miércoles, 22 de noviembre de 2017

(463) EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA –8. CRISTÓBAL COLÓN


Plus ultra, Más allá.
–Según la mitología griega, Hércules puso dos columnas en el estrecho de Gibraltar, señalando así el fin del mundo, más o menos como el Finisterre. Non terrae plus ultra: no hay tierra más allá. España demostró que sí la había, y Plus ultra es desde Carlos I el lema del escudo español.

–CRISTÓBAL COLÓN (1446-1506)
Los primeros cuarenta años de su vida no son conocidos con certeza, y sus biógrafos dan informaciones muy diferentes. Según Alfonso Enseñat de Villalonga, Colón nace en una familia de Génova, que pudo darle una educación de alta calidad en el convento de Santa Maria di Castello. Su bagaje cultural –como su biblioteca refleja– fue muy amplio, destacando su ciencia bíblica, astrológica y navegante.
La esfericidad de la tierra era ya en su tiempo conocida hace muchos siglos. También se conocía en Europa la existencia del extremo Oriente, por viajes como el de Marco Polo (+1324). Era, pues, de lógica elemental estimar que, navegando el Atlántico hacia el oeste, podría en principio llegarse a naciones como China y Japón. Lo que todavía se ignoraba era la longitud de tal navegación, y por tanto, su viabilidad. Cristóbal Colón, basándose en los cálculos de Posidonio (+51 a.Cto) y del cardenal francés Pierre d’Ailly (+1420), estimaba que la circunferencia de la tierra era de 29.000 kilómetros; menos de las tres cuartas partes de la real. Y no sabemos cuándo llegó al convencimiento de que era posible alcanzar el extremo Oriente navegando desde Europa hacia el oeste
Se sabe que conocía esta hipótesis por los escritos de d’Ailly, del humanista toscano Eneas Silvio Piccolomini (+1464, papa Pío II), del florentino astrólogo y cosmógrafo Paolo dal Pozzo Toscanelli (+1482). Pero el mayor mérito de Colón fue que demostró esa posibilidad navegando, y que descubrió América sin pretenderlo. En un primer momento pensó que había llegado a China o Japón, hasta que descubrimientos sucesivos hicieron conocer que aquel Nuevo Mundo era inmenso, muy distinto y distante del buscado extremo Oriente.
Él siempre entendió que fue don Dios especialísimo que él pensara, decidiera y pudiera realizar aquellas navegaciones hacia lo desconocido, tan sumamente arriesgadas, en las que no había certeza alguna de dar con tierra y de que fuera posible el regreso. Decía convencido: Dios «me puso en memoria, y después llegó a perfecta in­teligencia, que podría nave­gar e ir a las Indias desde España, pasando el mar Océano al Po­niente» (Fernández de Nava­rrete, Colección I,437).

–LOS FRANCISCANOS Y LOS REYES
El proyecto de Cristóbal Colón, a pesar de ser considerado por muchos como erróneo e irrealizable, con el favor de Dios, triunfó fi­nalmente mucho más allá de lo que él mismo había soñado. Su idea, rechazada en diversos lugares y cortes, consiguió ser patrocinada por la mayor po­tencia de la época, la Corona española. Pero poco y malo hubiera sido el des­cubrimiento de América, si sólo hubiera dado lugar a unos enclaves comercia­les en las costas. Poco hubiera sido si no se hu­biera visto seguido por la inmensa acción evangelizadora y civiliza­dora realizada por España.
El medio providencial para el encuentro de Co­lón y la reina Isabel fueron unos humildes y cultos francis­canos del monasterio de la Rá­bida (Palos de la Frontera, en la provincia andaluza de Huelva, España). El rey Juan II de Portugal, centrado en la explora­ción de las costas occidentales de Africa, no había querido intere­sarse por los sueños de Colón, que pretendía llegar a las Indias na­vegando hacia occidente. Por eso, en la primavera de 1485 emprendió Cris­tóbal Co­lón, con su hijo Diego, de ocho años, un viaje a pie hacia Huelva. Así llegó, agotado y sin recursos, con su hijo, a las puertas del convento franciscano de La Rábida. Quiso Dios que allí conociera a fray Antonio de Marchena, un fran­ciscano de mente universal, que pronto se entusiasmó con el pro­yecto colombino. Y dispuso tam­bién la Providencia divina que el superior del con­vento fuera fray Juan Pérez, an­tiguo confesor de la reina Isabel la Católica.
Los franciscanos, pues –que habían de tener un protago­nismo in­dudable en la evangelización de América–, fueron los que facilitaron a Colón el encuentro con la reina Isabel, y quienes le apoyaron después en las arduas discusiones con docto­res, cartógrafos y funcionarios reales. Finalmente, se formularon las Capitulaciones de Santa Fe (17-IV-1492), en las que se decidió la expedi­ción oceánica, su modo y condiciones, en la que Co­lón iba a descubrir un Mundo Nuevo.

–CRISTÓFORO, EL PORTADOR DE CRISTO
Algunos datos de la biografía de Colón –por ejemplo, su pensamiento sobre el lugar del Paraíso primero, sobre los Reyes Magos o acerca de los montes áureos de Salomón– podrían hacernos sospechar que tenía una personalidad un tanto fantasiosa y extravagante. Pero basta con estimar que los hombres de su tiempo tenían muy escasos conocimientos del planeta Tierra.
Lo más notable en Colón es su profunda certeza de que la Providencia divino lo ha elegido para aquella misión altísima. No se sabe en qué tiempo exacto cambió su nombre de origen, Pietro, por el de Cristóbal, Christophorus, Christo ferens, el portador de Cristo. A pesar de reco­nocerse «pecador gravísimo», Colón sabe con gran seguridad, ya antes del Descubrimiento, que en él se ha obrado un «milagro evidentísimo»: Esta con­ciencia de elegido se ve confirmada cuando el Descubrimiento se produce. Al terminar su Ter­cer Viaje, comienza su relación a los Reyes diciendo: «La santa Trinidad movió a Vuestras Altezas a esta empresa de las In­dias y por su infinita bondad hizo a mí mensajero de ello». Y en 1500 escribe a Juana de la Torre: «del nuevo cielo y tierra que decía Nuestro Señor por San Juan en el Apocalipsis…, me hizo a mí mensajero y amostró aquella parte».
Él sabe que ha sido elegido por Dios como apóstol para llevar a Cristo a un Mundo Nuevo. El padre Bartolomé de las Casas dice de él que «en las cosas de la religión cris­tiana sin duda era católico y de mucha devoción». Esta religiosidad tiene constantes expresiones en el Diario de a bordo de sus cuatro viajes. Las Casas transcribió los relatos del Primero y del Tercero. En este artículo nosotros acompañare­mos a Colón en su Primer Viaje, siguiendo su relato.

