lunes, 23 de abril de 2018

¿SABÍAS QUE LA BIBLIA NO FUE EL PRIMER LIBRO IMPRESO POR GUTENBERG?


Hoy se celebra el Día del Libro en honor a la memoria de grandes escritores. Aunque el dato más difundido es que la Biblia fue el primer libro reproducido con la imprenta de Johannes Gutenberg, lo cierto es que el inventor alemán reprodujo previamente otra obra católica.
En el año 1449 Gutenberg reprodujo -como ensayo- en la imprenta de Mainz el llamado “Misal de Constanza”, del que ahora existen solamente tres ejemplares en el mundo.
Un misal es el libro católico en el que están los textos que se utilizan para la celebración de la Misa.
Johannes Gutenberg, el alemán que inventó la impresión en caracteres móviles, comenzó la impresión de la primera Biblia en 1450, proceso que terminó el 23 de febrero de 1455, hace más de 500 años.
La Biblia de 42 líneas o Biblia de Gutenberg era la Vulgata, una traducción al latín usada por la Iglesia Católica.
Se le llamó de 42 líneas por la cantidad de líneas impresas, a dos columnas, en cada página.
Actualmente se conserva 48 ejemplares, pero solo 21 están completos. En España se conserva uno en la Biblioteca Pública de Burgos.
Redacción ACI Prensa

ACUÉRDATE, OH PIADOSÍSIMA VIRGEN MARÍA...



Medita detenidamente en cada parte del “Acordaos”, antigua oración que nos hace buscar la intercesión siempre amorosa de nuestra Madre del cielo.
“Cada oración a María Santísima nos adentra en su Corazón Dulcísimo, y, en consecuencia, en el Corazón de Cristo, Corazón de Dios”.

La oración a la que ahora quiero referirme es muy antigua -más aún que San Bernardo- conocida por su primera palabra: «Acordaos»; o en latín: Memorare. Así comienza: “Acuérdate, oh piadosísima -oh, cariñosísima- Virgen María…” Decimos: ¡Acuérdate!, y quizá cabría esperar una respuesta de un estilo semejante a éste: -¿Que me acuerde, hijo? ¿Tú vas a recordarme a Mí algún asunto tuyo? ¿Puede olvidarse una madre del hijo de sus entrañas? Pues mira, aunque alguna se olvidara, yo jamás me olvidaré de ti(1).

Pero María no desdeña nuestros ingenuos modos. Sabe que somos niños en la vida espiritual, y los niños son olvidadizos. Sabe que nos conviene recordar que Ella no olvida, que es humanísima, la más humana de las criaturas. Por eso nos comprende bien y le gusta oírnos decir: “¡acuérdate…!”. Así percibe el calor de nuestra filiación sentida. Ve que nos comportamos con la naturaleza del hijo: ¡mamá, no te olvides de comprarme aquello…! Y la madre sonríe y piensa: ¡qué sabes tú de la inmensidad de mi cariño!

EL ¡OH!
Ciertamente, no sabemos bien las maravillas escondidas en el corazón de María. Pero nos bastan las de antiguo conocidas para enmudecer de asombro al mirarla: ¡Oh, cariñosísima Virgen María! Ese «¡oh!» del «Acordaos» -como el de tantas otras plegarias marianas- es la síntesis de un inconmensurable discurso, resumen de una inmensa biblioteca dedicada a la obra maestra de Dios. En latín, la nuestra es una “O” sin hache, interjección que los gramáticos entienden, no como una parte más de la oración, sino como una oración entera, elíptica, donde el sentimiento -asombro, sorpresa, alegría…- domina a quien habla y le obliga a suprimir palabras. Aquí una sola letra, la “O”, las contiene todas, en un doble sentido, tanto invocativo como admirativo.

En nuestra indigencia, alzamos nuestra mirada al Cielo y – al verla-, invocar y admirar es todo uno. En un sólo instante, se concentra a la vista toda la belleza y gracia posible en una criatura, y el corazón sufre un dulce sobresalto: ¡Oh…! Es una «O» larga, rotunda -sin reservas, sin aristas, sin ángulos vacíos- como el mundo, como el universo, magna -en su intención- como Ella. En latín, la «O» anda solitaria; en castellano, seguida de hache muda, porque mudos quedamos en el asombro súbito.

