martes, 28 de diciembre de 2010

TIEMPO DE CALIDAD


Inspirado por un viaje de medio día con mi hijo a los campos nevados y la necesidad de refrescar nuestra manera de pensar.

Estando en camino a las 3:15 a.m. para conducir 450 Kms. no era parte de mis planes para el fin de semana. Había estado esperando un par de días relajados para permitirme cargar mis baterías en preparación para la ajetreada semana que me esperaba.

Mi hijo mayor, Simón y un grupo de sus buenos amigos se dirigían a un fin de semana en los campos nevados, sin embargo, debido a un asunto de última hora con su transporte, me ofrecí de buena gana para proveer el auto adicional que necesitaban para asegurarse que todos llegasen al punto de llegada cerca a los campos nevados, y de esa manera pudieran disfrutar su semana de asueto esquiando y patinando sobre la nieve en tablas.

Al iniciar mi travesía temprana en la mañana lo único en lo que podía pensar era que, tan pronto llegásemos le diría adiós a los muchachos y estaría en camino de vuelta a casa… un viaje de 900 Kms. de ida y vuelta en solo 10 horas. Aunque estaba feliz de hacer el viaje, el pensar en tan larga travesía en un día era algo pavoroso, particularmente cuando estaba necesitando el tiempo para relajarme.

Con los años he llegado a darme cuenta de que en la vida, a menudo los eventos que pasan nos desafían pero con regularidad no nos revelan su propósito real en el momento. Como estaba a punto de descubrir en las siguientes 10 horas, este iba a ser el caso en esta ocasión.

El trayecto a nuestro destino fue interrumpido por las necesarias paradas de refrigerio y descanso, un desayuno tempranero en la estación de combustible de la carretera que podríamos describir como que llenó nuestras barrigas pero no las nutrió, el amanecer de un nuevo día, combinado con parches de niebla, neblina y lluvia ligera que caracterizan una mañana de invierno al acercarnos a los campos nevados.

Mientras conducíamos, Simón y yo conversamos un poco acerca del fin de semana y un montón de temas aparentemente menores y de poca importancia; sin embargo, fue maravilloso pasar este tiempo con él ya que en muy pocas ocasiones podíamos pasar juntos cinco horas continuas, exceptuando los sábados en la tarde en que jugábamos al “cricket”.

Al irme para hacer el viaje de regreso a casa, tuve la extraña sensación de soledad que rápidamente desapareció al concentrarme en conducir a través de la densa niebla matutina. En una hora había atravesado la niebla y tenía carretera abierta delante de mí, así que conecté el control de velocidad automático e invertí las siguientes cuatro horas escuchando mis discos compactos favoritos.

Cuando joven, conduje bastante por la campiña por mi cuenta y a menudo usaba ese tiempo para pensar sobre temas de “cuadro completo” tanto como asuntos y desafíos que enfrentaba en mi negocio o vida personal, muchos de los cuales se aclaraban y, hasta cierto punto, se resolvían, durante estos largos períodos de soledad dentro de mi auto.

En este día, reencendí algo de aquellos años de conducir largas distancias por mi cuenta, ya que para cuando llegué a casa había desarrollado un plan de acción en mi mente para un asunto muy importante que tenía que enfrentar la semana siguiente. Sorprendentemente, tras mi largo viaje a casa, me sentía mentalmente refrescado y lleno de energía y aunque me hallaba físicamente cansado, sabía que dormiría bien esa noche.

Recordé la cita de Ralph Waldo Emerson: “La vida es una sucesión de lecciones que necesitan ser vividas para ser comprendidas”.

Lo que este viaje no planeado a los campos nevados me había dado fue dos lecciones muy oportunas. La primera fue que todos necesitamos y nos beneficiamos al invertir tiempo de calidad con nuestros familiares, seres queridos y amigos. La segunda lección fue que un cambio en nuestro ambiente, sin importar cuan temporal sea, puede por sí mismo proveernos con la oportunidad de mirar las cosas desde una perspectiva diferente y permitirnos hallar una solución, al mismo tiempo que salir refrescados y energizados.

Espero con entusiasmo mi próximo evento inesperado y muchas más oportunidades para invertir tiempo de calidad con aquellos que me son importantes y hacen mi vida más gratificante.
Keith Ready

Decide esta misma semana, invertir tiempo de calidad con aquellos que amas. No te arrepentirás.

Acuérdate de los tiempos antiguos, Considera los años de muchas generaciones; Pregunta a tu padre, y él te declarará; A tus ancianos, y ellos te dirán.
Deuteronomio 32:7.

Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.
Eclesiastes 3:1.

LA MATANZA DE LOS SANTOS INOCENTES NO FUE NINGUNA BROMA


Cada año, el 28 de diciembre es sinónimo de bromas, burlas y monigotes.

Pero muy lejos de las chistes queda el asesinato de aquellos niños que podrían considerarse los primeros mártires perseguidos y asesinados por la causa de Cristo. Hoy se recuerda de un modo especial a los inocentes asesinados antes de nacer por causa del aborto. Nada de esto suena a broma.

La crónica de lo que ocurrió aquel día, dos años después del nacimiento de Jesús, la escribió el poeta alemán Clemens Brentano, siguiendo el dictado de la beata Ana Catalina Emmerich, quien sufrió los estigmas de la Pasión en su propia carne y quien tuvo, a principios del s. XIX, diferentes visiones sobre la vida de Cristo. Según ella misma, se apareció un ángel a María y le hizo conocer la matanza de los niños inocentes por el rey Herodes. María y José se afligieron mucho y el Niño Jesús, que tenía entonces un año y medio, lloró todo el día. Como no volvieron los Reyes Magos a Jerusalén, y estando Herodes ocupado en algunos asuntos de familia, sus temores se habían calmado un tanto; pero cuando regresó la Sagrada Familia a Nazaret y oyó las cosas que habían acontecido en el templo, con las predicciones de Simeón y de Ana en la ceremonia de la Presentación, aumentaron sus temores y angustias.

La degollación.
Herodes mandó entonces soldados que, con diversos pretextos, debían guardar los lugares alrededor de Jerusalén, a Gilgal, a Belén y hasta Hebrón, y ordenó hacer un censo de los niños. Los soldados ocuparon esos lugares durante nueve meses, mientras Herodes se hallaba en Roma. Después de su vuelta se produjo la degollación de los inocentes.

Juan el Bautista tenía entonces dos años, y había estado escondido en casa de sus padres antes de que Herodes diera la orden para que las madres se presentaran con sus hijos de dos años o menos ante las autoridades locales. Isabel, advertida por un ángel, volvió a huir al desierto con el niño Juan. Jesús tenía entonces año y medio. La matanza tuvo lugar en siete sitios diferentes. Se había engañado a las madres, prometiéndoles premios a su fecundidad; por eso ellas se presentaban a las autoridades vistiendo a sus criaturas con los mejores trajecitos. Los hombres eran previamente alejados de las madres y una vez separados de ellas, fueron degollados en patios cerrados y luego amontonados y enterrados en fosos.

Las madres acudieron con sus niños de dos años o menos a Jerusalén, desde Hebrón, Belén y otros lugares a donde Herodes había mandado a sus soldados y funcionarios. Ellas se dirigieron a las ciudades en grupos diversos: algunas llevaban dos niños montados en asnos. Cuando llegaban, eran conducidas a un gran edificio, siendo despedidos los hombres que las acompañaban. Las madres entraban alegres, creyendo que iban a recibir regalos y gratificaciones en premio a su fecundidad.

Encierro de las madres.
El edificio estaba un tanto aislado y bastante cerca del que fue más tarde el palacio de Pilatos. Como se hallaba rodeado de muros, no se podía saber desde fuera lo que pasaba dentro. Parecía aquello un tribunal, con bloques de piedra y cadenas colgantes. Había árboles que se encorvaban y ataban juntos y luego despedazaban a los desgraciados a ellos atados.