–PARTE EN NOMBRE DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
El 3 de agosto de 1492, tras siete años de innumerables ne­go­ciaciones y conversaciones con nobles, frailes, marinos y con los mismos Reyes, parte Colón finalmente del puerto de Palos. Parte, escribe Las Casas, «en nombre de la Santísima Trinidad (como él dice, y así siempre solía decir)» (III Viaje). Y parte llevando a Cristo en su nao capitana Santa María, que no pudo tener un nombre más propio en el Descubrimiento.
Así cuenta Gonzalo Fernández Oviedo la partida en su mo­numen­tal Historia General y Natural de las Indias: «Colón recibió el sanctí­simo sacramento de la Eucaristía el día mismo que entró en el mar, y en el nombre de Jesús mandó desplegar las velas y salió del puerto de Palos por el río de Saltés a la Mar Océana con tres cara­belas armadas, dando principio al primer viaje y descubrimiento de estas In­dias».

MARINOS CRISTIANOS Y MARIANOS
La tripulación de la nao Santa María y de las carabelas Pinta y Niña la componen unos 90 marineros, la mayoría an­daluces (70), algunos vascos y gallegos (10), y sólo cuatro eran presos en reden­ción de penas. No todos eran angelitos, pero eran sin duda hombres de fe, gente cristiana, pueblo sencillo. Así, por ejemplo, solían rezar o cantar cada día «la Salve Regina, con otras coplas y prosas devo­tas que contie­nen alabanzas de Dios y de Nuestra Señora, según la costum­bre de los marineros, al menos los nuestros de España, que con tribulaciones y alegrías suelen decirla» (III Viaje). Así, en 1492, llegaron al 12 de octubre en el Primer Viaje.
Y «el Almirante tuvo por cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando di­jeron la Salve, que la acostumbraban decir e cantar a su ma­nera todos los mari­neros y se hallan todos, rogó y amonestó­les el Almirante que hi­ciesen buena guarda al castillo de proa, y mirasen bien por la tie­rra». Dos horas después de la medianoche «pareció la tierra, de la cual estarían dos le­guas». Era la isla de Guanahaní, que él bautizó cristiana­mente con el nombre de El Salvador, en las actuales Ba­ha­mas. Cris­tóbal Colón toma con solemnidad «posesión de la dicha Isla por el Rey y por la Reina sus señores». Y en seguida «se juntó allí mucha gente de la Isla. Esto que se sigue son palabras formales del Almirante en su libro de su primera nave­gación y descubrimiento de estas In­dias: “Yo, dice él, porque nos tuviesen mucha amistad, por­que conocí que era gente que mejor se libraría y convertiría a Nuestra Santa Fe con Amor que no por fuerza, les di a al­gunos de ellos unos bonetes colorados y unas cuentas de vi­drio que se ponían al pescuezo, y otras cosas mu­chas de poco valor, con que hubieron mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla”». Y tras una breve descripción de aquella gente, la primera encontrada, concluye: «Y creo que ligera­mente se harían cristianos, que me pareció que nin­guna secta te­nían».

–LO PRIMERO, HACER CRISTIANOS
El 12 de noviembre, estando quizá en Borinque, Puerto Rico, «dijo que le había parecido que fuera bien tomar algu­nas personas para llevar a los reyes porque aprendieran nuestra lengua, para saber lo que hay en la tierra y porque volviendo sean lenguas [intérpretes] de los cristianos y to­men nuestras costumbres y las cosas de la Fe, “porque yo vi e conozco que esta gente no tiene secta ninguna ni son idóla­tras, salvo muy mansos… y crédulos y conocedores que hay Dios en el cielo, y firmes que nosotros hemos venido del cielo, y muy prestos a cualquiera oración que nos les digamos que digan y hacen señal de la cruz. Así que deben Vuestras Altezas de­terminarse a los hacer cristianos, que creo que si comienzan, en poco tiempo acabarán de los haber convertido a nuestra Santa Fe multidumbre de pueblos, y cobrando grandes señoríos y riquezas, y todos sus pueblos de la España, porque sin duda es en estas tie­rras grandísima suma de oro, que no sin causa dicen estos indios que yo traigo, que hay en estas islas lugares adonde cavan el oro y lo traen al pescuezo, a las orejas y a los brazos”».

