Profesión de fe mariana y desagravio en la voz de sus Padres y Doctores, y del Magisterio.
Por: Jorge Sernani Panópulos e Ignacio García
Llorente | Fuente: Orden de María Reina
El honor de la Santa Madre de Dios fue muchas veces ultrajado a través de los siglos cristianos. Esas ofensas tuvieron indefectiblemente el rechazo de la Iglesia, y, en mayor o menor medida, el condigno desagravio.
También en nuestros tiempos es afrentada María Santísima, con afrentas más feroces, seguramente en razón de ser éstos “sus tiempos” según lo afirmaron los Sumos Pontífices, cuando Ella está mostrando su Realeza y Señorío al mundo. Por otra parte, los ataques actuales revisten sin duda más gravedad porque simultáneamente se ignoran –se minimizan o silencian- sus grandezas, y se pretende olvidar el lugar que Dios le diera en los tiempos y en la eternidad.
Por esos desgraciados motivos, cumpliendo con el sagrado deber de defender su honor, por voluntad de Nuestro Señor Jesucristo, y según la consigna dada solemnemente por el Papa Pablo VI en estos tiempos aciagos, de “mantener bien alto el nombre y el honor de María” (21 de nov. de 1964, clausura de la IIIª sesión del Concilio Vaticano II); y consecuentes con la afirmación del Cardenal Luigi Ciappi OP, teólogo papal de los Sumos Pontífices Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II, cuando decía que “la obra maestra del supremo Artífice, cual es la Madre de Dios, es un Misterio de belleza espiritual, de prerrogativas y glorias tan sublime que únicamente la luz de la Divina Revelación es capaz de manifestárnoslo dignamente."
Por tanto debemos buscar esos rayos de luz superior en el Magisterio de la Iglesia y en la Tradición, para concentrarnos en la imagen de la “úmile et alta piú che creatura” -la más humilde y más alta criatura- (Dante).
Impulsados por el deseo de que sean recordadas, meditadas y difundidas las enseñanzas de la Iglesia sobre la Virgen María, en la voz de sus Padres y Doctores, y del Magisterio, para desagravio de su Corazón Inmaculado,presentamos las siguientes confesiones:
MARÍA SANTÍSIMA FUE PREDESTINADA POR EL ALTÍSIMO DESDE TODA LA ETERNIDAD
El inefable Dios, cuya conducta es misericordia y verdad, cuya voluntad es omnipotencia y cuya sabiduría alcanza de límite a límite con fortaleza y dispone suavemente todas las cosas, habiendo previsto desde toda la eternidad la ruina lamentabilísima de todo el género humano, que había de provenir de la transgresión de Adán, y habiendo decretado, con plan misterioso escondido desde la eternidad, llevar a cabo la primitiva obra de su misericordia, con plan todavía más secreto, por medio de la encarnación del Verbo, para que no pereciese el hombre impulsado a la culpa por la astucia de la diabólica maldad y para que lo que iba a caer en el primer Adán fuese restaurado más felizmente en el Segundo, eligió y señaló, desde el principio y antes de los tiempos, una Madre, para que su unigénito Hijo, hecho carne de Ella, naciese, en la dichosa plenitud de los tiempos, y en tanto grado la amó por encima de todas las criaturas, que en sola Ella se complació con señaladísima benevolencia. (Beato Pío IX, Const. Ap. Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854).
El Altísimo la predestinó desde la eternidad para Madre del Verbo encarnado. Por eso entre las maravillas de los tres órdenes, de naturaleza, de gracia y de gloria, la distinguió de forma tal que con razón entiende la Iglesia que se refiere a María el oráculo divino: “Yo salí de la boca de Dios como la primogénita y más privilegiada criatura”.(León XIII).
Y dice San Bernardo: “El Ángel fue enviado a María...” María no fue hallada por casualidad, sino elegida desde el principio de los tiempos, preconizada y preparada para Sí por el Altísimo, custodiada por los Ángeles, preseñalada a los Patriarcas, prometida por los profetas.
MARÍA SANTÍSIMA FUE CONCEBIDA SIN PECADO
La Santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano. (ibídem, definición dogmática).
María, toda hermosa e inmaculada, trituró la venenosa cabeza de la cruelísima
serpiente, y trajo la salud al mundo (ibidem)
Los Padres y escritores de la Iglesia, adoctrinados por las divinas enseñanzas,
jamás (habían dejado) de llamar a la Madre de Dios o lirio entre espinas, o
tierra absolutamente intacta, virginal, sin mancha , inmaculada, siempre
bendita, y libre de toda mancha de pecado, de la cual se formó el nuevo Adán; o
paraíso intachable, vistosísimo, amenísimo de inocencia, de inmortalidad y de
delicias, por Dios mismo plantado y defendido de toda intriga de la venenosa
serpiente; o árbol inmarchitable, que jamás carcomió el gusano del pecado; o
fuente siempre limpia y sellada por la virtud del Espíritu Santo; o divinísimo
templo o tesoro de inmortalidad, o la única y sola Hija no de la muerte, sino
de la vida, germen no de la ira, sino de la gracia, que, por singular
providencia de Dios, floreció siempre vigoroso de una raíz corrompida y dañada,
fuera de las leyes comúnmente establecidas.
