martes, 18 de junio de 2019

UN SACERDOTE ITALIANO CONTRA LA PEDOFILIA


Creo que no he escrito ninguna entrada sobre las devastadoras noticias de abusos sexuales por parte de sacerdotes y religiosos. No tenía nada que aportar a un horror tan obvio y evidente. Menos aún tras el clarividente escrito de Benedicto XVI sobre «La Iglesia y el escándalo de los abusos sexuales». Y sin embargo me he encontrado en el último número de la revista Tempi con una entrevista a un sacerdote siciliano, Don Fortunato Di Noto, que me ha impactado.
Don Fortunato es un sacerdote que lleva décadas luchando contra los abusos pedófilos y que ha fundado una organización, Meter, con este fin. En los últimos 15 años, Meter ha estado en el origen de 23 operaciones contra la pedofilia y la pedopornografía, que han llevado a más de 300 arrestos. Don Fortunato sabe de qué habla, y por eso me llamó la atención que este verdadero «párroco de periferia» asegure en la entrevista que desde hace treinta años ha estado esperando palabras como las utilizadas por el Papa Emérito Benedicto XVI en el documento antes citado.
Dice muchas más cosas, tremendas pero orientadoras. Me limito a traducir unas pocas sobre las que creo que vale la pena reflexionar: «Esta sociedad, tan diligente a la hora de detectar, condenar y encontrar un nombre para cualquier tipo de violencia, a la hora de convertir en espectáculo su propia crítica e indignación, se cierra en un silencio mortal ante el mal absoluto, la violencia infligida a la criatura humana más radicalmente inocente, radicalmente pura. Porque, ¿qué demuestra la pedofilia? Demuestra que quitado Dios, todo es posible».
Y comentando las palabras de Benedicto XVI, Don Di Noto afirma que «son apuntes como piedras duras: a diferencia de todos los textos en materia de protección de menores que hablan de «abuso», Ratzinger no teme usar la palabra «pedofilia», diagnosticada en la «fisonomía de la revolución del 68» como algo «permitido y conveniente». Y la usa para centrar el tema, que no es la pedofilia en la Iglesia, sino el colapso de la teología moral católica frente a la liberación moral (que fue también sexual) de aquellos años: vaciada de Cristo la moral, todo está permitido. La experiencia humana se convierte en un ejercicio de libre elección donde todo está disponible, todo es un derecho, todo es relativo, nada es absoluto. Y es aquí donde nace el abuso: del yo sin Dios. Del hombre que, sin el Bien, ya no puede reconocer el Mal. Del cristiano que en vez de gritar desde los tejados susurra en el sótano. De la Iglesia que en vez de ser luz se convierte en cómplice de la oscuridad - y, por supuesto, la bruja a la que los periódicos pueden quemar. Pero cuando en noviembre pasado se ha presentado la denuncia número 1.596 de una web pedófila alojada en una plataforma europea, informando de los horribles abusos sobre sesenta recién nacidos, ¿dónde estaban los grandes periodistas indignados? Cada día envío un informe a la fiscalía y a los medios: ¿dónde están los editoriales, los tweets, las manifestaciones?
(…)
La digitalización de la carne, la exposición libre y continua del cuerpo reducido a píxeles, nos han hecho, a hombres y mujeres, ciegos y mudos, incapaces de reconocer y dar un nombre a la humanísima complementariedad que los quiere juntos. La pornografía es, de hecho, deshumanizante, el gender es deshumanizante. Los abusos son hijos de este voyeurismo y de la ideología «sin límites». Sólo el misterio cristiano de la Encarnación, que afirma un destino, una trascendencia que al mismo tiempo nos recuerda que existe un límite, se opone a la degradación del cuerpo reducido a cáscara y permite al hombre permanecer humano».
Jorge Soley

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