jueves, 19 de julio de 2012

LA OCASIÓN IRREPETIBLE



Benedicto XVI, para quien una de las prioridades de su pontificado es la de regenerar algunas rupturas y tratar de curar heridas y cismas, ha concedido todo lo que podía conceder a los tradicionalistas.

Los documentos del Concilio contienen una riqueza enorme para la formación de las nuevas generaciones cristianas. Benedicto XVI, a menos de tres meses del 50 aniversario del inicio del Vaticano II y el día en el que terminó el capítulo general de la Fraternidad San Pío X, fundada por el obispo tradicionalista Marcel Lefebvre, indicó la importancia y el valor del evento que ha marcado la vida de la Iglesia del siglo pasado.

Seguramente, en estas horas el superior de la Fraternidad, Bernard Fellay, dará una respuesta a la propuesta de la Santa Sede para que vuelva a una plena comunión con Roma una franja de sacerdotes y fieles para quienes, los males de la Iglesia, la secularización y la crisis de la fe, se deben atribuir justamente al Concilio Vaticano II. Después de años y contactos, a pesar de la mano que ha tendido el Papa, las perspectivas no parecen alentadores y es probable que los lefebvrianos respondan con un “no” al preámbulo doctrinal que el Vaticano les pide suscribir.

Benedicto XVI, para quien una de las prioridades de su pontificado es la de regenerar algunas rupturas y tratar de curar heridas y cismas, ha concedido todo lo que podía conceder a los tradicionalistas: liberalizó la antigua misa, canceló las excomuniones a los obispos lefebvrianos, permitió que se entablara un diálogo doctrinal con ellos... Incluso Fellay, el más equilibrado y autorizado de los obispos ordenados ilícitamente por Lefebvre, ha dado pasos importantes, como haber destituido a su “colega” Richard Williamson, famoso por sus posturas negacionistas sobre las cámaras de gas y por sus posturas radicales.

Pero los lefebvrianos no pueden pedir al Papa que les permita no aceptar las partes del magisterio conciliar que, según sus opiniones, no reflejan la tradición de la Iglesia. Ratzinger es un teólogo que vivió los trabajos del Vaticano II. Nunca ha pensado que el Concilio sea un “superdogma”, ni lo percibe como el inicio de una “nueva Iglesia”, pero tampoco puede aceptar que los documentos, aceptados unánimemente por los obispos del mundo y suscrito por el Papa, sean despreciados como si se tratara de un accidente en el camino o, incluso, por la pérdida de la fe.

Esperando la respuesta de Fellay, el Papa Benedicto XVI se alejó un poco del discurso que había preparado para su visita de ayer a Frascati e invitó a leer, además de los textos del Concilio, el Catecismo de la Iglesia Católica. Un énfasis que no es casual: justamente en el Catecismo, que el entonces cardenal Ratzinger editó, los documentos del Vaticano II se presentan en el marco de los magisterios precedente y posterior. Con la esperanza de que los lefebvrianos sepan aprovechar la ocasión irrepetible que les están ofreciendo.

Autor: Andrea Tornielli

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