sábado, 19 de noviembre de 2016

POR QUÉ EL ORGULLO NOS LLEVA A PECAR


San Bernardo de Claraval identificó 12 grados en el ascenso a la perfección, publicado su trabajo Los Grados de la Humildad y el Orgullo.
En este caso hablaremos de la perfección del orgullo que lleva a comportamientos y actitudes pecaminosas.
Piensa esto como recorrer los peldaños de una escalera o subir una montaña en que cada paso incrementa nuestro orgullo.
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Notarás cómo los doce pasos se vuelven progresivamente más graves y conducen finalmente a la esclavitud del pecado.  
Los pasos tienden a construirse el uno sobre el otro.
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Comenzando en la mente, moviéndose al comportamiento, y luego profundizando en actitudes.
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Trayendo finalmente avante la sublevación y esclavitud.
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Porque, si uno no sirve a Dios, servirá a satanás.
Pero también San Bernardo escribió sobre los escalones que nos llevan a la humildad.
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Que son 12 pasos que nos permiten descender de la montaña del orgullo que hemos creado.
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Puedes leer esto acá Como Bajar de la Montaña del Orgullo en 12 pasos.
Ahora, estos son los doce pasos hacia la cumbre de la montaña del orgullo.
1 – Curiosidad  
Aunque hay una cosa tal como llamada curiosidad sana, a menudo nos adentramos en cosas que no debemos.
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Los asuntos de otras personas, asuntos privados, situaciones pecaminosas, y así sucesivamente.
Lo que hace que tal curiosidad se una al orgullo es que, muy a menudo pensamos que tenemos el derecho de saber cosas que no debemos.
Así que con orgullo e indiscretamente nos fijamos en cosas que no debemos
Cosas que no son para que nosotros sepamos, o que son inoportunas y de distracción.
O quizás que están más allá de nuestra capacidad de manejarlas de buena  manera.
Pero, haciendo a un lado toda precaución, y con un cierto sentido de orgullo y privilegio, husmeamos, nos entrometemos, y nos metemos en cosas que no debemos, como si tuviésemos derecho a hacerlo.
Ésta, es la curiosidad pecaminosa.

2 – Ligereza de mente
El ocupar nuestra mente con cosas inapropiadas tendemos a ser lúdicos en asuntos más amplios.
Aquí, también, tienen su lugar un sentido razonable de humor y cierta diversión recreativa.
Un poco de charlas ligeras sobre el deporte o la cultura pop pueden proporcionar desvíos momentáneos que son relajantes.
Pero, demasiado a menudo es casi todo lo que hacemos, y orgullosamente hacemos a un lado las cuestiones en las que, en verdad, deberíamos ser serios.
En cambio, perseguimos sólo las cosas triviales y pasajeras.
Al ignorar o hacer triviales las cosas serias relacionadas a la eternidad y, ahondar únicamente en cosas pasajeras y de entretención, ignoramos orgullosamente las cosas que debemos atender.
Ver en televisión, series y programas de la vida real durante horas, sin dejar tiempo para la oración, el estudio, la enseñanza de los niños en la fe, el cuidado de los pobres, y así sucesivamente, muestra una falta de seriedad que manifiesta orgullo.
Ligeramente hacemos a un lado lo que es importante para Dios y lo sustituimos con nuestras tontas, propias prioridades. Esto es orgullo.
3 – Aturdimiento
Aquí, nos movemos de la ligereza de mente al comportamiento frívolo que produce conductas en las que exageramos experiencias o situaciones triviales, a expensas de cosas más importantes que tienen que ver con profundidades.  
Conductas tontas, insulsas, necias, y caprichosas indican un orgullo en el que uno no es fértil en lo referente a Dios.
Orgullosamente maximizamos el mínimo y minimizamos el máximo.
Encontramos mucho tiempo para la frivolidad, pero no hay tiempo para la oración o el estudio de la Santa Verdad.

