACIÓN CON EL OBISPO Y
REMOCIÓN
Nacerá pronto un contraste
con el obispo de la diócesis. No sólo por las ideas, sino también por las
acciones.
Don Marco, de hecho, no se detiene en las palabras.
En esos años, junto con su comunidad, es
protagonista y animador de las huelgas del lado de los trabajadores, bloqueos
de carreteras y otras formas de protesta “en el límite”, a veces con procedimiento penal
ulterior.
El
30 de septiembre de 1974, en un clima de confrontación y exasperado por los
pedidos de arrepentimiento, viene el decreto
de remoción por el obispo Giuseppe Vairo: la parroquia del Sagrado Corazón se
declara vacante.
Razones no faltan: adhesión al
movimiento radical por la despenalización del aborto y la libertad sexual, el
uso de la parroquia como la sede de los comités para el referéndum, la ausencia
continuada, ataques violentos contra la Iglesia Católica, el clero y la
jerarquía.
Después una acusación anormal “socio-revolucionario”, y otra, más
dramática, pero decisiva, “clara ruptura de la comunión con el obispo.”
Desde entonces, la historia toma un giro
inesperado, que llevará a Lavello a los principales periódicos y revistas
italianas. La comunidad del Sagrado
Corazón, de hecho, no acepta el decreto y se atrinchera dentro de la iglesia,
la ocupa literalmente. Sobre la fachada del Sagrado Corazón aparece en una
inscripción: “La Iglesia es el pueblo.” Es una declaración de
intenciones. Lavello se convierte en un caso nacional, un pastor y su pueblo
contra el obispo y la Iglesia “oficial”.
Pero el hecho sobre el que la mayoría hablaría de
Don Marco había ocurrido unos días antes de la publicación. La noticia se
recordará por muchos años, aunque erróneamente, como el “primer
matrimonio gay celebrado por un sacerdote italiano.”
Un día, dos homosexuales se
presentan en la sacristía y preguntan si su unión puede llegar a ser sagrada. “El
matrimonio es un sacramento ya delante de Dios”, dice Don Marco. Esos dos
señores, en verdad, no eran homosexuales, sino Bartolomeo Baldi y Franco
Iappelli, periodistas del Borghese que registran todo en el periódico.
El 9 de mayo 1975, el obispo
tomó otra medida: “Al sacerdote le está prohibido todo acto del ministerio
sagrado”, dice la declaración de la curia. Es la suspensión sacerdotal. A
partir de ese momento la imagen de Don Marco, a los ojos de la gente, se
agrava.
Pero para Don Marco no es un drama. Todo sigue como
antes. Celebra, se dan los sacramentos, se lee la Palabra
de Dios. Sin embargo, el vínculo con los fieles es cada vez más débil. Las presencias son menos frecuentes, muchos están
empezando a alejarse.
Las
fotos de los primeros años de la “ocupación” de la parroquia, la muestran
siempre llena de gente, y el “vaciamiento” de los últimos tiempos, ofrece la
imagen de este deterioro progresivo. Es dramática la imagen de la última misa, el 25 de abril de 1978, con Don Marco
celebrando con unas pocas ancianas y detrás una fila de agentes de policía.
LA FUNDACIÓN DE ARCIGAY
Don
Marco se encuentra solo, sin trabajo, sin futuro, pero sobre todo, sin relación con la Iglesia. Un
“desocupado” en busca de un hogar. Sin embargo, no deja de hacerse oír.
El 3 de junio 1979 está prevista la elección
general. Unos meses antes se presenta al sacerdote un viejo amigo de muchas
batallas con una propuesta impactante: candidatearse con los
radicales. Ese amigo es Marco Pannella. Don Marco está de acuerdo:
“Si quieres ser libre – escribe en
esos meses – debes ser necesariamente hereje. Personalmente no
puedo ser uno de ellos”.
La candidatura hace ruido, pero los votos no son suficientes para entrar en el
Parlamento.