Todo el edificio era sombrío, de construcción maciza. El patio era muy grande como el cementerio que hay al lado de la iglesia parroquial de Dülmen - ciudad natal de la citada beata -. Se abría una puerta entre dos muros y se llegaba al patio, rodeado de construcciones por tres lados. Los edificios de derecha e izquierda eran de un solo piso y el del centro parecía una antigua sinagoga abandonada. Varias puertas daban al patio interno. Las madres fueron llevadas a través del patio a edificios laterales, y allí encerradas. Parecía aquello una especie de hospital o posada. Cuando se vieron encerradas, tuvieron miedo y empezaron a llorar y a lamentarse. Pasaron la noche allí dentro.

Al día siguiente fue la horrible matanza de los niños. El gran edificio posterior que cerraba el patio tenía dos pisos. El inferior era una sala grande, parecida a una prisión o a un cuerpo de guardia, y en el piso superior había ventanas que daban al patio. Allí había algunas personas reunidas en un tribunal; delante de ellas había rollos sobre una mesa. Herodes estaba presente, vestido con un manto rojo adornado de piel blanca, con pequeñas colas negras. Estaba rodeado de los demás y miraba por la ventana de la sala que daba al patio. Las madres eran llamadas una a una para ser llevadas desde los edificios laterales hasta la sala inferior. Al entrar, los soldados les quitaban los niños, llevándolos al patio, donde unos veinte hombres los mataban atravesándoles la garganta y el corazón con espadas y picas. Había niños aún vestidos con pañales, a los cuales amamantaban sus madres, y otros que usaban ya vestiditos. No se ocuparon de desvestirlos, sino que tal como venían los tomaban del bracito o del pie y los arrojaban al montón.

En la fosa común.
El espectáculo era de lo más horrible que puede imaginarse. Las madres fueron amontonadas en la sala grande y cuando veían lo que hacían con sus niños, lanzaban gritos desgarradores, mesándose los cabellos y echándose en brazos unas de otras. Al fin se encontraron tan apretadas que apenas podían moverse.

La matanza duró hasta la noche. Los niños fueron echados más tarde en una fosa común, abierta en el mismo patio. Había unos setecientos niños.

A la noche siguiente vi a las madres sujetas con ligaduras y conducidas por los soldados a sus casas. El lugar de la matanza en Jerusalén fue el antiguo patio de las ejecuciones, a poca distancia del tribunal de Pilatos. Se cumplió así lo que dice el mismo Evangelio de san Mateo, que afirma que en ese día se realizó lo que había avisado el profeta Jeremías: “Un griterío se oye en Ramá (cerca de Belén), es Raquel (la esposa de Israel) que llora a sus hijos, y no se quiere consolar, porque ya no existen” (Jer 31, 15). Y aquellos niños inocentes volaron al cielo a recibir el premio de las almas que no tienen mancha y a orar por sus afligidos padres y pedir para ellos bendiciones.

Estas almas y las de los niños pequeños, según otra devoción privada, en este caso las revelaciones del Señor a santa Faustina Kowalska, son “las más parecidas a mi corazón”. Ellas proporcionaron a Jesucristo, en su dolorosa Pasión, “fortaleza durante mi amarga agonía, ya que las veía como ángeles terrenales, velando junto a mis altares”, como nos enseña la devoción a la Divina Misericordia. Fueron los Santos Inocentes, pues, los primeros mártires del cristianismo, cuando Jesús era apenas un bebé.
Juan García

CON MARÍA, EL DÍA DE LOS SANTOS INOCENTES


José y María se miran, abundantes lágrimas caen por sus mejillas, se abrazan y abrazan al niño. Es la noche más larga, más atroz, más cruel, que les ha tocado vivir a ambos.

Existen, en nuestra vida, dolores que nos resultan incomprensibles, atroces, injustos y, sobre todo, inmerecidos. Pero, sea cual fuere la reacción que tengamos frente al dolor, él sigue allí, y nos atraviesa el alma como una afilada espada. Hoy mi dolor y mi tristeza no me dejan verte, María, como ansía mi corazón, pero sé que estas allí, aunque no pueda sentirte, estas detrás de mi dolor para sostenerme, para transformar el llanto en camino hacia al Padre.

- En profecía cumplida… - dices a mi corazón, mas, no comprendo.
- Hoy voy a hablarte de esos dolores incomprensibles que desgarran el alma y que luego, por la misericordia de Dios, se transforman en camino.
- Háblame Señora, que mi alma tiene tanta sed de tu compañía. Mi alma ansía caminos que no encuentro en la oscuridad de esta noche demasiado larga.
- Yo conozco bien las noches largas. Te hablaré de una en especial, que me pareció eterna. De una noche anunciada, tan anunciada como la nochebuena, pero olvidada luego por muchos y, lo que me desgarra el alma, una recordación tomada hoy, por tantos, como excusa para bromas.

Esta vez temo seguirte, no sé si tendré valor, pero igualmente me llevas… me llevas… y estamos nuevamente en el recinto de Belén. Vemos como José está despidiendo a tres extraños extranjeros que le habían llevado a tu hijo oro, como símbolo de su dignidad y gran valor, incienso, como símbolo de su comunión con Dios y mirra, para preparar el aceite sagrado de su unción. Tres extraños venidos de lejanas tierras siguiendo una estrella, tres extraños que, buscando al Rey de la Vida, fueron a preguntarle a un rey embriagado de poder, el camino para hallarlo…. y, sin quererlo, despertaron en él fantasmas olvidados… la profecía, la profecía de Belén…

Los extranjeros, que el mundo llamará más tarde los tres Reyes Magos, parten a su tierra por otro camino, evitando pasar cerca del palacio de Herodes, quien los aguarda como un tigre al acecho, para saltar sobre el pequeño Rey desconocido que amenaza su seguridad.

Entramos a la precaria vivienda. José nos sigue y comienza a trabajar, pues el dueño de la finca le había encargado unos arreglos y le pagaría un buen precio por ellos. José tiene los pies sobre la tierra, sabe que debe alimentar a su familia y para ello sólo conoce un modo: su trabajo.

Tú, María, te dispones a preparar la cena. José no aparta la mirada de su labor, pero es evidente que sus pensamientos están en otro sitio, quizás detrás de los muros de un palacio, tratando de leer los pensamientos de un hombre fuera de sí, mas nada te dice. La cena transcurre en paz. La presencia de esos hombres y sus obsequios han dejado más preguntas que respuestas… ¿Quiénes eran? ¿Por qué habían venido? ¿Cuál era el real significado de su presencia?… quizás representan a todos aquellos que no pertenecen al pueblo de Israel y para cuya Salvación también ha venido este niño. Demasiados acontecimientos y pocas explicaciones. La pareja se dispone a descansar pues al día siguiente deberán iniciar el camino hacia Jerusalén, para realizar la purificación de María, tal como lo establece la Ley.

Yo estoy allí, con ellos, no puedo dormir, siento miedo… conozco la historia… la he escuchado mil veces de labios de los sacerdotes. La he leído, pero no es lo mismo estar… estar… y todos, de alguna manera, alguna vez en la vida, también estamos dentro de esta historia… sólo que, enceguecidos por nuestro propio dolor, no nos damos cuenta.

A la mañana siguiente parten hacia Jerusalén, María me hace señas de que los siga. El camino es largo, el niño, pequeño aún. El animal que nos acompaña va cargado de las pocas pertenencias de los padres y, en su mayor parte, de los pañales y ropita del bebé, recibida generosamente de la esposa del dueño del pesebre.

Luego de la ceremonia del Templo volvimos a Belén, José se nota nervioso… no como quien desconfía de la protección de Dios, sino como un padre responsable que sólo desea actuar correctamente y no sabe cómo, pues presiente que Herodes no ha olvidado la presencia de los extranjeros, ni se quedará quieto ante lo que él considera una amenaza.

