jueves, 11 de abril de 2019

SIN FAMILIAS, SIN HIJOS, SIN FUTURO


Los resultados, ofrecidos por el Instituto Nacional de Estadística (INE) de España, sobre la Encuesta de Fecundidad correspondiente al año 2018 no deberían sorprender a nadie. Es el resultado de la descristianización de este país a todos los niveles. Y de poco me vale que ocurra lo mismo o parecido en otras naciones del entorno europeo. 
La famosa liberación de la mujer consistía básicamente en dos cosas: anticonceptivos y acceso masivo al mercado de trabajo. Se transmitió la idea de que las mujeres habían sido hasta entonces meras esclavas del sistema patriarcal, obligadas a ser poco menos que incubadoras, cuidadoras de niños y sirvientas de sus maridos. 
Con los anticonceptivos, se libraban de ser madres. Al menos madres de familias numerosas. Con el trabajo, salían del hogar para “autorealizarse”. Tanto las leyes como el sistema económico capitalista acompañaron ese discurso de liberación -ahora lo llaman empoderamiento- y no hubo prácticamente nadie, ni siquiera la Iglesia, que advirtiera que esa libertad podía tener un precio.
¿Qué tenemos hoy? Que esa libertad se ha convertido en esclavitud. Hace 50 años un joven matrimonio español podía ganarse la vida con el sueldo del marido. Con dificultades, sin duda, pero podía. Hoy es absolutamente imposible que un joven matrimonio sobreviva si no trabajan los dos y aun así, en no pocas ocasiones no les llega. De tal manera que si una mujer joven quiere dedicarse hoy a la nobilísima tarea de ser simple y llanamente madre, no puede.
Con esto no digo que lo que deberían hacer todas las mujeres es quedarse en casa cambiando pañales y haciéndole la comida y la cena al marido. Lo que digo es que no hay verdadera libertad para elegir. 
Como no podía ser de otra manera, una de las consecuencias de ese sistema perverso es el desplome de la natalidad. Hoy los jóvenes no tienen hijos. Así de simple. Así de tremendo. Y atrasar la edad de la maternidad y la paternidad implica, en buena lógica, que no se tendrán muchos retoños. Si acaso, la parejita. 
A todo eso hay que sumar el quebranto de la institución familiar y la dignidad moral gracias a una legislación divorcista y abortista. Multitud de uniones duran lo que dura el enamoramiento y poco más. Y multitud de embarazos, uno de cada seis, acaban engrosando la cuenta de resultados de los empresarios de la muerte.
Parece evidente que si las últimas generaciones han dejado de tener hijos, las que vengan no van a hacer lo contrario. Y si quisieran, no podrían. 
¿A qué nos lleva esto? A que España, o lo que quede de ella, se va a convertir de aquí a otros 30-40 años en una gran residencia de ancianos, con pensiones ridículas -no habrá dinero- y sin apenas hijos y nietos. Pero no se preocupen ustedes, que para entonces la eutanasia se encargará de acabar con los excedentes. 
La otra posibilidad es que medio Magreb y buena parte del África subsahariana se vendrán a vivir aquí. Da igual lo que digan hoy los políticos sobre la inmigración. Los sucesores de los que hoy piden que no haya una política de puertas abiertas, abrirán las puertas de par en par para que llegue una mano de obra a la que freír a impuestos y así poder sostener un sistema… insostenible.
¿Y la Iglesia qué? Pues de momento, buena parte de ella anda preocupada por el calentamiento global, por el porcentaje de los que marcan la X en la Declaración de la Renta y por evitar cualquier cosa que huela a proselitismo.
A ver si va a resultar que esa Iglesia es una de las responsables, si no la que más, de esta deriva. A ver si…. sí, va a ser eso.
Luis Fernando Pérez Bustamante

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