miércoles, 16 de noviembre de 2016

ASÍ ACOMPAÑA LA IGLESIA A QUIEN SIENTE ATRACCIÓN POR PERSONAS DEL MISMO SEXO


Desde Courage, un proyecto de vida basado en la oración, la castidad, la amistad y el servicio.

A pesar de que en los últimos años se hable tanto de homosexualidad, el conocimiento acerca de este tema es aún muy aproximativo y lleno de estereotipos. Lo clarifica un poco el sacerdote John F. Harvey en su libro. Sí, un sacerdote de esa Iglesia juzgada como retrógrada y oscurantista sobre la moral sexual.

Durante más de 50 años este sacerdote estadounidense ha cuidado a las personas que querían vivir la fe católica sin que su atracción sexual fuera un obstáculo. Con paciencia y cercanía, el sacerdote Harvey ha encontrado junto a ellos un camino, siempre a la luz de la doctrina católica.

Desde 1980 ha sido el director del apostolado Courage, asociación fundada por el cardenal Terence J. Cooke en 1980 en Nueva York, para el cuidado pastoral de las personas homosexuales, hoy presente en muchas diócesis de todo el mundo. El libro Atracción por el mismo sexo. Acompañar a la persona, recoge algunas reflexiones del sacerdote, pero también indicaciones pastorales concretas.

El arzobispo de Boloña, Matteo Zuppi, escribe en el prefacio: “La Iglesia no levanta muros, no crea categorías de personas en función de la orientación sexual, porque, antes de tener una atracción sexual particular, son personas (…). En este sentido, la llamada a la santidad es para todos (…)”.

El acento en la persona más que en la tendencia homosexual es la verdadera clave para entender los términos de la cuestión. Por eso, desde el principio, el sacerdote Harvey corrige también la terminología: mejor hablar de personas con atracción hacia el mismo sexo (A.S.S.), evitando la palabra “homosexuales” con la que “corremos el riesgo, al menos implícitamente, de considerar la homosexualidad como la característica esencial de la persona”, mientras que “una persona, en el fondo, es más que un conjunto de inclinaciones sexuales y los razonamientos sobre la atracción hacia personas del mismo sexo se vuelven más confusos si pensamos en los “homosexuales” como en una categoría aparte de seres humanos”.

Harvey admite que “en general, las personas ‘heterosexuales’ no comprenden a aquellas que sienten una A.S.S persistente” y que él mismo ha necesitado “años para entender la naturaleza de esta condición”. Pero enfrenta con claridad algunos puntos candentes.

Dice, por ejemplo, que en los adolescentes no se puede hablar de homosexualidad (que es una condición adulta) y hay que ser muy cautos sobre la actitud ambigua típica de la edad como tendencia homosexual.

La misma atracción por personas del mismo sexo tiene matices distintos en cada persona. Es una tendencia y no un pecado, pero esto no justifica moralmente los actos homosexuales (que la Iglesia condena).

Se habla de la desconfianza de la sociedad hacia las personas A.S.S, pero también de la paradoja de las asociaciones “gay”: “por un lado, se pide con insistencia que las personas con tendencias homosexuales estén bien integradas en la sociedad; por otro, los clubs ‘gay’ se desarrollan como refugio de la sociedad ‘heterosexual’, impidiendo la integración”.

Al sacerdote Harvey no le interesa hacer un tratado doctrinal (algunos aspectos son tratados en el segundo capítulo, mientras los textos integrales del magisterio están en el apéndice), sino que ofrece diversos despuntes pastorales.

No se habla de “cura” en términos médicos, aunque se hace referencia a terapias adecuadas psicológicas de apoyo a la persona, junto al acompañamiento espiritual. Entre otras cosas, los estudios científicos no ofrecen ninguna certeza de que una “terapia reparadora” pueda llevar a una modificación de la inclinación.

Se habla del gran dolor –hasta la desesperación– que muchas personas con esta tendencia manifiestan, hasta el odio de sí mismo.

Por eso es útil que existan programas pastorales específicos: es el caso de Courage, que propone un proyecto de vida muy esencial basado en la oración, la castidad, buenas amistades, el servicio a los demás, siempre con la guía de un director espiritual, cuya tarea es “demostrar que es posible vivir una vida casta y feliz sin aislarse de la sociedad”.

Algunos párrafos ilustran el valor de la castidad y de la amistad: “En el lenguaje común, la castidad tiene una connotación negativa (…). La verdadera castidad, en cambio, consiste en el modo correcto de expresar la afectividad (…)”. Existen “formas de amistad sólidas, sanas, castas y claramente deseables. Amistades de este tipo representan la mejor forma de apoyo” para las personas con A.S.S.

Además, las personas deben ser introducidas en la comunidad cristiana más amplia para que las “sostenga” y puedan entender que son “parte integral de la Iglesia”.

Para los padres y familiares de las personas con A.S.S ha surgido la asociación EnCourage, que los ayuda a comprender mejor y a mantener con ellos una relación sana.

Existen situaciones aún más específicas: el libro recoge algunos consejos del sacerdote Harvey para quien descubre tendencias homosexuales mientras está comprometido o casado o siente la vocación a la vida religiosa y sacerdotal. Finalmente, un párrafo reafirma la oposición de la Iglesia a los “supuestos derechos gay”.