jueves, 18 de octubre de 2018

SANTOS VERDADEROS Y FALSOS DE NUESTRO TIEMPO


Entre los aniversarios que se conmemoran en este año de 2018 hay uno que ha pasado inadvertido: hace sesenta años, el 9 de octubre de 1958, fallecía en Castelgandolfo el venerable Pío XII tras diecinueve años de reinado. Sin embargo, su memoria sigue viva, sobre todo -como señala Cristina Siccardi- por su imagen solemne, digna de un vicario de Cristo, y por la amplitud de su magisterio, con el trágico telón de fondo de sucesos como la Segunda Guerra Mundial, que estalló a los seis meses de su ascensión a la silla de San Pedro el 2 de marzo de 1939.

La muerte de Pío XII puso fin a una época, hoy denominada con desprecio preconciliar o constantiniana. Con la elección de Juan XXIII y la inauguración del Concilio Vaticano II se inició una nueva era en la historia de la Iglesia que ha tenido su momento triunfal este 14 de octubre con la canonización de Pablo VI, que sigue a la anterior del papa Roncalli.

Aunque el beato Pío IX está a la espera de ser canonizado, todos los papas del Concilio y el postconcilio han tenido el honor de ser elevados a los altares, con la excepción de Juan Pablo I. Parece que lo que se quiere canonizar por medio de sus protagonistas sea una época, que no obstante es la más tenebrosa que haya conocido la Iglesia en toda su historia.
La inmoralidad se extiende por todo el cuerpo de la Iglesia, empezando por la cumbre. El papa Francisco se niega a reconocer la realidad de la trágica situación revelada por el arzobispo Carlo Maria Viganò. Reina la confusión doctrinal, hasta el punto que el cardenal Willem Jacobus Eijk, arzobispo de Utrecht, ha declarado públicamente que «los obispos, y sobre todo el sucesor de San Pedro, no cumplen cabalmente su misión de mantener y transmitir con fidelidad y en unidad el depósito de la fe».

El presente drama hunde sus raíces en el Concilio Vaticano II y en el postconcilio, y los principales responsables son los pontífices que han timoneado la Iglesia en los últimos sesenta años.
Su canonización es una proclamación de sus virtudes heroicas en el gobierno de la Iglesia. El Concilio y el postconcilio han negado la doctrina en nombre de la pastoral, y en nombre de ese pastoralismo se han negado a definir la verdad y a condenar errores. La única verdad que se proclama solemnemente hoy en día es la impecabilidad de los papas conciliares, y de nadie más que de ellos. Pareciera que, más que canonizar a los hombres, lo que se ha querido es presentar como infalibles sus decisiones políticas y pastorales.
Ahora bien, ¿qué credibilidad nos merecen estas canonizaciones? Aunque la mayoría de los teólogos sostiene que las canonizaciones son actos infalibles de la Iglesia, no se trata de dogmas de fe.
El último gran exponente de la escuela teológica romana, Brunero Gherardini (1925-2017), expresó en la revista Divinitas todas sus dudas sobre la invalidez de las canonizaciones. Para el teólogo romano, una sentencia de canonización no es en sí infalible, porque no reúne las condiciones exigidas para la infalibilidad; para empezar, la canonización no tiene por objeto directo o explícito una verdad de fe o de moral contenida en la Revelación, sino tan sólo algo indirectamente relacionado con el dogma, que no es un acto dogmático propiamente dicho. Además, ni el Código de Derecho Canónico de 1917 ni el de 1983, como tampoco el Catecismo de la Iglesia Católica, sea el antiguo o el nuevo, exponen la doctrina de la Iglesia sobre las canonizaciones.