–LO SEGUNDO, HALLAR ORO
Evangelio y oro no son en el XVI cosas contrapuestas, o al menos pueden no serlo. Cuando en 1511 el milanés Pedro Mártir de Angle­ría describe cómo Colón persuadió a los Re­yes Católicos para que apoyaran su empresa, dice que les convenció de que gracias a ésta «podría con facilidad acre­centarse la religión cristiana y conse­guirse una cantidad inaudita de perlas, especias y oro» (Décadas I,1,2). Evangelio y oro. Oro para el Evangelio. Las dos cosas juntas.
Esto nosotros no acabamos de entenderlo. Pero es que los hom­bres del XVI hispano eran tan distintos de nosotros que fácilmente interpretamos mal sus acciones e intenciones. Así por ejemplo, les asignamos una avidez por las riquezas del mismo género que la avidez actual. Y es un error. Sin duda el amor al dinero tenía en el XVI aspectos tan sórdidos y crue­les como los tiene hoy entre noso­tros; pero un conocimiento suficiente de los documentos de aquella época nos permite captar diferencias muy considerables en la mo­dalidad de esta tentación humana universal.
El caso personal de Colón puede darnos luz en este punto. Difun­dir la fe cristiana y encontrar oro son en el Almirante dos apasiona­das obsesiones, igualmente sinceras una y otra, y falsearíamos su figura personal si no afirmáramos en él las dos al mismo tiempo. El confiesa de todo corazón: «El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso» (IV Vj.). En esa declaración, muy enrai­zada en el siglo XVI hispano, la pasión por el oro no se orienta ante todo, como hoy suele ser más frecuente, a la vanidad y la seguridad, o al placer y la buena vida, sino que pretende, más que todo eso, la acción fuerte en el mundo y el cumplimiento de la finalidad religiosa. Como dice el profesor Elliot, en el XVI español «el oro significaba poder. Ésta había sido siempre la actitud de los castellanos con respecto a la riqueza» (El viejo mundo 78). El oro significaba poder, el poder era para la acción, y ésta se orientaba a Dios por la evangelización.
Descubridores y conquistadores, según se ve en las cróni­cas, son ante todo hombres de acción y de aventura, en busca de hono­res propios y de gloria de Dios, de manera que por conseguir estos valores muchas veces arriesgan sus riquezas y aún sus vidas. Y si consiguen la riqueza, rara vez les vemos asen­tarse para disfrutarla y acrecentarla tranquilamente. Ellos no son primaria­mente hombres de negocios, y muy pocos  lograron una prosperidad burguesa.
En una ocasión, dice Colón, «así pro­testé a Vuestras Altezas que toda la ganancia de esta mi em­presa se gas­tase en la conquista de Jerusalén, y Vuestras Altezas se rieron y di­jeron que les placía, y que sin esto te­nían aquella gana» (I Viaje, 26 dic).

–PLANTAR LA CRUZ
«En todas las partes, islas y tierras donde entraba dejaba siempre puesta una cruz», y cuando era posible, «una muy grande y alta cruz» (I Viaje,16 nov). Procuraban lu­gares bien destaca­dos, para que se viera la santa Cruz desde muy lejos. De este modo, a medida que los españoles, conducidos por Co­lón, tocan las islas o la tierra firme, van alzándose cruces por todas partes, cobrando así América una nueva fisonomía deci­siva.
Las colocan con toda conciencia, «en señal que Vuestras Altezas tienen la tierra por suya, y princi­palmente por señal de Jesucristo Nuestro Señor y honra de la Cris­tiandad» (12 dic). Y así «en todas las tierras adonde los navíos de Vuestras Altezas van y en todo cabo, mando plantar una alta cruz, y a toda la gente que hallo notifico el estado de Vuestras Altezas y cómo tenéis asiento en España, y les digo de nuestra santa fe todo lo que yo puedo, y de la creencia de la santa madre Iglesia, la cual tiene sus miembros en todo el mundo, y les digo la policía y nobleza de todos los cristianos, y la fe que en la santa Trinidad tienen» (III Viaje).

–NOMBRES CRISTIANOS PARA UN MUNDO NUEVO
Nos dice la Biblia que «el Señor Dios modeló de arcilla todas las fieras salvajes y todos los pájaros del cielo, y se los pre­sentó al hombre, para ver qué nombre les ponía. Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera. Y así el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las fieras salvajes» (Gén 2,19-20). Nombrando las cosas el hombre ejercita su na­tural dominio sobre ellas. Y la primera nomi­nación del mundo la hizo Adán, sin tener aún a Eva, su compañera.
De modo semejante, en el Nuevo Mundo, también corres­pondió a Colón y a sus compañeros –sin ninguna eva que to­davía les acompañara–, dar nombre a las tierras que fueron descubriendo en señal de un dominio «en el nombre de Cristo» y de los católicos Reyes. En efecto, en carta a Luis de Santángel, escribano del Rey (14-2-1493), cuenta el Almi­rante: «a la primera [isla] que yo hallé puse nombre San Salvador, a conmemoración de Su Alta Majestad [divina], el cual maravillosa­mente todo esto ha dado; los Indios la llaman Guanahaní. A la se­gunda puse nom­bre la isla de Santa María de Concepción; a la ter­cera, Fer­nandina; a la cuarta, Isabela; a la quinta, la isla Juana, y así a cada una nombre nuevo».
El Almirante cumple con la familia real lo que la cortesía le exige, pero aparte de otros nombres descriptivos –punta Llana, golfo de las Perlas, isleta del Caracol, boca de la Sierpe, lugar Jardines, etc.–, impone sobre todo nombres cristianos: Isla Santa, Isla de Gracia, cabo de Gracias a Dios, islas de la Concepción, la Asunción, Santo Domingo, Santa Catalina El primer asentamiento español fundado en tierra americana fue el llamado fuerte de la Navidad (26 dic). Y a las aguas de ciertas islas «púsoles nombre la mar de Nuestra Señora» (13 nov).
Ese bautismo cristiano de las tierras nue­vas fue costumbre unánime de los descubridores españoles y por­tugueses. Ellos hicieron con América lo mismo que los pa­dres cris­tianos, que hacen la señal de la cruz sobre su hijo recién nacido, ya antes incluso de que sea bautizado.

–UN MUNDO SÓLO PARA CRISTO
El 27 de noviembre Colón describe a los Reyes en su Diario, con particular emoción, las maravillas de aquel Mundo Nuevo. Y en se­guida añade como conclusión más importante: «Y digo que Vuestras Altezas no deben consentir que aquí trate ni haga pie ningún extran­jero, salvo católicos cristia­nos, pues esto fue el fin y el comienzo del propósito, que fuese por acrecentamiento y gloria de la religión cristiana, ni venir a estas partes ninguno que no sea buen cris­tiano».
La primera petición fue cumplida; pero la segunda era im­posible.