Ella es la Inmaculada Concepción. De este modo se llamó a SÍ misma en Lourdes,
con el nombre que le había dado Dios desde la eternidad: sí, desde toda la
eternidad la escogió con este nombre, para ser la Madre de su Hijo, el Verbo
Eterno (Juan Pablo II, 10 de febrero de 1979.)
MARÍA SANTÍSIMA ES LA TODA
SANTA, DE SANTIDAD PERFECTA
Proclamamos que la inmunidad de María “de toda
mancha de pecado original” no fue más que la aureola radiante, no velada
por niebla alguna de culpa ni inclinación a ella en su larga jornada sobre la
tierra. (Card. Luigi Ciappi OP, teólogo de la Casa Pontificia durante los
últimos cinco pontificados).
Dios colmó a María tan maravillosamente de todos los celestiales carismas,
sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de los Ángeles y santos, que
Ella, absolutamente siempre libre de toda mancha de pecado, y toda hermosa y
perfecta, manifestó la plenitud de inocencia y santidad, que no se concibe en
modo alguno mayor, después de Dios, y nadie puede imaginar fuera de Dios.
Y por cierto era convenientísimo que brillase siempre adornada de los
resplandores de la perfectísima santidad y que reportase un total triunfo de la
antigua serpiente, enteramente inmune aún de la misma mancha de la culpa
original. (Beato Pío IX Ineffabilis Deus)
Esta sobreabundancia de la gracia –el más eminente de todos sus privilegios
innumerables- es lo que eleva a la Virgen muy por encima de todos los hombres y
de todos los Ángeles, y la aproxima más a Cristo que cualquier otra criatura-
(León XIII, Encíclica Magna Dei Matris, 8 de sept. de 1892).
Por eso con San Efrén nos dirigimos a Cristo y exclamamos: Sólo Tú y tu Madre
tenéis la gracia de la perfecta belleza, porque no hay mancha en Ti ni mancha
hay en tu Madre, y a Ella cantamos con el fervor de los maronitas: ¡Oh azucena espléndida y rosa de delicada fragancia, el
aroma de tu santidad perfumó toda la tierra, ruega para seamos el agradable
aroma de Cristo y lo extendamos por toda la tierra! (Misa Maronita).
MARÍA SANTÍSIMA ES VERDADERA
MADRE DE DIOS
La gloriosa Virgen María es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al
Verbo de Dios encarnado (Concilio de Éfeso, definición dogmática).
María fue predestinada en la mente de Dios antes que toda criatura, para que,
Virgen castísima entre todas las mujeres, engendrase de su propia carne al
mismo Dios, y Reina del Cielo después de su Hijo, reinase gloriosa sobre todo
lo creado (San Bernardino de Siena).
María es Aquélla a quien el Eterno confirió la plenitud de su gracia y elevó a
tan excelsa dignidad. Y sabemos que de esta divina maternidad procede su gracia
singularísima y su dignidad suprema después de Dios, y, en cuanto a que es su
Madre, posee una cierta dignidad infinita, por ser Dios un bien infinito (Sto
Tomás de Aquino).
Sabemos que Ella, por ser Madre de Dios, posee una excelencia superior a la de
todos los Ángeles, aún a la de los serafines y querubines. Sabemos que por ser
Madre de Dios es purísima y santísima, tanto que después de Dios no puede
imaginarse mayor pureza y santidad. Sabemos que por ser Madre de Dios cualquier
privilegio concedido a cualquier santo en el orden de la gracia santificante,
lo posee María mejor que nadie (Cornelio a Lápide, Pío XII). porque Dios
enriqueció con dones correspondientes a tal oficio a Ella, la Toda Santa, que
fue como plasmada por el Espíritu Santo y hecha una nueva criatura (Vaticano
II).
Y al consagrar y fecundar su virginidad, el Espíritu Santo la transformó en el
Aula del Rey, Templo y Tabernáculo del Señor, Arca de la Alianza, Arca de la
Santificación (Pablo VI, Marialis Cultus).
MARÍA SANTÍSIMA ES TEMPLO Y
SAGRARIO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
María es la excelente obra maestra del Altísimo, de la cual Él se ha reservado
el conocimiento y la posesión (San Bernardino). Ella es la Madre Admirable del
Hijo, Jesucristo, que la ama en su Corazón Sacratísimo más que a todos los
Ángeles y los hombres, Ella es la fuente sellada y la Esposa fiel del Espíritu
Santo, en la que no hay quien entre sino Él.
Ella es el Santuario y reposo de la Santísima Trinidad, donde Dios está más
magnífica y divinamente que en ningún otro lugar del Universo, sin exceptuar su
morada sobre los querubines y serafines (San Luis María Grignion de Montfort).