Durante los siguientes tres días la familia se dedica a organizar el retorno a Nazaret. José termina sus trabajos pendientes, consiguiendo de esta manera dinero para el viaje y retribuyendo, al mismo tiempo, la hospitalidad al dueño del pesebre, quien sólo pide como pago, el arreglo de una vieja mesa labrada herencia de su padre, trabajo realizado impecablemente por José.

Los planes del Señor y nuestros propios planes no van siempre por iguales caminos. La noche del tercer día no aparenta nada en especial, sólo un cielo cargado de nubarrones amenazantes. Hace frío, María amamanta a su niño y lo recuesta bien calentito en la cuna hecha por su esposo, y una blanca piel de cordero cubre las demás mantas con las que la joven madre abriga a su pequeño. El matrimonio cena al tiempo que comenta los últimos acontecimientos. José tiene largos silencios que inquietan el corazón de María quien, como esposa prudente, no pregunta. Tiran las mantas en el suelo y se disponen a dormir, yo hago lo mismo, María me besa la frente y me dice “Valor, amiga, lo necesitarás...” es la noche de la locura, pero igualmente me quedo dormida... lástima, no tuve el valor de esperar despierta, como tantas veces en la vida en las que no tengo el valor de dominar mi voluntad.

Me despiertan los gritos de José. El hombre está sentado en el suelo, empapado en sudor, su rostro está aterrado pero es sólo por un instante... enseguida se pone en pie, da vueltas en el recinto tratando de ordenar sus pensamientos, seguidamente despierta a María, la toma por los hombros al tiempo que le clama en voz baja:
- ¡María, María! Por el amor de Dios despiértate María! – y la sacude casi con violencia.
Ella abre los ojos y se asusta...
- ¿Qué pasa, José? ¡Por Dios! ¿Por qué hablas de esa forma? ¡Jesús, Jesús! ¿Le pasó algo al niño?
- No, pero le pasará si sigues allí acostada... María... he tenido un sueño, que no fue un sueño en realidad... un hombre vestido de blanco me clamaba que te tomara a ti y al niño y huyera a Egipto, pues Herodes busca al niño para matarlo.
- ¡Matarlo!...Dios mío José, que atroz pesadilla.
- María, esposa mía ¡Nos vamos a Egipto! ¡Y nos vamos ya! ¿Comprendes? ¡Ya!.
- ¿Qué dices? José... ¿Te das cuenta la distancia que nos separa de Egipto, que es medianoche, afuera arrecia el viento y el frío cala los huesos?...
- María ¿Confías en mí?
- José, confío en ti más que en nadie en esta tierra.
- Entonces, amada mía, junta todo y vámonos, los soldados se aproximan cada minuto, por cada palabra que decimos ellos están un metro más cerca... y vienen a matarlo... y no están jugando, pues un loco asesino les ha ordenado deshacerse de Jesús... la pregunta es ¿Cómo lo encontraran? Mientras a ese loco no se le ocurra... ¡Dios no puedo ni pensarlo!
- Mientras no se le ocurra matarlos a todos... - y María se estremece tanto que José debe sostenerla para que no caiga.

Yo estoy inmóvil, hubiera querido traerles un vehículo, un helicóptero, sacarlos prontamente de allí, pero eso pasa en las películas y esto es la vida real. Los padres (ahora me voy dando cuenta la clase de padre que Dios eligió para Jesús, un Hombre con mayúsculas) preparan todo prontamente, llevan sólo lo indispensable, deben dejar muebles, cuna, todo lo hecho por José. El oro de los magos les permitiría establecerse en Egipto. Dios siempre tan previsor, nos manda las pruebas y los medios para enfrentarlas. Salimos, el viento me termina de despertar, tengo varias mantas puestas encima, pero tiemblo como una hoja, parece que el corazón se me saldrá del pecho en cualquier momento. Montan los animales, María me hizo un lugar en el suyo... partimos... se ve poco, pero se ve, hay luna llena, los nubarrones ya no están, José se encamina hacia Egipto a través de la desértica región, apura el paso, no hay miradas extrañas que noten nuestra presencia. El hombre anda varias horas a marcha forzada, de tanto en tanto mira hacia atrás, con angustia, casi con desesperación. Yo, yo estoy muerta de miedo... veo soldados por todas partes... sé de sobra que no nos alcanzarán... pero una cosa es leerlo y otra estar... estar...

Falta poco para el amanecer. De pronto se escucha un galope cercano, se ve la arena removida por los cascos del animal que se acerca, es un jinete solitario, pero se dirige, peligrosamente, hacia nosotros. José nos recomienda calma, y no decir el nombre del niño. Por fin llega el personaje, un hombre más bien anciano, con la mirada perdida... loco... pobre infeliz... sólo decía:
- ¡Madres, corran, corran con sus hijos! ¡Huyan!...
José baja de su asno y se acerca al pobre hombre:
- ¿Qué le ocurre, amigo? ¿Se siente usted bien?...
- ¡Huyan, huyan mujeres con sus hijos! Sangre... muerte... niños muertos, en todo Belén... niños degollados, atravesadas sus carnecitas por las espadas de los soldados... no escapó ni uno... todo Belén es un grito... solo los pequeños murieron... los menores de dos años... ¿Por qué? ¿Por qué Dios? - grita desgarradoramente el infeliz mirando al cielo - Huyan mujeres... huyan... corran... corran...

El pobre desquiciado comienza a cabalgar nuevamente repitiendo el ya inútil consejo. Tanto horror le ha enloquecido. Se pierde en el paisaje, queriendo huir de los macabros recuerdos pero no hay lugar en donde uno pueda esconderse de los recuerdos.

José y María se miran, abundantes lágrimas caen por sus mejillas, se abrazan y abrazan al niño. Es la noche más larga, más atroz, más cruel, que les ha tocado vivir a ambos. Es la noche anunciada por el profeta Jeremías:
“En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen porque ya no existen”( Mt.2,18)

La travesía dura largos días, María se esconde muchas veces a llorar para que José no la vea... no quiere preocuparlo, más su corazón de madre está destrozado. Recuerda la espada anunciada por el anciano Simeón... ya ha comenzado a lastimarla. También veo a José llorar a escondidas, es el llanto de un hombre que se siente impotente ante la injusticia, es el llanto de un hombre justo clamando justicia.

Las primeras casas del poblado egipcio se divisan a la distancia. La noche larga ha terminado, el niño está a salvo, momentáneamente.
- Amiga - dices María, mirándome a los ojos,( mientras tus ropas y las mías vuelven a estos tiempos y el ruido de los automóviles nos sorprende frente la parroquia de Luján, en mi barrio) - gracias por compartir conmigo esta noche, una de las más duras de mi tiempo en esta tierra. Realmente, cuesta ver a Dios detrás de tanto dolor, cuesta poder encontrarlo para que nos tome de la mano, cuesta no enloquecer como ese pobre viejo del desierto... cuesta, buena amiga, pero no es imposible, es más, es el único camino. Dios, tras el dolor que nos causan los seres humanos. Dios, sosteniendo. Dios, poniendo rosas sobre tantas espinas. Dios, transformando el dolor en camino de salvación. Dios, permitiendo que nuestra angustia ayude a otros a superar la suya. Cuando tu alma tenga más preguntas que respuestas, más dolor del que crees poder soportar, más soledad que compañía, más desilusión que sueños entonces, más que nunca, búscalo; que siempre habrá un Egipto donde puedas esconderte hasta que pase el temporal.
- Señora - y apenas si puedo contener mis lágrimas - ¡Cuánto, cuánto me amas, cuánto me cuidas, cuánto me enseñas! ¿Te dije ya cuánto te amo? - y me arrojo en tus brazos y lloro por los niños muertos, lloro por mí, lloro por la humanidad.

