El padre Raniero
Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia desde 1980, ofreció
hoy al Papa y a la Curia romana la primera meditación de Cuaresma, que se
centró en el vicio de la hipocresía. (Ver abajo
el texto íntegro, traducido por el sacerdote y teólogo Pablo Cervera Barranco.)
Glosando
la bienaventuranza de "los limpios de corazón
porque ellos verán a Dios" (Mt 5, 8), el padre Cantalamessa señaló
los dos significados que tienen en la Biblia los conceptos de puro
y de pureza: "El Evangelio insiste en dos ámbitos en particular:
la
rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la pureza
de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el abuso
de la sexualidad".
EL
PECADO DE IMPUREZA
Respecto
a este segundo sentido, el capuchino explicó que "en
el ámbito moral, con la palabra «pureza» se designa comúnmente un cierto
comportamiento en la esfera de la sexualidad, orientado al respeto de la voluntad del Creador y
de la finalidad intrínseca de la misma sexualidad... El
desorden o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto,
comprobado por todos, de oscurecer la mente".
Además, "el pecado impuro no deja ver el rostro
de Dios, o, si lo deja ver, lo
deja ver todo deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el
oponente, el enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las
cosas ajenas y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como
aquel que cierra el paso a sus malos deseos... El pecado suscita, en el corazón
del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el punto de que, si dependiera de él, querría que Dios no
existiera en absoluto".
LA
HIPOCRESÍA, UN MAL DIFÍCIL DE DESARRAIGAR
El resto
de su predicación se centró en el pecado de hipocresía, del que tan pocas
veces, señaló, nos revisamos al hacer examen de conciencia. Recordó su
vinculación etimológica con la máscara y el teatro, y también una cualidad
propia de este pecado: "Se ha convertido en palabra exclusivamente
negativa, una de las pocas palabras con todos los significados y solo
negativos. Hay quien se jacta de ser orgulloso o libertino,
nadie de ser hipócrita".
Ser
hipócrita es "llevar una máscara, dejar de ser
persona para convertirse en personaje", una tentación que la actual
cultura de la imagen "acrecienta
enormemente", hasta el punto de sustituir el Cogito ergo sum [Pienso,
luego existo] de Descartes por
un "parezco, luego existo".
"Cuando la hipocresía se hace crónica", continuó, da origen a una "doble
vida", la "evidente" y
la "oculta": "Es el estado espiritual
más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que
intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual
uno se ha encerrado".
"Si nos preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por
Dios", dijo, "la respuesta es clara. La hipocresía es mentira. Es
ocultar la verdad. Además, en la hipocresía, el hombre degrada a Dios,
lo pone en el segundo puesto, colocando en primer lugar a las criaturas, al
público". Además
de una falta de fe, es una falta de caridad hacia el prójimo, "porque tiende a reducir a los otros a
admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo en función de
la propia imagen. Números de audiencia y nada más".
Hay
además "una forma derivada de la
hipocresía", que es la duplicidad o falta de sinceridad: "Con la hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad
en el pensar y en el hablar se trata de mentir
a los hombres".
CÓMO
VENCER LA HIPOCRESÍA
"Nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a
primera vista", porque, "a menos de haber llegado a un nivel altísimo de
perfección, no podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos
pongan bien, de quedar bien, de agradar a los demás".
¿Cómo vencer, pues, este mal? "Nuestra arma es la rectificación de la intención", explica el
padre Cantalamessa: "A la recta intención se llega mediante la
rectificación constante, diaria, de nuestra intención. La intención de la
voluntad, no el sentimiento natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de
Dios".
El
predicador pontificio sugiere una forma de combatir la hipocresía: dado que consiste "en mostrar el bien que no se
hace, un remedio eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar
incluso el bien que se hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no
serán estropeados por ninguna mirada terrena y conservarán todo su perfume para
Dios".
LA
SENCILLEZ
La
sencillez es la virtud opuesta a la hipocresía, y "tiene el modelo más
sublime que se pueda pensar: Dios mismo... Cualquier acción,
aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos hace
ser «a imagen y semejanza de Dios». La intención pura y simple recoge las fuerzas
dispersas del alma, prepara el espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y
adorno de todas las virtudes. Tendiendo a Dios
solo y juzgando las cosas en relación a Él, la sencillez
rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad... Esta intención pura y recta es ese ojo simple del que
habla Jesús en el Evangelio, que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del hombre y los
preserva inmunes del pecado".