Confesamos que María es la Hija del divino Padre, la Madre del Verbo divino, y
la Esposa del Espíritu Santo, la llena de gracia, de virtud y de dones
celestiales, templo purísimo de la Santísima Trinidad. (Beato Pío IX, Oración a
Nuestra Señora de la Piedad)
Por eso decimos con los santos: María es el grande
y divino mundo de Dios, donde hay bellezas y tesoros inefables. Ella es la
magnificencia del Altísimo, donde Él ha escondido, como en su seno, a su Hijo
único, y en Él todo lo que hay de más excelente y precioso. (San Luis
María G. de M).
QUE MARÍA SANTÍSIMA ES MADRE
NUESTRA
Confesamos también la dulce y suave verdad de que habiendo dado a luz al
Redentor del género humano, María es también Madre benignísima de todos
nosotros, hermanos de su Hijo, que peregrinamos y nos debatimos entre angustias
y luchamos contra el pecado hasta que seamos llevados a la patria feliz (Pío
XI, Enc.Lux Veritatis, 25 de dic. De 1931).
En la hora última de su vida pública, cuando otorgaba el Testamento de la Nueva
Alianza y lo sellaba con su Sangre divina, Jesús confió su Madre al discípulo
amado, con estas dulcísimas palabras: He ahí a tu
Madre (León XIII, Augustíssimae), Nadie estará en grado de alcanzar el
sentido (pleno) de estas palabras del Evangelio de San Juan, sino el que como
él, repose en el pecho de Jesús, y reciba de Jesús a María para que sea su
Madre, puesto que todo el que es perfecto, ya no vive él mismo, sino que en él
vive Cristo (Orígenes, siglo III).
En la persona de Juan, según el constante sentir de la Iglesia, Cristo ha
designado a todo el género humano, pero más especialmente a los que están
unidos en la fe (León XIII, Adjutricem populi).
Y porque es nuestra Madre nos confiamos completamente a su bondad y
misericordia, animados del vivo deseo de imitar sus bellísimas virtudes y le
hacemos donación entera e irrevocable de todo nuestro ser. Le pedimos nos
conceda su maternal protección por todo el curso de nuestra vida, y
particularmente en la hora de la muerte. (San Juan Bosco).
MARÍA SANTÍSIMA ES MADRE Y
REINA DE LA IGLESIA
María Santísima es Madre de la Iglesia, es decir de todo el pueblo de Dios,
tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa.
(proclamación de Paulo VI, 21 de nov. de 1964, clausura de la 3ª sesión del
Vaticano II).
María, constituida por Jesucristo en Madre de todos los hombres cuando la
designó en la persona de Juan a todo el género humano, recibió con espíritu
generoso ese singular y trabajoso legado, comenzando a cumplir su elevada
misión en el Cenáculo. Ella fue ayuda y sostén de la Iglesia naciente por la
santidad de su ejemplo, la autoridad de sus consejos, la dulzura de su
consuelo, y la eficacia de sus plegarias ferventísimas. Desde entonces se
mostró verdaderamente Madre de la Iglesia, y fue verdadera Maestra y Reina de
los Apóstoles, a los cuales hizo partícipes de los divinos oráculos que
conservaba en su Corazón (León XIII).
La importancia del principio mariano de la Iglesia ha sido evidenciada, después
del Concilio, por el Papa Juan Pablo II, coherentemente con su lema: Totus tuus. En su enfoque espiritual y en su
incansable ministerio se puso de manifiesto a los ojos de todos la presencia de
María como Madre y Reina de la Iglesia (Benedicto XVI, 25 de marzo de 2006). El
Santo Padre agrega al título de Madre, el de Reina, conforme al sentir de la Tradición,
expresado por San Antonio de Padua, llamado el Doctor Evangélico, y repetido
por el llamado Doctor Mariano San Alfonso María de Ligorio: Dios ha puesto su
toda la Iglesia no sólo bajo el patrocinio, sino bajo el dominio de Nuestra
Señora (San Alfonso María de Ligorio, Las Glorias de María)
Con Pablo VI la invocamos: Tú Socorro de los
obispos, protege y asístelos en su misión apostólica. Asiste a todos los
que colaboran con ellos: sacerdotes, religiosos y seglares. Acuérdate del
pueblo cristiano que se confía a Ti. Mira con ojos benignos a nuestros hermanos
separados y dígnate unirlos, Tú que has engendrado a Cristo, puente de unión
entre Dios y los hombres.
Haz que toda la Iglesia pueda elevar al Dios de las misericordias el majestuoso
himno de alabanza y agradecimiento, de gozo y de alegría, puesto que grandes
cosas ha obrado el Señor por medio de Ti, ¡oh
clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María! (Pablo VI, oración luego de
la proclamación).