–HONRADEZ CON LOS INDIOS
El Almirante solía enviar al escribano «para que no consin­tiese hacer a los demás cosa indebida a los indios, «porque como fuesen tan francos los indios y los españoles tan codi­ciosos y desmedi­dos, que no les basta que por un cabo de agu­jeta y aun por un pe­dazo de vidrio y de escudilla y por otras cosas de no nada les da­ban los indios cuanto querían, pero, aunque sin darles algo se los querrían todo haber y tomar, lo que el Almirante siempre prohibía, y aunque también eran muchas cosas de poco valor, si no era el oro, las que daban a los cristianos, pero el Almirante, mirando el franco corazón de los indios, que por seis contezuelas de vidrio darían y da­ban un pedazo de oro, por eso mandaba que ninguna cosa se recibiese de ellos que no se les diese algo en pago» (Diario de a bordo 22-XII-1492).

–EL MAL EN LAS ANTILLAS
De su primer viaje trajo Colón una visión de los indios que servi­ría de precedente a la del buen salvaje roussoniano: «son las mejo­res gentes del mundo», dice en una ocasión. Fue en su segundo viaje donde comenzó a desvelarse el mis­te­rio oscuro del mal en las Indias.
Concretamente, «el lunes, a 4 de noviembre [1493], según cuenta Hernando Colón, el Almirante salió de la isla Marigalante con rumbo al Norte hacia una isla grande, que llamó Santa María de Guadalupe por devoción y a ruego de los mon­jes del convento de aquella advocación, a los que había prometido dar a una isla el nom­bre de su monasterio». Llegados a ella al día siguiente, tuvie­ron primer conocimiento de los indios caribes.
Seis mujeres indias insisten en ser acogidas en la nave, alegando que aque­llos indios eran muy crueles: «se habían comido a los hijos de aquéllas y a sus maridos; dícese que a las mujeres no las ma­tan ni se las comen, sino que las tienen por esclavas». Allí mismo les fue dado ver en algunas casas «muchas cabezas de hombres colgadas y cestas con huesos de muertos» (Historia del Almirante, cp.47; + Mártir de Anglería, Décadas I,2,3).
El día 10 navegó el Almirante junto a una isla que llamó de Monse­rrat, «y supo por los indios que consigo llevaba que la habían des­poblado los caribes, comiéndose la gente». Y el 14, tuvieron en otra isla un encuentro violento con unos indios extraños: «Estos tenían cortado el miembro genital, porque son cautivados por los caribes en otras islas, y después cas­trados para que engorden, lo mismo que nosotros acostum­bramos a engordar los capones, para que sean más gustosos al paladar» (cp.48).
Los españoles comenzaban a conocer el poder de Satanás en las Indias.

–CONFIANZA EN LA PROVIDENCIA DIVINA
En todo ve Colón la mano de Dios providente. Ante un evento favo­rable, escribe: «Nuestro Señor, en cuyas manos están todas las vic­torias, adereza todo lo que fuere su servi­cio» (5 nov). No se trata, al menos siempre, de frases hechas, pues cambian mucho las ex­presiones. Y la misma confianza en la Providencia le asiste en lo adverso, también, por ejemplo, cuando encallan en Navidad; en esa ocasión, considera el lugar muy in­dicado para hacer un primer asiento en el Nuevo Mundo: «“Así que todo es venido mucho a pelo, para que se haga este comienzo”. Todo esto dice el Almirante. Y añade más para mostrar que fue gran ventura y determinada voluntad de Dios que la nao allí encallase porque dejase allí gente» (26 dic). Advierte en otra ocasión que en Palos calafatearon muy mal las naves. «Pero no obstante la mucha agua que las cara­belas hacían, confía en Nuestro Señor que lo trujo lo tornará por su piedad y mise­ricordia, que bien sabía su Alta Majestad cuánta controversia tuvo primero antes que se pudiese ex­pedir de Castilla, que ninguno otro fue en su favor sino El, porque El sabía su corazón, y después de Dios, Sus Altezas, y todo lo demás le había sido contrario sin razón alguna» (14 en).
En la gran tormenta del 14 de febrero, ya de regreso a Es­paña, cuando se sentían perdidos, todos se confían a la Provi­dencia di­vina.
«Él ordenó que se echase [a suertes] un ro­mero que fuese a Santa María de Guadalupe y llevase un ci­rio de cinco libras de cera y que hiciesen voto todos que al que cayese la suerte cum­pliese la romería, para lo cual mandó traer tantos garbanzos cuan­tas personas en el navío tenían y señalar uno con un cuchillo, ha­ciendo una cruz, y mételos en un bonete bien revueltos. El primero que metió la mano fue el Almirante y sacó el garbanzo de la cruz; y así cayó sobre él la suerte y desde luego se tuvo por romero y deu­dor de ir a cumplir el voto». Y aún sacaron otro romero para ir a Santa María de Loreto, en Ancona, y otro para que velase una noche en Santa Clara de Moguer.
«Después de esto el Almirante y toda la gente hicieron voto de, en llegando a la primera tierra, ir todos en camisa en pro­cesión a ha­cer oración en una iglesia que fuese de la invoca­ción de Nuestra Señora. Allende los votos generales o comu­nes, cada uno hacía en especial su voto, porque ninguno pen­saba escapar, teniéndose to­dos por perdidos, según la terri­ble tormenta que padecían». Llegados a las Azores, «dieron muchas gracias a Dios» (18 feb), y en lo primero que se ocuparon fue en buscar una igle­sia, donde ir en procesión, y en hallar un sacerdote que cele­brara una misa en cumplimiento del voto (19).