Eso sí, "la sencillez es una de las conquistas más arduas y
más bellas del camino espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido
purificado por una verdadera penitencia, porque es fruto de un total
desprendimiento de sí mismo y de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza
poco a poco, sin desanimarse por las caídas, sino con firme determinación de
buscar a Dios por él mismo y no por nosotros mismos".
TEXTO
ÍNTEGRO DE LA PREDICACIÓN
«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios»
Raniero Cantalamessa, OFM Cap.
Primera predicación, Cuaresma 2019
© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco
Continuando
la reflexión iniciada en Adviento sobre el versículo del salmo: «Mi alma tiene
sed del Dios vivo» (Sal 42,2), en esta primera predicación cuaresmal, quisiera
meditar con vosotros sobre la condición esencial para «ver»
a Dios. Según Jesús, es la pureza de corazón: «Bienaventurados
los limpios de corazón porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8), dice en una
de sus bienaventuranzas.
Sabemos
que puro y pureza tienen en la Biblia, como, por lo demás, en el lenguaje
común, una amplia gama de significados. El Evangelio insiste en dos ámbitos en
particular: la rectitud de las intenciones y la pureza de costumbres. A la
pureza de las intenciones se opone la hipocresía, a la pureza de costumbres el
abuso de la sexualidad.
En el
ámbito moral, con la palabra «pureza» se
designa comúnmente un cierto comportamiento en la esfera de la sexualidad,
orientado al respeto de la voluntad del Creador y de la finalidad
intrínseca de la misma sexualidad. No podemos entrar en contacto con Dios,
que es espíritu, de otro modo que mediante nuestro espíritu. Pero el desorden
o, peor aún, las aberraciones en este campo tienen el efecto, comprobado por
todos, de oscurecer la mente. Es como cuando se agitan los pies en un
estanque: el barro, desde el fondo, asciende y
enturbia toda el agua. Dios es luz y una persona así «aborrece la luz».
El pecado
impuro no deja ver el rostro de Dios, o, si lo deja ver, lo deja ver todo
deformado. Hace de él, no el amigo, el aliado y el padre, sino el oponente, el
enemigo. El hombre carnal está lleno de concupiscencias, desea las cosas ajenas
y la mujer de los otros. En esta situación Dios se le aparece como aquel que
cierra el paso a sus malos deseos con esos conminatorios suyos: «¡Tú debes!», «¡Tú no debes!». El pecado suscita,
en el corazón del hombre, un sordo rencor contra Dios, hasta el punto de que,
si dependiera de él, querría que Dios no existiera en absoluto.
En esta
ocasión, sin embargo, más que sobre la pureza de las costumbres,
querría insistir sobre el otro significado de la expresión «puros de
corazón», es decir, sobre la pureza o rectitud de las intenciones,
prácticamente sobre la virtud contraria a la hipocresía. Nos orienta
en este sentido también el tiempo litúrgico que estamos viviendo. Hemos
empezado la Cuaresma, el Miércoles de Ceniza, escuchando de nuevo las
advertencias martilleantes de Jesús: «Cuando
hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas…
Cuando oréis, no seáis como los hipócritas… Cuando ayunéis, no pongáis cara
triste, como los hipócritas» (Mt 6,1-18)
Es
sorprendente lo poco que entra el pecado de hipocresía —el más denunciado por
Jesús en los Evangelios—, en nuestros exámenes de conciencia
ordinarios. Al no haber encontrado en ninguno de ellos la pregunta: «¿He sido hipócrita?», he tenido que introducirla
por mi cuenta, y rara vez he podido pasar indemne a la pregunta
siguiente. El más grande acto de hipocresía sería esconder la propia
hipocresía. Esconderla a uno mismo y a otros, porque a Dios no es posible.
La hipocresía se vence, en gran parte, en el momento que es reconocida. Y es lo
que nos proponemos hacer en esta meditación: reconocer la parte de hipocresía,
más o menos consciente, que hay en nuestras acciones.
El hombre
—escribió Pascal— tiene dos vidas: una es la vida verdadera; la otra, la
imaginaria que vive en la opinión, suya o de la gente. Nosotros trabajamos sin
descanso para embellecer y conservar nuestro ser imaginario y descuidamos el
verdadero. Si poseemos alguna virtud o mérito, nos damos prisa en hacerlo
saber, en un modo u otro, para enriquecer con tal virtud o mérito nuestro ser
imaginario, dispuestos incluso a prescindir de nosotros, para añadir algo a él,
hasta consentir, a veces, ser cobardes, a pesar de parecer valientes y en dar
incluso la vida, con tal de que la gente hable de ello [1].