MARÍA SANTÍSIMA ES LA VIRGEN
PERFECTA Y PERPETUA
En la plenitud de los tiempos, la Bienaventurada Virgen María concibió
virginalmente, del Espíritu Santo, al Verbo de Dios, engendrado desde antes de
todos los siglos por Dios Padre, y que sin pérdida de su integridad le dio a
luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto (Definición
dogmática, Concilio de Letrán). Como lo había profetizado Ezequiel: María es la
puerta oriental del templo, que no fue abierta ni se abrirá jamás, y el Señor,
sin abrirla, la traspasó. (Ez 44, 1-4 ).
Fue Virgen no sólo de cuerpo, sino también de espíritu (San Ambrosio). Por ello
nos complacemos en aclamarla como Virgen perpetua y perfecta, antes del parto,
en el parto y después del parto (Paulo IV, 1555). Como lo expresan –con
delicadeza y belleza- los sagrados íconos del Oriente, en los que la Virgen
Santísima aparece con tres estrellas en su Manto, una sobre el hombro derecho,
otra sobre la frente, y la tercera sobre el hombro izquierdo: La Aciparthénos, La siempre Virgen: antes, durante y
después del parto.
El Nacimiento de Jesucristo fue milagroso. Por lo tanto, no quebrantó su
virginidad, antes la consagró (Vaticano II, Lumen Gentium) porque el Señor Niño
salió de su Purísimo seno como un rayo de sol traspasa un cristal, sin romperlo
ni mancharlo, afirmaron Padres y doctores, expresión que quedó para siempre al
asumirla el Catecismo de San Pío X, y así lo proclama la Liturgia (lex orandi,
lex credendi; la ley de la oración es la ley de la fe): “Sicut sidus radium, profert virgo filium, pari forma” (Como un
rayo del cielo, de manera semejante, da a luz la virgen al Hijo).
¡Milagroso! Entre júbilo da María a luz a un
Niño, que es más antiguo que la creación, y no yace agotada y pálida por los
dolores del parto. María da a luz a su Niño no entre dolores, sino entre
alegrías (Obispo Zenón de Verona, contemporáneo de San Ambrosio).
Y de esa enseñanza de fe de la Iglesia de veinte siglos, se desprende que el
parto virginal de María se cumplió no sólo sin molestias ni dolores por ser la
Inmaculada de Dios, sino en un éxtasis y entre fulgores celestiales. Como pinta
el Nacimiento del Mesías el gran Fray Luis de León: En
resplandores de santidad del vientre y de la aurora.
Y agrega Kattum: El parto virginal se asemeja al
Nacimiento del Verbo de Dios del seno del Padre: luz de luz ( Y repite
la expresión del Catecismo: el rayo de sol que atraviesa el cristal)
Así nos lo dicen también los relatos unánimes de los místicos de todos los
tiempos. ¿Es que podía nacer de otra forma el Hijo
de Dios?
San Antonio de Padua, el Doctor Evangélico, nos completa la enseñanza de la
Iglesia sobre el misterio de la Madre Virgen: En
María hubo un doble alumbramiento: en su cuerpo y en su espíritu. Dio a luz a
Jesús con alegría y sin dolor. Y al pie de la cruz, traspasada su alma
de compasión, engendró para el cielo, entre sufrimientos inexplicables, a todos
los cristianos.
MARÍA SANTÍSIMA, AL TÉRMINO
DE SU VIDA TERRENA, FUE ASUNTA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS
La Inmaculada Madre de Dios, la siempre Virgen María, terminado el curso de su
vida terrestre fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. (Pío XII, 1º
de nov. de 1950, Const. Ap. Munificientíssimus Deus, definición dogmática).
Y al creer, con todo el fervor de nuestra fe, en ésa su asunción triunfal en
alma y cuerpo al cielo, donde es aclamada Reina por todos los coros de los
Ángeles y por toda la legión de los santos, nos unimos a ellos para alabar y
bendecir al Señor, que la ha exaltado sobre todas las demás criaturas, y para
ofrecerle el aliento de nuestra devoción y de nuestro amor. (Pío XII, oración
después de la proclamación dogmática).
Dice el Señor: Yo llenaré de gloria el solio de mis pies. Los pies del Señor
significan aquí su humanidad. Y el solio de la humanidad del Señor fue la
Bienaventurada Virgen María, de quien asumió la Humanidad, solio que glorificó
tal día como hoy, pues la exaltó sobre los coros de los Ángeles.
Claramente con esto se tiene que la Bienaventurada Virgen fue trasladada en
cuerpo, porque fue el solio de los pies del Señor, por lo de aquello del salmo:
“Oh Señor, levántate y ven al lugar de tu morada, tú y el arca de tu
santificación” Se levantó el Señor, cuando se remontó a la diestra del Padre.
Se levantó el arca de su santidad, cuando en este día, la Virgen Madre fue
arrebatada al tálamo celeste (San Antonio de Padua, sermón de la Asunción
citado por Pío XII en la Constitución Dogmática).