Otro teólogo actual competente, el P. Gleize, de la Fraternidad San Pío X, admite la infalibilidad de las canonizaciones, pero no de las posteriores al Concilio, por las siguientes razones: las reformas que han seguido al Concilio han supuesto claras insuficiencias en los procedimientos e introducen una nueva intención colegial, consecuencias que son incompatibles con la certeza de las beatificaciones y la infalibilidad de las canonizaciones.
En tercer lugar, el juicio que se emite en el proceso pone en juego un concepto como mínimo equívoco y por tanto dudoso sobre la santidad y las virtudes heroicas. La infalibilidad se cimienta en un complejo y eficaz mecanismo de investigaciones y verificaciones. Es indudable que a raíz de la reforma de los procedimientos introducida por Juan Pablo II en 1983 este proceso de verificación de la verdad se ha vuelto mucho más frágil y se ha obrado una transformación en el concepto mismo de santidad.
Últimamente se han publicado otros aportes importantes en este sentido. Peter Kwasniewski señala en OnePeterFive que la peor alteración introducida en los procesos de canonización está en la cantidad de milagros exigidos: «En el sistema antiguo, eran necesarios dos tanto para la beatificación como para la canonización; es decir, un total de cuatro milagros investigados y certificados. Este requisito tenía por objeto proporcionar a la Iglesia suficiente certeza moral de que Dios aprobaba la beatitud o santidad de la persona probándola mediante el ejercicio de su poder ante la intercesión de esa persona. No sólo eso; tradicionalmente los milagros tenían que distinguirse por un carácter evidente;  innegable; esto es, no podían atribuirse a causas naturales o científicas. El nuevo sistema reduce a la mitad el número de milagros exigidos, lo cual, se podría decir, reduce también a la mitad la certeza moral. Y, como muchos han señalado, los milagros aportados suelen ser cosas de poca monta, y uno se queda preguntándose si de veras se trató de un milagro o de un hecho sumamente improbable».

Por su parte, Christopher Ferrara, en un prolijo artículo aparecido en The Remnant, después de subrayar el decisivo papel del testimonio de los milagros en las canonizaciones, señala que ninguno de los milagros atribuidos a Pablo VI y a monseñor Romero se ajusta a los criterios tradicionales para verificar que un milagro es obra de Dios: «Estos requisitos son: (1) que la curación sea (2) instantánea, (3) total, (4) duradera, y (5) que no tenga explicación científica; o sea, que no obedezca a un tratamiento o un proceso natural, sino a un suceso ajeno al orden sobrenatural».

John Lamont, que ha dedicado un amplio y convincente estudio al tema de la autoridad de las canonizaciones, concluye su estudio con las siguientes palabras: «No estamos obligados a sostener que las canonizaciones de Juan XXIII y Juan Pablo II fueron infalibles, porque no reunían los requisitos exigidos para tal infalibilidad. Sus canonizaciones no tienen que ver con la doctrina de la fe, ni fueron consecuencia de una devoción central para la vida de la Iglesia, como tampoco fueron el resultado de una indagación rigurosa y concienzuda. Pero tampoco podemos excluir a todas las canonizaciones del carisma de la infalibilidad; podemos seguir afirmando que las que fueron fruto de los minuciosos procedimientos que se seguían en siglos anteriores se beneficiaron de ese carisma».

Al no ser una canonización dogma de fe, los católicos no estamos obligados a aceptarla. El ejercicio de la razón demuestra palmariamente que los pontificados conciliares no han supuesto la menor ventaja para la Iglesia. La fe supera la razón y la eleva, pero no la contradice, porque Dios, Verdad por esencia, no es contradictorio. Podemos, pues, en conciencia mantener todas las reservas que tenemos hacia estas canonizaciones.
El acto más devastador del pontificado de Pablo VI fue la destrucción del Rito Romano tradicional. Los historiadores saben que el Novus Ordo Missae no fue la reforma de monseñor Bugnini, sino la que preparó, deseó y llevó a efecto el papa Montini, dando lugar, como escribe Peter Kwasniewski a una explosiva fractura interna: «Es como si hubiese arrojado una bomba atómica sobre el pueblo de Dios que hubiera aniquilado su fe o les hubiera producido cáncer con las radiaciones».

Y el acto más meritorio del pontificado de Pío XII fue la beatificación en 1951 y la posterior canonización en 1954 de san Pío X al final de un largo y riguroso proceso canónico y con cuatro milagros irrebatibles. Gracias a Pío XII, el nombre de San Pío X resplandece en el firmamento de la Iglesia y es una guía segura en medio de la confusión que reina en nuestros tiempos.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada /Adelante la Fe)

10 ESTRATEGIAS QUE USA EL DEMONIO PARA ALEJARTE DE LA ORACIÓN


¿De qué maneras puede el demonio atacar nuestra vida de oración?