–ACCIÓN DE GRACIAS
Colón entiende que cuanto va haciendo es «“gracias a Dios”, como él siempre decía» (III Viaje). Nunca ve el Nuevo Mundo como una adquisición de su ingenio y valor, y siempre lo mira como un don de Dios. Al mismo tiempo, él es cons­ciente de que hizo con sus com­pañeros aquellos descubri­mientos fabulosos «por virtud divinal» (ib.).
Llegados a Lisboa con los indios que llevaban, «era cosa de admi­ración, y las maravillas que todos hacían dando gracias a Nuestro Señor y diciendo que, por la gran fe que los Reyes Católicos tenían y deseo de servir a Dios, que su Alta Majes­tad los daba todo esto. Hoy vino infinitísima gente a la cara­bela y muchos caballeros, y entre ellos los hacedores del Rey, y todos daban infinitísimas gra­cias a Nuestro Señor por tanto bien y acrecentamiento de la Cris­tiandad que Nuestro Señor había dado a los Reyes de Castilla, el cual diz que apro­pinaban porque Sus Altezas se trabajaban y ejer­citaban en el acrecentamiento de la religión de Cristo» (6-7 marzo).
Cristóbal Colón vio siempre las Indias como «un don de Dios», y por eso en sus escritos rebosa continuamente en ac­ción de gra­cias. En carta dirigida a Luis de Santángel, dice: «Así que pues nuestro Redentor dio esta victoria a nuestros Ilustrísimos Rey y Reina y a sus Reinos famosos de tan alta cosa, adonde toda la cris­tiandad debe tomar alegría y hacer grandes fiestas y dar gracias so­lemnes a la Santa Trinidad, con muchas oraciones solemnes por el tanto ensalzamiento que habrán en tomándose tantos pueblos a nuestra Santa Fe, y después por los bienes temporales que no so­lamente a la España, mas a todos los cristianos tendrán aquí refri­gerio y ganancia» (14-2-1493).

–TODO FUE MILAGRO DE DIOS   
El 15 de marzo termina el Diario del Primer Viaje. «Así dice él que acaba ahora esta escritura», convencido de que su viaje sólo se explica como un milagro de Dios, pues, fuera de los Reyes, tenía a todo el mundo en contra. Y declara su intención de ir a a ver a los Reyes en Barcelona, «y esto para les hacer relación de todo su viaje que Nuestro Señor le había dejado hacer y le quiso alumbrar en él. Porque cier­tamente, allende que él sabía y tenía firme y fuerte sin es­crúpulo que Su Alta Majestad hace todas las cosas buenas y que todo es bueno salvo el pecado y que no se puede abalar ni pensar cosa que no sea con su consentimiento, “esto de este viaje conozco, dice el Almirante, que milagrosamente lo ha mostrado, así como se puede comprender por esta escritura, por muchos milagros señalados que ha mostrado en el viaje, y de mí, que ha tanto tiempo que estoy en la Corte de Vues­tras Altezas con opósito y contra sentencia de tantas perso­nas principales de vues­tra casa, los cuales todos eran contra mí, poniendo este hecho que era burla, el cual espero en Nuestro Señor que será la mayor honra de la Cristiandad que así ligeramente haya jamás aparecido”. Estas son finales pa­labras del Almirante don Cristóbal Colón, de su pri­mer viaje a las Indias y al descubrimiento de ellas.
DEO GRACIAS».
José María Iraburu, sacerdote

Post post.– En este breve texto sobre Cristóbal Colón, deliberadamente, no he aludido a los aspectos negativos de su persona, que no fueron pocos. Ambicioso, exigió a los Reyes condiciones y privilegios excesivos. Fue ávido de rentas económicas y de títulos: Virrey, Gobernador, Almirante… Obsesionado por la navegación y la búsqueda de nuevos descubrimientos, se mostró totalmente incapaz para las tareas de gobierno. Etc.
He preferido mostrar a Colón únicamente como hombre religioso, cristiano sinceramente empeñado en dilatar la Cristiandad por la evangelización de las Indias. Ése es el tema de esta serie de artículos. Murió cristianamente en su casa de Valladolid, rodeado de su hijos y de algunos frailes franciscanos, el 20 de mayo de 1506, en la vigilia de la Ascensión del Señor a los cielos. Bendigamos al Señor.


(464) EVANGELIZACIÓN DE AMÉRICA –9. ABUSOS Y DENUNCIAS


–Abusos, quejas, protestas, denuncias…
–Indios y españoles tenían que confesar juntos: «pecador me concibió mi madre» (Sal 50).

–UNA MISIÓN GRANDIOSA, PERO MUY DIFÍCIL
Dios encomienda a España el descubrimiento, conquista, civilización y sobre todo evangelización de América. Una misión semejante es una de las obras históricas más buenas, bellas y estimulantes que pueda haber. Pero, como en seguida veremos, es una obra muy difícil y presenta problemas estratégicos, sanitarios, morales, jurídicos, etc. de enorme volumen. Y para los cuales apenas hay precedentes (buenos o malos) de los que aprender o corregir… La obras muy muy difíciles suelen hacerse mal, sobre todo al principio. 
Pero, como también veremos, siempre el Señor providente y misericordioso asiste con su gracia a quienes envía, para que puedan cumplir dignamente su servicio. Está claro –y aún más claro en cuestiones tan complejas y arduas– que sin la ayuda de Dios no podemos nada (Jn 15,5). E igualmente verdadero y cierto es que «todo lo podemos en Aquél que nos conforta» (cf. Flp 4,13). De ambas verdades tuvieron experiencias muy profundas los españoles, portugueses y otros que se entregaron a tan formidable misión.
* * *
–EL TERRIBLE ACABAMIENTO DE LOS INDIOS
Se remediaron algunos de los abusos más patentes de la primera hora, pero las cosas seguían estando muy mal. De los 100 o 200.000 indígenas, o quizá un millón, de La Española, sólo quedaban en 1517 unos 10.000. En los años siguientes, aunque no en pro­porciones tan graves, se produjo un fenómeno análogo en otras re­giones de las Indias. ¿Cómo explicarlo? No puede acusarse simul­táneamente a los españoles de asesinos y de explotadores de los indios, pues ningún ganadero mata por sadismo el ganado que está explotando. Tuvo que haber, además de los trabajos excesivos, de los malos tratos y de las guerras –que fueron pocas y breves–, otras causas… Y las hubo.
Por una parte, la población nativa americana, antes de la llegada de los españoles, experimentaba una disminución muy grave. Un equipo norteamericano, dirigido por los profesores Richard H. Steckel y Jerome C. Rose (The Backbone of History, Cambridge University Press), documenta «un triste panorama de pésima salud por todo el continente, en declive mucho antes de 1492». Las «poblaciones nativas estaban cayendo en picado desde muchos siglos antes de la conquista […] El momento óptimo en la salud de los nativos americanos se remonta a mil años antes de la llegada de los pioneros españoles. A partir de entonces, no hay más que una espiral de miseria y enfermedad». Los profesores del estudio aludido atribuyen «en gran parte el pésimo panorama de salud entre las poblaciones precolombinas al inicial desarrollo de la agricultura y a los asentamientos urbanos», que obraron como espada de doble filo.