4 – Jactancia
Cada vez más encerrados en nuestro pequeño mundo de oscuridad intelectual y comportamiento insensato.
Comenzamos a regocijarnos en las más fundamentales actividades carnales y las consideramos un signo de grandeza; comenzamos a jactarnos de cosas tontas.  
Presumir es hablar y pensar de y en uno mismo, de forma más grande de lo que en verdad es o razonablemente es.
Si bien debemos aprender a apreciar los dones que tenemos, debemos recordar que son regalos que nos ha dado Dios y, a menudo desarrollados a través de la ayuda de los demás.
San Pablo dice:
“¿con qué derecho te distingues de los demás? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1a Corintios 4, 7)
Pero, el fanfarrón piensa demasiado bien de sí mismo, ya sea aseverando dones que no tiene, u olvidando que lo que tiene es una gracia, un regalo. Esto es orgullo.
Además, como hemos visto, nuestra gloria tiende a ser sobre cosas tontas y efímeras.
5 – Singularidad
Nuestro mundo se hace cada vez más pequeño y, sin embargo creemos que nosotros mismos somos más grandes.  
Somos reyes, de acuerdo, reyes de un hormiguero, gobernantes de una diminuta mota de polvo que se mueve en la inmensidad del espacio.
Pero a medida que crece nuestro orgullo, nos olvidamos con demasiada facilidad de nuestra dependencia de Dios.
No hay tal cosa como el “hombre hecho a sí mismo”. Todos somos seres dependientes de Dios y los demás.
Además, también nos replegamos muy fácilmente en nuestra pequeña mente y mundo, tendiendo a pensar que algo es así, tan sólo porque pensamos que así es.
Al abandonarnos únicamente a nuestro propio consejo, subestimamos la evidencia de la realidad y dejamos de buscar información y consejo de los demás.
¡El hombre que sólo busca su propio consejo tiene a un tonto y orgulloso por consejero! La singularidad es orgullo.
Sin embargo, este orgullo se acrecienta en nosotros conforme nuestro mundo se hace cada vez más pequeño y más singular, centrado cada vez más y únicamente en nuestro propio ser.

6 – Vanidad
Es descrita como una alta opinión injustamente favorable y excesiva de las capacidades o valor propio.  
A medida que nuestro mundo se hace cada vez más pequeño y nuestro orgullo cada vez mayor, nuestro auto-enfoque y delirio crece cada vez más, virando hacia lo autorreferencial.  
Algo es así simplemente porque yo lo digo. Estoy bien porque lo digo yo.
No importa que todos somos una mezcla de fortalezas y debilidades, de santidad y pecado.
Muy fácilmente crecemos en ceguera para ver lo difícil que puede ser vivir con nosotros.
Muy fácilmente encontramos faltas en los demás, pero fallamos en verlas en nosotros mismos.
Además, fácilmente tratamos de compararnos favorablemente con otros, pensando:
“Bueno, al menos yo no soy como esa prostituta o como ese traficante de drogas”.
Pero, ser mejor que una prostituta o que un traficante de drogas no es el patrón que debemos lograr. Jesús es el patrón que debemos alcanzar.
En vez de compararnos con Jesús y buscar misericordia, nos comparamos con otros a quienes vemos hacia abajo, y damos paso al orgullo.
7 – Presunción
En esta etapa, los juicios, incluso de Dios deben ceder a los nuestros.  
Estoy bien y seré salvo porque yo lo digo.
Este es un pecado contra la esperanza, en el que simplemente tomamos la salvación por sentada y debido a nosotros, sin importar lo que hacemos.
En efecto, reclamamos poseer lo que aún no tenemos.
Es correcto que esperemos con confianza la ayuda de Dios para alcanzar la vida eterna;
esta es la virtud teologal de la esperanza.
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Pero, es el orgullo que nos hace pensar que ya hemos logrado y poseído lo que, de hecho, aún no tenemos.
Ese orgullo más profundo hace a un lado la Palabra de Dios, que una y otra vez nos enseña a caminar en la esperanza.
Y buscar la ayuda de Dios como mendigos en vez de como poseedores, o como los que legalmente tienen derecho a la gloria en el Cielo.
La presunción es orgullo.

