lunes, 16 de octubre de 2017

AÚN EN LAS PEORES ÉPOCAS DIOS MANDA A SUS TESTIGOS PARA QUE PERSEVEREMOS [¿QUIÉNES SON?]

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El Evangelio es una norma de vida. Es lo que Cristo vivió. El centro de nuestra vida es Él y debemos imitarle; ese es el mensaje. “Sean perfectos como mi Padre es perfecto.” (San Mateo 5, 48). Sin embargo la sociedad de estos tiempos es refractaria a los mandatos de Jesús. Pero aún así podemos ver en cada época en que el mal parece apoderarse, que aparecen testigos. Quienes se entregan de una manera tan profunda, que intervienen de una manera decisiva en la historia.
¿Quiénes son los de hoy?
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¿Los cristianos del Medio Oriente y África, que están siendo masacrados distintos grupos de  musulmanes por mantener la fe?
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¿Son los cristianos de occidente que arriesgan su trabajo y su libertad por defender que el verdadero matrimonio es entre un hombre y una mujer?
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¿Son los católicos que siguen yendo a misa a pesar de la incomprensión de sus allegados e incluso la apostasía de muchos pastores?
Sería bueno reflexionar sobre como deberíamos perseverar. En este artículo queremos hablar de los testigos que cambiaron una época con su irrefrenable amor por Dios.
 