Conocemos un «¡Oh!» magnífico de Jesús: aquél ante la fe -encendida, ingeniosa, tenaz- de la encantadora madre cananea: ¡O mulier!, ¡Oh mujer, grande es tu fe! (2). Asombra la admiración de Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre.

¡Cómo no se admiraría Jesús, mucho más aún, ante la fe colosal, la esperanza, el Amor, la plenitud de gracia de su Madre Virgen! Qué profundidad y riqueza de matices tendrían sus «!Oh…!», íntimos, al mirarla en silencio. Así quisieran ser los nuestros. Y lo son, porque Jesús se nos da entero y nos presta, gustosísimo, todo lo suyo: «todo lo mío es tuyo», nos dice (3).

«Acuérdate, oh piadosísima -oh cariñosísima- Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia y reclamando tu socorro, haya sido abandonado de ti». Jamás se ha oído decir, jamás se dirá. Bastaría recordar aquellos Milagros de Nuestra Señora, narrados con encantadora ingenuidad por Gonzalo de Berceo, expresión poética de realísima experiencia universal. Sí, Ella, purísimo milagro de la gracia divina, no cesa de obrar milagros en las almas de sus hijos, y atiende toda súplica: es Omnipotencia suplicante, y Madre en plenitud de sentido.

UN VALIOSO TÍTULO: «PECADOR CONTRITO»
Por eso, yo, animado, alentado, confortado con esa confianza, con esa fe esperanzada, a tí acudo Madre, Virgen la más excelsa de las vírgenes; ad te venio…, a ti vengo, sin perder un instante, corriendo, como un niño -lo que soy- a su madre, veloz en el peligro, en la necesidad, en el miedo o en la angustia, con segura certeza del «jamás» haberse oído contar excepción alguna a tus cuidados exquisitos sobre quienes admirados te invocan.

En tu misericordia inaudita no nos tratas como merecen nuestros pecados, negligencias u olvidos. Al contrario, cuando te invoca un pecador le atiendes con particular solicitud. Para tí, «pecador» es como un título que demanda amor más grande. Por eso, coram te gemens peccator accedo, en el «Acordaos», de intento me presento como lo que soy: pecador, un pecador contrito, con un gemido de amor encendido en el dolor de haberte ofendido ofendiendo a Jesús, fruto bendito de tu vientre.

Acudo a tí sucio, roto, desastrado, sin ocultarte miseria alguna, persuadido de que una madre atiende primero al hijo más necesitado. Jamás se ha visto a un hijo tan sucio que no lo pueda limpiar una madre. Con esta firme confianza a ti acudo, a ti vengo. Vengo del lodo a la más pura nitidez; vengo de la miseria a la misericordia; de la indigencia al poder; de la fragilidad a la fortaleza; de la soberbia a la humildad; de la desgracia a la gracia en plenitud; de la ignorancia al Asiento de la Sabiduría.

MADRE DEL VERBO
Oh, Madre de Dios, no deseches mis humildes súplicas: Noli, Mater Verbi, verba mea despicere. Tú que eres la Madre del Verbo, porque el Espíritu Santo te cubrió con su sombra y el Verbo se hizo carne en tu seno Virginal; tú, en quien habitó corporalmente la Palabra subsistente, única, del Padre, en la que «se hallan escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (4) y es fuente y resumen de toda verdad (6); tú, la criatura que más y mejor ha comprendido la palabra suprema; que eres el Asiento de la Sabiduría, ¿cómo no vas a comprender mis palabras, éstas que de algún modo proceden de la Palabra única, como fruto de la moción del Espíritu, Espíritu de tu Hijo y Esposo tuyo? ¿Cómo no vas a escuchar mi verbo, Madre del Verbo? ¿Cómo no vas a poner toda tu sabiduría y omnipotencia suplicante al servicio de mi palabra llena de fe y de confianza, de esa sabiduría que en ti misma se aprende? ¡Oh, Madre de Dios, qué seguridad confiere esa oración de tan sabrosas remembranzas!