Mientras te alejas, y yo seco mis lágrimas, un grupo de jóvenes pasa riéndose de uno de ellos, al tiempo que le dicen “¡Qué la inocencia te valga! Ja,ja,ja” típico comentario de las bromas del Día de los Inocentes.

Tengo ganas de gritar, ganas de decirles que el origen de esa recordación es la sangre de niños pequeños derramada por Jesús, pero siento que no vale la pena; prefiero escribir este relato, escribirlo para que tú, después de leerlo, ya no rías con las bromas de los 28 de diciembre. Porque si tú no ríes, si le cuentas esta historia a un amigo y él ya tampoco ríe... entonces... entonces algo habrá cambiado en este mundo... porque recordando a nuestros mártires, los honramos.

Nota de la autora:
"Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a mi imaginación, sin intervención sobrenatural alguna".
Autor: María Susana Ratero

lunes, 27 de diciembre de 2010

JUAN APÓSTOL, AMIGO DE CRISTO


Juan se caracterizó por su gran amor a Cristo. Y es lo que yo necesito, amar a Dios, sentirlo cercano, necesario.

Juan era hijo de Zebedeo, pescador de Betsaida y de Salomé, una de las mujeres que estuvieron al servicio de Jesús. Era hermano de Santiago, a quienes se les designaba con el título de "hijos del trueno". Fue discípulo de Juan el Bautista de donde pasó a ser seguidor de Cristo, convirtiéndose en uno de sus apóstoles preferidos, el “discípulo amado".

Parece ser que Juan vivió después de todo esto en Antioquía y en Efeso. Además de escribir el Evangelio, Juan escribió el Apocalipsis y tres cartas. Finalmente recordamos que fue el acompañante de María.

Entre todos los aspectos que podríamos señalar en S. Juan, vamos a quedarnos en esta meditación con esa realidad que le caracteriza tanto: su amor a Cristo.

En la vida de todo hombre están en disputa siempre una serie de valores que compiten entre sí por su primacía. Muchas veces en la esfera de la mente y de la razón se hace evidente para un cristiano que Dios es lo primero. Pero posteriormente en la esfera de lo existencial, de lo vital, del día a día, Dios se oscurece en la conciencia para dar paso a otras realidades que copan plenamente la energía, la atención, el pensamiento, la preocupación, hasta el punto de que se convierten así en las verdaderas razones de nuestro existir.

Es ésta una lucha constante y normal en nuestro interior. La realidad de Dios se ve frecuentemente vapuleada por otras realidades que la desplazan. Se termina teniendo tiempo para casi todo, pero no para Dios. Hay frases muy usadas y muy conocidas como “no tengo tiempo para el espíritu”, “me es imposible ir a misa”, “no encuentro tiempo para confesarme”, “ya quisiera tener un minuto para poder leer el Evangelio o algún libro formativo”. En el fondo de todo ello está la derrota del espíritu frente a la fuerza y empuje de lo material, de lo inmanente, de lo pasajero. A veces queremos reaccionar frente a esta situación, pero enseguida el tráfago de la vida y las ocupaciones nos apartan de nuestros propósitos.

Como consecuencia de todo ello, sentimos que el espíritu empieza a perder entusiasmo por Dios y nos encontramos cada vez más con un vacío que nos angustia y llena de culpabilidad. Es como si mascáramos el fracaso de una vida que, a medida que avanza, se siente más vacía. Y es que no podemos apagar la sed del espíritu, es que no podemos negar al corazón lo que el corazón necesita de veras, porque tras el olvido de Dios llega a continuación el poner en un lugar también secundario la familia, la esposa, los hijos, la honradez, la verdad. El fracaso del espíritu siempre arrastra tras sí a todo el hombre.

Todo ello hace comprender por qué Dios quiere ser Dios en nuestra vida o por qué el hombre no puede concebir una vida sin Dios. La medida de nuestra dicha, de nuestro gozo, de nuestra paz no puede ser otro que Dios. “Nos hiciste, Señor, para ti”. Son palabras que han tenido, tienen y seguirán teniendo una fuerza y una verdad incontestables. Por más que los hombres se empeñen en llenar el vacío de Dios con otras realidades, nunca lo lograrán. Ahí está el porqué Dios es el Señor de nuestras vidas. Sería un suicidio querer plantear una vida y un futuro lejos de Él.

Pero no basta que Dios sea Dios en nuestra vida. Desde su realidad de Dios, Dios debe ser vivido como Padre, Amigo, Compañero, Confidente. Un Dios en quien se crea, pero que no afecte cordialmente a mi vida, con quien yo no tenga una relación personal e íntima, que yo no sienta a mi lado, nunca terminaría convirtiéndose en mi vida en lo primero. Puedo creer en Dios, puedo respetar a Dios, puedo temer a Dios, pero esto necesariamente no es amor. Y realmente lo que necesito es amar a Dios, es decir, sentirlo como persona, sentirlo cercano, sentirlo necesario.
Autor: P. Juan J. Ferrán

TERAPIA ANTE LA FALTA DE TIEMPO


Con una mirada atenta seremos capaces de establecer prioridades y de lanzarnos a conquistas concretas.

La sensación de que falta tiempo nos agobia en muchas ocasiones, a veces durante semanas, meses o incluso años.

Durante el día vemos y sentimos cientos de reclamos. Pensamos hacer esto y lo otro. Deseamos estirar al máximo el tiempo para que quepan deseos y proyectos, unos buenos, otros indiferentes, otros tal vez malos y dañinos para uno mismo y para otros.

Es importante detenernos para ver si existen “grietas” por las que se nos va el tiempo. Esas grietas surgen cuando curiosidades o placeres inmediatos nos apartan de lo importante, de lo urgente, de lo necesario, para atarnos a caprichos que dan pequeños placeres que, a la larga, pueden llevar a grandes desengaños.

Otras veces el problema radica en que hemos acogido una serie de proyectos y compromisos que nos encadenan a asuntos de importancia menor. Si me ato a un blog o a una larga (y hueca) serie televisiva; si siento una extraña “obligación” de leer noticias en la prensa o en Internet; si el correo electrónico se convierte en un instrumento que absorbe horas y horas de la semana...

Es entonces cuando podemos pensar que llega la hora de podar todo aquello que no es necesario y de centrarse en lo que realmente sirve para uno mismo, para los propios familiares y amigos, para los compañeros de trabajo, para la sociedad.

Con una mirada atenta seremos capaces de establecer prioridades y de lanzarnos a conquistas concretas. Entonces veremos cómo disminuye la sensación de que nos falta tiempo, y cómo el pasar de las horas dejará de ser una angustia que nos desespera. Podremos ir a lo esencial y abrirnos a lo importante, a lo que me pide Dios y lo que necesitan los demás seres humanos, a lo que vale para el presente y para el horizonte de lo eterno.
Autor: P. Fernando Pascual

domingo, 26 de diciembre de 2010

¡CÓMO SE SUFRE CUANDO SE PIERDE ALGO QUE AMAS!


26 de diciembre 2010

Mi hija me llamó para invitarme a su casa para pasar la Navidad. Le pregunté si podía llevar a mi perrito Chiki porque él le tiene terror a los cohetes... y era una noche de cohetes. Me dijo que no, porque ¿dónde lo iba a poner? ¿quién lo iba a cuidar?... porque mi Chiki es muy especial en sus preferencias. La casa de mi hija queda fuera de Lima, a dos horas.

Aseguré su corral y nunca pensé que su angustia podía romper cualquier barrera. Me fui a la casa de mi hija con la intención de quedarme a dormir hasta el día siguiente. Partí con mi padre de 87 años y mi hijo menor.

Vino la cena, la repartición de regalos y algo me decía que no me quedara a dormir. Mi hijo también quería regresar para estar con sus amigos. Le pregunté a mi padre mis intenciones de regresar y me dijo que él era materia dispuesta. Así que partimos de regreso, mi hijo se fue a su casa y yo con mi papá a la mía.

