Partes de la Misa: Consagración
Te invito a que vivas distinto el momento de la Consagración. Participa
en primera persona con Cristo, que se ofrece en el altar por la humanidad.
Por: Taís Gea | Fuente: Catholic.net
El momento de mayor unión espiritual con Dios
Por: Taís Gea | Fuente: Catholic.net
El momento de mayor unión espiritual con Dios
Después del ofertorio, empieza la plegaria eucarística. Comienza con el
prefacio que converge en el canto del Santo. El momento central de la plegaria
es la Consagración. En ella se transforman el pan y el vino, que hemos
ofrecido, en cuerpo y en sangre de Cristo.
Participantes de
un milagro
En la Consagración se percibe el mayor fervor y respeto en la iglesia.
Sabemos que es un momento sumamente importante. Nos arrodillamos llenos de
devoción para darle la bienvenida a Cristo, Rey y Señor nuestro, sin embargo
podemos caer en el peligro de ser simples espectadores de este milagro. Podemos
permanecer maravillados y asombrados pero anclados en nuestro sitio; aferrados
a nuestro yo.
Te invito a que vivas distinto el momento de la Consagración. Participa
en primera persona con Cristo, que se ofrece en el altar por la humanidad.
Consagración:
Unión
Durante el ofertorio hemos ofrecido a Dios
nuestro corazón, pequeño, pero todo suyo. Lo hemos puesto en el altar. Es
momento de que nuestro corazón se una al de
Cristo
Eucaristía.
Entre la Eucaristía y nosotros hay un abismo.
Nosotros somos criaturas y Él es Dios (Gen 1, 27). Nosotros no somos nada y Él
lo es todo. Es por eso que en el momento de la Consagración tenemos que
postrarnos ante Dios y reconocer que nosotros no nos podemos unir a Cristo, que
se ofrece en la Eucaristía, si el Espíritu Santo no nos eleva a Él. Es el
Espíritu Santo quien penetra nuestra alma y la toma para elevarla y unirla a
Cristo Eucaristía permitiéndonos ofrecernos con Él (Rom. 8, 17).
Consagración:
Calvario
La Misa, memorial de la muerte de Cristo, nos
permite estar en el Calvario. Es la cruz el sacrificio cruento de Cristo (Heb.
10, 12) que se vive de manera incruenta en la Eucaristía. Cuando el sacerdote
eleva la hostia, es como si elevara el mismo cuerpo de Cristo crucificado.
Nosotros lo vemos desde abajo y desearíamos unirnos a Él. Nuestro corazón desea
que Cristo no muera solo. Le suplicamos que, al menos, nos permita darle un
abrazo que pueda consolar su dolor. Sin embargo, la distancia entre la cruz y
nosotros sigue siendo inmensa. Pero Jesús lo dijo en su predicación: “y yo
cuando sea levando de la tierra, atraeré a todos hacia mí.” Jn. 12, 32. El
Espíritu Santo nos atraerá a Él y nos unirá a Cristo, que se ofrece en la cruz
y en la Eucaristía.
Agachar
la cabeza en la consagración
Antes de la consagración cuando nos
arrodillamos, en la epíclesis, el sacerdote coloca sus manos sobre las ofrendas
e invoca al Espíritu Santo pidiendo que descienda. En ese momento puedes
agachar tu cabeza y sentir que el sacerdote coloca sus manos sobre ti (que eres
la ofrenda). Así permitirás que el Espíritu Santo descienda sobre ti y dejarás
que penetre hasta lo más hondo de tu corazón al abrir tu alma a su acción. Él
te llevará a la unión con Cristo. Él te hará participar del sacrificio redentor
de tu Señor.
Habiendo permitido al Espíritu Santo descender y
poseerte, mantente atento a los gestos del sacerdote. Mientras el presbítero
eleva la Eucaristía, te puede ayudar abrir tus manos como gesto de ofrenda y
dejar que tu corazón vuele hasta unirse a la hostia que se encuentra en las
manos del sacerdote. Mira con alegría tu corazón unido al Sagrado Corazón de
Jesús, hecho hostia por nosotros.
Frutos
de la unión con Cristo Eucaristía
Durante la consagración nos podemos unir
íntimamente a Cristo que se está ofreciendo en el altar. ¿Qué valor tiene esta
unión? ¿cuál es el fin de la misma? ¿qué frutos da?
Podemos decir que la unión con Jesús Eucaristía
es un don en sí mismo. No necesitamos nada más. Ese es el fin. Si toda nuestra
vida cristiana no nos lleva al encuentro profundo con Dios, no vale para nada.
Podrás ser un catedrático en teología pero si no
te relacionas con el Dios que conoces no sirve de nada. Podrás donar tu tiempo
a los pobres y enfermos, pero si no descubres a Dios en ellos, caes en la
filantropía. Podrás cumplir a la perfección los mandamientos, pero si mediante
ellos no te encuentras con tu Dios están vacíos de sentido. Podrás recibir una
y otra vez los sacramentos, pero si no te unes a Dios a través de ellos se
convierten en rituales sin valor alguno (1Cor. 13, 1-3).