¿Será menester proseguir? Sed audi propitia et exaudi, escucha propicia mi plegaria, acógela indulgente, con benevolencia. Sé que no tienes otro modo de atender, pero una vez más te recuerdo a ti, para recordar yo; para tener en presente que para ti no hay pasado ni futuro, porque vives inmersa en Dios eterno. Tu memoria lo abarca todo. Y si yo recordara siempre el futuro, estaría siempre rezando el Acordaos, recordándome que recuerdas.

¡Acuérdate!, es un canto de confiado amor que quisiera vibrar en todos los corazones de la tierra. ¡Que todos se sientan seguros bajo tu amplísimo manto! ¡Que yo no pierda nunca esa confianza! ¡Que nadie la pierda! ¡que todo el mundo la gane! ¡Que se acuerde de que jamás se ha oído decir y jamás se dirá que ninguno de los que a ti acuden haya sido abandonado! ¡Que todos nos acordemos de recordártelo y te presentemos sin cesar humildes nuestras súplicas!

A ti hemos de acudir en todas nuestras necesidades, y en las de las personas que amamos. Quizá se encuentran lejos en el espacio; quizá sufran alguna tribulación o desmayo, se agota su fe o su esperanza, se enfría el amor, se cimbrea su fidelidad, y nada podemos hacer… sino rezar. ¡No es poco! Es mucho, lo primero, lo más valioso y eficaz. Rezamos el Acordaos, y el sentimiento de impotencia cede ante la «Omnipotencia» patente; se abre paso la certeza de la proximidad, de la unión íntima en la Comunión de los Santos: somos uno, como el Padre y el Hijo son uno. Nuestra oración alcanza los extremos más lejanos, porque tu manto azul abraza el horizonte entero de la humanidad.

Rezamos los unos por los otros -sobre todo por quienes más lo necesiten- y se cumple a menudo la graciosa seguiriya gitana: Ar venir er día Yegan mis tormentos; En yegando á las oraciones Recobro el aliento. Es el aliento del Espíritu que nos alcanza por quien está del Espíritu Santo llena y es por eso Mediadora de todas las gracias, Consoladora de los afligidos, Refugio de los pecadores, Causa de nuestra alegría, Fortaleza en la batalla, Corazón que nos estrecha a todos con un lazo único.

CARA A LA IGLESIA UNIVERSAL
Ciertamente, «no se puede tratar filialmente a María y pensar sólo en nosotros mismos, en nuestros propios problemas. No se puede tratar a la Virgen y tener egoístas problemas personales. María lleva a Jesús, y Jesús es «primogénito entre muchos hermanos». Conocer a Jesús, por tanto, es darnos cuenta de que nuestra vida no puede vivirse con otro sentido que con el de entregarnos al servicio de los demás. Un cristiano no puede detenerse sólo en problemas personales, ya que ha de vivir de cara a la Iglesia universal, pensando en la salvación de todas las almas.

«(…) Impregnados de este espíritu, nuestros rezos, aun cuando comiencen por temas y propósitos en apariencia personales, acaban siempre escurriendo por los cauces del servicio a los demás. Y si caminamos de la mano de la Virgen Santísima, Ella hará que nos sintamos hermanos de todos los hombres: porque todos somos hijos de ese Dios del que Ella es Hija, Esposa y Madre» (6).

Rezar por otros el «Acordaos», es decirte a ti, Madre nuestra, lo que tú dijiste a Jesús: «No tienen vino» (7). ¿Cómo podrías resistirte a tu misma oración? De nuevo habrá milagro. Quizá poquito a poco, pasito a paso, pero lo habrá. El sarmiento se unirá de nuevo a la cepa, o se unirá más -que en las viñas del alma no hay límite para la unión-, y a su tiempo brotarán racimos dorados, copiosos, sabrosos, de buen vino para el altar y para la alegría de la vida cotidiana; vino que, sobre el ara, se transformará en la Sangre redentora de tu Hijo, y recorrerá las venas de nuestras almas -en expresión del beato Josemaría Escrivá- con el bullir limpio y sobrenatural de la sangre de familia.

OH, MADRE DEL VERBO -¡OH…!-, ESCUCHA MI VERBO.
Acuérdate, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que han acudido a tu protección, implorando tu asistencia, y reclamando tu socorro, haya sido abandonado por tí. Animado con esa confianza, a ti acudo, Madre, la más excelsa de las vírgenes; a ti vengo, a ti me acerco, yo, pecador contrito. Madre del Verbo, no desprecies mis  palabras, antes bien escúchalas y acógelas benignamente. Así sea.