EPIDEMIAS Y PESTES
    Por otra parte, hace tiempo se sabe que el pa­voroso declive demográfico de los nativos se debió principalmente a las pestes, a la total vulne­rabilidad de los indios ante agentes patógenos allí desconocidos (cf. La Cierva, Gran Hª 517). El mexicano José Luis Martínez, en su reciente libro Hernán Cortés, escribe que el «choque microbiano y viral, según Pierre Chaunu, fue responsable en un 90% de la caída radical de la población india en el conjunto entonces conocido de América» (19).
    Por lo demás, no se conoce bien cuánta población tenía América en tiempos del descubrimiento. Rosenblat calcula que en las Indias había «al tiempo de la Conquista 13.385.000 habitantes. Pues bien, cuarenta años después, en 1570, ella se había reducido a 10.827.000» (Zorrilla, Gestación 81). Otros autores, como José Luis Martínez, siguiendo a Borah, Cook o Simpson, del grupo de Berke­ley, dan cifras muy diversas, y consideran que el número «de 80 mi­llones de habitantes en 1520 descendió a 10 millones en 1565-1570» (Cortés 19). Son enormes las diferencias entre los cálculos, pero sí hay actualmente coincidencia en ver las epidemias como la causa principal del trá­gico despoblamiento de las Indias, pues caídas demográficas seme­jantes se produjeron también entre los indios sin acciones bélicas: «Tal es el caso, escribe Alcina, de la Baja California que, entre los años 1695 y 1740, pierde más del 75 por 100 de su población, sin que haya habido acción militar de ningún género» (Las Casas 54; +N. Sánchez-Albornoz, AV, Historia de AL 22-23).
    Concretamente, el efecto de las epidemias en México, al llegar los españoles, fue ya descrito por el franciscano Jerónimo de Mendieta, a fines del XVI, cuando da cuenta de las siete plagas sucesivas que abrumaron a la pobla­ción india (Historia ecl. indiana IV,36). La primera, concreta­mente, la de 1520, fue de viruela, y «en algunas provincias murió la mitad de la gente». De esa misma plaga leemos en las Crónicas in­dígenas: «Cuando se fueron los españoles de México [tras su pri­mera entrada frustrada] y aun no se preparaban los españoles con­tra nosotros se difundió entre nosotros una gran peste, una enfer­medad general… gran destruidora de gente. Algunos bien les cubrió, por todas partes [de su cuerpo] se exten­dió… Muchas gentes mu­rie­ron de ella. Ya nadie podía andar, no más estaban acostados, ten­didos en su cama. No podía nadie moverse… Muchos murieron de ella, pero muchos solamente de hambre murieron: hubo muertos por el hambre: ya nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otros se preo­cupaba… El tiempo que estuvo en fuerza esta peste duró se­senta días» (León-Portilla, Crónicas 122; +G. y J. Testas, Conquista­do­res 120).
    De todos modos, en los comienzos y también después, la despo­blación angustiosa de los indios en toda América, aunque debida sobre todo a las epidemias, tuvo otras graves causas: el trabajo duro y rígidamente organizado, al que los indios apenas se podían adaptar; la malnutrición sufrida con fre­cuencia por la población indígena a consecuencia de requisas, de tributos y de un sistema de cultivos y alimentación muy diversos a los tradicionales; los desplazamientos forzosos para acarreos, ex­pediciones y labores; el trabajo en las minas; las incursiones béli­cas de conquista y los malos tratos, así como las guerras que la presencia del nuevo poder hispano ocasionó entre las mismas et­nias indígenas; la caída en picado del índice de natalidad, debido a causas biológicas, sociales y psicológicas…

Sin embargo, el pretendido genocidio de los indios en la América hispana es falso. Lo sabemos por la historia, y podemos comprobarlo en el presente. En el norte de América es donde los indígenas fueron prácticamente exterminados. De hecho, quedan muy pocos.
Actualmente, en Canadá, el 98% de la población es de origen europeo y el 2% restante es aborigen. En Estados Unidos el 88% es de procedencia europea, y un 12% de origen indio, negro o asiático. Por el contrario, en los pueblos americanos unidos a España estos porcentajes son muy diferentes. En muchos de ellos la mayoría de la población desciende de los indígenas primitivos, con más o menos proporción de mestizaje. Los extraños son muchos menos que en la América no hispana. En México hallamos, p. ej., un 15% de origen europeo y criollo; en Honduras, un 11% europeos; en Paraguay, un 5% europeos; etc. Es cierto que hay excepciones, como el Uruguay, la república más blanca de Iberoamérica; pero ello es debido a que, después de la independencia, los indomables indios charrúas fueron exterminados sistemáticamente.
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–UN CLAMOR CONTINÚO DE PROTESTAS
La acción de España en las Indias fue ciertamente mejor que la realizada por otras potencias en el Brasil o en el Norte de América, o por la desarrollada modernamente por los eu­ropeos en Africa o en Asia. Sin embargo, hubo en ella, sobre todo en los primeros años, muchos crímenes y abusos. Pues bien, esos ex­cesos provocaron en el mundo hispano una autocrítica continua que no tiene tampoco comparación posible en ninguna otra empresa imperial o colonizadora de la his­toria pasada o del presente. Por eso, al hacer memoria de los he­chos de los apóstoles de América, es de justicia que, al menos bre­vemente, recordemos las innumerables voces que se alzaron en de­fensa de los indios, y que consiguieron más o menos su bien, evi­tando muchos males o aliviándolos. 
Los Reyes Católicos, cortando en seco ciertas ideas esclavistas de Colón o reprochando acerbamente a Ovando su acción de Xara­guá, van a la cabeza del indigenismo procurador de los derechos humanos. De las innumerables denun­cias formuladas al Rey o al Consejo de In­dias por representantes de la Corona en las Indias, recordaremos como ejemplo aquella carta que Vasco Núñez de Balboa, en 1513, escribe al Rey desde el Darién, quejándose del mal trato que los go­bernadores Diego de Nicuesa y Alonso de Hojeda daban a los in­dios, que «les parece ser señores de la tierra… La mayor parte de su perdición ha sido el maltratamiento de la gente, porque creen que desde acá una vez los tienen, que los tienen por esclavos» (Céspedes, Textos n.18). Es cierto que las denuncias sobre abusos en las Indias fueron formuladas sobre todo por los misioneros, pero también por laicos.

