martes, 10 de julio de 2012

HISTORIAS DE MARÍA # XIII


Cuenta el Padre Raíz Camandulense que cierto joven, cuyo padre había fallecido, fue enviado por su madre a la Corte de un príncipe. Mas al despedirse de él, la madre, que era muy devota de María, le hizo prometer que cada día rezaría un Avemaría, concluyendo con estas palabras: “Virgen bendita, ayúdame en la hora de la muerte”.

Establecido ya en la corte, el joven, se hizo dentro de poco tiempo tan disoluto (libertino) que su amo se vio precisado a despedirlo. Él, entonces desesperado, no sabiendo cómo subsistir, salió al campo y acabó por convertirse en asaltante de caminos; pero no por eso dejaba de encomendarse a la Virgen, como se lo había pedido su madre.

Finalmente fue apresado por la justicia, y condenado a muerte. Hallándose, pues, en la cárcel para ser ajusticiado al día siguiente, pensando en su deshonra, en el dolor de su madre y en la muerte que le aguardaba, lloraba sin consuelo; por lo que viéndolo el demonio oprimido por tan grande infortunio, se le apareció en forma de un hermoso joven, y le dijo que lo libraría de la cárcel y de la muerte, si hacia lo que él le propondría.

Convino el sentenciado en practicarlo todo. Entonces el fingido joven se descubrió y le dijo que era el demonio, que había venido a ayudarle. En primer lugar, quería que renegase de Jesucristo y de los Sacramentos, a lo cual accedió el joven; pero añadiéndole que renegase de la Virgen María y renunciase a su protección: “Esto no lo haré jamás”, respondió el joven; y dirigiéndose a María, le repitió la oración acostumbrada, que su madre le había ensenado: “Virgen bendita, ayúdame en la hora de la muerte”. A estas palabras desapareció el demonio; pero el joven quedó afligidisimo por el pecado que había cometido renunciando a Jesucristo. Mas acudiendo a la Virgen Santísima, Ella le alcanzó un gran dolor de todos sus pecados; por lo que se confesó con muchas lágrimas y contrición.

Habiendo salido para ir al patíbulo, vio en el camino una imagen de María; él la saludó con  la acostumbrada oración: “Virgen bendita, ayúdame en la hora de la muerte”; y la imagen a vista de todos inclinó la cabeza y le devolvió el saludo. Entonces él, enternecido suplicó que le permitieran besar los pies de aquella imagen.

Los ministros lo repugnaban; pero luego condescendieron presionados por el pueblo. Se inclinó el joven para besar los pies, y María desde aquella imagen extendió el brazo y él la tomó por la mano, asiéndola tan fuertemente, que no fue posible arrancarle de allí. Al ver este prodigio, todos los presentes empezaron a clamar: “Perdón, perdón”, que le fue concedido.

Regresando él después a su patria, hizo una vida ejemplar, y continuó siendo muy devoto de María, que le había librado de la muerte temporal y la eterna.

San Alfonso María de Ligorio – Doctor de la Iglesia

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