Tratamos
de descubrir el origen y el significado del término hipocresía. La palabra
deriva del lenguaje teatral. Al principio significaba simplemente recitar, representar
en el escenario. A los antiguos no se les escapaba el elemento intrínseco de
mentira que hay en toda representación escénica, a pesar del alto valor moral y
artístico que se le reconoce. De aquí el juicio negativo que se llevaba sobre
el oficio del actor, reservado, en ciertos períodos, a los esclavos y prohibido
incluso por los apologetas cristianos. El dolor y la alegría representados allí
y enfatizados no son verdadero dolor y verdadera alegría, sino apariencia,
afectación. A las palabras y a las actitudes exteriores no corresponde la
íntima realidad de los sentimientos. Lo que hay en la cara no es lo que hay en
el corazón.
Nosotros
utilizamos la palabra fiction en
sentido neutral o incluso positivo (¡es un género literario y de espectáculo
muy en boga en nuestros días!); los antiguos le daban el sentido que ella tiene
en realidad: el de ficción. Lo que había de negativo en la
ficción escénica ha pasado a la palabra hipocresía. De palabra originalmente
neutra, se ha convertido en palabra exclusivamente negativa, una de las pocas
palabras con todos los significados y solo negativos. Hay quien se jacta
de ser orgulloso o libertino, nadie de ser hipócrita.
El origen
del término nos pone sobre la pista para descubrir la naturaleza de la
hipocresía. Es hacer de la vida un teatro en el que se recita para un público;
es llevar una máscara, dejar de ser persona para convertirse en personaje. El
personaje no es otra cosa que la corrupción de la persona. La persona es un
rostro, el personaje una máscara. La persona es desnudez radical, el personaje
es todo vestimenta. La persona ama la autenticidad y la esencialidad, el
personaje vive de ficción y de artificios. La persona obedece a sus
convicciones, el personaje obedece a un guión. La persona es humilde y ligera,
el personaje es pesado y torpe.
Esta
tendencia innata del hombre se acrecienta enormemente con la cultura actual,
dominada por la imagen. Películas, televisión, Internet: todo se basa ahora
principalmente en la imagen. Descartes dijo: «Cogito
ergo sum», pienso, luego existo; pero hoy se tiende a sustituirlo por «parezco, luego soy». Un famoso moralista ha
definido la hipocresía como «el tributo que el vicio paga a la virtud» [2].
Acecha principalmente a las personas piadosas y religiosas. Un rabino del
tiempo de Cristo, decía que el 90% de la hipocresía del mundo se encontraba en
Jerusalén [3]. El motivo es simple: donde más fuerte es la estima de los
valores del espíritu, de la piedad y de la virtud, allí es más fuerte la
tentación de aparentarlos para no parecer que se carece de ellos.
Un
peligro viene también de la multitud de ritos que las personas piadosas suelen
realizar y de las prescripciones que se han comprometido a cumplir. Si no están
acompañados por un continuo esfuerzo de poner en ellos un alma, mediante el
amor a Dios y al prójimo, se convierten en cáscaras vacías. «Estas cosas —dice san Pablo hablando de ciertos
ritos y prescripciones exteriores— tienen una
apariencia de sabiduría, con su aparente religiosidad, humildad y austeridad
respecto del cuerpo, pero en realidad no sirven para satisfacer la carne» (Col
2,23). En este caso, las personas conservan, dice el Apóstol, «la apariencia de la piedad, mientras que han renegado de
su fuerza interior» (2 Tim 3,5).
Cuando la
hipocresía se hace crónica crea, en el matrimonio y en la vida consagrada, la
situación de «doble vida»: una pública, evidente,
la otra oculta; a menudo una diurna, la otra nocturna. Es el estado
espiritual más peligroso para el alma, del cual es muy difícil salir, a menos que
intervenga algo desde el exterior rompiendo el muro dentro del cual uno se ha
encerrado. Es el estado que Jesús describe con la imagen de los sepulcros
blanqueados: «¡Ay de vosotros, escribas y
fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera
tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de
podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro
estáis repletos de hipocresía y crueldad (Mt 23,27-28).