Por: Padre Ed Broom, OMV | Fuente: FatherBroom.com // Píldoras de Fe
Hay personas que no se toman su día libre, sus vacaciones, tal vez una siesta y una pausa para tomar un café con un sentimiento de alivio. Esas personas están siempre buscando una oportunidad para atacar, derribar, esclavizar o conquistar. ¿Quiénes son estas personas? Por si no lo adivinaron: ¡son los demonios!

San Pedro compara al demonio con el rugir de un león que busca la oportunidad para devorar a su presa, es decir, ¡para devorarnos a nosotros!

El demonio puede atacar a cualquier hora y en cualquier lugar. Es astuto, muy inteligente y despiadado. Sin embargo, hay un área en específico en la que él es más propenso a atacarnos: ¡nuestra vida de oración!

San Ignacio nos recuerda que el demonio ataca cuando nos encontramos en un estado de desolación. Con eso nos referimos a la falta de fe, esperanza y caridad, a un sentimiento de tristeza y desánimo que lleva a la depresión, tibieza y al letargo.

Nuestra visión sobrenatural se nubla y oscurece. Es como si se estuviese en una nube negra o dentro de un túnel oscuro que parece no tener salida. Éste es el estado de las almas al que apunta el demonio y les lanza sus dardos mortales.

¿De qué maneras puede el maligno (Santo Tomás), el león rugiente (San Pedro), el perro atado furioso (San Agustín), el enemigo mortal de nuestra salvación (San Ignacio), el mentiroso y asesino del comienzo (Jesús en Jn 8), el demonio atacar nuestra vida de oración? ¡Veamos!

1.- PROCRASTINACIÓN.
Te puede tentar de la siguiente manera: "No hay apuro; pospón tu oración para mañana. Dios entiende; Él conoce tus pensamientos y sentimientos. Dios no tiene prisa, tampoco tú la deberías tener".

2.- HACER MENOS ORACIÓN.
Bueno, si el demonio no puede vencerte haciendo que pospongas tu oración para mañana, entonces hará que ores menos. En lugar de asistir a una Hora Santa, haz una visita de 30 minutos; deja de asistir a Misa diario.

Sólo es necesario que asistas los Domingos. ¿El Rosario? En lugar de rezar todo el rosario, el demonio hará que solamente reces una o dos décadas.

3.- DISTRACCIONES EN TU ORACIÓN.
Otra táctica del demonio es hacer que pierdas la concentración.

En lugar de enfocarte en Dios, terminas enfocándote en algún asunto irrelevante como qué cocinar luego, quién está jugando tal o cual deporte, qué planes hay para el fin de semana.

4.- PIERDE EL TIEMPO.
El demonio no da tregua en sus ataques a la persona que se ha comprometido a una vida seria de oración.

Como nos recuerda la Palabra de Dios:

"Si decides seguir al Señor, prepárate para la batalla".

El demonio te puede tentar de la siguiente manera: Estás malgastando tu tiempo al orar. Mejor has lo imposible para ayudar a tu vecino. ¿Recuerdas a Jesús con Marta y María?

El demonio promueve el activismo al punto de convencernos de que nuestro trabajo es mucho más importante que nuestra vida de oración y conversación con el Señor.

Recuerda que Jesús vino en defensa de María cuando estaba sentada a sus pies y le escuchaba atentamente – ¡éste es un verdadero modelo de contemplación!

5.- AÚN ERES LA MISMA PERSONA
Estás orando más que antes, pero en realidad no eres mejor que antes y muchas personas te han dicho esto.

Por lo tanto, mejor abandona tu vida de oración y vuelve a la vida normal, cómoda y fácil que la mayoría de tus amigos y socios llevan.

6.- SENTIMIENTOS
El demonio puede tentarte de esta manera. Puede engañarte haciéndote creer que tus oraciones no van a ningún lugar por la sencilla razón de que no experimentas emociones ni sentimientos fuertes cuando oras.

Antes experimentaste esos sentimientos y emociones en ese primer retiro carismático, pero las emociones cesaron y la oración es más tranquila y pacífica.

Cualquier buen director espiritual o texto sobre la teología de la oración indicará que la ésta no depende siempre de emociones sino de la confianza en Dios.