La
unión de corazones
El cielo, fin de nuestra vida terrena, es un
profundo abrazo con Dios que dura eternamente. Tú, hoy tienes la posibilidad de
abrazarte a Él y abandonarte en sus brazos durante la consagración a través de
la unión con Él dejando que te conceda su intimidad en el silencio. No
pretendas nada maravilloso. Acepta que tu Dios es sencillo y pequeño. Desde tu
banca en la Iglesia, por tu fe sencilla, puedes recibir el don de los grandes
místicos: el don de la unión de corazones. El tuyo y el de Él en silencio.
Escucha las palabras que pronuncia el sacerdote:
Tomad y comed todos de él porque éste es mi cuerpo, que será entregado por
vosotros. Es necesario que aceptes al Dios que se humilla y se abaja y se hace
alimento por ti (Jn. 6, 35). Quiere vivir en ti y hacer de tu corazón su morada
(Jn. 14, 23). Acepta su entrega y ofrécete a Él tú también.
Oración
en la elevación de la hostia
En el momento en que el sacerdote eleva la
hostia en el altar di:
Espíritu Santo ven a mi alma. Deseo
profundamente unirme en intimidad con el Sagrado Corazón de Jesús que se
encuentra en la Eucaristía. Realiza la unión de nuestros corazones y permíteme
vivir así mi día ofreciéndome y acogiéndolo.
Dios, en su infinita bondad, concede tres dones
que se derivan de la unión con Él: nos santifica, nos fecunda y nos hace
ofrenda de alabanza agradable al Padre.
Cómo
alcanzar la unión con Dios
En primer lugar, de la unión con Dios, se da
como fruto nuestra santificación. Necesitamos vivir en nuestra verdad de
hombres pecadores, pequeños y limitados. Hay que vaciarnos de nosotros mismos y
presentarnos ante Dios desnudos, sin nada, deseosos de acogerlo como don.
Dios no pide que vivamos en nuestra pobreza para
dejarnos ahí, en el fango. No hubiera mandado a su Hijo solo para hacernos ver
qué bajo había caído su más alta creación. Fue alto el precio que pagó y no
está dispuesto a desperdiciar la sangre derramada por Cristo, su Hijo (1Pe. 1,
17-19). Dios nos quiere elevar, enriquecer, llenar. Nos quiere llevar a la
plenitud de su diseño de salvación (Jn. 1, 16). Nos quiere crear de nuevo en
Cristo Hijo, por la acción de su Espíritu. En definitiva nos quiere santificar.
“Nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e
inmaculados en su presencia, en el amor.” Ef. 1, 4.
El Corazón de Cristo está herido por la lanza de
la que brota sangre y agua (Jn. 19, 34). La sangre y agua del costado es esa
gracia sacramental que progresivamente nos santifica. Ahora bien, para poder
acoger esa sangre y que se convierta en la nuestra, el corazón tiene que estar
abierto. Nuestro corazón también tiene que ser herido por la espada que
atravesó el corazón de María (Lc. 2, 35). Morir a nosotros mismos es lo que
permite que la sangre fluya del Corazón de Jesús al nuestro y viceversa.
Dios va transformando nuestro corazón. Arranca
nuestro corazón de piedra y nos da un corazón de carne (Ez. 11, 19-20). La
acción de Dios no es inmediata. El Espíritu Santo actúa en el tiempo y realiza
su obra progresivamente. A veces lo más fácil de cambiar es lo externo y si nos
quedamos en un nivel superficial podría bastar esta transformación por fuera
que es lo que el mundo ve. Sin embargo, la unión con Cristo Eucaristía nos va
asemejando a Él desde dentro (Mc. 7, 15). Aquello que solo Dios conoce. Lo más
ruin de nuestro interior. Dios quiere tocar ahí, lo más profundo, lo más
arraigado y lo más difícil de cambiar.
Él nos quiere conceder los mismos sentimientos
del Hijo (Fil. 2, 5). Sentimientos que son internos y que tienen un reflejo en
el comportamiento externo. Nos quiere conceder la humildad, la compasión y la
misericordia de su mismo Hijo. Tengamos paciencia y confiemos en la obra de
Dios que es fiel a su promesa y no defrauda. Él es el primer interesado en
nuestra santificación.
Oración
de unión
Cuando te veas unido a Cristo puedes repetir
esta oración:
Espíritu santificador, hazme capaz de morir a mí
mismo para poder recibir de Cristo su sangre que me santifica. Deseo ser uno
con Él; identificarme con Él. Te pido que me unas a su Corazón Eucarístico, que
es la fuente de donde mana el agua que me purifica y la sangre que hace blancas
mis vestiduras. Mantenme unido a Él siempre.
Otros
frutos de la unión con Cristo Eucaristía
En la consagración, al unirnos íntimamente a
Cristo, se da como fruto, en primer lugar, nuestra santificación. En segundo
lugar se da como fruto nuestra fecundidad. “El que permanece en mí y yo en él,
ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada” Jn 15, 5.