Cuando llegamos, lo primero que hice fue ver cómo estaba mi perrito.... no estaba... se había escapado a la calle por la desesperación de los cohetes. Lo acosté a mi padre y salí a buscarlo... eran las dos de la mañana y nada. Estuve toda la noche buscándolo, preguntando a todo el que pasaba si lo habían visto... y nada. Regresé a mi casa y desde la azotea miraba a ver si regresaba... ¡que angustia! Rezaba a Dios llorando que apareciera, le prometía a Dios infinidad de cosas y a la vez le reclamaba diciéndole que ya se había llevado muchas cosas que yo amaba ¿por qué me estaba dejando cada día más solo?... ¡qué buen regalo por Navidad!.

Desarmé su corralito y su casita, boté todo a la calle... era una de la promesas que le había hecho a Dios... que si aparecía Chiki, él iba a dormir en mi cama... nunca más lo iba a dejar solo. Me adelanté a su aparición... en el fondo mi fe me decía que iba a aparecer.

Embarqué en un taxi a mi padre y seguí buscando. No dormí toda la noche y me sentía cansado. Fui a una tienda en la noche del 25 a comprar y el guardián de la cuadra me preguntó si ya había encontrado a mi perrito... le contesté que no. Me dijo que él sabía donde estaba y me llevó al sitio. El otro guardián de la cuadra me mostró la casa pero dijo que el dueño no llegaba hasta las 9 de la noche.... eran las 8 p.m. del 25. Una hermana de mi grupo que vivía cerca se ofreció a acompañarme mientras que ya todo el grupo se había enterado y estaban en oración. Para esto, mi esposa y una hermana de grupo, hicieron, por su cuenta una busquedad de mi compañerito... aunque no lograraron nada.... aparte de difundir la pérdidad.

Esperamos hasta las 10:30 p.m. y la persona no llegaba, así que le dejé mis teléfonos al guardián de la cuadra para que me llamara a la hora que llegaran los dueños de la casa donde se suponía estaba el Chiki. Lo único que yo rogaba era que él era realmente mi perrito. Mi hermana de grupo se fue a su casa y yo a la mía a esperar la llamada. Yo decía, entre mí, que si no era Chikí, lo iba a adoptar... al menos hasta que aparecieran sus dueños.

A eso de las 11 p.m. sonó el teléfono y era la dueña de la casa que me decía que podía pasar por mi perrito en 20 minutos. Yo ya no lloraba de pena sino de alegría y agradecía a Dios sin saber siquiera si era mi perrito al que esas personas habían recogido.

Los minutos se me hacían más largos cada vez... y salí a buscarlo. Llegué a la casa y salió una señora con su esposo... y mi Chiki con ellos.... me vio y corrió a mis brazos... creo que los dos llorábamos. Agradecí a las personas, y a los guardianes les regalé un Panetón a cada uno y nos dirigimos Chiki y yo a nuestro hogar... por fin pude descansar.

Me pregunto... ¿si sufrí tanto por mi Chiki perdido por 24 horas, cómo deben haber sufrido José y María cuando Jesús, de niño, se les perdió tres días y luego lo encontraron en el Templo? Creo que ahora llamaré más seguido a mi padre y trataré de estar con él mucho más tiempo

Muchas veces uno no valora lo que tiene hasta que lo pierde.
José Miguel Pajares Clausen
26 de diciembre 2010

NOMBRE DE DIOS


Moisés tuvo un problema en el Sinaí, cuando ante la zarza ardiendo, le respondió al Señor. "Contestó Moisés a Dios: Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros"; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé? Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que soy. Y añadió: Así dirás a los israelitas: “Yo soy" me ha enviado a vosotros”. (Ex. 3,13-14). Moisés sabía que tenía que dar un nombre, un nombre que fuese la garantía de que lo que él proponía tenía un aval de carácter superior.

La importancia que tiene, el conocer el nombre de una persona, ha variado mucho a través de los siglos. En la antigüedad, el simbolismo del nombre representaba mucho, y todavía algo de aquella valoración y simbología de lo que significaba conoce el nombre de una persona, ha llegado a nuestros días, aunque de forma muy debilitada. Por ejemplo a nadie se le ocurre llamar al presidente de la compañía en que trabaja, si es un simple empleado, por su nombre de pila y menos todavía llamarle Luisito, Antoñito, o Pepe. En el mundo de la política existe un ministro, al que antiguamente, cuando todavía no había destacado lo suficiente, toda la prensa le llamaba “Pepiño”, y ahora no hay periódico de la tendencia que sea, que se refiera a él llamándole “Pepiño”. En el mundo anglo-sajón, no existe el tuteo, y la relación de confianza entre personas se marca por utilizad del nombre de pila y no el apellido.

Los griegos en la antigüedad, admitían la existencia de un lazo entre las cosas y su nombre. Para ellos, designar, era llamar a la vida. Conocer el nombre de un dios, era tenerlo a su disposición. Hoy en día esto no se entiende así, pero en la Biblia, poner nombre, significaba “ser dueño de”. En efecto en el antiguo oriente el nombre no es un mero título, sino que representa el ser mismo de la cosa. Y conocer el nombre de alguien para poder nombrarlo equivalía a tener poder sobre él. Los hombres de la Biblia no se atreven a definir a Dios ni siquiera a nombrarlo. Definir es abarcar algo y Dios es inabarcable. Nombrar es aprehender, y medir la esencia de una persona, y Dios no es mensurable, no se le puede medir. Por ello llamar a Dios por su nombre es participar del poder que emana de Él. Y por eso los judíos no se atrevían a pronunciar el nombre de Yahvé y lo habían reemplazado por el de Adonai; solo el sumo sacerdote lo pronunciaba el día de la fiesta del Yom Kippur.

A Moisés el Señor, le responde: “Yo soy el que soy, yo soy el que era, yo soy el que seré” o dicho en otras palabras: “Yo soy el Dios de los tiempos remotos, de los tiempos presentes, y de los tiempos futuros”, el “Eterno y el Novísimo”, el “Primero y el último”, el “Alfa y el Omega”. Todo se comprende en Dios fuera de Él nada hay, nada existe.

Para el Señor es trascendente el nombre de la persona. Cuando Él quiere encomendarle a alguien determinado una misión concreta, el Señor lo hace suyo cambiándole su nombre. Así tenemos loes ejemplos de Abraham, nombre que se le sustituyó al primitivo de Abram, así Jacob, pasó a llamarse Israel, y más conocido es el caso de San Pedro, al cual el Señor le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”. (Mt 16,17-18). Modernamente cuando una persona se consagra al servicio del Señor, entrando en una orden religiosa, es costumbre habitual que cambie de nombre, al igual que el Cardenal que en cónclave es elegido papa, lo primero que se le pregunta, en la misma capilla Sixtina, es que manifieste el nuevo nombre con el que quiere ser conocido.

Con referencia a nuestro futuro nombre en el más allá, en el Apocalipsis podemos leer: “El que pueda entender, que entienda lo que el Espíritu dice a las Iglesias: al vencedor, le daré de comer el maná escondido, y también le daré una piedra blanca, en la que está escrito un nombre nuevo que nadie conoce fuera de aquel que lo recibe”. (Ap 2,17). También en el libro del profeta Isaías, se puede leer: “Ustedes dejarán su nombre a mis elegidos para una imprecación: “¡Así te haga morir el Señor!”. A mis servidores, en cambio, se los llamará con otro nombre”. (Is 65,15).

A nosotros cuando nos bautizan se nos da un nombre y bajo ese nombre y con ese nombre ingresamos bajo el dominio de Dios. Es una llamada a someternos a su amor salvador, a permitirle hacerse cargo de nosotros, gobernar, reinar en nuestros corazones, por el Espíritu. El apóstol San Pablo traduce bien esta idea cuando escribe: “Yo continuo luchando para alcanzar (la perfección), como Cristo me alcanzó a mí”. (Flp 3,12) Para San Pablo ser alcanzado por Cristo es permitir al Espíritu del Señor apoderarse de él, poseerlo por entero.