En María el alumbramiento ha guardado intacta su virginidad, y cuando abandona
la vida, su cuerpo es conservado, y lejos de desaparecer se convierte en un tabernáculo
más puro y más divino sobre el que la muerte no ejerce más poder, y que
subsiste por los siglos de los siglos. Era justo que así como Dios había
descendido hacia Ella, Ella fuera elevada a un tabernáculo más alto y más
precioso, el mismo cielo. Era necesario que Ella que había dado asilo en su
seno al Verbo de Dios, fuera colocada en los divinos tabernáculos de su Hijo.
Era necesario que siendo la Esposa elegida por Dios viviese en la morada del
cielo (San Juan Damasceno).
MARÍA SANTÍSIMA FUE CONSTITUIDA
CORREDENTORA JUNTO AL REDENTOR
Por la naturaleza de su obra, el Redentor debió asociar a su Madre a su obra.
Por esta razón la invocamos con el título
de Corredentora. Ella nos dio al Salvador, lo acompañó en la obra de la
Redención hasta la Cruz misma, compartiendo con Él los dolores de la agonía y
de la muerte en la que Jesús consumó la Redención de la humanidad. Y muy unida
a Él, en los últimos momentos de su vida, Ella fue proclamada por el Redentor
como nuestra Madre, como la Madre de todo el Universo. (Pío XI, Alocución a los
peregrinos de Vicenza, 30 de nov. de 1933). Porque como dice San Buenaventura: Tal como Adán y Eva fueron los destructores de la raza
humana, así Jesús y María fueron sus reparadores.
Cuando María se ofreció a Dios completamente, junto a su Hijo en el templo, ya
participaba con Él de la dolorosa expiación a favor del género humano. Es, por
tanto cierto, que Ella participó en las mismas profundidades de su alma con sus
más amargos sufrimientos y con sus tormentos. Finalmente fue ante los ojos de
María que se consumó el divino Sacrificio, para el cual había dado a luz y
criado a la víctima (León XIII, Enc. Jucunda semper, 1894).
Ella estuvo en el Calvario por divina disposición. En comunión con su Hijo
doliente y agonizante, soportó el dolor y casi la muerte, abdicó sus derechos
de Madre sobre su Hijo para conseguir la salvación de los hombres y para
apaciguar la ira divina, y en cuanto de Ella dependía, inmoló a su Hijo
(Benedicto XV, Carta Apostólica Inter. Sodalicia, 22 de mayo de 1918).
A consecuencia de esa unión en el sufrimiento e intención existente entre
Cristo y María, ella mereció ser dignamente la reparadora del mundo perdido y,
por ende, la dispensadora de todos los favores que Jesús nos adquirió con su
muerte y con su sangre. Ella nos merece “de
congruo”, como dicen, lo que Cristo nos mereció “de
condigno” (San Pío X, Enc. Ad diem Illum, 1904).
Porque en ese sacrificio había dos altares, uno en su Corazón, otro en el
Cuerpo de Cristo. Cristo inmolaba su Cuerpo, Ella inmolaba su alma (Juan Pablo
II). Por ello la reconocemos como la Corredentora del linaje humano (León XIII,
San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan Pablo II).
MARÍA SANTÍSIMA ES LA
MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS
María es justamente invocada como la Mediadora de las Gracias (Juan Pablo II,
17 de sept. de 1989 discurso en Orte, Italia)
¡María es la Dispensadora de las Gracias de Dios! (Oficio
de los Griegos) Ella fue llamada por la augustísima Trinidad para intervenir en
todos los misterios de la misericordia y del amor, y fue constituida
Dispensadora de todas las gracias. (San Pío X).
María es la Tesorera y Dispensadora de las misericordias de Dios, Y su Purísimo
Corazón está repleto de caridad, de dulzura y de ternura para con nosotros
pecadores. (Beato Pío IX, oración a Nuestra Señora de la piedad).
Ella recibe totalmente la oculta gracia del Espíritu y ampliamente la
distribuye. La Madre es la dispensadora y dispensadora de todos los
maravillosos dones increados del divino Espíritu (Teófano de Nicea).
Mi Santísima Señora, Madre de Dios, llena de gracia, Vos sois la gloria de
nuestra naturaleza, el canal de todos los bienes, la Reina de todas las cosas
después de la Trinidad, la Mediadora del mundo después del Mediador; Vos sois
el puente que une la tierra con el cielo, la llave que nos abre las puertas del
paraíso, nuestra Abogada, nuestra Mediadora. Mirad mi fe, mirad mis piadosos
anhelos y acordaos de vuestra misericordia y de vuestro poder (San Efrén).