7.- DIOS NO RESPONDE A MI ORACIÓN.
Puede suceder que hayas orado durante mucho tiempo por una intención en específico, quizás hayas ofrecido novenas y Misas, pero esa intención no ha sido respondida.

El demonio puede convencerte de no orar, o de que la oración es un ejercicio inútil, una pérdida de tiempo.

Para algunos, el demonio describe a Dios como una especie de Santa Claus en el cielo o como un genio listo para salir de la lámpara si la frotamos lo suficientemente fuerte. Si no me contesta, Dios no existe.

8.- DESASTRES Y AUSENCIA DE DIOS.
Tal vez algunos desastres se han presentado en tu vida: pérdidas económicas, desafíos financieros, o incluso la muerte de un ser querido. ¿Cómo puede un Dios tan bueno permitir que esto suceda?

Un buen Dios no permitiría esto, si en realidad Él es bueno. Nuestra salvación puede ser el libro de Job:

"Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá volveré. Yavé me lo dio, Yavé me lo ha quitado, ¡que su nombre sea bendito!" (Job 1,21)

9.- TENTACIONES EN CONTRA DE LA CASTIDAD.
Ha sucedido incluso en la vida de los santos – Santa Catalina de Siena, Santa Margarita María, San Antonio del desierto – ser atacados frecuentemente contra la virtud de la pureza.

El demonio usa muchas y diversas maneras de tentación para disminuir la vida de oración e incluso extinguirla.

10.- EL DESESPERO.
Tal vez el ataque más fatal del enemigo es convencernos de ceder ante la desesperación.

Éste fue el caso de Judas Iscariote. Si se hubiese arrepentido, tal vez alrededor de todo el mundo tendríamos iglesias con el nombre: "San Judas el penitente".

Pedro se arrepintió y fue perdonado y se convirtió en santo. Después de que caemos en pecado, el demonio nos acusa y condena y nos lleva a la muerte y a la desesperación.

El Espíritu Santo nos consuela y nos llena de ánimo con la confianza y esperanza en la infinita misericordia de Dios. JESÚS EN TI CONFIO.

En conclusión, debemos aferrarnos a la oración como si fuese un chaleco salvavidas, el aire que nos mantiene vivos, el ancla o nuestra salvación.

Si el demonio nos tienta a abandonarla o a orar menos, entonces deberíamos seguir el consejo Ignaciano de "agere contra" para hacer exactamente lo contrario e intentar orar más y mejor; así ganaremos la batalla.

CATÓLICO EN SERIO


Y te preguntarás… ¿Qué significa ser católico en serio?

Más que acatar un montón de reglas… Más que entrar al club de los buenos… Más que tratar de no pecar… Más que llevar una vida perfecta.

Un católico en serio es aquel que ya entendió que se juega la vida con cada decisión que toma, la actual y la eterna. Por ello, sabe que la vida empieza cuando entiende que tiene un propósito, cuando comprende que forma parte de un plan más grande y perfecto que el que alguna vez imaginó.

No tiene miedo de perder la vida, porque sabe que la va a encontrar en Cristo. Más teme que por causa de la marca de sus defectos deje de buscar una y otra vez el perdón de Dios.

Un católico en serio sabe que fue creado para amar y servir a su Creador y por ello su vida se trata de encontrar a Dios y conocerlo para amarlo más.


Un católico en serio sabe que solo no puede y que al final es mejor recorrer el camino junto a aquellas personas que hacen que el trayecto esté lleno de metas compartidas.

Un católico en serio tiene como asesores a los santos porque reconoce en ellos a hombres y mujeres imperfectos con corazones inflamados de amor. En donde al final de sus vidas, tarde o temprano lograron amar con toda su mente y alma a aquel que dio su vida por ellos.

A un católico en serio no le basta con cumplir los preceptos. Siempre quiere más y busca la manera de estar cerca. Constantemente tiene presente a su Creador y nada de lo que hace lo hace en vano si lo consagra a María para que ella lo perfeccione y lo entregue con sus propias manos a Aquel por quien se vive.

Un católico en serio tiene una fe razonada que le lleva a siempre buscar la verdad. Conoce su fe y permanece firme en los momentos difíciles por los que atraviesa la Iglesia. No se separa de ella, más la guía con su constancia y empeño de ver a Cristo triunfar en Cielo y Tierra.