Pero volviendo al tema del nombre del Dios, el Catecismo de la Iglesia católica, en el parágrafo 203 nos dice: Dios se reveló a su pueblo Israel dándole a conocer su Nombre. El nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera, comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más íntimamente conocido y de ser invocado personalmente. Pero la revelación del nombre de Dios, fue un lento proceso. Así el parágrafo 204 nos dice que: Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés en la teofanía de la zarza ardiente, en el umbral del Éxodo y de la Alianza del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental tanto para la Antigua como para la Nueva Alianza.

El Señor además de revelarnos su nombre misterioso, por medio de Moisés en la zarza ardiendo del Sinaí, nos revelo varias cosas más de las que hablaremos en otra glosa.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.
Juan del Carmelo

EL SECRETO DEL PADRE PIO


El padre Pío no celebró congresos, ni pronunció discursos, no promovió concentraciones, manifestaciones, documentos, proyectos pastorales.

Para cambiar el mundo, para salvar a la humanidad, celebró la Santa Misa. Es este el único acontecimiento que cambia el mundo. El Calvario, con el que Dios ha derrotado todo el Mal de los hombres y del Maligno. En efecto, para la Iglesia no puede celebrarse la misa sin un crucifijo.

Si el mundo, inmerso en el Mal y en la más feroz violencia, no ha sido aún reducido a cenizas, ha sido sólo gracias a la Santa Misa. Por eso nos da a entender el Padre Pío que no hay desastre, guerra o catástrofe que sea un mal mayor que la desaparición de la misa: "El mundo podría quedarse incluso sin sol, pero no sin la Santa Misa".

El Cardenal Siri nos desvela un misterio excepcional: "Mientras se celebra la Santa Misa todo el mundo recibe algo de esa celebración". Incluso la más humilde de las celebraciones eucarísticas en el mas apartado pueblecito de la cristiandad, ante unas cuantas humildes mujeres, acarrea a la humanidad beneficios que ninguna gran iniciativa humana, ni conferencia, ni manifestación, ni acción política o social pueda acarrear. Ninguna revolución humana, pacifista incluso, ninguna diplomacia ni gobierno o partido o fuerza terrena puede hacer por la paz y el bien de los hombres, lo que hace la misa celebrada en la más apartada parroquia de la cristiandad.

El Cardenal Ratzinger, durante la Misa pro eligiendo Romano Pontífice en 2005, citaba a San Pablo, y añadía: "Cuántos vientos de doctrina hemos conocido en estos últimos decenios, cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento... No ha sido raro que la pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos se viera agitada por esas oleadas - arrojada de un extremo al otro: del marxismo al liberalismo, pasando por el libertinaje; del colectivismo al individualismo radical; del ateismo a un vago misticismo religioso; del gnosticismo al sincretismo etc...

Los católicos parecen haber olvidado que no hay nada, absolutamente nada, que pueda ser equiparable a la misa en cuanto a fuerza y eficacia de salvación y de cambio de la historia. Efectivamente desde que la fe en ella ha disminuido, se ha multiplicado el afanoso atarearse, el hablar, y el hablar de más por parte de los cristianos, acaso arrastrados aquí y allá, por una ráfaga cualquiera de la doctrina.

Los católicos se han hecho la ilusión de que la redención de la humanidad, o aunque no fuera más que un cambio del mundo, podría ser llevada a cabo por el hombre mediante su compromiso de cristianos, o mediante el compromiso de los hombres a favor de los últimos, de los penúltimos, de la justicia, del bien.

Mas aún, en el Siglo XX, dentro de la propia Iglesia, una sombra terrible ha caído sobre la santa liturgia, y tal vez fuera que para iluminar a los cristianos, el Cielo quiso conceder a nuestro tiempos el primer sacerdote estigmatizado de la historia cristiana, un sacerdote que revivía en sus propias carnes el misterio del Calvario durante la Santa Misa. Y que no fuera casual que el padre Pío muriera precisamente en los meses que se estaba llevando a cabo esa reforma litúrgica que, según la interpretación de muchos círculos clericales, hubiera debido poner en la sombra de forma completa, la noción de "sacrificio", corriendo el riesgo así de transformar de hecho el catolicismo en protestantismo. (No hay que olvidar que el ciclón protestante que devastó la Iglesia como pocos otros, se dirigió sobre todo a barrer la Eucaristía, centro y fundamento de toda la obra de la Redención).

Sin embargo, si no pudo llegar a perpetrarse algo semejante, borrar la noción de "sacrificio" de la Santa Misa, los daños fueron inmensos en cualquier caso, lo que llevo a este Papa a escribir: "Estoy convencido de que la crisis eclesial en la que nos encontramos hoy, depende en gran parte del hundimiento de la liturgia, que a veces se concibe directamente "etsi Deus non daretur": como si en ella ya no importase si hay Dios, y si nos habla y nos escucha. Pero si en la liturgia no aparece ya la comunión de la fe, la unidad universal de la Iglesia y de su historia, el misterio de Cristo viviente, ¿dónde hace acto de presencia la Iglesia en su sustancia espiritual? De esta manera la comunidad se celebra únicamente a sí misma, sin que algo así merezca la pena".

Así, por más que lo esencial se haya salvado, la mentalidad de los cristianos ha quedado contaminada y la ortodoxia católica está minada porque "lex orandi, lex credendi". En especial, el ataque ha sido atestado contra el carácter del sacrificio expiatorio de la Santa Misa, precisamente el que la Providencia ha querido recordarnos con el padre Pío.

El padre Pío no se limitó a dejarnos su asombroso ejemplo. Su misión no finalizó el día de su muerte, el 23 de septiembre de 1968. Monseñor Pietro Galeone que formó parte de su proceso de beatificación ha revelado un secreto que nos deja sin palabras: "El padre Pío me reveló que le había pedido a Jesús, y que lo había obtenido, no sólo el poder de ser una víctima perfecta, sino también una víctima perenne, con el fin de prolongar su misión de corredentor con Cristo hasta el final de los tiempos. El me dijo y me confirmó que había recibido del Señor, la misión de ser víctima y padre de víctimas hasta el último día... El secreto de su singular fortaleza le venía del fuego devorador del amor, más fuerte que la muerte, que le abrasaba las visceras por amor hacia Cristo y hacia sus hermanos de las futuras generaciones".

(Texto entresacado del libro de Antonio Socci, El Secreto del Padre Pío).
Luis Lopez-Cozar

UNA FAMILIA FELIZ PORQUE AHÍ ESTABA DIOS


Una familia muy pobre, tenía lo elemental para vivir. Sin embargo, ha sido la familia más feliz.

Hoy se celebra la fiesta de la Sagrada Familia. Una familia formada por José, María y el Niño Jesús. Era una familia muy pobre, tenía lo elemental para vivir. Sin embargo, ha sido la familia más feliz.

Feliz porque ahí estaba Dios. Una familia feliz porque ahí se rezaba todos los días. Feliz porque ahí se trabajaba con paz y con amor. Allí se amaba la vida, allí se amaban entre ellos con un grandísimo corazón.

¡Cuánto necesitamos nosotros que esa Sagrada Familia nos ayude a recuperar muchos valores familiares que se ha llevado el viento!

¡Oh Familia de Nazareth, qué pocos elementos te bastaron para ser una familia feliz y hermosa! ¡Cómo necesitamos que vuelvas a injertar en nuestros hogares, en nuestros corazones, esa maravillosa gama de virtudes que tiene la familia!

Todos los que quieran saber cuál es la familia más maravillosa deben visitar Nazareth, y preguntar a José a Jesús y a María cómo se puede ser feliz en familia.
Autor: P. Mariano de Blas LC

MENSAJE DE NAVIDAD DE BENEDICTO XVI


“¿Qué busca nuestro corazón si no una Verdad que sea Amor?”