1 Cfr. Is 49, 14-15.
2 Mt 15, 21.
3 Lc 15, 31.
4 Col 2, 3.
5 Eccli 1, 5.
6 J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, núm. 145.
7 Jn 2, 3.

Antonio Orozco Delclós

LA REVOLUCIÓN DE LA CASTIDAD



El pansexualismo, las perversiones descontroladas, la promiscuidad sin límites, el feminismo de origen marxista, la ideología de género, y por supuesto, el aborto, entre otras aberraciones de estos días, férreamente fogoneadas por el Nuevo desOrden Mundial, y el «narco-porno-liberal-socialismo del siglo XXI», van camino a exterminar poblaciones y grupos sociales bien determinados
Hace dos décadas, al término de uno de los tantos paneles provida y profamilia que compartimos con el inolvidable padre Juan Claudio Sanahuja, se nos acercó una joven de veinte años, enferma de sida en estado terminal, y que se había practicado dos abortos. Entre llantos, nos dijo: «a mí nunca nadie me habló de la virginidad, la castidad y la pureza, como lo hicieron ustedes esta noche. Si lo hubieran hecho quizás mi vida hubiera sido distinta; y no me estaría muriendo de este modo».
 Yo todavía era laico; y lejos estaba, aun, de mi ingreso al Seminario. Juré, de cualquier modo, que desde el periodismo, los libros, la docencia, y los demás apostolados, no dejaría de hablar de la virginidad hasta el matrimonio. Y de la castidad a la que todos somos llamados; de acuerdo, claro está, con nuestro propio estado de vida.
En este 2018 se cumplen 50 años de la profética encíclica Humanae vitae, del beato Papa Pablo Sexto; sobre la trasmisión de la vida humana, y el rechazo de la anticoncepción. Proféticamente advirtió el recordado pontífice que «hoy se busca tener sexo sin hijos; mañana se buscará tener hijos sin sexo». Lo acertado de su visión está más que a la vista en el comienzo de este Tercer Milenio: inseminación artificial, alquileres de vientre (eufemísticamente llamada maternidad subrogada), congelación de embriones, y otras prácticas moralmente inaceptables, están a la orden del día; de modo especial en las capas sociales más pudientes. A este ritmo, vamos camino a que sea casi igual de fácil elegir y comprar un niño, a gusto y medida, como si fuese una lata de sardinas o un vestido de un diseñador… ¡Ni los nazis y los comunistas, en los funestos campos de concentración, habrán imaginado que se llegaría a esto, de la mano de las «democracias» y las «mayorías» artificialmente construidas, y manipuladas!
«Los profetas vivos dan disgustos, y los profetas muertos dan dinero», decía con su irrepetible genialidad nuestro argentinísimo padre Leonardo Castellani… ¡Vaya si supo de disgustos, desprecios, calumnias y toda suerte de infamias, Pablo VI, por haber tenido el coraje de enseñar la perenne enseñanza de la Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio bimilenario de la Iglesia! Ese mismo año estalló el llamado mayo francés, del hippismo, la droga, y el amor libre… ¡Todo tan libre que exterminó generaciones enteras, en el agujero sin fin de las más crueles esclavitudes, y violentas muertes, a plazo fijo!
 A eso se llegó con una serie de cuatro y perversas negaciones: primero, Lutero (hijo del nominalismo) dijo: «Dios sí, Cristo si, Iglesia no»; luego, la revolución masónica en Francia, en 1789, dijo: «Dios sí, Cristo no, Iglesia no»; seguidamente, el marxismo, en el siglo XIX dijo: «Dios no, Cristo no, Iglesia no»; y, finalmente, los jóvenes presuntamente liberados de todos y de todo terminaron diciendo: «Dios no, Cristo no, Iglesia, no… el hombre, no». No es casual que la negación que se repite en todos los casos sea «Iglesia no».
El pansexualismo, las perversiones descontroladas, la promiscuidad sin límites, el feminismo de origen marxista, la ideología de género, y por supuesto, el aborto, entre otras aberraciones de estos días, férreamente fogoneadas por el Nuevo desOrden Mundial, y el «narco-porno-liberal-socialismo del siglo XXI», van camino a exterminar poblaciones y grupos sociales bien determinados; a extinguir la familia, y a someter tiránicamente a los que sobrevivan. Estrepitoso derrumbe de un Occidente otrora cristiano; que hoy muestra, impúdicamente, como trofeo su guerra contra Dios y el orden natural.