8 – Auto-justificación
Ahora Jesús debe desocupar la silla de juez porque yo exijo Su lugar.
No sólo eso, Él también debe abandonar la Cruz porque yo realmente no necesito Su sacrificio.
Puedo salvarme a mí mismo, y, francamente, yo no necesito mucha salvación.  
La auto-justificación es la actitud que dice que soy capaz, por mi propio poder, de justificarme (es decir, salvarme) a mí mismo.
También es una actitud que dice, en efecto: “Haré lo que quiero hacer y decidiré si está bien o mal”.
San Pablo, yo ni siquiera me juzgo a mí mismo.  Mi conciencia está limpia, pero eso no me hace inocente.  Es el Señor quien me juzga (1 Cor 4, 3-4).
Pero, la persona orgullosa se preocupa sólo por su propia visión de sí mismo y se niega a rendir cuentas, incluso a Dios.
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La persona orgullosa olvida que nadie es juez en su propio caso.
9 – Confesión hipócrita
En griego, la palabra hipócrita significa “actor”.  
En ciertos escenarios, un cierto grado de humildad y reconocimiento de nuestras faltas es “productivo”.
Uno puede conseguir “crédito” por reconocer ciertas faltas con humildad y llamarse a sí mismo “pecador”.
Pero, el hombre orgulloso sólo actúa.
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Está simplemente representando un papel y haciendo su parte, más por crédito social.
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Y sin contrición o arrepentimiento real.
Después de todo, en realidad no es tan malo.
Pero, si la postura y el papel de pecador humilde y contrito lo llevan a alguna parte, él dirá sus líneas, representará su parte y, se hará ver como santo.
Pero, sólo si el aplauso de la audiencia es inminente…

10 – Rebelión
El orgullo realmente comienza a salirse de control cuando se subleva directamente contra Dios y sus representantes legales.  
Rebelarse significa renunciar a la lealtad o cualquier sentido de responsabilidad o de obediencia a Dios, Su Palabra, o Su Iglesia.
Rebelarse es tratar de deponer la autoridad de otros, en este caso, de Dios y su Iglesia.
Es orgullo negarse a estar bajo cualquier autoridad y actuar en formas que son directamente contrarias a las que la autoridad legítima afirma, con razón.
11 – Libertad de pecar
Aquí, el orgullo alcanza su conclusión cercana, ya que con arrogancia afirma y celebra que es completamente libre de hacer lo que le plazca.
El hombre orgulloso rechaza cada vez más las restricciones o límites.
Pero, la libertad del hombre orgulloso no es libertad en absoluto.
Jesús dice: El que peca es esclavo del pecado (Juan 8, 34).
El Catecismo hace eco, Cuanto más se hace lo que es bueno, más libre se es. No hay verdadera libertad más que en el servicio de lo que es bueno y justo. La elección de la desobediencia y del mal es un abuso de la libertad y conduce a la esclavitud del pecado (Catecismo 1733).
Pero el hombre orgulloso no tendrá nada de esto, afirmando arrogantemente su libertad para hacer lo que le plazca.
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Incluso descender más y más en la adicción y la esclavitud.

12 – El hábito de pecar
Aquí vemos la flor del orgullo: el pecado habitual y la esclavitud al mismo.
Como dice San Agustín, El deseo servido, se convirtió en costumbre y la costumbre no se resistió, se convirtió en necesidad (Conf 05/08/10).
Aquí hemos subido los doce pasos de la montaña del orgullo.
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Se inicia en la mente con la falta de sobriedad, enraizada en la curiosidad pecaminosa y preocupación frívola.
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Luego viene un comportamiento frívolo y que se excusa, actitudes desdeñosas presuntivas.
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Por último llega la rebelión pura y simple y la esclavitud al pecado.
La esclavitud resulta de la negación a servir a Dios y por orgullo servirás a satanás. El orgullo está ahora en plena floración.
Hemos visto una escalada de pasos que no está lejos de una vieja admonición: siembra un pensamiento y cosecharás un acto; siembra un acto y cosecharás un hábito; siembra un hábito y cosecharás un carácter; siembra un carácter y cosecharás un destino.
Fuentes:

Foros de la Virgen María

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