MARÍA SANTÍSIMA ES LA ABOGADA
DEL PUEBLO DE DIOS
Esta Virgen excelsa, que es Madre de vuestro Juez y vuestro Dios, ésta es la
Abogada del género humano, idónea, que puede cuanto quiere delante de Dios;
sapientísima, que sabe todos los modos de aplacarle; universal, que a todos acoge
y no rehúsa defender a ninguno (Santo
Tomás de Villanueva)
María es nuestra Abogada, que por ser la Madre de Jesús, jamás deja de ser oída
(San Buenaventura) Acercándose Ella al trono de su Divino Hijo, como Abogada
pide, como Esclava ora, y como Madre manda (Pío VII, Breve “Tanto studio” 19 de febrero de 1805).
Con el Beato Juan XXIII nos emocionamos al invocarla: Oh María, Tú ruegas con
nosotros. Lo sabemos. Lo sentimos. ¡Oh, qué
realidad más deliciosa, qué gloria más soberana! (Juan XXIII, Diario de
un alma)
Y a Ella clamamos según el sentir más profundo de la Iglesia:
Señora, lo que pueden obtener las intercesiones
de todos los santos unidos con Vos, bien puede obtenerlo vuestra intercesión
sola, sin ayuda de ellos.
Y ¿por qué Vos sola sois tan poderosa? Porque Vos sola sois la Madre de nuestro
salvador, Vos la Esposa de Dios, Vos la Reina Universal del cielo y de la
tierra.
Si Vos no habláis por nosotros, ningún santo abogará a favor nuestro. Pero si
Vos oráis, todos los santos tendrán empeño en orar por nosotros y socorrernos
(San Anselmo).
Tú eres tan poderosa delante de Dios, que, como canta Dante Alighieri, quien
deseando la gracia, no recurre a Ti, pretende volar sin alas (Pío XII).
¡Ea pues Señora, Abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos
misericordiosos, y muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre! (Salve
Regina).
MARÍA SANTÍSIMA ES LA
OMNIPOTENCIA SUPLICANTE
El Papa de la paz, Benedicto XV, exclamaba: ¡Te
hemos tomado por nuestra Patrona, porque Tú, la Virgen Madre, entre muchos
títulos gloriosos, con razón has recibido el de Omnipotencia Suplicante!
Leemos en las Glorias de María, del Doctor Mariano San Alfonso María de
Ligorio: Tanto os ha ensalzado el Señor, Virgen
Santa, que, con su favor, podéis obtener a vuestros devotos todas las gracias
posibles; porque vuestra protección es omnipotente, añade Cosme de Jerusalén.
Sí, omnipotente es María –añade Ricardo de San Lorenzo- porque según las leyes,
de los mismos privilegios gozan las reinas que los reyes. Siendo pues, igual el
poder del Hijo y de la Madre, por ser omnipotente el Hijo, ha hecho omnipotente
a la Madre- Y explica San Alfonso: El Hijo es
omnipotente por naturaleza, la Madre es omnipotente por gracia, y en tal modo
es verdad de cuanto pide la Madre nada le niega el Hijo, como le fue revelado a
Santa Brígida, la cual entendió que Jesús, hablando un día con su Madre, le
dijo así: Madre mía, ya sabes cuánto te amo, pídeme cuanto quieras, pues sea lo
que fuera, tus ruegos no pueden ser desoídos, y es delicada la razón que alega:
Madre, cuando vivías en la tierra nada te negaste de hacer por amor mío, ahora
que estamos en el cielo es razón que yo nada me niegue a hacer de lo que Tú
quieres. Se llama pues omnipotente María en el modo que puede entenderse una
criatura, la cual no es capaz de un atributo divino. Así Ella es omnipotente
porque con sus ruegos puede cuanto quiere (San Alfonso María de Ligorio,
Las Glorias de María)
María, situada a la derecha de su unigénito Hijo, Nuestro Señor Jesucristo,
alcanza con sus valiosísimos ruegos maternales, y encuentra lo que busca, y no
puede quedar decepcionada (Beato Pío IX, Ineffabilis Deus).
María tiene, en su calidad de Madre del Altísimo un poder igual a su querer.
Ella no puede dejar de ser atendida porque Dios condesciende en todo y por todo
al querer de su buena Madre. Ella nos salvará por sus plegarias, la
inteligencia es incapaz de concebir el poder de su intercesión. (San Germán de
Constantinopla).
Por eso dice San Bernardo: ¿Tienes que acudir al
Padre, busca al Mediador que es Jesús? ¿Pero es que también temes a
Éste? Pues acude a María, que
siempre es escuchada por la reverencia de Madre.
MARÍA SANTÍSIMA ES
AUXILIADORA Y SOCORRO PARA TODOS SUS HIJOS
María es refugio segurísimo de todos los que peligran, fidelísima auxiliadora y
poderosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su
unigénito Hijo; Ella, gloriosísimo ornato de la Iglesia santa, firmísimo
baluarte que destruyó siempre todas las herejías, y libró siempre de las
mayores calamidades de todas clases a los fieles y a las naciones. (Beato Pío
IX, Ineffabilis deus)
Ella siempre ha librado al pueblo cristiano de las calamidades, los enemigos y
la muerte. Su auxilio ha sido continuo, oportunísimo según la variedad de los
tiempos, y lleno de maravillosa suavidad (Beato Pío IX).