Un católico en serio es un pecador determinado a no dejarse vencer por el pecado. Es paciente consigo mismo y confía mucho más en la Misericordia de Dios que en sus propias fuerzas. Es un pecador con la mirada puesta en el futuro, lleno de esperanza.

Un católico en serio no se rinde, pues él descansa en Dios mismo quien restaura sus fuerzas cada vez que viene desgastado y herido.

La alegría es su secreto y sin así quererlo, es fuente de inspiración para tantas personas, pues tiene “ese algo” que todos desean en sus vidas.

Para un católico en serio no hay días rutinarios porque siempre se pregunta: Señor, ¿cómo te puedo servir hoy?

Un católico en serio tiene múltiples conversiones a lo largo de su vida. Cada vez más puras y perfectas, cada vez más claras y profundas. Hasta que un día logra pertenecer por completo a Cristo mismo, en donde las dos voluntades son la misma y el corazón es uno solo.

Sé un Católico en Serio.

Por: Alison González Andrade | Fuente: Catholic.net

EL PAPA HACE ADVERTENCIA A SACERDOTES QUE VAN A LAS FIESTAS DE MATRIMONIOS


El Papa Francisco hizo una advertencia a los sacerdotes que van a las fiestas de bodas y que causan escándalo porque no han aprendido “el arte de permanecer en el lugar” que les corresponde.
“Escandalizar a la gente es algo malo, e incluso escandalizar al presbiterio es algo malo. Cuando vean que un sacerdote escandaliza, vayan directamente a él, a un amigo suyo, al párroco o al obispo, para ayudarlo”, dijo el Papa durante el encuentro que tuvo el sábado 13 con un grupo de seminaristas de la región italiana de Lombardía.
Francisco les dijo que en Argentina “existe la costumbre de invitar a los sacerdotes a la fiesta de bodas: cuando celebras la boda, te invitan a la fiesta. A última hora de la tarde, se celebra la boda y luego viene la fiesta. Muchos sacerdotes van y causan una mala impresión porque están en medio de una fiesta mundana y luego beben demasiado. Es un escándalo. “‘No,  yo voy a hacer apostolado’. ¡Pero por favor!”, exclamó el Pontífice.
El Papa señaló que los presbíteros van porque “los esposos lo piden. ‘Sí, venga’”. Sin embargo, recomendó a los seminaristas ser como “los sacerdotes inteligentes” que “dicen: ‘No, mire, yo vendré, pero cuando vuelva de la luna de miel, iré a su casa, la bendeciré y cenaré con ustedes dos’. Esto no escandaliza”.
El Pontífice animó a aprender el arte de permanecer en el lugar de uno. Para estar en el lugar del sacerdote, uno no debe ser rígido, sino humano, normal; pero en su lugar. No escandalizar nunca”.
El Papa Francisco también se refirió al escándalo que generan los sacerdotes culpables de abusos sexuales. “Es un escándalo mundial que me hace pensar en los sacrificios humanos de niños, como hacían los paganos. En este punto, hablen claramente. Si ven algo así, inmediatamente vayan al obispo para ayudar a ese hermano abusador”, indicó.
Otro escándalo, continuó, es el del “sacerdote mundano, el que vive en la mundanalidad espiritual”, ante lo cual sugirió leer un libro del Cardenal Henri de Lubac.
“Me impresionó tanto cuando leí, por primera vez, Meditación sobre la Iglesia del Cardenal de Lubac: el último capítulo, las dos últimas páginas. Cita a un benedictino que dice que el peor pecado de la Iglesia es la mundanidad espiritual. Es convertir a la religión en una antropología. Lean estas dos páginas, les hará bien”, dijo Francisco.
En el texto, el fallecido Purpurado francés escribió que “la mundanidad espiritual no es otra cosa que una actitud radicalmente antropocéntrica. Esta actitud sería imperdonable, en el caso –que vamos a suponer posible– de un hombre que estuviera dotado de todas las perfecciones espirituales, pero que no le condujeran a Dios”.
“Si esta mundanidad espiritual invadiera la Iglesia y trabajara por corromperla atacándola en su mismo principio, sería infinitamente más desastrosa que cualquier otra mundanidad simplemente moral”, alertó el Cardenal.
POR WALTER SÁNCHEZ SILVA | ACI Prensa