En esos meses, mientras que Bisceglia todavía
estaba ocupado con los radicales, tiene un encuentro decisivo. En
“circunstancias fortuitas”, se reúne en Roma con Enrico Menduni (presidente,
1978-1983, de ARCI, asociación cultural histórica de la izquierda italiana),
que propone a Don Marco cuidar de la parte organizativa
de ARCI respecto a los derechos civiles. Nace de allí, en un corto tiempo,
Arcigay, “propiedad” de Marco Bisceglia.
La fundación oficial vendrá sólo en 1985, pero como
se lee en el sitio de arcigay.it:
“El primer círculo Arcy-gay
informal nace en Palermo el 9 de diciembre de 1980 por una idea de Don Marco
Bisceglia, un sacerdote católico de la zona, en disidencia”
Marco
ya está activo desde hace algún tiempo en la organización de derechos de los
homosexuales,
pero
que aún no ha dado a conocer a todos su homosexualidad. Es difícil reconstruir
la fecha de afirmación, pero en abril de 1982 un artículo de Andrea Marcenaro
habla como un hecho conocido: “los sacerdotes homosexuales existen, pero
sólo uno se ha declarado”. Ese, por supuesto, es Marco Bisceglia.
En ese momento, él vive con 400 mil liras al mes y
apenas se las arregla para recuperar los fondos como religioso para asegurar
una pensión.
Se remontan a esos años la amistad y la convivencia
con Nichi Vendola, que nunca va a dejar de considerarlo como un “maestro”. Los
dos viven juntos durante unos meses en Monte Porzio Catone, en la casa de Don
Marco.
Mientras tanto, con el ARCI, de ese tiempo, surgen
los primeros problemas. Don Marco, lento
y silencioso se hace a un lado. Nunca habrá una verdadera ruptura, sino una
suave y continua distancia. Y así, al igual que le dio alas a su criatura para
convertirse en un punto de referencia nacional, el telón caerá sobre su noble
padre.
Desde entonces perdemos la noción de Marco
Bisceglia. Una vez fue perseguido por los periodistas de toda Italia, pero
desde ese momento ya no se escribe una línea de él, y nadie se preocupará de
averiguar la forma en que terminó sus días.
En
julio de 1987 Bisceglia aparece lejos de Arcigay. De sus cartas
sabemos que todavía está en Monte Porzio Catone, donde vive con homosexuales, treinta de origen argelino. En aquellos días
escribió su carta más íntima, quizás la más bella. Es una especie de diario de
cartas dirigidas a los amigos Carla y Wouter. Dice que leyó El
autoconocimiento, la obra del filósofo francés René Daumal.
“Me doy cuenta – escribe Don Marco – algunas cosas
que están sucediendo en mí. A pesar de todo esto, la edad de oro siempre
existe, pero depende de nosotros merecerla y que puede llegar a nosotros”.
Ya no busca en una organización el esfuerzo para el
cambio social, sino un modesto deseo de
proximidad a personas reales.
EL REGRESO Y LA RECONCILIACIÓN
En un día de la primera mitad de los noventa, el
teléfono suena en la parroquia de San Cleto en Roma. En un extremo del teléfono
el padre Paolo Bosetti, titular de la parroquia, del otro, monseñor Luigi Di
Liegro, fundador de Cáritas diocesana. La
petición del obispo es dar la bienvenida a un sacerdote, quien, sin embargo,
trae consigo una enorme carga: el SIDA. “¿Qué hacemos?”, pregunta el
padre Paolo. “Comencemos”, dice Monseñor. Esto será así.
Don
Marco inicia, de puntillas, una nueva vida junto a los hermanos de la
Congregación de Jesús que viven allí. Pocas palabras, un montón de tiempo libre, ningún
compromiso parroquial.
La vida pasa lento, Don Marco, simplemente sigue y
comienza a disfrutar de todas las etapas del
día: la alabanza, la misa, la cena. Siempre creativo y autónomo en las opciones
culturales,
también
acepta sugerencias sobre qué leer: comienza con Presbyterorum Ordinis, un
decreto del Concilio Vaticano II, decreto sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, a continuación, la Optatam Totius, sobre la formación sacerdotal,
sin olvidar, por supuesto, la Biblia y los Evangelios. Textos básicos si usted
piensa su vida pasada.
