domingo, 13 de noviembre de 2016

A VECES CONFIAMOS MÁS EL FIN DEL MUNDO QUE EN CRISTO. SAN AMBROSIO


A veces confiamos más el fin del mundo que en Cristo. San Ambrosio.

El ser humano se siente sobrepasado en las épocas de crisis económica, social y espiritual. Como los Apóstoles en el momento de la ascensión, miramos al cielo embobados, esperando que todo lo que nos toca vivir acabe. Pero el tiempo es criatura de Dios y Dios tiene especial cuidado en que el ser humano encuentre en cada instante, una oportunidad de santificación. Sin duda el fin del mundo llegará, pero no cuando nuestros cálculos interesados lo pronostiquen. Leamos lo que nos indica San Ambrosio de Milán:

«No quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Estas palabras eran verdaderas referidas al Templo construido por Salomón..., porque todo lo que construyen nuestras manos perece por usura o por deterioro, es convertido en ruinas por la violencia o destruido por el fuego... Pero existe en cada uno de nosotros un templo que sólo se destruye si se derrumba la fe, y particularmente si, en nombre de Cristo, se busca erróneamente refugiarse en las certezas interiores. Posiblemente sea esta  interpretación la más útil para nosotros. En efecto, ¿de qué me sirve saber cuándo será el día del juicio? ¿De qué me sirve, siendo consciente de tanto pecado, saber que el Señor vendrá un día, si no vuelve a mi alma, si no vuelve a mi espíritu, si Cristo no vive en mí, si Cristo no habla por mí? Es a mí que Cristo debe venir, es en mí que ha de tener lugar su venida.

Ahora bien, la segunda venida del Señor será al fin del mundo, cuando podamos decir: «Para mí el mundo está crucificado y yo para el mundo» (Ga 6,14)... Para quien el mundo está muerto, Cristo es eterno; para él el templo es espiritual, la Ley es espiritual, la misma Pascua es espiritual... Para él, pues, es real la presencia de la sabiduría, la presencia de la virtud y de la justicia, la presencia de la redención, porque Cristo murió, por los pecados del pueblo, una sola vez pero con la finalidad de rescatar cada día los pecados del pueblo. (San Ambrosio de Milán. Comentario al evangelio de Lucas, X, 6-8)

Actualmente se ven muchos profetas que nos engañan por medio de nuestra preocupación y buena voluntad. Aparecen planetas que o estrellas que desafinando todas las leyes universales, viene a destrozar la tierra, sin que el sol se vea afectad. Aparecen personas que pronostican la aparición inminente del anticristo, por el simple hecho de que la Iglesia se ve sometida a presiones internas. Presiones que Dios permite para santificarnos y para que sepamos discernir la fidelidad hacia Él, de otras fidelidades diversas. Es cierto que tenemos un tropa de anticristos generando ruido de muy diversas formas, pero esta tropa siempre ha existido y siempre existirá.

La interpretación de San Ambrosio de Milán nos centra en lo importante: ¿Cuándo vendrá Cristo en nuestro interior? En el momento en que el mundo deje de tener importancia y caiga a los pies del único Salvador. En ese momento nos dará igual de muchas personas confundan, de forma interesada, el cristianismo con el comunismo. Nos dará igual que la Iglesia no dé importancia a la sacralidad. Nos dará igual que confundamos la caridad trascendente con la útil solidaridad. Nos dará igual que se proclame que no es necesario que evangelicemos a quienes necesitan a Cristo. Nos dará igual no por indiferencia, sino porque entenderemos que todo esto es el campo en que Cristo quiere iluminar por medio de nosotros. Entonces emprenderemos la Misión de llevar la Esperanza a quienes han sido engañados por tantos y tan ilustres segundos salvadores. Ese es la gran reto que viene después de que el mundo y sus circunstancias dejen de llevarnos a la indiferencia y a adaptarnos a la circunstancias para no desentonar con la sinfonía que el “príncipe del mundo”, el maligno, interpreta entre nosotros.

No pongamos nuestra esperanza en uno o varios segundos salvadores, en profetas de cataclismos, en “listos” que se venden a sí mismo como panaceas, en un fin de los tiempos que no conlleva conversión. Es decir, no pongamos las esperanzas en quienes no son Cristo. Sólo Él tiene palabras de vida eterna ¿Para qué buscar esperanzas fuera de Él?


Nestor Mora Nuñez