PAPA FRANCISCO: EL DISCÍPULO CRISTIANO NO DEBE TENER MIEDO A LA POBREZA


Durante la Misa celebrada en Casa Santa Marta este jueves 18 de octubre, el Papa Francisco explicó las tres formas de pobreza a las que está llamado todo cristiano y recordó que “el discípulo no debe tener miedo a la pobreza, de hecho, debe ser pobre”.
DESPRENDIMIENTO DE LAS RIQUEZAS
La primera es el desprendimiento del dinero, la segunda es la aceptación de la persecución por causa de la fe, y la tercera es la del abandono.
Sobre la primera, el desprendimiento de toda riqueza, el Santo Padre señaló que desprenderse de las riquezas es “la condición para iniciar el camino del discipulado”. Ese desprendimiento de las riquezas requiere “un corazón pobre”.
Eso supone que “si en el trabajo apostólico se necesitan estructuras u organizaciones que parezcan signos de riqueza, usadlos bien, pero de manera desprendida”, pidió Francisco.
“Si quieres seguir al Señor, elige el camino de la pobreza, y si tienes riquezas porque el Señor te las ha dado, para servir a los demás, despégate de ellas en tu corazón”.
ACEPTACIÓN DE LA PERSECUCIÓN
El segundo signo de pobreza del cristiano es la aceptación de la persecución por la fe en Cristo. En el Evangelio Jesús no esconde la realidad a sus discípulos, y les dice que los envía “como corderos en medio de lobos”.
El Papa señaló que hoy la persecución a los cristianos está, lamentablemente, de actualidad. Es una realidad que deben afrontar muchos cristianos en todo el mundo.
Como ejemplo, el Pontífice contó cómo uno de los Obispos que está participando en el Sínodo sobre los jóvenes contó cómo en su país, donde los cristianos sufren estas persecuciones, un joven católico fue hecho preso por un grupo de personas fundamentalistas que odiaban a la Iglesia.
“Lo golpearon y luego lo arrojaron a una cisterna llena de fango. El joven se hundió en el fango hasta el cuello. Sus agresores le ofrecieron salvarle la vida si renunciaba a crista: ‘Por última vez, ¿renuncias a Jesucristo?’. Le dijeron. Pero él contestó: ‘¡No!’. Entonces lanzaron una gran piedra contra él y lo mataron”.
El Papa exclamó: “¡Esto no ha sucedido en los primeros siglos del cristianismo! ¡Esto sucedió hace dos meses! Es tan solo un ejemplo, pero, cuántos cristianos hoy sufren persecuciones físicas: ‘¡Este ha blasfemado! ¡A la horca!’”.
Pero luego, además de las persecuciones físicas, hay otro tipo de persecuciones, la de la calumnia. “La persecución de la calumnia, de las habladurías, y el cristiano se calla, tolera esta ‘pobreza’”.
“A veces es necesario defenderse para no dar escándalo. Las pequeñas persecuciones en los barrios, en la parroquia…, son pequeñas, pero son la prueba, la prueba de pobreza. Esa es la segunda prueba de pobreza que pide el Señor a sus discípulos: recibir humildemente las persecuciones, tolerar las persecuciones”.
EL ABANDONO
Por último, la tercera forma de pobreza es la de la soledad, el abandono. “Pienso en el hombre más grande de la humanidad, y este calificativo proviene de la boca de Jesús: Juan Bautista”, señaló el Papa. “El hombre más grande nacido de mujer”.
Juan Bautista fue “un gran predicador, la gente iba donde él para bautizarse. ¿Y cómo terminó? Solo, en la cárcel. Pensad cómo eran las celdas de aquella época, porque si las de hoy son como son, pensad en las de entonces”.
“Solo, olvidado, muerto por la debilidad de un rey, por el odio de una adultera, y por el capricho de una joven. Así terminó el hombre más grande de la Historia”, afirmó.
“Y sin necesidad de irse tan lejos, muchas veces, en las casas de reposo, donde hay tantos sacerdotes y religiosas que han dedicado sus vidas a la predicación, se sienten solos, solos con el Señor: nadie los recuerda”.
Redacción ACI Prensa