PRIMERO EL MÁS RECORDADO: SAN FRANCISCO DE ASÍS
En este contexto de pecado y destrucción, de relativismo y de falta de la vivencia al Evangelio; un joven después de encontrarse con el Amor, lo dejo todo y le siguió. San Francisco de Asís es un santo que viviendo en el bullicio de la vida, de las fiestas y de tantas otras cosas poco relevantes, se topó con Jesús. La sociedad en ese momento era de pobres y ricos. De gente que estaba perdida. Algunos cleros se preocupaban más de las cosas terrenales que de las celestiales.
Cuando San Francisco se enfrenta al obispo y a su padre; se despoja de todo.
En la vocación de este santo se encuentra la pobreza, la humildad, la sencillez y la vivencia de lo que Jesús vivió. El choque en que la sociedad acostumbrada a todo tipo de placeres y cosas, contrasta con el tipo de vida elegido por este personaje. Muchos quisieron imitarle y le siguieron; y cambió la Iglesia. Jesucristo enseño en una de las bienaventuranzas: feliz el pobre de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos.
La pobreza de espíritu significa confianza en Dios, creer en Él y vivir el Evangelio.
Cuando San Francisco de Asís oyó la voz del Señor para reconstruir su casa, lo hizo con obras materiales y recompuso la de San Damián. Pero no era esta, sino la propia Iglesia. En el sueño del Papa quienes levantaban la Iglesia era San Francisco y Santo Domingo. Los frailes penitentes o más bien mendicantes, surgirán también otras partes, como los dominicos. El pecado hace mucho alboroto pero donde abundó el pecado sobreabundó la gracia. En 1208 fue cuando el Seráfico Padre San Francisco cambió su vida de reconstruir las iglesias por la vivencia del Evangelio. Pasamos luego a otra temporada en que surgen santos que también revolucionaron ese tiempo.
SON LOS TIEMPOS DE REFORMA
Cuando se oye la palabra “reforma” se piensa en las personas que siguieron a Martín Lutero.
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Sin embargo, esta palabra debería aplicarse a los que ya habían hecho un gran cambio.
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Por eso San Felipe Neri, Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, San Carlos de Borromeo, San Camilo de Lelis, San Ignacio de Loyola… son gente que marcó.
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Si la mayoría de los religiosos de esa época hubieran seguido a Jesús, hubieran revolucionado también a la sociedad de la época, como lo hicieron ellos.
En el siglo XV y XVI, la Iglesia estaba en un conflicto muy fuerte. Algunos habían abandonado a lo que realmente algún día se había comprometido. ¿Qué ganaron todos ellos con alejarse? Nada. Pero bienaventurados son aquellos que confían en su Señor y le siguen. Cada uno deseará ver el día en que el Todopoderoso venga en gloria, juzgue y condene. Pero los misericordiosos obtendrán ese día misericordia. Aquellos que vieron en los problemas y necesidades la voz de Dios, son ellos los que marcaron la diferencia. Aquellos que reconstruyendo la casa que Jesús fundó, son los que han optado por la radicalidad de seguirle. Aunque no todos aparecerán en el listado de los santos, pero en el que Dios sabe sí.
Martín Lutero quiso componer la casa de Cristo haciendo otra, los que hemos mencionados, sufrieron por reconstruir la que Dios les había dejado.
Es justo recordar a los santos que hicieron tanto por amor, cada uno en su propio carisma.
SAN FELIPE NERI, EL SANTO DE LA ALEGRÍA
Nació en 1515 en Italia y murió en 1595. El Papa Francisco recuerda a este santo de la siguiente manera: “También gracias al apostolado de san Felipe, el compromiso por la salvación de las almas volvía a ser una prioridad en la acción de la Iglesia. Se comprendió nuevamente que los pastores debían estar con el pueblo para guiarlo y sostener su fe. Felipe fue guía para muchos, anunciando el Evangelio y administrando los sacramentos. En particular, se dedicó con gran pasión al ministerio de la confesión, hasta la tarde de su último día terreno. Su preocupación era seguir constantemente el crecimiento espiritual de sus discípulos, acompañándolos en las dificultades de la vida y abriéndolos a la esperanza cristiana.
Ciertamente, su misión de «cincelador de almas» se beneficiaba del atractivo singular de su persona.
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Que estaba caracterizada por el calor humano, la alegría, la mansedumbre y la suavidad.
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Estas peculiaridades suyas tenían su origen en su ardiente experiencia de Cristo y en la acción del Espíritu divino, que le había dilatado el corazón.”
SANTA TERESA DE JESÚS O DE ÁVILA
Nació en 1515 y murió en 1582. En un principio ha de ser una niña muy cercana a cosas de Dios, pero conforme va creciendo cambia su perspectiva. Por razones de ella misma entra en el Carmelo. Pero Dios le tiene preparado su propio camino, frente a un Cristo mutilado ella inicia su propio camino de conversión. Mientras madura interiormente también empezará a cambiar su entorno.
EN PALABRAS DEL PAPA EMÉRITO BENEDICTO XVI:
“En 1562 funda en Ávila, con el apoyo del obispo de la ciudad, don Álvaro de Mendoza, el primer Carmelo reformado. Y poco después recibe también la aprobación del superior general de la Orden, Giovanni Battista Rossi. En los años sucesivos prosigue las fundaciones de nuevos Carmelos, en total diecisiete. Es fundamental el encuentro con san Juan de la Cruz, con quien, en 1568, constituye en Duruelo, cerca de Ávila, el primer convento de Carmelitas Descalzos. En 1580 obtiene de Roma la erección como provincia autónoma para sus Carmelos reformados, punto de partida de la Orden religiosa de los Carmelitas Descalzos. La vida terrena de Teresa termina precisamente mientras está comprometida en la actividad de fundación. En efecto, en 1582, después de haber constituido el Carmelo de Burgos y mientras se encuentra camino de regreso a Ávila, muere la noche del 15 de octubre en Alba de Tormes, repitiendo humildemente dos expresiones:
«Al final, muero como hija de la Iglesia» y «Ya es hora, Esposo mío, de que nos veamos».
Una existencia consumida dentro de España, pero entregada por toda la Iglesia. Beatificada en 1614 por el Papa Pablo V y canonizada por Gregorio xv en 1622, el siervo de Dios Pablo VI la proclama «doctora de la Iglesia» en 1970”.
SAN JUAN DE LA CRUZ
Nació en 1542 y murió en 1591. Fue uno de los reformadores de la Orden del Carmelo.
“A Juan le costó también graves sufrimientos. El episodio más traumático fue, en 1577, su secuestro y encarcelación en el convento de los Carmelitas de la Antigua Observancia de Toledo, a causa de una acusación injusta. El santo permaneció encarcelado durante meses, sometido a privaciones y constricciones físicas y morales.
Allí compuso, junto a otras poesías, el célebre Cántico espiritual.
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Finalmente, en la noche entre el 16 y el 17 de agosto de 1578, logró escapar de modo aventurado, refugiándose en el monasterio de las Carmelitas Descalzas de la ciudad.
Santa Teresa y los compañeros reformados celebraron con inmensa alegría su libertad y, después de un breve tiempo de recuperación de las fuerzas, Juan fue destinado a Andalucía, donde pasó diez años en varios conventos, especialmente en Granada. Asumió cargos cada vez más importantes en la Orden, hasta llegar a ser vicario provincial, y completó la redacción de sus tratados espirituales. Después regresó a su tierra natal, como miembro del gobierno general de la familia religiosa teresiana, que gozaba entonces de plena autonomía jurídica. Vivió en el Carmelo de Segovia, donde fue superior de la comunidad. En 1591 fue eximido de toda responsabilidad y destinado a la nueva provincia religiosa de México. Mientras se preparaba para el largo viaje con otros diez compañeros, se retiró a un convento solitario cerca de Jaén, donde enfermó gravemente. Juan afrontó con ejemplar serenidad y paciencia enormes sufrimientos. Murió la noche del 13 y al 14 de diciembre de 1591, mientras los hermanos rezaban el Oficio matutino. Se despidió de ellos diciendo: «Hoy voy a cantar el Oficio en el cielo». Sus restos mortales fueron trasladados a Segovia. Fue beatificado por Clemente X en 1675 y canonizado por Benedicto XIII en 1726.”
SAN CARLOS DE BORROMEO
Se hizo sacerdote, pero hasta que el hermano murió se dio cuenta de lo fácil que se pierde la vida. Lo cambió todo, se hizo pobre, y después fue nombrado arzobispo. Entre los grandes hombres de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI, lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba la Iglesia. Y trataron de suprimir, mediante la corrección de los abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda Europa los promotores de la falsa reforma.
Ninguno fue, ciertamente, más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dio muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio Cesar Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia.
Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552.
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San Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesiásticas eran muy adversas.
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Así pues, el éxito del Concilio de debe a San Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea.
Llegó a Milán en abril de 1556 y, en seguida empezó a trabajar enérgicamente en la reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su propia casa. Ninguna de las leyes que dictaba no eran aplicables si él no las cumplía. En el año de 1584, decayó más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de convalecencia, San Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro anual, acompañado por el P. Adorno, S. J. Antes de partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el 29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos sacramentos “inmediatamente” y los recibió de manos del arcipreste de su catedral. Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras “Ecce venio”. No tenía más que cuarenta y seis años de edad. San Carlos fue oficialmente canonizado por Paulo V el 1ro de noviembre de 1610.
INVITADOS A SER LUZ EN LA OSCURIDAD
Hemos puesto cuatro ejemplos, hay muchos más.
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San Ignacio de Loyola, Santa Josefina Bakita, San Martín de Porres, San Juan María Vianney, San Pedro de San José… etc.
En esta época de tinieblas y oscuridad, la luz debe brillar y solo es posible con la vivencia del Evangelio.
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Las lámparas no son puestas estar apagadas, sino para dar luz.
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Cada uno es luz, porque ha recibido a Cristo.
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Irradiar a Cristo, es vivirlo, si los sacramentos que recibimos no los vivimos, entonces ¿Quién domina? Las tinieblas.
La sociedad de hoy es oscura como en los ejemplos que hemos puesto, pero ellos han creído y por lo tanto la han hecho vida. Con su comportamiento de entrega radical han cambiado la historia. Todos pueden ser luz, San Giuseppe Moscati fue un doctor; luz en medio de tinieblas. El venerable Ernesto Cofiño, doctor; vida en medio de muerte. Los padres de Santa Teresita, son santos y vivieron como esposos. San Enrique y Santa Cunengunda, esposos y ejemplo de vida. Ejemplos hay muchos no se necesita ser un místico extraordinario como San Pío de Pietrelcina, la Madre Teresa Aycinena, la Madre Encarnación… A Cristo hay que vivirlo, hay que darlo a conocer, hay que amarlo. El fin del mundo vendrá, pero en el momento que venga hay que estar preparados. Ellos han hecho una renovación, una purificación, ahora nos toca a nosotros.

Fuentes:

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