Las
bodas del Cordero
La consagración, entendida como la unión de los
corazones, realiza las bodas del Cordero con su Iglesia (Ap. 19, 7). Nuestra
alma se presenta como esposa que desea la unión con el amado (Cant 3, 1). A la
Misa también se le conoce como el banquete de bodas del Cordero. Cristo,
Cordero de Dios, se sacrifica en el altar. Esta vez no lo hace solo. Su esposa,
cada uno de nosotros, nos hemos unido a Él para ofrecernos junto con Él.
Dios se da por entero a su Iglesia, hasta dar la
vida por ella. “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y
a dar su vida como rescate por muchos.” Mt 20, 28. Su Iglesia, que somos todos
nosotros, nos damos a Cristo hasta dar nuestra pequeña vida por Él también.
Esta donación recíproca es la comunión que da vida. “Mi amado es para mí, y yo
soy para mi amado” Cant 2, 16.
Dios fecunda al alma que lo ha acogido como don.
Dios da vida en el corazón que se ha dejado penetrar por el fuego de su amor.
Cristo, en la unión mística con nuestro corazón, nos hace padres y madres
espirituales capaces de dar vida eterna (Jn 10, 10).
Nuestra sangre, unida a la suya, se derrama a la
humanidad entera. La gracia que santifica cae en el corazón de nuestros hijos
espirituales y los empapa de vida. Los ríos de agua viva corren hasta llegar a
los confines de la tierra (Is 59, 19).
Las palabras del sacerdote son las siguientes:
Tomad y bebed todos de Él porque éste es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la
alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por muchos para el
perdón de los pecados.
Unido a Cristo puedes ser mediador de la alianza
de Dios con los hombres (1Tim 2, 5). Duele pensar que nuestros hijos, nietos,
sobrinos, nuestros seres queridos, han perdido la fe o se alejan
progresivamente de Dios. Tú puedes ser mediador de la alianza de Dios con
ellos. Puedes ser puente entre el Señor y aquellos que se han alejado. Lo único
que tienes que hacer es ofrecer toda tu sangre, es decir, ofrecer tu vida por
ellos. Cualquier sacrificio, por más doloroso y exigente que sea, no tiene el
valor de la unión al sacrificio de Cristo en el altar. Esto es lo más valioso.
No lo pierdas. Te invito a unirte a Jesús Eucaristía con sencillez y creer.
Oración
para la consagración
Al ver el cáliz, lleno de la sangre de Cristo y
la tuya, puedes decir estas palabras:
Jesucristo, esposo de mi alma, me presento
deseoso de unirme a ti en el cáliz. Permite que mi sangre, unida a la tuya, se
derrame por el bien de mis hermanos los hombres. Tus hijos te buscan, empápalos
de vida. El mundo necesita de ti, de tu misericordia. No le niegues tu perdón.
Tienen sed de ti, sed de tu sangre que los purifique y los salve. Concédeles el
don de recibir tu preciosa sangre.
Somos
ofrenda agradable al Padre
En tercer lugar, gracias a la unión con Jesús en
la Eucaristía, podemos ser ofrenda de alabanza agradable al Padre. “También
vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio
espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales,
aceptos a Dios por mediación de Jesucristo” 1Pe 2, 5.
Aquél que más ha alabado al Padre ha sido Cristo
su Hijo (Jn 17, 4). Hemos dicho que nosotros, asimilados en Él, vamos
transformándonos progresivamente en hijos como lo fue Jesús (Ef 1, 5). Es por
eso que este momento de unión con Cristo nos hace capaces de ser una alabanza
para el Padre celestial.
Nadie podía pagar el precio de nuestra
justificación. En el pueblo de Israel se ofrecían animales para agradar el
corazón del Señor. Se realizaban holocaustos para recibir el perdón, la
justificación. Se hacían sacrificios para ofrecer el culto debido a Dios. (Ex
5, 8). Nada de eso era suficiente. La falta era abismal. Nuestra parte de la
alianza con Dios siempre era insuficiente. Hasta que vino Jesucristo, Cordero
de Dios. Él sí podía pagar porque era Dios mismo. “Como el delito de uno solo
atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia
de uno solo procura toda la justificación que da la vida.” Rom 5, 18. Su
ofrenda de alabanza sí era agradable al Padre. “Cristo, que nos amó y se
entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.” Ef 5, 2.
Nosotros tenemos la posibilidad de unirnos a Él y de ofrecernos como Él.
Podemos, también nosotros, ser ofrendas de alabanza agradables al Padre.
Oración
de ofrecimiento
Cuando escuches las campanas que indican que se
está realizando la consagración recita esta oración:
Señor mío y Dios mío. Padre amado, me presento
ante ti deseoso de agradarte. Quiero ser hijo tuyo como lo fue Jesús. En la
unión con Él, por el Espíritu Santo, me ofrezco para ser una ofrenda de
alabanza agradable a ti, Padre. Acepta el humilde don de mí mismo.
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Extraído del libro: La Misa Misterio de Comunión
Se puede adquirir en línea en www.elarca.com.mx o digital www.amazon.com
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