 Generaciones enteras casi ni oyeron hablar de la virginidad y la castidad; en buena medida –y esto duele decirlo- por el silencio de no pocos curas… Y, por supuesto, la abstinencia hasta el matrimonio ni por asomo figura en los planes de «educación sexual», a los que mejor sería llamar de «degradación moral». ¿No es acaso una paradoja que en los tiempos en que se endiosa la libertad de elegir, no se permita elegir una opción gratuita, sin contraindicaciones, y claramente saludable como la castidad?
El horror de ser tildados de cavernícolas, retrógados, fachos, y otras lindezas paraliza, incluso, a quienes fueron avisados por el propio Jesús de que serían «aborrecidos de todos por mi nombre» (Mt 10, 22) ¡Nos espanta el juicio del mundo, pero no tememos el juicio de Dios…!
Desde los totalitarismos viejos y nuevos (estos últimos, versiones degradadas de aquellos) siempre se planteó la revolución en clave de lucha contra los poderosos, explotadores y los dueños del dineroHoy, por amor a los más débiles, debemos ser revolucionarios de la castidad. Y, a fuerza de noviazgos puros, matrimonios sanos y fuertes, abiertos generosamente a la vida, y familias compactas y numerosas, enfrentar a los poderosos, explotadores y los dueños del dinero; que ahora buscan mostrarse como sensibles y de mente abierta… Hoy en que la supuesta derecha y la supuesta izquierda coinciden absolutamente en la tiranía antivida y antifamilia, más que nunca los militantes de la Vida debemos estar anclados en el Corazón de Aquel que hace nuevas todas las cosas (Ap 21, 5).
Gracias a Dios, se multiplican entre los más jóvenes los que quieren reconquistar la fe, la familia y las virtudes. Constituyen –y eso lo hemos visto en las multitudinarias marchas por la vida, y contra el aborto, que se realizaron en Argentina- ese pequeño rebaño, del que habla Cristo, a quien el Padre ha decidido dar el Reino (Lc 12, 32).
Bellamente dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en su punto 2339, que «la castidad implica un aprendizaje del dominio de sí, que es una pedagogía de la libertad humana. La alternativa es clara: o el hombre controla sus pasiones y obtiene la paz, o se deja dominar por ellas y se hace desgraciado (Si 1, 22)…».
 Es hora, entonces, de terminar con la estafa que les ha robado, especialmente a los jóvenes, la verdadera libertad. Que, como bien enseña Cristo, es consecuencia exclusiva de la Verdad (Jn 8, 32).
¿Veremos, alguna vez, en estas periferias australes, estadios completos con jóvenes que juran, públicamente, llegar vírgenes al matrimonio; como ocurre en algunos países, en ámbitos, por lo general, protestantes? Solo Dios puede saberlo… Debemos estar seguros, de cualquier modo, que si nos proponemos, en serio, la revolución de la castidad, habremos arrancado a no pocos jóvenes y no tan jóvenes del rebaño que los conduce al abismo. Para que la muerte no sea su pastor (Sal 49, 14). Y la vida en abundancia (Jn 10, 10) reine en el pudor, el respeto, la dignidad y el coraje de quienes no se contenten con ser meros espectadores de los súper héroes de ficción, sino que se animen a ser los verdaderos héroes, y los nuevos santos.
+ Pater Christian Viña

¿TENÍAN DEVOCIÓN A LA VIRGEN MARÍA LOS PRIMEROS CRISTIANOS?



Sí, si la tenían, pero hay que saber cómo rastrearla.

Por: Pablo J. Ginés | Fuente: Cari Filli // Religión en Libertad
En el año 313 el cristianismo fue despenalizado por el Emperador Constantino y en el 380 el Emperador Teodosio declaró que sería la única religión oficial (o lícita) del Imperio. Medio siglo después, en el 431, el Concilio de Éfeso decretó que María podía ser honrada con el título de Theotokos (“la que dio a luz a Dios”). Desde entonces se multiplican los signos de devoción de los cristianos a la Virgen.

