LA NATIVIDAD Y LA PERSONA [1]
Santo Tomás, después de las
cuatro cuestiones dedicadas a la concepción de Cristo, destina otras dos a su
nacimiento. Indica en la introducción a ambas que tratará: «en primer lugar, del mismo nacimiento», en la
primera cuestión (q. 35); luego, de la
manifestación del nacido», en la siguiente (q.36)».
Sobre la natividad comienza
con la pregunta de si el nacimiento de Cristo fue de su naturaleza o de su
persona. Tiene sentido, porque, por una parte, enseña la filosofía que: «nace propiamente lo que comienza a ser por el
nacimiento», a tener un ser propio, y, por tanto a existir, ya que el
constitutivo entitativo del ser da la existencia, el hecho de estar presente en
la realidad; por otra, porque sabemos por la fe que: «por
el nacimiento de Cristo no comenzó a existir su persona», que es la
segunda persona de la Santísima Trinidad, «sino su
naturaleza humana». Por consiguiente: «parece
que el nacimiento es más propio de la naturaleza que de la persona» [2].
La tesis de Santo Tomás es
que: «la naturaleza, hablando con propiedad, no
comienza a ser», y, por ello, a existir, como si fuera la que incluyera
al ser como uno de sus constitutivos intrínsecos, y, por tanto, existiera por sí
misma, por un constitutivo esencial. En cambio: «es
más bien la persona la que comienza a ser en alguna naturaleza» [3].
La persona es la que posee el ser como su constitutivo intrínseco formal junto
con una naturaleza que es su sujeto distinto o constitutivo material.
La explicación que da de esta
afirmación filosófica es la siguiente: «El
nacimiento puede atribuirse a algo de dos modos: uno, como a sujeto; otro, como
a término. Como a sujeto se atribuye el nacimiento a lo que nace». Y esto
pertenece a la persona, no a la naturaleza, porque «lo que nace es propiamente
la persona no la naturaleza» [4].
El nacimiento afecta a la
naturaleza y a la persona, porque al nacer una persona nace con ella una
naturaleza humana. Sin embargo, se dice que nace una persona, porque todo lo
que afecta o hace una persona, aunque se realice por su naturaleza o una parte
de la misma, esencial o accidental, como el sufrir, el respirar, el pensar, el
cantar o el poseer, se atribuyen a la persona. De ahí que el nacimiento, al
igual que la concepción se atribuye propiamente de la persona. No se dice ha
nacido una naturaleza humana, sino una persona [5].
La tesis se explica porque: «siendo el nacimiento una especie de generación, así como
una cosa es engendrada para que sea, así también nace para que sea». Además:
«el ser es propio de lo subsistente» pues el ser completa a la
naturaleza y la hace existir. Con ello, la convierte en subsistente, en
substancia, pues subsistir es existir en sí y por sí.
De manera que «el ser es propio de lo subsistente», de la
substancia. En cambio, «de la forma no subsistente
sólo se dice que por ella algo es» [6],
algo puede tener ser, porque el ser propio, el que posee la substancia, es
proporcionado a su esencia o naturaleza. Por ello: «la
naturaleza se define por aquello que algo es», o la esencia que hace que
sea tal cosa, y «la persona por aquello que tiene
ser subsistente» [7],
un ser propio y proporcionado a esta esencia, a la que da contenido y realidad
y, por tanto, que exista en sí y por sí
De esta argumentación, se
puede concluir que «el nacimiento se atribuye, como
a sujeto propio del nacer, a la persona o hipóstasis, no a la naturaleza»,
puesto que «la persona o hipóstasis significa por modo de algo subsistente», de
hipóstasis o substancia, que posee un ser propio, «mientras que naturaleza por
modo de forma en que algo subsiste» [8].
La naturaleza es como la forma de lo subsistente, porque hace posible que el
ser comunique las perfecciones según están señaladas por la esencia. Por tanto,
«hablando con propiedad la naturaleza no comienza a
tener ser», a nacer, «es más bien la persona
la que comienza a ser», a nacer, y con ella la naturaleza que incluye
como sujeto o recipiente del ser, que contiene según la medida de perfecciones
que expresa.
LA INDIVIDUALIDAD
PERSONAL
En otro lugar de la Suma teológica, Santo Tomás explica que: «el hombre engendra seres iguales a sí específicamente,
no numéricamente. Por tanto, las notas que pertenecen a un individuo en cuanto
singular, como los actos personales y las cosas que les son propias, no se
transmiten de los padres a los hijos. No hay gramático que engendre hijos
conocedores de la gramática que él aprendió. En cambio, los elementos que
pertenecen a la naturaleza pasan de los padres a los hijos, a no ser que la
naturaleza esté defectuosa. Por ejemplo, el hombre de buena vista no engendra
hijos ciegos si no es por defecto especial de la naturaleza. Y, si la
naturaleza es fuerte, incluso se comunican a los hijos algunos accidentes
individuales que pertenecen a la disposición de la naturaleza, como son la
velocidad de cuerpo, agudeza de ingenio y otros semejantes. Pero no las cosas
puramente personales».