Oh María, ¡Tú eres verdaderamente espléndida
Auxiliadora de los Cristianos! Acudimos a Ti, a fin de que seas propicia a
muestras plegarias, y otórganos el implorado socorro, Tú que también mereciste
ser llamada nuestro Socorro (León
XIII).
MARÍA SANTÍSIMA ES LA SEÑORA
DEL SANTÍSIMO SACRAMENTO
María es Nuestra Señora del Santísimo Sacramento (San Pedro Julián Eymard, San
Pío X). A Ella debemos rendir muchas acciones de gracias, pues el Cuerpo de
Cristo que Ella engendró y llevó en su seno, que envolvió en pañales, que
alimentó con solicitud materna, es el mismo Cuerpo que recibimos en el altar.
No hay palabras humanas que sean capaces de alabarla dignamente porque de Ella
tomó su carne el Mediador entre Dios y los hombres.
Cualquier honor que le pudiésemos dar, está por debajo de sus méritos, ya que
Ella nos ha preparado en su castísimo seno la Carne inmaculada que alimenta
nuestras almas. Eva comió un fruto que nos privó del eterno festín, y María nos
presenta otro que nos abre la puerta del banquete celestial (San Pedro Damián).
Cuando, en la Visitación, llevó en su seno el Verbo hecho carne, se conviertió
de algún modo en «tabernáculo» –el primer «tabernáculo» de la historia– donde el Hijo de
Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se ofrece a la adoración de
Isabel, como «irradiando» su luz a través de
los ojos y la voz de María. María y Eucaristía son inseparables. Por eso, el
recuerdo de la Virgen en el celebración eucarística es unánime, ya en la
antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente. (Juan Pablo II, Ecclesia de
Eucaristía, Jueves Santo del 2004)
MARÍA SANTÍSIMA ES REINA Y SEÑORA
DE TODO LO CREADO
Cristo es Señor de todo por haber creado todas las cosas, y Ella es Señora de
todas esas cosas porque las ha elevado a su dignidad original por la Gracia que
mereció (discípulo de San Anselmo, citado por Pío XII en su Enc. Ad Coeli
Reginam). Pero Cristo, además de ser Señor y Rey por naturaleza, lo es por
conquista y María fue asociada a Él en esta conquista que es la redención (Pío
XII, ibídem).
Cristo quiso que María compartiera la pena de la Pasión para que así Ella pueda
ser la Madre de todos mediante la recreación. Ella fue su ayudadora en la
Redención por su compasión. Y así como todo el mundo está sujeto a Dios por su
suprema pasión, así está sujeto a la Señora de todos por su compasión (San
Alberto Magno).
Su mismo nombre, María, significa Señora, proclamada así por los Padres y los
Santos en la tradición, desde antiguo (Pío XII, Ad Coeli Reginam)
Ella fue siempre aclamada por la Iglesia como Señora de todos los cristianos
(Gregorio II, Séptimo Concilio Ecuménico). María es la Dueña, Dominadora y
Señora de todo ( Padres y Santos, citados por Pío XII):
María es la Reina que está a la diestra del Rey, vestida con mantos dorados,
muy engalanada, con esa frase bíblica comienza la Divina Liturgia de San Juan
Crisóstomo.
María Santísima es Reina de los Ángeles, de los Patriarcas, de los Profetas, de
los Apóstoles, de los Mártires, de los Confesores, de las Vírgenes, y de todos
los Santos (Letanías Lauretanas).
Ella, gloria de los profetas y los apóstoles, y honra de los mártires, alegría
y corona de todos los santos; (Beato Pío IX, Ineffabilis Deus). Ella es Nuestra
Gloriosa Señora (Benedicto XV, Gloriosa Domina).
MARÍA SANTÍSIMA ES LA REINA
DEL SACRATÍSIMO ROSARIO, EL ARMA INVENCIBLE DE TODOS LOS TIEMPOS
Tan pronto se instituyó el Rosario, inmediatamente penetró en todas las clases
de la sociedad y se divulgó en todas partes. Y el pueblo cristiano que tiene
variadas maneras de honrar a la Virgen, siempre lo prefirió especialmente y se
lo ofreció pública y privadamente, en casas y en familias formando comunidades,
dedicándole altares y realizando procesiones puesto que en el Rosario se
encierra y compendia el culto que se le debe. (León XIII)
El Rosario produce siempre nuevos y dulces frutos de piedad (León XIII).
Creemos que Ella misma, como Celestial Reina ha concedido gran eficacia a tal
modo de orar por el hecho de que haya sido introducido y propagado –inspirado
por Ella- por el glorioso Santo Domingo en tiempos sumamente adversos al
cristianismo, semejantes a los nuestros, como arma poderosísima para desbaratar
a los enemigos de la fe (León XIII).