Muchos protestantes, y también algunos neopaganos y racionalistas, dan por sentado que la devoción a la Virgen es, pues, muy tardía, y quizá una incorporación posterior de divinidades femeninas paganas camufladas. Consideran que es una devoción que los cristianos anteriores a Constantino (la despenalización) o a Éfeso (el dogma de María como Madre de Dios) no habrían tenido. Para los cristianos del siglo I, II y III -según estos grupos- María habría sido sólo una sencilla mujer de los Evangelios, dócil al Señor, que amaba a Dios y su hijo.

Pero, ¿cómo se llegó entonces a esa explosión de devoción mariana en el siglo V?

UN LIBRO QUE ANALIZA LOS 3 PRIMEROS SIGLOS
Ahora, Rachel Fulton Brown, profesora de Historia en la Universidad de Chicago, analiza en la revista ecuménica conservadora First Things el libro de Stephen J. Shoemaker Mary in Early Christian Faith and Devotion” (“María en la temprana devoción y fe cristiana”) publicado en Yale University Press. Rachel Fulton explica que durante décadas nadie ha intentado investigar ni rastrear en serio los orígenes de la devoción mariana. Shoemaker es el primero en muchos años.

Shoemaker, que es más bien protestante y un experto en los textos apócrifos cristianos y el cristianismo bizantino, repasa una serie de textos apócrifos de los siglos II y III donde María tiene un papel importante. Muchas de las escenas e ideas de esos textos enseguida arraigaron en las tradiciones cristianas e incluso, luego, en el arte medieval.

La conclusión de Shoemaker es que María, en los primeros siglos, sí era objeto de mucho recuerdo, respeto y admiración, más del que los protestantes suelen creer y admitir. Pero no considera que deba llamarse “devoción” a lo que tenían esos cristianos, porque piensa que no solían tenerla como intercesora: si no le pides milagros, no es “devoción”. Shoemaker dice que María era, básicamente, “una santa entre otros santos, reverenciada por su pureza excepcional y santidad, y su intimidad con su hijo, un estatus más modesto que el tiene en el Oriente cristiano hoy”.

SHOEMAKER SE QUEDA CORTO: MARÍA COMO VASO SACRO
Rachel Fulton critica esta conclusión. Le parece insuficiente, Por un lado, porque los cristianos antiguos sí piden intercesión a la Virgen. Por otro lado, porque la devoción no es sólo pedir intercesión, sino reconocerle un status de sacralidad. Y María en muchos textos apócrifos y antiguos sí es vista como un “vaso sacro” colocado “aparte, para Dios”, es decir, un objeto sagrado para recibir lo Sagrado. Y los cristianos lo expresaban con exhuberancia de símbolos que luego pasarían a los grandes himnos e iconos bizantinos.

Esto está ya en el Apocalipsis 11,19 y 12, que se escribió hacia el año 96 d.C. Cuenta cómo se abrió el Templo y se vio al Arca de la Alianza, y hubo rayos y truenos y terremoto y aullidos… y entonces se vio a una mujer vestida de sol con doce estrellas como corona y la luna como pedestal, que estaba embarazada, llevando en su seno a quien vencerá al dragón y juzgará las naciones.

MARÍA ES EL ARCA: LA VASIJA SACRATÍSIMA QUE LLEVA A DIOS
El biblista ex-protestante Scott Hahn, experto en Apocalipsis, señala que el autor quiere indicar que María, la Madre de Jesús, es esa mujer y es también el Arca de la Alianza. Igual que el Arca tiene en su interior el maná, la vara de Aarón y las Tablas de la Ley, María tiene en su interior al Pan de Vida, al Verdadero Sacerdote y a la Ley hecha carne que es Jesús.

Hahn cree que para los lectores antiguos esto era patente: igual que el Rey David danzaba ante el Arca y el bebé Juan Bautista “danza” ante María, igual que David comenta “¿cómo puede venir el Arca a mí” e Isabel comenta, sobre María, “¿Cómo es que viene a mí la madre de mi Señor?”.