Si nos
preguntamos por qué la hipocresía es tan abominada por Dios, la respuesta es
clara. La hipocresía es mentira. Es ocultar la verdad. Además, en la
hipocresía, el hombre degrada a Dios, lo pone en el segundo puesto, colocando
en primer lugar a las criaturas, al público. Es como si en presencia del rey,
uno le diera la espalda para dirigir su atención únicamente a los siervos. «El hombre mira la apariencia, el Señor mira el corazón»
(1 Sam 16,7): cultivar la apariencia más que el
corazón, significa automáticamente dar más importancia al hombre que a
Dios.
La
hipocresía es, pues, esencialmente falta de fe, una forma de idolatría en
cuanto que pone las criaturas en el lugar del Creador. Jesús hace derivar de
ella la incapacidad de sus enemigos de creer en él: «¿Cómo
podéis creer vosotros, que tomáis la gloria los unos de los otros, y no buscáis
la gloria que viene solo de Dios?» (Jn 5,44). La hipocresía también
carece de caridad hacia el prójimo, porque tiende a reducir a los
otros a admiradores. No reconoce su dignidad propia, sino que los ve solo
en función de la propia imagen. Números de audiencia y nada más.
Una forma
derivada de la hipocresía es la duplicidad o la no sinceridad. Con la
hipocresía se trata de mentir a Dios; con la duplicidad en el pensar y en
el hablar se trata de mentir a los hombres. Duplicidad es decir una cosa y
pensar otra; decir bien de una persona en su presencia y hablar mal de ella
apenas se ha dado la espalda.
El juicio
de Cristo sobre la hipocresía es como una espada en llamas: «Receperunt mercedem suam»: «recibieron su recompensa».
Firmaron un recibo, no pueden esperar otra cosa. Una recompensa, además,
ilusoria y contraproducente también en el plano humano, porque es muy cierto el
dicho de que «la gloria huye de quien la persigue y
persigue a quien la huye».
Está
claro que nuestra victoria sobre la hipocresía no será nunca una victoria a
primera vista. A menos de haber llegado a un nivel altísimo de perfección, no
podemos evitar sentir instintivamente el deseo de que nos pongan bien, de
quedar bien, de agradar a los demás. Nuestra arma es la rectificación de la
intención. A la recta intención se llega mediante la rectificación constante,
diaria, nuestra intención. La intención de la voluntad, no el sentimiento
natural, es lo que hace la diferencia a los ojos de Dios.
Si la
hipocresía consiste en mostrar también el bien que no se hace, un remedio
eficaz para contrarrestar esta tendencia es ocultar incluso el bien que se
hace. Privilegiar esos gestos ocultos que no serán estropeados por ninguna
mirada terrena y conservarán todo su perfume para Dios. «A Dios —dice san Juan de la Cruz—, le
agrada más una acción, por pequeña que sea, hecha a escondidas y sin el deseo
de que sea conocida, que mil otras realizadas con el deseo de que sean vistas
por los hombres». Y también: «Una acción hecha entera y puramente por Dios, con
corazón puro, crea todo un reino para quien la hace» [4].
Jesús
recomienda con insistencia este ejercicio: «Reza
en lo secreto, ayuna en lo secreto, haz limosna en lo secreto y tu Padre, que
ve en lo secreto, te recompensará» (cf. Mt 6,4-18). Son delicadezas
respecto de Dios que tonifican el alma. No se trata de hacer de esto una regla
fija. Jesús dice también: «Brille así vuestra luz
delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a
vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Se trata de distinguir
cuándo es bueno que los demás vean y cuándo es mejor que no vean.
Lo peor
que se puede hacer, al término de una descripción de la hipocresía, es
utilizarla para juzgar a los otros, para denunciar la hipocresía que existe en
torno a nosotros. Jesús aplica a esos precisamente el título de hipócritas: «¡Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo y luego
verás bien para quitar la paja del ojo de tu hermano!» (Mt
7,5). Aquí es realmente el caso de decir: «Quien
de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra» (Jn 8,7). ¿Quién puede decir que está del todo exento de alguna
forma de hipocresía? ¿No es un poco también él un sepulcro blanqueado, distinto
dentro de lo que aparece en el exterior? Quizá sólo Jesús y la
Virgen estuvieron libres, de manera estable y absoluta, de
toda forma de hipocresía. El hecho consolador es que apenas uno dice: «He sido un hipócrita», su hipocresía es vencida.
«SI
TU OJO ES SENCILLO»
La
Palabra de Dios no se limita a condenar el vicio de la hipocresía; nos impulsa
también a cultivar la virtud opuesta que es la sencillez. «La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo
es sencillo, todo tu cuerpo será luminoso» (Mt 6,22). La palabra
«sencillez» puede tener —y también hoy lo tiene— el sentido negativo de
candidez, ingenuidad, superficialidad e imprudencia. Jesús se preocupa de
excluir este sentido; a la recomendación: «Sed
sencillos como palomas», sigue la invitación a ser también «prudentes como
serpientes» (Mt 10,16).