LAS GRAVES DENUNCIAS DE LOS RELIGIOSOS
Volvemos a los comienzos de la presencia de España en América.
El primer domingo de Adviento de 1511 en Santo Domingo, el do­minico fray Antonio de Montesinos, con el apoyo de su comunidad, predicó un sermón tremendo, que resonó en la pequeña comunidad de españoles como un trueno, pues en él denunciaba con acentos apocalípticos –no era para menos– los malos tratos que estaban sufriendo los indios:  «¿Éstos no son hombres? ¿Con éstos no se deben guardar y cumplir los preceptos de caridad y de la justicia? ¿Éstos no tenían sus tierras propias y sus señores y señoríos? ¿Éstos hemos ofendido en algo? ¿La ley de Cristo, no somos obli­gados a predicársela y trabajar con toda diligencia de convertir­los?… Todos estáis en pecado mortal, y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes».
   A estas exhortaciones y reprensiones morales gravísimas –que no serían del todo nuevas para los oyentes– y muy tempranas (1511), añade Monte­sinos una cuestión casi más grave: «Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?». Las Casas, también dominico, nos cuenta de Montesinos que «concluido el sermón, bájase del púlpito con la cabeza no muy baja»… (Céspedes, Textos n.15).          
Denuncias como ésta hubo muchas. Ya desde los primeros años de la conquista, que es cuando los abu­sos se produjeron con más frecuencia, las voces de protesta fueron continuas en todas las Indias. Así, a finales del XV, llegaron a España las acusaciones de los franciscanos belgas Juan de la Deule y Juan Tisin (La Cierva, Gran Hª 523). En 1511, como vimos, explotó el sermón de Montesinos.
En 1513, fray Matías de Paz, catedrático de Salamanca, escribe Del dominio de los reyes de España sobre los indios, denunciando el impedimento que los abusos ponen a la evangelización, y afir­mando que jamás los indios «deben ser gobernados con dominio despótico» (Céspedes, Textos 31). José Alcina Franch hace un breve elenco de varias intervenciones semejantes (Las Casas 29-36). El dominico fray Vicente Valverde, en 1539, escribe al Rey desde el Cuzco acerca de los abusos sufridos por los indios «de tantos locos como hay contra ellos», y le refiere cómo «yo les he platicado mu­chas veces diciendo cómo Vuestra Majestad los quiere como a hijos y que no quiere que se les haga agravio alguno». En 1541, tam­bién desde el Cuzco, el bachiller Luis de Morales dirige al Rey in­formes y reclamaciones semejantes. También son de 1541 las graves denuncias que el franciscano fray Toribio de Benavente, Motoli­nía, hace en su Historia de los indios de la Nueva España, contra los abusos de los españoles, sobre todo en los inicios de su pre­sencia indiana, aunque también los defiende con calor de las difa­maciones procedentes del padre Las Casas.
   
LA SOLICITUD DE LOS OBISPOS MISIONEROS
Podemos tomar en esto, como ejem­plo significativo, la actitud de los obispos de Nueva Granada (Colombia-Venezuela), región que, como veremos más adelante, fue conquistada con desorden y mal gobernada en la primera época.
    El primer obispo de Santa Marta, de 1531, fue el dominico fray Tomás Ortiz, cuya enérgica posición indigenista es tanto más nota­ble si se tiene en cuenta su relación de 1525 al emperador Carlos, en la que informa que aquellos indios «comen carne humana y [son] sodométicos más que generación alguna… andan desnudos, no tie­nen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, in­sensatos» (Egaña, Historia 15). Este obispo, que fue primer protec­tor de los indios en Nueva Granada, escribe a la Audiencia de La Española, denunciando los atropellos cometidos en una entrada, que dejó a los indios «escandalizados y alborotados y con odio a los cristianos». Su sucesor, el franciscano Alonso de Tobes, se en­frentó también duramente a causa de los indios con el gobernador Fernán­dez de Lugo.
    El nuevo obispo, desde 1538, Juan Fer­nández de Angulo, en 1540 escribe con indignación al rey, y Las Casas hace un extracto de la carta en la Destrucción: «En estas par­tes no hay cristianos, sino demonios; ni hay servidores de Dios ni del rey, sino traidores a su ley y a su rey». Los indios están tan es­candalizados que «ninguna cosa les puede ser más odiosa ni abo­rrecible que el nombre de cristianos. A los cuales ellos, en toda esta tierra, llaman en su lengua yares, que quiere decir demonios; y sin duda ellos tienen razón… Y como los indios de guerra ven este tra­tamiento que se hace a los de paz, tienen por mejor morir de una vez que no muchas en poder de cristianos».
    En 1544, fray Francisco de Benavides, obispo de la vecina Cartagena de Indias, tercer pro­tector de los indios en Nueva Granada, comunica al Consejo de In­dias: «Yo temo que las Indias han de ser para que algunos no va­yamos al Paraíso. Y la causa más principal es que no queremos creer que lo que tomamos a los indios de más de lo tasado, somos obligados a restituirlo».
    En 1547, fray Martín de Calatayud, jeró­nimo obispo de Santa Marta y cuarto protector de los indios en Nueva Granada, estima que por entonces no hay posibilidad de evangelizar aquellos indios, «por ser de su natural de los más dia­bólicos de todas las Indias, y, sobre todo, por el mal tratamiento que les han hecho los pasados cristianos… tomándoles por esclavos y robándoles sus haciendas». Él, personalmente, renuncia a su protectoría en protesta de tantos abusos de los españoles (Egaña 16,17).
    En 1548, el ve­cino obispo de Popayán, el protector de los indios Juan del Valle, se manifiesta también en muy fuertes términos pro indigenistas. En 1550 el dominico fray Domingo de Santo To­más, obispo de Charcas, autor de un Vocabulario y de una Gramá­tica de la lengua general de los indios del Reyno del Perú (1560), escribe al Rey una carta terrible «acerca de la desorden pasada desde que esta tierra en tan mal pie se descubrió, y de la barbarería y crueldades que en ella ha habido y españoles han usado, hasta muy poco a que ha empezado a haber alguna sombra de orden…; desde que esta tierra se descubrió no se ha tenido a esta miserable gente más respeto ni aun tanto que a animales brutos» (Egaña, His­toria 364).
Por otra parte, era especialmente en el sacramento de la confesión donde las conciencias de los cristianos en las Indias, fueran españoles o indios, recibían iluminación, corrección y juicio. De ahí la importancia que para la defensa de los indios y la promoción de su bien por los hispanos tuvieron obras como la del primer arzobispo de Lima, fray Jerónimo de Lo­ayza, publicada en 1560, Avisos breves para todos los confesores de los Reynos del Perú (Olmedo, Loaysa, Apénd. IV). O entre 1560 y 1570 las Instrucciones de los padres dominicos para confesar con­quistadores y encomenderos.