Esta tradición de señalar a María como un gigantesco, sagrado, objeto portador de Dios, es el que se repite en la literatura apócrifa de los siguientes siglos. Los cristianos expresaron con ese tipo de enfoque y símbolos su devoción a María y a su oficio.

EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO, DEL SIGLO II
En el Protoevangelio de Santiago, del siglo II, Shoemaker cree que hay poco interés por María. Rachel Fulton no está de acuerdo. En ese libro, dice, “María es descrita como alguien o algo preparado especialmente por Dios para un propósito específico, es concebida milagrosamente después de que sus padres oraran para tener hijos; a los 3 años es enviada al Templo para ser educada allí. En la pubertad es prometida a José para protegerla y cuando el ángel se le aparece está hilando la púrpura y escarlata para el velo del Templo. Shoemaker admite que son símbolos de María como “corporalización física de santidad, como lo es el templo, que sirve de lugar de santidad divina en la tierra”.

EL LIBRO DEL REPOSO DE MARÍA, DEL SIGLO III
Otro caso que comentan es el Libro del Reposo de María del siglo III, que tenemos por su versión etíope en lengua ge’ez (la lengua litúrgica etíope, antaño lengua imperial allí, hoy sin hablantes). Hay también fragmentos en siríaco y georgiano antiguo. Es la versión más antigua (que tengamos escrita) sobre la muerte de María y su ascensión al Cielo.

En ese libro el apóstol Pedro dice: “La luz de la lámpara de nuestra hermana María llena el mundo y no se extinguirá hasta el fin de los días, para que los que han decidido salvarse reciban seguridad en ella. Y si reciben la imagen de luz, recibirán el descanso y bendición de ella”.

Esto, según Rachel, no son fantasías gnósticas, sino el tipo de halagos de base bíblica que cristalizarán en la poesía bizantina. Por eso, el famoso himno Akathistos del siglo V, lleno de “piropos” a María, la alaba como “antorcha llena de luz, que brilla sobre aquellos en las tinieblas”.

MARÍA INTERCEDE POR LOS CONDENADOS Y LES APORTA ALIVIO
Que María es intercesora queda claro en este texto del siglo III: una vez sube al Cielo su cuerpo, junto al árbol de la vida, donde allí los ángeles devuelven el alma al cuerpo de ella, los ángeles la llevan a un infierno a ver a los condenados (o quizá almas purgantes). Ellos piden así a María: “María, te suplicamos, María, luz y madre de la luz; María, vida y madre de los apóstoles; María, lámpara dorada que llevas cada lámpara justa; María, nuestra maestra y madre de nuestro maestro; María, nuestra reina, suplica a tu hijo que nos de un poco de respiro”. María intercede por ellos y el Señor les concede “9 horas de descanso en el Día del Señor”.

Después, los apóstoles y María van al Paraíso, se sientan bajo el árbol de la vida con los Patriarcas y las almas de los buenos. Después suben al Séptimo Cielo, “donde se sienta Dios”. Allí, los apóstoles ven a María sentada a la derecha de Dios, junto a Cristo con sus heridas, con 10.000 ángeles rodeando a María en su trono, cantando.

He aquí, por lo tanto, un texto del siglo III con María como reina, intercesora,junto a Dios y llena de halagos del máximo rango.

NO BUSQUEMOS A MARÍA LA CAMPESINA… SINO A LA MADRE DE DIOS
Para Shoemaker, “no se trata de María la Madre de Dios sino de la madre del Gran Querubín de Luz”. Pero Rachel Fulton señala que es María la madre de Jesús vestida con los ropajes devocionales que le daban los cristianos de ese siglo. Rachel Fulton cree que no tiene sentido que desde el siglo XXI exijamos que los cristianos del siglo II o III representen a María con criterios de realismo historicista, como una “campesina judía de Galilea”, cuando ellos tratan de expresar sus títulos eternos y celestiales.

LAS CUESTIONES DE BARTOLOMÉ, DEL SIGLO III
Podemos ver otro ejemplo (que sonará a cualquiera que haya leído alguna vez el popular himno bizantino Akathistos) está en el “Evangelio” o “Cuestiones de Bartolomé”, otro apócrifo del siglo III.