San
Pablo retoma y aplica a la vida de la comunidad cristiana la
enseñanza evangélica sobre la sencillez. En la carta a los Romanos escribe: «Quien da, que lo haga con sencillez» (Rom
12,8). Se refiere, en primer lugar, a aquellos que en la comunidad se
dedican a obras de caridad, pero la recomendación se aplica a todos: no sólo a quien da de su dinero, sino también a quien da
de su tiempo, de su trabajo. El sentido es no hacer pesar lo que se hace
por los demás o en el propio oficio. Alessandro Manzoni, que en su novela «Los novios» encarnó tan bien el espíritu del
Evangelio, tiene una escena delicadísima a este respecto. El buen sastre
del pueblo «interrumpió su discurso, como
sorprendido por un pensamiento. Se detuvo un momento; luego puso juntos un
plato de viandas que había sobre la mesa, y le añadió un pan, puso el plato en
una servilleta y tomada ésta para las cuatro puntas, dijo a su niña mayor:
—Coge aquí—. Le dio en la otra mano una cantimplora de vino, y añadió: —Ve a casa de María la viuda; deja estas cosas, y dile que
es para estar un poco más alegre con sus niños. Pero ve de buena forma; que no
parezca que le das limosna» [5].
El
apóstol Pablo habla de sencillez también en otro contexto que nos interesa
especialmente porque afecta a la Pascua. Escribiendo a los Corintios
dice: «Barred la levadura vieja para ser una
masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima
pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja
(levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la
sinceridad y la verdad» (1 Cor 5,7-8).
La fiesta
que el Apóstol invita a celebrar no es una fiesta cualquiera, sino la fiesta
por excelencia, la única fiesta que el cristianismo conoce y celebra en
los tres primeros siglos de su historia, es decir, la Pascua. La
vigilia de la Pascua, el 13 de Nisán, el ritual judío ordenaba que la dueña de
casa explorara toda la casa a la luz de la vela, rebuscando en cada esquina,
para hacer desaparecer cualquier pequeño vestigio de pan fermentado y celebrar
así, al día siguiente, la Pascua solo con pan ázimo. El fermento, en
efecto, era para los hebreos sinónimo de corrupción y el pan ázimo,
símbolo de pureza, novedad e integridad. En este sentido Jesús llama
a la hipocresía fermento, «el fermento de los
fariseos» (Lc 12,1).
San Pablo
ve en la práctica ritual judía una grandiosa metáfora de la vida
cristiana. Cristo fue inmolado; él es la verdadera Pascua de la que la antigua
era una espera; es necesario, pues, explorar la casa interior, el corazón,
despojarse de todo lo que es viejo y corrupto, para ser «una masa nueva»; hacer, también dentro de nosotros, la
gran limpieza primaveral. La palabra griega heilikrineia que
se traduce como «sinceridad» contiene la
idea de esplendor solar (helios) y de prueba o juicio (krino) y significa, por
eso, una transparencia solar, algo que ha sido probado a la luz y encontrado
puro.
La virtud
de la sencillez tiene el modelo más sublime que se pueda pensar: Dios
mismo. San Agustín escribió: «Dios es
trino, pero no es triple» [6]. Él es la simplicidad misma. La
Trinidad no destruye la simplicidad de Dios, porque la sencillez se refiere a
la naturaleza y la naturaleza de Dios es una y simple. Santo Tomás recoge
fielmente esta herencia, haciendo de la sencillez, el primero de los atributos
de Dios [7].
La Biblia
expresa esta misma verdad de manera concreta, por medio de imágenes: «Dios es luz y en él no hay tinieblas» (1 Jn 1,5).
La ausencia de toda mezcla es también uno de los múltiples significados del
título divino Qadosh, Santo. Pura plenitud, pura simplicidad. La gran
mística santa Catalina de Génova designa este aspecto de la naturaleza divina,
de la que estaba enamorada, con neto, claridad, un término que
indica, a la vez, pureza e integridad, plenitud y homogeneidad absoluta. Dios
es un «todo de una pieza». La simplicidad de
Dios es «pura plenitud»; a él, dice la
Escritura, «nada se le puede añadir ni quitar» (Sir
42,21). En cuanto es suma plenitud, nada se le puede añadir; en
cuanto que es suma pureza, nada se le debe quitar. En nosotros
las dos cosas nunca están unidas; la una contradice a la otra. Nuestra pureza
se obtiene siempre quitando algo, purificándonos, «quitando
el mal de nuestras acciones» (cf. Is 1,16).