CIUDAD DEL VATICANO, sábado, 25 diciembre 2010 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje navideño que dirigió a mediodía Benedicto XVI desde el balcón de la fachada de la Basílica de San Pedro del Vaticano antes de impartir la bendición "Urbi et Orbi".

"Verbum caro factum est" - "El Verbo se hizo carne" (Jn 1,14).

Queridos hermanos y hermanas que me escucháis en Roma y en el mundo entero, os anuncio con gozo el mensaje de la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha venido a habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el "Emmanuel", el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de Jesús.

Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él, verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn1,14).

"El Verbo se hizo carne". Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo y la carne son realidades opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere compartir con el amado, quiere estar unido a él, y la Sagrada Escritura nos presenta precisamente la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que culmina en Jesucristo.

En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que ha creado el mundo es el mismo que ha llamado a Abraham y que ha revelado el propio Nombre a Moisés: Yo soy el que soy... el Dios de Abraham, Isaac y Jacob... Dios misericordioso y piadoso, rico en amor y fidelidad (cf. Ex 3,14-15; 34,6). Dios no cambia, desde siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la Trinidad, y cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La encarnación es la cumbre de la creación. Cuando, por la voluntad del Padre y la acción del Espíritu Santo, se formó en el regazo de María Jesús, Hijo de Dios hecho hombre, la creación alcanzó su cima. El principio ordenador del universo, el Logos, comenzó a existir en el mundo, en un tiempo y en un lugar.

"El Verbo se hizo carne". La luz de esta verdad se manifiesta a quien la acoge con fe, porque es un misterio de amor. Sólo los que se abren al amor son cubiertos por la luz de la Navidad. Así fue en la noche de Belén, y así también es hoy. La encarnación del Hijo de Dios es un acontecimiento que ha ocurrido en la historia, pero que al mismo tiempo la supera. En la noche del mundo se enciende una nueva luz, que se deja ver por los ojos sencillos de la fe, del corazón manso y humilde de quien espera al Salvador. Si la verdad fuera sólo una fórmula matemática, en cierto sentido se impondría por sí misma. Pero si la Verdad es Amor, pide la fe, el 'sí' de nuestro corazón.

Y, en efecto, ¿qué busca nuestro corazón si no una Verdad que sea Amor? La busca el niño, con sus preguntas tan desarmantes y estimulantes; la busca el joven, necesitado de encontrar el sentido profundo de la propia vida; la busca el hombre y la mujer en su madurez, para orientar y apoyar el compromiso en la familia y en el trabajo; la busca la persona anciana, para dar cumplimiento a la existencia terrenal.

"El Verbo se hizo carne". El anuncio de la Navidad es también luz para los pueblos, para el camino conjunto de la humanidad. El "Emmanuel", el Dios-con-nosotros, ha venido como Rey de justicia y de paz. Su Reino - lo sabemos - no es de este mundo, sin embargo, es más importante que todos los reinos de este mundo. Es como la levadura de la humanidad: si faltara, desaparecería la fuerza que lleva adelante el verdadero desarrollo, el impulso a colaborar por el bien común, al servicio desinteresado del prójimo, a la lucha pacífica por la justicia. Creer en el Dios que ha querido compartir nuestra historia es un constante estímulo a comprometerse en ella, incluso entre sus contradicciones. Es motivo de esperanza para todos aquellos cuya dignidad es ofendida y violada, porque Aquel que ha nacido en Belén ha venido a liberar al hombre de la raíz de toda esclavitud.

Que la luz de la Navidad resplandezca de nuevo en aquella Tierra donde Jesús ha nacido e inspire a israelíes y palestinos a buscar una convivencia justa y pacífica. Que el anuncio consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor y conforte en las pruebas a las queridas comunidades cristianas en Irak y en todo Oriente Medio, dándoles aliento y esperanza para el futuro, y animando a los responsables de las Naciones a una solidaridad efectiva para con ellas. Que se haga esto también en favor de los que todavía sufren por las consecuencias del terremoto devastador y la reciente epidemia de cólera en Haití. Y que tampoco se olvide a los que en Colombia y en Venezuela, como también en Guatemala y Costa Rica, han sido afectados por recientes calamidades naturales.

Que el nacimiento del Salvador abra perspectivas de paz duradera y de auténtico progreso a las poblaciones de Somalia, de Darfur y Costa de Marfil; que promueva la estabilidad política y social en Madagascar; que lleve seguridad y respeto de los derechos humanos en Afganistán y Pakistán; que impulse el diálogo entre Nicaragua y Costa Rica; que favorezca la reconciliación en la Península coreana.

Que la celebración del nacimiento del Redentor refuerce el espíritu de fe, paciencia y fortaleza en los fieles de la Iglesia en la China continental, para que no se desanimen por las limitaciones a su libertad de religión y conciencia y, perseverando en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, mantengan viva la llama de la esperanza. Que el amor del "Dios con nosotros" otorgue perseverancia a todas las comunidades cristianas que sufren discriminación y persecución, e inspire a los líderes políticos y religiosos a comprometerse por el pleno respeto de la libertad religiosa de todos.

Queridos hermanos y hermanas, "el Verbo se hizo carne", ha venido a habitar entre nosotros, es el Emmanuel, el Dios que se nos ha hecho cercano. Contemplemos juntos este gran misterio de amor, dejémonos iluminar el corazón por la luz que brilla en la gruta de Belén. ¡Feliz Navidad a todos!

Traducción distribuida por la Santa Sede

viernes, 24 de diciembre de 2010

¡FELIZ NAVIDAD 2010!


¡QUÉ DIOS ESTÉ EN TU CORAZÓN ESTA NOCHE Y SIEMPRE!
José Miguel Pajares Clausen
24 de diciembre 2010

LA SAGRADA FAMILIA


LA SAGRADA FAMILIA: TRINIDAD DE LA TIERRA

Hasta ahora hemos abordado el estudio de la Trinidad analizando las relaciones que los evangelios nos presentan entre Jesús, su Padre Dios y el Espíritu Santo.

Pero puede también seguirse otro camino más sencillo: el camino de Belén, Egipto y Nazareth. Dios Hijo, ahora lo podemos entender, eligió al hacerse Niño entre nosotros una morada lo más parecida posible a su Divina Comunión Trinitaria: la Sagrada Familia, morada de entrega y amor mutuo, morada de humildad y, sobre todo, morada en la que se participa del modo humanamente más perfecto posible de la Vida Trinitaria.

Si, como ha dicho Juan Pablo II, "el modelo originario de la familia, hay que buscarlo en Dios mismo, en el misterio trinitario de su vida", entonces la familia es también el lugar que mejor nos puede ayudar a comprender la Trinidad. Si el "Nosotros" divino constituye el modelo eterno del "nosotros" "humano", entonces el "nosotros" humano familiar es icono de la Trinidad. Según esto, la familia es la realidad humana en la que se refleja con más limpidez el Amor Intratrinitario, el mejor ejemplo humano para poder entender a Dios. Y Dios es, de algún modo un "nosotros" familiar.

Afirmar esto no es decir simplemente algo bonito. Significa, como ha dicho el Santo Padre, que la imagen y semejanza divinas no se cumplen sólo en un hombre singular, sino también en la relación hombre-mujer, es decir, que cabe la analogía interpersonal, ya que "a imagen de Dios lo creó. Hombre y mujer lo creó" (Gen 1, 27).

Además, a la luz de lo visto en estos capítulos, podemos comprender que hay dos aspectos del nosotros familiar en los que se reproduce el nosotros trinitario. El modo en que se articulan ambos aspectos cambia en la Trinidad y en la familia, por supuesto, ya que se trata sólo de una analogía. Pero la analogía sirve para comprender más a fondo los dos términos de ella: tanto a la familia como a la Trinidad.