Esta distinción entre
elementos de la naturaleza humana o del hombre y los propios o personales, y
que se heredan los primeros, porque son generales y, por tanto, compartibles, y
no, en cambio, los segundos, porque son completamente individuales o
incomunicables, le permite a Santo Tomás establecer la que hay entre la
naturaleza y la «persona» [9].
El término «persona» se refiere a toda la individualidad del
hombre, constituida por la de su cuerpo, con la de su vida vegetativa y
sensitiva, y completada por la individuación más profunda de su espíritu. «Persona» expresa la individualidad espiritual o
substancial del alma –que se manifiesta en sus facultades incorpóreas, el
entendimiento y la voluntad–, y también la individualidad del cuerpo. Significa
lo más singular o individual, lo más propio que es cada hombre, lo más
incomunicable, o lo menos común.
«Persona» significa lo único e
irrepetible de cada hombre, el de una individualidad única, que, como se
indica en este texto, no se transmite por generación, porque no pertenece a la
naturaleza humana, que se hereda, ni tampoco a ciertos accidentes del hombre, a
los que esta predispuesta la misma naturaleza, que es transmitida con ellos de
los padres a los hijos.
Por expresar una estricta
individualidad, el término «persona» no tiene el mismo significado que el de
hombre. En el lenguaje corriente, sin embargo, ambos términos se emplean como
equivalentes. Es una utilización correcta, porque todo hombre es persona. No
obstante, el nombre «persona» tiene una
caracterización lógica y gramatical distinta de hombre y de todas las demás
palabras de la lengua.
Esta peculiaridad se advierte
en su predicación o atribución, Aunque la significación de persona sea lo
individual, la predicación a varios parece suponer algo común a todos ellos,
algo en común que permita esta atribución generalizada, que la hagae posible
con verdad. Así, el mismo término «persona» se
aplica a muchas individualidades, tanto en los hombres como en Dios, que hay
tres personas completamente distintas. Sin embargo, a pesar de esta predicación
común, por expresar algo individual absolutamente, algo único e irrepetible,
debe afirmarse que el término «persona» no puede tener nada común entre varios.
La dificultad queda resuelta
si se advierte que al predicarse «persona» se hace con el significado de «individuo indeterminado». Con ello, el término
expresa, por una parte, la individualidad propia de cada persona –con la
distinción real de las personas entre sí–, y, por otra, y al mismo tiempo, una
comunidad de razón.
De este modo se significa lo
individual en acto, pero, a diferencia de los nombres propios, que sólo se
atribuyen a uno, persona lo hace indeterminadamente, También la predicación de «persona» es distinta de la del nombre común, que
sólo expresa, en acto lo común o general, y, aunque incluya, la individualidad,
lo hace de un modo potencial.
Hay otra diferencia entre la
predicación de «persona» y la predicación genérica o específica, porque el
término «persona», aunque signifique la
individualidad, que es también esencial, la trasciende, por referirse
directamente a lo existencial. Los géneros y las distintas especies, en general
o universal, que es lo que significan los nombres comunes, no nombran
directamente la realidad existente, como lo hace siempre «persona», sino lo esencial común.
El nombre «persona» tiene, por tanto, un estatuto lógico-gramatical
único, no sólo porque hay que situarlo entre el nombre común y el nombre
propio, sino porque además no significa una naturaleza, como todos los nombres,
sino que significa directamente el ser personal.
EL SER PERSONAL
La denotación del ser propio
que hace el término «persona», Santo Tomás
considera que se encuentra en la definición clásica de persona de Boecio: «substancia individual de naturaleza racional», porque
piensa que en ella la substancia no significa la mera esencia substancial individual,
sino la entidad substancial, que como ente incluye su ser propio [10].
Sin embargo, para significar
que el ser personal es el más participado –o el mismo ser en Dios– en el nivel
propio del espíritu, que se manifiesta en la racionalidad, que a su vez
fundamenta la voluntad libre, define la persona de este modo más preciso con
términos más precisos, del siguiente modo: «Persona
es el subsistente distinto en naturaleza racional» [11].
En ambas definiciones queda
expresada implícitamente la tesis propia de Santo Tomás, que «el ser pertenece a la misma constitución de la persona» [12].
