miércoles, 1 de junio de 2016

SUFRIMIENTO


En el Evangelio es posible encontrar la respuesta satisfactoria a todos los interrogantes que agobian al hombre.

Una vez Jesús, hablando a una gran muchedumbre, les dijo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y vuestras almas hallaran descanso.» Estas palabras iban dirigidas a todos nosotros, pero adquieren un significado particular para los enfermos y ancianos, para rodo el que se sienta «agobiado».

Si os halláis solos humanamente, Cristo está con vosotros para devolveros la confianza y aliviar vuestro dolor, al indicaros que ese dolor es útil para la Iglesia entera, pues ésta necesita confrontarse continuamente con el padecimiento humano para vivir su fidelidad a Cristo.

También aquí, en esta casa y en este país, habrá personas que se pregunten: ¿Por qué? ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora precisamente? ¿Por qué mi mujer, mi padre, mi hermano, mi amigo? Todas estas preguntas son muy comprensibles. Pero yo quisiera plantearos hoy otra pregunta que puede conducir más lejos. Es una pregunta que arranca la espina mortal de todo aquello que se puede ocultar tras el sufrimiento y la enfermedad como un elemento absurdamente destructor o contrario a la misma vida. Se trata de la pregunta no sólo sobre el «por qué», sino el «para qué». Al «por qué» no nos puede responder nadie sobre la tierra. Por el contrario, la pregunta para qué me ha sido impuesto este sufrimiento puede abrirnos nuevos horizontes.

Dios Padre escucha y atiende nuestros porqués como escuchó el lamento de Job, como acogió el grito de dolor y el «por qué» de Jesús en la cruz con su abandono confiado. Su respuesta no es la que podríamos esperar; tampoco es la explicación que los hombres han dado frecuentemente del sufrimiento cuando veían en él un castigo de sus faltas o, cuando de no rebelarse, sólo podían resignarse al fatalismo. Ante este misterio del sufrimiento las palabras de Isaías resultan sumamente elocuentes: «Mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos, oráculo del Señor. Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los vuestros; mis planes, que vuestros planes.» Ciertamente se pueden aplicar estas palabras al camino del sufrimiento.

Un sufrimiento soportado con paciencia se convierte en cierto modo en oración y en fuente fecunda de gracia. Por ello quiero pediros a todos vosotros: convertid vuestras habitaciones en capillas, contemplad la imagen del Crucificado y pedid por nosotros, ofreced sacrificios por nosotros.

No habéis sufrido, o sufrís, en vano: el dolor os madura en el espíritu, os purifica en el corazón, os da un sentido real del mundo y de la vida, os enriquece de bondad, de paciencia, y —oyendo resonar en vuestro espíritu la promesa del Señor:

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados»— os da la sensación de una paz profunda, de una alegría perfecta, de una esperanza gozosa.

Sabed dar un valor cristiano a vuestro sufrimiento, sabed santificar vuestro dolor con confianza constante y generosa en Él, que consuela y da fuerza. Sabed que no estáis solos, ni separados, ni abandonados en vuestro vía crucis.

Aceptad vuestro sufrimiento como si fuera su abrazo, y transformadlo en bendición; aceptadlo, junto con Él, de las manos del Padre, que precisamente de ese modo opera vuestra perfección, con una sabiduría y un amor insondables pero indudables.

El sufrimiento es en cierto modo el destino del hombre, que nace sufriendo, pasa su vida en aflicciones y llega a su fin, a la eternidad, a través de la muerte, que es una gran purificación por la que todos hemos de pasar. De ahí la importancia de descubrir el sentido cristiano del sufrimiento humano.

Bien sé que, bajo el peso de la enfermedad, todos sentimos la tentación del abatimiento. No es raro preguntarnos con tristeza: ¿por qué esta enfermedad?, ¿qué mal he hecho yo para recibirla? Una mirada a Jesucristo en su vida terrena y una mirada de fe, a la luz de Jesucristo sobre nuestra propia situación, cambia nuestra manera de pensar. Cristo, Hijo de Dios, inocente, conoció en la propia carne el sufrimiento. La pasión, la cruz, la muerte en la cruz le probaron duramente; como había anunciado el profeta Isaías, «quedó desfigurado, sin apariencia humana». No ocultó ni escondió su sufrimiento; por el contrario, cuando era más atroz, pidió al Padre que le apartase el cáliz. Pero una palabra revelaba el fondo de su corazón: «No se haga mi voluntad, sino la tuya!» El Evangelio y todo el Nuevo Testamento nos dicen que la cruz, así acogida y vivida, se hizo redentora.

Dejad que vuestro dolor, soportado por amor a Cristo, desarrolle en vosotros un corazón compasivo y misericordioso.

No dudéis jamás de que la aceptación gustosa de vuestro sufrimiento en unión con Cristo es de gran valor para la Iglesia. Si se realizó la salvación del mundo por el sufrimiento y muerte de Jesús, entonces sabemos cuán grande es la colaboración, en la misión de la Iglesia, que prestan los enfermos y ancianos, las personas confinadas en las camas de los hospitales, los inválidos en sillas de ruedas y todos los que participan plenamente en la cruz de nuestro Señor salvador.