En primer lugar la familia reproduce los dos tipos de amor intratrinitario. Los dos amores familiares, el amor-don de sí de los esposos y el amor-generación paterno-filial los ha querido Dios hacer así como un reflejo de las dos entregas que estructuran la Trinidad, la entrega-generación que marca la relación Padre-Hijo y da origen a esas dos personas en el Espíritu y la entrega-anhelo o entrega-don que marca la relación Padre-Hijo anhelantes- Amor anhelado y da origen a la persona del Espíritu Santo.

En segundo lugar es también propio del amor familiar esa tendencia simultánea hacia dos quienes que hemos descubierto en el dinamismo amoroso trinitario. La familia hace que, así como en la Trinidad cada persona ama con un mismo dinamismo a las Otras dos, el amor del padre a la madre incluya el amor del hijo, el amor de la madre al esposo incluya el amor del hijo y el amor del hijo por el padre o la madre incluya el amor por el otro progenitor. El amor a uno incluye el amor hacia el otro.

Podemos terminar, por tanto, este estudio sobre Dios, afirmando que la Sagrada Familia es el lugar del mundo donde más radicalmente se reproduce el modelo trinitario. Y podemos también, en este sentido, atisbar de algún modo la intensidad del amor del corazón de María por su esposo San José al darnos cuenta de que su amor hacia él era parte del mismo dinamismo de amor con que Ella se entregaba a su Hijo Jesucristo.
Alejandro Burgos

LA SAGRADA FAMILIA
Se celebra la fiesta de la sagrada familia el domingo que cae dentro de la octava de navidad. Es una fiesta de devoción, introducida por primera vez como celebración opcional en 1893. El culto de la sagrada familia se hizo muy popular en el siglo pasado, sobre todo en Canadá. El papa León XIII lo promovió muchísimo. En unos tiempos en que las fuerzas secularizantes constituían una amenaza clara para la familia cristiana, se propuso a la sagrada familia de Nazaret como modelo, como fuente de inspiración y de ayuda.

Su origen relativamente reciente y el hecho de que propende al sentimentalismo han hecho que esta fiesta no goce de aceptación universal. Ciertamente tenemos que disociarla de un tipo de espiritualidad un tanto superficial, que presenta pinturas ñoñas e idílicas de la familia de Nazaret y que se refleja en un determinado tipo de arte religioso muy popular en el siglo pasado. La liturgia de la fiesta no constituye el espaldarazo ni la perpetuación de una piedad tan equivocada. Trataremos de verla aquí de manera objetiva y positiva.

Si la consideramos de manera positiva, la fiesta puede ayudarnos a ver la encarnación en un contexto más amplio, a considerar sus consecuencias culturales y sociales. Efectivamente, no basta con decir que el hijo de Dios se hizo hombre. Esto sucedió en un tiempo y en un lugar concretos. El adoptó una familia, un hogar, una ciudad, un medio cultural determinados; creció en este entorno, fue educado en la fe judía, aprendió el oficio de carpintero e hizo amigos. Los años pasados en Nazaret fueron años de formación, de preparación para su misión.

En una exquisita homilía que se lee en el Oficio de lecturas, el papa Pablo VI llama la atención sobre este aspecto de la encarnación. Y reflexionando sobre la vida familiar de Cristo en Nazaret, dice: "Sobre todo aquí se hace patente la importancia de tener en cuenta la pintura general de su vida entre nosotros, con su concreto entorno de lugar, tiempo, costumbres, lengua, práctica religiosa". Dios se hizo hombre, trabajador, carpintero e hijo de carpintero, nazareno, cuyos padres eran conocidos en aquel lugar. Le reconocemos como verdadero hombre, pero no perdemos de vista jamás su naturaleza divina. Efectivamente, "adoramos al hijo del Dios vivo que se hizo" Hijo en una familia humana.

Navidad es un tiempo hogareño, familiar. Y esto tiene una importancia religiosa y psicológica: necesitamos volver a los orígenes, a las raíces, a la familia de cuando en cuando. En el plano espiritual hacemos esto en nuestras celebraciones litúrgicas, renovando nuestros "orígenes sagrados" cuando celebramos el nacimiento de nuestro Señor. La cueva, el pesebre..., allí comenzó todo. Pero el hogar fue el entorno en el que aprendimos la fe por primera vez. Para los judíos de otros tiempos era una obligación sagrada la de volver al hogar y a la familia. Toda la noción del Año Jubilar da testimonio de esto: "Cada uno de vosotros recobrará su propiedad, cada uno de vosotros se reintegrará a su clan" (Lev 25,10). De esta manera, la navidad es una especie de celebración de familia en el plano humano y en el espiritual.

El Antiguo Testamento da testimonio de un elevadísimo ideal de vida familiar en el pueblo judío. Aparece claramente esto en la primera lectura de la misma, tomada del Levítico (3,2-14), que destaca la virtud del amor y de la obediencia filiales. Indudablemente, san Pablo se inspiró en este y en otros textos similares cuando escribió de comunidad y de vida familiar en el Señor. En el Oficio de lecturas tenemos su tratado del capítulo 5 de Efesios, donde habla del amor y de la fidelidad conyugales, de la obediencia mutua, del deber de los hijos para con los padres y de éstos para con aquéllos. La segunda lectura de la misa, tomada del capítulo 3 de la carta a los de Colosas, ofrece un bello ideal no sólo de vida familiar, sino de vida comunitaria en general.

La vida familiar es un valor importantísimo, pero no absoluto. Jesús buscó ante todo la voluntad de su Padre. Los lazos familiares estaban subordinados a la misión que él había recibido del Padre. Las lecturas evangélicas para el ciclo trienal aluden de una forma un tanto inquietante a lo que espera a Jesús y a sus padres: él será mal interpretado y perseguido, será "signo de contradicción", y una espada de dolor atravesará el corazón de su madre.

"¿No sabíais que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?" Y llegará el momento en que Jesús abandone el hogar y a sus padres para adoptar la vida incómoda de un predicador itinerante, sin hogar y sin un lugar donde reclinar su cabeza. No deja de amar a sus padres ni rompe todos los lazos y relaciones con el hogar, pero tiene que distanciarse de la vida segura circunscrita a Nazaret, a fin de entregarse por completo a su misión. Había que establecer nuevas relaciones que trascendieran el parentesco puramente humano. Jesús mismo llegaría a declarar que sus padres y sus hermanos eran los que hacían la voluntad de su Padre.

Los seguidores de Jesús están llamados también a dejar la seguridad del hogar y de la familia, a sacrificar todo aquello que es lo más deseable desde una perspectiva humana. Ese es el contenido de toda vocación religiosa o de una vocación que encierra una llamada concreta a seguir a Cristo y a servir a sus hermanos. Es necesario que nos perdamos a nosotros mismos para encontrarnos. Hay que ampliar el horizonte de nuestra familia para abrazar a todos los hombres y mujeres. Esto no significa un frío distanciamiento de nuestra propia parentela, sino la no esclavización en el apego a ellos. Jesús no se distanció de su madre, pues ella le acompañó hasta el final. Nosotros no dejamos o abandonamos a nuestros padres o familiares, sino que establecemos una relación nueva y más profunda con ellos. Porque el Señor, complacido en nuestro sacrificio, nos devolverá, en una forma más profunda y bella, a nuestros padres, hermanos, hermanas y amigos.
Vincent Ryan
Adviento-Epifanía

ORACIÓN A LA SAGRADA FAMILIA

Sagrada Familia de Nazaret:

Enséñanos el recogimiento, la interioridad; danos la disposición de escuchar las buenas inspiraciones y las palabras de los verdaderos maestros.

Enséñanos la necesidad del trabajo de reparación, del estudio, de la vida interior personal, de la oración, que sólo Dios ve en los secreto.

Enséñanos lo que es la familia, su comunión de amor, su belleza simple y austera, su carácter sagrado e inviolable.
Amén.