El P. Paul Scalia, sacerdote de la Diócesis de
Arlington en Virginia e hijo del fallecido juez provida de la Corte Suprema de
Estados Unidos, Antonin Scalia, explicó las razones por las cuales el celibato
es esencial en la Iglesia y por qué abolirlo no soluciona el grave problema de
los abusos sexuales en la Iglesia.
“En los últimos seis meses la Iglesia ha sufrido
por las horribles revelaciones de los abusos sexuales por parte del clero, la
práctica homosexual y el encubrimiento de los responsables. Como es de
entender, estos escándalos han provocado que algunos propongan la posibilidad
de terminar con el celibato en la Iglesia Católica”, escribe el sacerdote en un artículo titulado “La Epifanía del
Celibato”.
En el texto publicado en inglés en enero de este año antes de la fiesta
de la Epifanía del Señor, el presbítero escribió que, en la mente de muchos, el
celibato pareciera que “ya no nos sirve mucho e
incluso podría ser la fuente de nuestros males”.
El presbítero explicó que los sacerdotes son padres espirituales que “engendran hijos en Cristo por su ministerio, su
predicación y la administración de los sacramentos. Sin este claro propósito
del celibato en mente perderíamos inevitablemente de vista su significado”.
“El sacerdote renuncia al matrimonio y a los hijos
precisamente para convertirse en un padre espiritual. De esta manera atestigua
la verdad y superioridad de la fecundidad espiritual”, resaltó.
Sin embargo, reconoció, “los escándalos dan
testimonio de esta verdad: uno de los horrores de la presente crisis es
precisamente que los padres espirituales –no cualquiera sino los padres
espirituales– han abusado de los niños que les han sido confiados”.
Tras señalar que “las discusiones acerca de
este tema inevitablemente incluyen la insistencia en que no es doctrina, sino
disciplina (como si la disciplina en la Iglesia fuera algo que pudiera ser
tratado a la ligera)”, el P. Scalia destacó que “de
hecho, la Iglesia habla del celibato no solo como una disciplina, sino como un
carisma. Es un don otorgado a algunos para el beneficio de todos; es dado a
algunos miembros para la edificación de todo el Cuerpo”.
“Por medio del carisma del celibato, algunos en la
Iglesia se entregan, con corazón indiviso, al servicio del Señor y del Reino
proclamado en la Escritura. Por medio de él ‘se dedican más libremente en Él y
por Él al servicio de Dios y de los hombres, sirven más expeditamente a su
reino’”.
El P. Scalia hace luego una reflexión del celibato a partir de los
obsequios que los Reyes Magos llevaron al Niño Jesús en la fiesta de la
Epifanía: oro, incienso y mirra.
“El primero de ellos, el oro, es algo que tiene un
valor perdurable. Así también, el celibato tiene un valor que perdura. A pesar
de evidentes y dolorosas fallas y de los constantes llamados a su eliminación, sigue
siendo valioso”, indicó.
“De hecho, como el oro en una mala economía, su
valor se incrementa en una cultura pansexualista. Mientras la gente busca la
plenitud en la carne, el celibato apunta hacia una felicidad más elevada y más
auténticamente humana. Da testimonio de la verdad acerca de que el hombre fue
creado para algo más allá de lo material: para el verdadero gozo, no solo el
placer”, prosiguió.
“En este sentido debemos ver el celibato de Nuestro
Señor como el ‘estándar de oro’” y
recordar que “todos los motivos o argumentos en
favor del celibato se reducen a lo siguiente: Jesucristo fue célibe. Cualquier
celibato anterior a Él apunta al suyo y todo celibato posterior a Él lo imita.
Él santifica este estado de vida y le da significado”.
El Señor Jesús, continuó el sacerdote, “fue
célibe por una razón y por lo tanto revela el propósito del celibato
sacerdotal: amar a la Iglesia y entregarse por ella; para santificarla; para
purificarla con el agua de la palabra; para presentar la Iglesia en esplendor,
para que sea santa y sin mancha”.
“Su celibato habla tanto a los solteros como a los
casados. Les enseña cómo cultivar la madurez y el autodominio para vivir de una
manera casta y célibe. Alguien incapaz de vivir una vida casta y célibe carece
del autodominio necesario para entregarse a sí mismo en el matrimonio. En este
sentido, el celibato casto es el necesario precursor de todas las vocaciones”.
Hablando luego del incienso que habla del misterio también la liturgia,
el P. Scalia señaló que “como testimonio de algo
más, el celibato debe ser misterioso y causar admiración. Las preguntas que se
hacen las personas del mundo sobre el celibato denotan que este está cumpliendo
parte de su función”.
“Su asombro nos provee de una oportunidad para
hablar del propio celibato casto de Cristo, de sacrificio, y del mundo por
venir. La pregunta nos provee de una oportunidad para hablar de Aquél que
trasciende todos los amores y del Reino que se ha adueñado de nuestros
corazones”.
Hablando luego de la mirra, que se colocaba en los muertos antes, el
presbítero explicó que el celibato “nos recuerda la
muerte y la naturaleza pasajera de este mundo. Aquellos que abrazan el celibato
eligen vivir aquí y ahora lo que todos vivirán en el mundo por venir. El
matrimonio existe solamente en este mundo. El celibato nos habla de la
dimensión del ‘ya pero todavía no’ de la fe”.
“El mundo caído siempre se presentará a sí mismo
como nuestro destino final. Nos conmina a permanecer, a echar raíces y a dar
por terminada nuestra peregrinación. De la misma manera, el cuerpo -la carne-
nos insiste en encontrar nuestra realización última sólo en él. La gente va de
placer en placer, persiguiendo lo que la carne siempre promete pero que nunca
puede cumplir. Incluso el matrimonio sufre esta realidad”, dijo.
“Si el cuerpo no tuviera valor -si la sexualidad
fuera mala- entonces no significaría nada su ofrecimiento en el celibato”, precisó.
“Tal como es, el celibato vive como un signo de que
el cuerpo no es sólo un objeto sino un recipiente sagrado; tiene dignidad y es
capaz de ser santificado. El celibato es un sacrificio precisamente porque el
cuerpo y la sexualidad son buenos” afirmó el
sacerdote.
El P. Scalia recordó luego la centralidad de la oración para poder vivir
el celibato, que además es uno de sus propósitos: “el
sacerdote recibe este carisma no tanto para que pueda verse libre del
matrimonio o la familia, o incluso libre para trabajar, sino para que pueda ser
libre para orar”.
Para concluir, el sacerdote explicó la importancia de tener amigos,
hermanos, que también viven el celibato con quienes se “comparte
una misión y un propósito. Segundo, y quizá más prácticamente, porque nos
provee de aquellos que nos pueden llamar a cuentas y corregirnos”.
Redacción ACI
Prensa








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