Numerosos signos muestran como María ejerce también hoy, a través de esta
oración, su solicitud materna para con todos sus hijos. En los últimos dos
siglos, María, la Madre de Cristo, ha hecho notar su presencia y su voz para
exhortar al Pueblo de Dios a recurrir al Rosario (Juan Pablo II). Por eso el
amado San Pío de Pietralcina nos dejó este testamento: “Rezad
y haced rezar el Rosario, amad y haced amar a María”.
MARÍA SANTÍSIMA ES REINA DEL
MUNDO, DE LA FAMILIA Y DE LA PAZ
María Santísima fue coronada por el Papa Pío XII como Reina del mundo y de la
Paz, en la Capelinha de Fátima y en el icono Salud del pueblo romano. Reina de
la Paz fue proclamada por Benedicto XV, y Reina de la Familia por Juan Pablo
II. A Ella rogamos por el mundo, por la paz y por la familia.
La Virgen Nuestra Señora, Regina Mundi, Regina Pacis, está repitiendo por el
mundo, el seguro camino de la paz y los medios para obtenerla del cielo, dado
que tan poco se puede confiar en los medios humanos: El Rosario en familia y la
imitación de la Sagrada Familia de Nazaret; el amor al prójimo con la oración y
el sacrificio, por la concordia de las clases sociales; y el retorno a la vida
cristiana, la paz con Dios y el respeto por la ley eterna, por la construcción
de la paz mundial.
Ponemos nuestras esperanzas en la poderosísima intercesión de la Virgen,
invocándola incesantemente para que se digne adelantar la hora en que de un
extremo al otro de la tierra se cumpla el himno angélico: ¡Gloria a Dios en las alturas, y paz a los hombres de
buena voluntad! (Pío XII)
MARÍA SANTÍSIMA ES NUESTRA
MADRE Y REINA EN SUS INNUMERABLES TÍTULOS, Y QUE LA VENERAMOS EN INFINIDAD DE
ICONOS E IMÁGENES
A María Santísima alabamos y rogamos en las santísimas imágenes de toda la
redondez de la tierra en templos y Capillas como en las casas de familia, y
sobre todo en los magníficos iconos del Oriente Cristiano, y en las imágenes
prodigiosas y milagrosas que se veneran en Occidente, muchas de ellas coronadas
por los Sumos Pontífices y los obispos.
María Santísima es Rosa Mística del paraíso (León XIII). Ella es Salud para los
cuerpos afligidos y atormentados por las enfermedades, Salud también para las
almas, Salud de cada uno de nosotros sus hijos, y de todo el pueblo cristiano,
al que le ha manifestado su defensa y protección en las desgracias y
calamidades (Pío XII).
Ella es Nuestra Señora del Perpetuo Socorro (Icono milagroso de la Pasión) la
Madre de la Divina Providencia, la Sede de la Sabiduría y la Causa de nuestra
Alegría, (Letanías Lauretanas).
A Ella suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas (Salve
Regina): como Consuelo de los afligidos, Refugio de
los pecadores, y Auxilio de los Cristianos (Letanías Lauretanas), porque por
Ella lleva a todos los enfermos el remedio, luce para los que viven en
tinieblas el sol de justicia y es áncora y puerto segurísimo para cuantos
sufren los embates de la tempestad.
QUE DIOS MANIFESTÓ SU
VOLUNTAD DE INSTAURAR EN EL MUNDO LA DEVOCIÓN A SU CORAZÓN INMACULADO
Así lo expresó en Fátima la Señora del Rosario, y así lo creyeron e impulsaron
muchos cristianos encabezados por los Sumos Pontífices.
El Corazón de María, la Madre de Dios y Madre nuestra, es el Corazón
amabilísimo, objeto de las complacencias de la Adorable Trinidad y digno de
toda la veneración y ternura de los Ángeles y los hombres, el corazón más
semejante al de Jesús, cuya imagen más perfecta es María; ¡Corazón lleno de bondad y en
gran manera compasivo de nuestras miserias! (Pío VII, 18 de agosto 1807).
El Purísimo Corazón de María es tierno, sensibilísimo, solícito, generoso, compasivo,
amantísimo, afligido, angustiado, zarandeado, fatigado, martirizado,
atravesado, amargado (Pío VII, 14 de enero de 1815).
Nada se ha de temer, de nada hay que desesperar, si la Virgen Santa nos guía,
patrocina, favorece y protege, pues tiene un Corazón maternal, y ocupada de
nuestra salvación se preocupa de todo el linaje humano. (Beato Pío IX).
Por eso renovamos y ratificamos en nuestros corazones y hogares, la
consagración al Inmaculado Corazón de María, que en respuesta a sus llamados de
Fátima, realizaron los Papas Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II, y rogamos que
se acelere la ahora de su triunfo, y del triunfo del Reino de Dios (Pío XII, 13
de mayo de 1946),








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