Cualquier
acción, aunque sea pequeña, si se realiza con intención pura y simple, nos
hace ser «a imagen y semejanza de Dios». La
intención pura y simple recoge las fuerzas dispersas del alma, prepara el
espíritu y lo une a Dios. Es principio, fin y adorno de todas las virtudes.
Tendiendo a Dios solo y juzgando las cosas en relación a él, la sencillez
rechaza y vence la ficción, la hipocresía y cualquier duplicidad... Esta
intención pura y recta es ese ojo simple del que habla Jesús en el Evangelio,
que ilumina todo el cuerpo, es decir, toda la vida y los actos del hombre y los
preserva inmunes del pecado.
La
sencillez es una de las conquistas más arduas y más bellas del camino
espiritual. La sencillez es propia de quien ha sido purificado por una
verdadera penitencia, porque es fruto de un total desprendimiento de sí mismo y
de un amor desinteresado hacia Cristo. Se alcanza poco a poco, sin desanimarse
por las caídas, sino con firme determinación de buscar a Dios por él mismo y no
por nosotros mismos.
Si puedo
permitirme sugerir un propósito al final de esta meditación, hay que buscarlo
en el salterio, o en la liturgia de las Horas, el salmo 139; recitarlo
lenta y repetidamente, como si lo leyéramos por primera vez, más aún, como si
lo estuviéramos componiendo nosotros mismos o fuéramos los primeros
en pronunciarlo. Si la hipocresía y la doblez consisten
en buscar la mirada de los hombres más que la de Dios, aquí encontramos el
remedio más eficaz. Rezar este salmo es como someterse a una especie de
radiografía, como exponerse a los rayos X. Uno se siente atravesado de un
lado a otro por la mirada de Dios. Recuerdo siempre la impresión cuando lo
recité por primera vez en el modo que he dicho. Comienza así: «Señor, tú me sondeas y me conoces. Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso, todas
mis sendas te son familiares. No ha llegado la palabra a mi lengua, y ya,
Señor, te la sabes toda... ¿Adónde iré lejos de tu aliento, dónde escaparé de
tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí
te encuentro; si vuelo hasta el margen de la aurora, si emigro hasta el confín
del mar, allí me alcanzará tu izquierda, me agarrará tu derecha. Si digo: «Que
al menos la tiniebla me encubra, que la luz se haga noche en torno a mí», ni la
tiniebla es oscura para ti, la noche es clara como el día, la tiniebla es como
luz para ti».
Lo
maravilloso es que esta toma de conciencia de estar bajo la mirada de Dios
no crea un sentimiento de vergüenza o de malestar, como quien se
siente observado y descubierto en sus pensamientos más secretos; al
contrario, da alegría porque se entiende que es la mirada de un padre que
nos ama y nos quiere perfectos como él es perfecto.
El
salmista termina, de hecho, su oración con el rito exultante: «Sondéame, oh Dios, y conoce mi corazón, ponme a prueba y
conoce mis sentimientos, mira si mi camino se desvía, guíame por el camino
eterno».
Sí,
mira, Señor, si seguimos un camino de mentira y guíanos, en esta
Cuaresma, por la vía de la sencillez y de la transparencia. Amén.
[1] Cf. B. Pascal, Pensamientos, 147 Br.
[2] La Rochefoucauld, Máximas, 218.
[3] Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.
[4] S. Juan de la Cruz, Máximas, 20 y 21.
[5] Alessandro Manzoni, I promessi sposi, cap. XXIV [trad. esp. Los novios (Rialp, Madrid 2001].
[6] S. Agustín, De Trinitate, VI, 7.
[7] S. Tomás de Aquino, S.Th., I,3,7
[2] La Rochefoucauld, Máximas, 218.
[3] Cf. Strack-Billerbeck, I, 718.
[4] S. Juan de la Cruz, Máximas, 20 y 21.
[5] Alessandro Manzoni, I promessi sposi, cap. XXIV [trad. esp. Los novios (Rialp, Madrid 2001].
[6] S. Agustín, De Trinitate, VI, 7.
[7] S. Tomás de Aquino, S.Th., I,3,7
© Traducido del original italiano por Pablo Cervera Barranco








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