Don Marco se pone en discusión, como hombre y como
sacerdote. Su pasado es conocido por todos, pero nadie habla de ello. “Sólo una vez ha
ocurrido”,
recuerda
el padre Paolo.
“Don Marco
dijo que él no negaba nada, pero quiere distanciarse del pasado, algo que viene
de adentro.
Sobre lo cual Don Marco vive y medita con serenidad”.
Vivir
junto a otros sacerdotes florece en su corazón el deseo más agradable: volver a
celebrar la Eucaristía. Han transcurrido desde la última vez, por lo menos
quince años. Don Marco habla con los hermanos. No puede ser el capricho de un
momento, y profundiza en esto. Para para todo hay frenar la suspensión del
sacerdote. Pero no es un obstáculo insuperable. Debe informar al vicario
general, el cardenal Ugo Poletti (el que hace las veces del Obispo de Roma por
el Papa Juan Pablo II), que explica que hay un paso decisivo para hacer: la
petición.
Don
Marco toma un lápiz y papel y hace su petición. La figura a la cual debe presentar la solicitud y
que se debe evaluarla es el prefecto de la
Congregación para la Doctrina de la Fe, Joseph Ratzinger.
Después
de algún tiempo, viene la respuesta: la suspensión del sacerdocio es eliminada. Pocos días
después, Don Marco notificará a la hermana Anita:
“Soy consciente de mi
indignidad, así como tengo firmemente confianza en el perdón de Dios y
en su acción purificante y regeneradora. Espero que pueda, con su ayuda,
corregir mis errores y extravíos”
En una carta que llega de Loreto, el Padre Bosetti
recuerda:
“Si vuelve a celebrar la Eucaristía, que es el
cuerpo de Cristo, no se puede hacer eso sin la reconciliación.” Y así fue.
El
día de la “primera misa” viene a Loreto, una delegación de la antigua diócesis
de Don Marco, dirigida por monseñor Vincenzo Cozzi. Esa Iglesia estaba ahí para
darle un abrazo en el día más hermoso. Ningún pasado puede vencer el presente: los
rencores y las incomprensiones son hechos reales, concretos, pero no
prevalecieron. Es la fiesta del perdón y el renacimiento, es la Eucaristía.
LOS ÚLTIMOS AÑOS, DUROS PERO
INTENSOS
Aquellos
años que le resta vivir son años duros pero intensos. No es fácil la vida de un
paciente con SIDA, incluidas las visitas y hospitalizaciones frecuentes. “Sin
embargo, él está sereno”, dice Vittorio Fratini, un amigo. Una serenidad que
se convierte en consuelo para los demás, como lo demuestra un compañero de
habitación en el hospital. Vittorio le pregunta de dónde viene esta alegría. La
respuesta no se puede olvidar:
“Recuerda que había muerto y
he resucitado. Si tengo que ir hasta el final de mi vida, voy a ir allí con
mucha serenidad”.
Una de las últimas cartas de Don Marco es de 4
abril de 2001. Responde a su amigo Giancarlo que se queja de la jerarquía
eclesiástica. Don Marco rompe el molde. Antes explica y luego añade:
“No nos
dejemos seducir por fáciles estereotipos. Mi obispo es un hombre amable, lleno de humanidad,
ha impulsado mi reincorporación, sabiendo que tienen que lidiar con una persona
VIH-positiva”. Es sorprendente.
El antiguo argumento sobre lo que la Iglesia
debería o no debería hacer, ha dado paso a una expresión de gratitud por lo que
hay. La ideología ha dado paso a la experiencia.
Marco Bisceglia fallece el 22 de julio de 2001,
durante el día de protesta por el G8 en Génova. El “contestatario” muere en un
día de protesta. Pero ha quedado atrás el escenario de la lucha, y la paz que
reina en su corazón. Hoy reposa en el
cementerio de Lavello, en la capilla dedicada a los sacerdotes.
Foros de la Virgen María
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