MÁS DENUNCIAS
    Fueron muy numerosas las denuncias de los abusos en las Indias a través de libros y panfletos, relaciones y cartas, destacando aquí la enorme obra escrita por el padre Las Casas, de la que en el próximo artículo nos ocuparemos. Recuerdo algún otro ejemplo.
   En 1542 el letrado Alonso Pérez Martel de Santoyo, asesor del Cabildo de Lima, envía a España una Relación sobre los casos y negocios que Vuestra Majestad debe proveer y remediar para estos Reinos del Perú. En sentido semejante va escrita la Istoria sumaria y relación brevíssima y verdadera (1550), de Bar­tolomé de la Peña. De esos años es también La Destruyción del Perú, de Cristóbal de Molina o quizá de Bartolomé de Sego­via. En 1556, un conjunto de indios notables de México, entre ellos el hijo de Moctezuma II, escriben a Felipe II acerca de «los muchos agravios y molestias que recibimos de los españoles», so­licitando que Las Casas sea nombrado su protector ante la Corona. En 1560 fray Francisco de Carvajal escribe Los males e injusticias, crueldades, robos y disensiones que hay en el Nuevo Reino de Granada. También en defensa de los indios está la obra del bachi­ller Luis Sánchez Memorial sobre la despoblación y destrucción de las Indias, de 1566.
   Esta autocrítica se prolonga en la segunda mitad del XVI, como en el franciscano Jerónimo de Mendieta (Historia eclesiástica indiana, 1596, p.ej., IV,37), y todavía se prolonga en el siglo XVII, en obras como el Me­morial segundo, de fray Juan de Silva (Céspedes, Textos n.70); la Sumaria relación en las cosas de Nueva España, de Baltasar Doran­tes de Carranza; la Monarquía indiana de fray Juan de Torquemada; la Historia general de las Indias Occidentales, de fray Antonio de Remesal; el Libro segundo de la Crónica Miscelánea, de fray Anto­nio Tello; o los escritos de Gabriel Fernández Villalobos, marqués de Varinas, Vaticinios de la pérdida de las Indias, Desagravio de los indios y reglas precisamente necesarias para jueces y ministros, y Mano de relox que muestra y pronostica la ruina de América.        
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–EL PODER BENÉFICO DE LA CORONA ESPAÑOLA
Puede decirse, pues, que durante el siglo XVI la autocrítica his­pana sobre la acción en las Indias fue continua, profunda, tenida en cuenta en las leyes y hasta cierto punto en las costumbres. Y esto nos lleva a considerar una realidad muy notable. Llama la atención que obras tan incendiarias como algunas de las citadas, no tuvieran dificultad alguna con la censura, en una época, como el XVI, en que cualquier libro sospechoso podía ser secuestrado, sin que ello produjera ninguna reacción popular negativa. Más aún, fueron hechos Obispos no pocos pastores y religiosos denunciantes.
La Inquisición, iniciada en la Iglesia a principios del siglo XIII, fue implantada en Castilla en 1480, y no estuvo ociosa. En el Nuevo Mundo, los indios neocristianos no estaban sometidos a ella; pero sí los españoles. Sin embargo, los auto­res más detractores de la obra de España en América, como Las Casas, no solamente no fueron persegui­dos por la Inquisición en sus escritos, sino que con relativa frecuencia recibieron promociones a altos cargos reales o episcopales. Las Casas fue Protector de los indios y ele­gido Obispo de Chiapas. Toda su vida gozó del favor del Rey y del Consejo de Indias.
Con razón, pues, han observado muchos historiadores que el hecho de que las máximas autoridades de la Corona y de la Iglesia permitieran sin límite alguno la proliferación de esta literatura de protesta –a veces claramente difamatoria, como en ocasiones la de Las Casas–, es una prueba pa­tente de que, tanto en los que protestaban como en las autoridades que toleraban las acusaciones, había una sincera voluntad de llegar en las Indias a una vida justa y noble, conforme con las enseñanzas de Cristo.
En España, las Cortes Generales se hacen eco de todas estas vo­ces, y en 1542, reunidas en Valladolid, elevan al emperador esta pe­tición: «Suplicamos a Vuestra Majestad mande remediar las cruel­dades que se hacen en las Indias contra los indios, porque de ello será Dios muy servido y las Indias se conservarán y no se despo­blarán como se van despoblando» (Alcina 34).
Si exploramos la España de aquella época, concluimos que no hubo miedo a la verdad en la cuestión de las Indias, sino búsqueda apasionada de la misma, y que se produjeron grandes formulaciones doctrinales y eficaces medidas pastorales que fueron superando muchos males. Lo comprobaremos, Dios mediante, en el próximo artículo.

José María Iraburu, sacerdote