– Ahora sabéis mejor lo que es realmente la vida y ese conocimiento y esa sabiduría de la vida, acrisolada y madurada en vuestro dolor, podéis transmitírnosla a nosotros mediante todo lo que nos decís, mediante todo lo que vivís actualmente y el modo en que lo soportáis. El Papa os da las gracias por esta «predicación» que vosotros nos hacéis mediante el dolor que soportáis pacientemente. Esa predicación no la puede sustituir púlpito alguno, ninguna escuela, ninguna lección.

Con vuestro dolor podéis afianzar a las almas vacilantes, volver a llamar al camino recto a las descarriadas, devolver serenidad y confianza a las dudosas y angustiadas. Vuestros sufrimientos, si son aceptados y ofrecidos generosamente en unión de los Crucificados, pueden dar una aportación de primer orden en la lucha por la victoria del bien sobre las fuerzas del mal, que de tantos modos acechan a la humanidad contemporánea.

Dios os ama. Vuestra enfermedad no se opone a su designio de amor. Y vosotros no tenéis absolutamente culpa alguna en ella. No la consideréis como una fatalidad. Miradla solamente como una prueba. El Cristo a quien nosotros adoramos, sufrió también Él una prueba, la de la cruz, una prueba que le desfiguró, sin culpa alguna por su parte. Se puso en manos de Dios, su Padre. Y también se dirigió a Él para pedirle que le librara de la prueba. Pero la aceptó e hizo de ella una ofrenda. Y su sufrimiento se convirtió, para innumerables hombres, para vosotros, para mí, en causa de salvación, de perdón, de gracia, de vida. Es un gran misterio que esa solidaridad en el sufrimiento sea el centro de nuestra religión.

Con Él podéis lograr que vuestra enfermedad y vuestro sufrimiento sean más humanos e incluso más alegres y libres. Muchos aprendieron de Él y se han convertido así en fuente de consuelo para otros. Id. pues, también vosotros a la escuela de su sufrimiento redentor y repetid con frecuencia la oración que dirigía siempre a Cristo santa Catalina de Siena en medio de sus múltiples sufrimientos: «Señor, dime la verdad sobre tu cruz; yo quiero escucharte.»

En las profundidades de vuestra propia vida interior podéis morir y resucitar cada día con Cristo. Y en este sentido podéis producir una cosecha de gracia y de bondad, no sólo para vosotros mismos y para los que os rodean, sino también para la Iglesia y para ei mundo. Cada vez que superáis las tentaciones de desánimo, cada vez que manifestáis un espíritu alegre, generoso y paciente, dais testimonio de ese reino —que aún no se ha realizado— en el que seremos curados de toda enfermedad y liberados de toda aflicción.

La enfermedad es realmente una cruz, a veces muy pesada, prueba que Dios permite en la vida de una persona, dentro del misterio insondable de un designio que escapa a nuestra capacidad de comprensión. Pero no debe ser mirada como una ciega fatalidad. Ni es forzosamente y en sí misma un castigo. No es algo que aniquila sin dejar nada de positivo. Por el contrario, aun cuando pesa sobre el cuerpo, la cruz de la enfermedad cargada en comunión con la de Cristo, se vuelve también fuente de salvación, de vida o de resurrección para el propio enfermo y para los demás.

Cristo no explica abstractamente las razones del sufrimiento, sino ciue ante todo dice: «Sígueme», «Ven», toma parte con tu sufrimiento en esta obra de salvación del mundo, que se realiza a través de mi sufrimiento. Por medio de mi cruz. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espiritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él ei sentido salvador del sufrimiento. El hombre no descubre este sentido en lo humano, sino en el sufrimiento de Cristo. Pero al mismo tiempo, de Cristo aquel sentido salvador del sufrimiento desciende a lo humano y se hace, en cierto modo, su respuesta personal. Entonces el hombre encuentra en su sufrimiento la paz interior e incluso la alegría espiritual.

Es indispensable avanzar por el camino de la aceptación. Sí, aceptar que sea así, no por resignación más o menos ciega, sino porque la fe nos asegura que el Señor puede y quiere sacar bien del mal. Cuántos de los aquí presentes podrían testimoniar que la prueba, aceptada con fe, ha hecho renacer en ellos la serenidad, la esperanza… Porque el Señor quiere sacar bien del mal, os invita a ser todo lo activos que podáis, no obstante la enfermedad; y si sois minusválidos, os invita a responsabilizaros de vosotros mismos con la fuerza y talentos de que dispongáis a pesar de vuestra situación.

Cristo ha venido como samaritano bueno y compasivo que se inclina amorosamente sobre las llagas del hombre. Es el Médico que ha dado una nueva dignidad y la garantía de una vida perenne también al cuerpo humano, para una existencia sin más lágrimas y sufrimientos.

El cuerpo y espíritu llenos de dolor gritan: ¿Por qué? ¿Cuál es la finalidad de este sufrimiento? ¿Por qué tengo que morir? Y la respuesta que llega, frecuentemente sin palabras pero demostrada en formas de gentileza y compasión, está llena de honestidad y de fe: «No puedo responder plenamente a todas vuestras preguntas; no puedo quitaros todo vuestro dolor. Pero de esto estoy seguro: Dios os ama con un amor sempiterno. Vosotros sois preciosos a su vista. En Él os amo yo también. Puesto que en Dios somos verdaderamente hermanos y hermanas.»

Juan Pablo II

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