Jesús invita a los apóstoles a ver al demonio encadenado, y les anima a golpear al demonio en el cuello. El apóstol Bartolomé invoca a la Virgen pidiéndole coraje (lo que ya demuestra que era una intercesora para los cristianos del siglo III, aún en época de persecuciones). En vez de decir “María, ayúdame”, empieza una lista de títulos gloriosos:
“Oh vientre más amplio que la envergadura de los cielos, oh vientre que contienes a quien los Siete Cielos no contienen; lo contuviste sin dolor, mantuviste en tu seno, a quien cambió su ser en la más pequeña de las cosas; oh, vientre que llevó, escondido en cuerpo, al Cristo que ha sido visible a muchos; oh vientre que se hizo más espacioso que la creación completa…” Incluso Shoemaker ve que aquí, en pleno siglo III, está la idea que la liturgia ortodoxa repetirá: “más amplia que los Cielos”, “que contiene a quien no puede ser contenido”.

UNA LITURGIA DEL SIGLO IV: “ÁLZATE, SEÑOR, Y EL ARCA QUE HAS SANTIFICADO”
En el siglo IV, con el cristianismo ya despenalizado, pero antes de Éfeso, tanto en Jerusalén como en Constatinopla se pudo celebrar a lo grande la fiesta de “María en Jerusalén”. La liturgia decía en esos días ya: “Álzate, oh Señor, en tu lugar de descanso; tú y el arca, que tú has santificado”, añadiendo: “Contemplad, he aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo”.

Rachel Fulton anima a buscar a María en las liturgias y textos antiguos con este lenguaje clave y poético (el mismo que perduró y se amplió luego en la poesía e himnos bizantinos). Si no, dice, somos como lo nazis de la película En Busca del Arca Perdida, que cavamos en el sitio equivocado”.

¿PARA QUÉ NOS CASAMOS?



Para tener una boda de ensueño, primero...

Por: Fernanda Andrade | Fuente: Catholic.net
Hoy en día sigue habiendo parejas que sueñan con casarse a la Iglesia, en el templo más bonito de la zona, delante de todos sus seres queridos, con un vestido blanco espectacular, incluso unos pajecitos aventando pétalos de rosas y finalizar con una tradicional lluvia de arroz para desearles abundancia a los esposos. Pero es importante entender que el matrimonio católico es mucho más que eso.

Según el código de derecho canónico el matrimonio es "La alianza matrimonial, por la que el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, que fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados." vamos a entenderlo poco a poco rescatando los elementos más importantes.

La primera implicación de esta definición es ese "para toda la vida", que Dios quizó desde el principio, Él sabe muy bien que el corazón humano busca lo que perdura más que lo pasajero.
La segunda implicación son los fines del matrimonio. No es una unión en la que se busca tener mejores ingresos o ayudarnos con las tareas del hogar... va más allá. Es ayudar al otro a ser mejor persona y desde la óptica cristiana es ser un camino de santificación para el cónyuge.

Y por supuesto formar una familia, estar abiertos a la vida y a llevar la relación a la donación que rompe con el egoísmo, una misión que no se puede dejar de lado incluso cuando no se puede concebir.

Hasta ahora el matrimonio viene siendo la promesa de amor más grande que se puede prometer: un amor exclusivo, fiel, para siempre, y no egoísta. Es comprensible que ante los ojos del mundo esto pueda ser imposible pero para eso viene la siguiente implicación: el matrimonio fue elevado por Cristo a sacramento.

Un sacramento es el signo más eficaz del amor de Dios, es ese regalo con el que Dios nos ayuda a cumplir con nuestra misión. Y es precisamente porque Él forma parte del matrimonio, que los esposos pueden cumplir con las exigencias del amor. Recuerden también que Cristo quiso que el matrimonio fuera el reflejo del amor que Él tiene por su iglesia.

Por eso, a los novios, los invitamos a tener la valentía suficiente que se necesita para prometer un amor así. Y también a que no les dé miedo ni vergüenza aspirar a un amor verdadero.

Y a los que están casados, los invitamos a que reflexionen esas exigencias del amor que quizá sin entenderlo completamente, se prometieron. Recuerden que ustedes son el ejemplo que muchos tendrán para decidir si optar o no por la vida matrimonial.