¿Cuál es el sentido de
la Cuaresma en la vida de la Iglesia y en el camino del cristiano? La Cuaresma
vive cada día en profundidad la certeza de la Navidad, es decir, la certeza de
la Encarnación del Señor, de su permanencia en la historia, en el misterio de
la Iglesia y a través del misterio de la Iglesia.
En Cuaresma,
con mucho realismo y gran inteligencia humana, la Iglesia saca la única
consecuencia ética de la fe: la necesidad de abrir de par en par la vida al
misterio de Cristo. Es necesario
que la vida no tenga más fundamento de su ser, de su existencia, de su acción,
que la presencia de Cristo.
"La vida cristiana es vivir mirando al otro", nos recordaba hace muchos años monseñor Luigi Giussani. La vida del cristiano
es la vida vivida sin mirarse a uno mismo, sin analizar los propios intereses,
las propias dimensiones humanas, los propios proyectos por muy nobles que sean.
La vida cristiana no es del hombre y para el hombre, la vida cristiana es una
vida que se acoge como don precioso de la presencia de Cristo que se adueña de
nuestro corazón y que, como a menudo recordaba George Bernanos, ocupa todo el terreno de nuestro corazón. Así, el
ethos cristiano es desear y
rezar para que la más mínima parte de nuestra humanidad, de nuestro corazón,
esté ocupada por el Señor.
La
Cuaresma da espacio al Señor que ocupa mi vida, le pide al Señor que la ocupe
cada vez más y esto es lo que sugiere la gran palabra cuaresmal: la mortificación.
No es el
deseo de hacer cualquier cosa por Dios, sino que es el deseo de que la vida
deje de pertenecernos, que sea mortificada desde la raíz: tenemos que recibirla
cada día de Él como don de Su gracia y apremio de nuestra libertad.
Por
consiguiente, la Cuaresma es el momento de la virtud. De la virtud cristiana
por excelencia que persigue o en la que se expresa la mortificación: la obediencia.
La vida
nace de Cristo, la recibimos y hacemos que se transforme en nuestra y que
madure sólo si en cada circunstancia de la vida obedecemos al Padre; es decir,
nunca nos afirmamos a nosotros mismos, sino a Él que ha venido, ha muerto y ha
resucitado por nosotros.
La
palabra mortificación es una palabra enorme, y lo es porque entrega la vida del
cristiano a Aquel que nos la ha dado y que espera que la aceptemos, que Le
pidamos que nos acompañe para que la vida se desarrolle según las grandes
perspectivas de la fe.
Esta es
la virtud cristiana por excelencia. Esta
es la virtud que nace de la mortificación: la
obediencia. Que la vida sea
obedecer a la presencia y la voluntad de Otro. Y esta presencia y esta voluntad
que expresan nuestra gran libertad, nuestra responsabilidad, tienen el rostro
del amor. Jacopone da Todi le
pedía al Señor la gracia y, al mismo tiempo, la pedía para todo el pueblo
cristiano, para que pudiera amar al Señor sobre todas las cosas. Y añadía: "Y que nunca acabe".
Esto es
lo que tenemos que desear en esta Cuaresma. Que haya mortificación, es decir,
que entreguemos nuestra vida al Padre a través de la obediencia, esa obediencia
que nos hace asumir la voluntad de Dios como nuestra según la inolvidable e
insuperable sugerencia de una jovencísima mujer de la Edad Media cristiana, Piccarda Donati: "En su voluntad está nuestra paz".
Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.
Traducción de Elena Faccia Serrano.








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