lunes, 14 de enero de 2019

MARAVILLOSO TESTIMONIO DEL PADRE GABRIELE AMORTH (EXORCISTA)





(Testimonio del Padre Gabriele Amorth)
Antes de que me hiciera sacerdote estalló la guerra. Y yo, como todos, tuve que dejar familia y afectos.

Estaba al tanto del hecho de que el padre Alberione había consagrado con un voto a sus hijos espirituales a la Reina de los Apóstoles, para que nuestra Señora los protegiera a todos. Yo también obré de la misma manera. Pedí al padre Alberione que me consagrara a mí y a todos los míos a la Reina de los Apóstoles. Estalló la guerra. Esta terminó. Y yo, lo mismo que todos mis hermanos, no sufrimos daño alguno. Ni siquiera una bala me rozó. También mis hermanos, aun en medio de peligros terribles, salieron indemnes. Esto significó mucho para mí. Hasta poco, antes de ser ordenado sacerdote, existía en mi mente todavía una duda inherente no tanto a la ordenación sacerdotal en sí, sino en cuanto al lugar en el cual Dios quería que yo llegara a ser sacerdote. Pensaba: «¿De veras hago bien en entrar en la Orden de los paulinos? ¿Es en verdad allí donde Dios me quiere? ¿O me querrá́ en alguna otra parte?»

Aparté las dudas el mismo día de mi ordenación. Mi madre saludó al padre Alberione y le dijo:

—Gracias a la consagración que usted hizo a nuestra Señora, mi Gabriel y sus hermanos se salvaron.

Lloré de alegría. Mi madre, con una simple constatación, me había confirmado que la santísima Virgen me había protegido gracias a la consagración del padre Alberione y que era con los paulinos donde él me quería. Nuestra Señora me había salvado de la muerte durante la guerra para que yo fuera sacerdote y lo llegara a ser con los paulinos.

Debo decirlo: consagrar una persona al corazón inmaculado de María significa levantar alrededor de ella un escudo protector invisible pero impenetrable. ¿Por qué las madres de hoy no consagran también a sus hijos a Nuestra Señora? Basta poco: una sencilla oración hecha por un sacerdote con esta intención. Todos los niños deberían ser consagrados al corazón inmaculado de María. Gozarían de una protección única.

El escudo de Nuestra Señora me sigue protegiendo hoy día. Lo sabe también Satanás, y cuando en un exorcismo la nombro a ella, a la madre de Jesús, llora como un niño y comienza a temblar. A mí no me causa ninguna compasión. Lo dejo llorar consciente de que ella, la Santísima Virgen, es la protección más segura bajo la cual puedo colocarme. Y consciente de que ella, aun con un solo pestañeo suyo, puede expulsar a Satanás y hacer que se precipite a donde merece estar, el infierno.

Mi vida ha estado marcada por la Virgen Santísima. Esto se manifestó de manera poderosa en 1959. El 13 de septiembre de ese año, Italia fue consagrada al corazón inmaculado de María. Todo sucedió en Catania. Fue la culminación del XVI Congreso Eucarístico nacional. Hubo una admirable sinfonía entre el culto eucarístico y la veneración a María. Con dicho evento se quería restituir la nación a la Santísima Virgen para que la fe despertara, hubiera una mayor frecuencia en el culto eclesial y un nuevo compromiso cristiano en lo social. Para sorpresa mía, la coordinación de todo el evento se me confió a mí. Y no solo esto, sino que también tuve que ingeniármelas para que llegara a todas las capitales italianas la estatua de la Virgen de Fátima. Fue un año de trabajo duro. Un año dedicado a nuestra Señora, al reino de la luz. Nunca me habría imaginado que después por aquel reino, por la Virgen, combatiría aún pero con otro ropaje, el de exorcista.

[Tomado del libro: “El último exorcista”, del P. Gabriele Amorth]

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