El ser, constitutivo formal del ente personal, es el principio personificador,
el que es la raíz y origen de todas sus perfecciones, incluida su
individualidad total.
En los entes no personales el
ser es su constitutivo formal, pero la persona no sólo se diferencia de ellos
por su mayor grado de posesión del ser, porque, aunque, en todos los entes sus
perfecciones se resuelvan en último término en el acto de ser, son expresadas
por su esencia, a la que se refieren los nombres que les damos para
significarla. En cambio, el nombre persona, sin la mediación de algo esencial, directamente
se refiere al ser, al acto entitativo.
El ser propio de cada persona
es lo que convierte en persona a la naturaleza o esencia individualizada por
los principios individuantes, porque el ser es el constitutivo formal de la
persona y la naturaleza o esencia individual es el constitutivo material. Lo
que hace que un individuo de naturaleza humana, compuesto de cuerpo y alma, sea
una persona no es algo que pertenezca propiamente a esta naturaleza, sino a su
ser propio, acto primero, constitutivo y fundamento de la misma esencia.
El ser personal es una
realidad metafísica, que no sólo no es captable por los sentidos, como todas
las otras, sino que tampoco es posible que la inteligencia forme de ella un
concepto. Su conocimiento es posible, porque a cada persona se le revela su ser
propio en su conciencia intelectual, en la percepción intelectual de que es o
existe, de la que tiene una absoluta certeza y cuyo objeto, su ser propio,
indica como la palabra «yo». Este núcleo interior se distingue de su naturaleza
por su carácter permanente y a la vez desconocido, en cuanto a su contenido,
por el mismo sujeto.
Por consiguiente, por expresar
directamente al ser, sin la mediación de la esencia, «persona»
debe comprenderse como vinculada inmediatamente al ser, y a los
trascendentales que éste principio entitativo básico funda, como la unidad, la
verdad y la bondad. Puede decirse que la persona tiene, por ello, un carácter
«trascendental», en el sentido de que nombra al ser propio –y a los
trascendentales, que éste origina–, sin designar directamente la naturaleza
participante del ser. La persona menciona inmediatamente al ser y todas las
propiedades trascendentales propias del ente personal.
No se significa, con ello, que
la persona sea un nuevo concepto trascendental, tal como se ha dicho en la
actualidad. Los conceptos trascendentales son modos generales de todo ente y
que tienen, por tanto, su máxima universalidad, se convierten con él y se
limitan a explicitar un aspecto implícito del ente. Son, por ello, únicamente
siete: ente, la realidad, unidad, algo o incomunicabilidad,
verdad, bondad y belleza. La persona, en cambio, aunque no sea un modo
categorial, restringe el concepto de ente, porque, como es patente, no todos
los entes son personas.
DOBLE FILIACIÓN
En cuanto al término o fin del
nacimiento, en cambio, «se atribuye a la naturaleza». El motivo es que: «el término de la generación y de cualquier nacimiento es
la forma», y la «naturaleza se significa por modo de forma». Por ello, «el nacimiento es «vía que termina en la naturaleza» (Aristóteles,
Física, II, 14), ya que su finalidad o
intención es la forma o naturaleza específica» [13],
o, en este caso, la especie humana, no la naturaleza concreta individual, que
es la que incluye la persona, y que significa la individualidad, única e
irrepetible.
Se leen en el Evangelio de San
Juan estas palabras de Cristo: «La mujer, cuando va
a dar a luz está triste, porque viene su hora; pero cuando ha dado a luz un
niño, ya no se acuerda del apuro, por la alegría de que un hombre ha nacido en
el mundo» [14].
La madre olvida el dolor del embarazo y del parto por la alegría de que haya
nacido por ella un hombre en el mundo.
Explica Santo Tomás que: «Ningún movimiento o cambio es denominado por razón del
sujeto que es movido o cambiado, sino por el término del movimiento, por el que
tiende la especie». Así, por ejemplo, el cambio que sufre un tronco al quemarse
no se denomina por lo q que se quema, sino por su fin que ha sido convertirse
en cenizas, por ello se llama a tal acción convertir en cenizas o incinerar. «Y
por esto el nacimiento no se denomina por la persona que nace, sino por la
naturaleza en que se termina el nacimiento» [15].
Como consecuencia, en el
artículo siguiente, Santo Tomás sostiene que hay una doble filiación en Cristo.
Explica que: «en Él hay dos naturalezas: una, la
que recibió del Padre desde la eternidad, y otra, la que recibió de la madre en
el tiempo. Y por eso es necesario atribuir a Cristo dos nacimientos: uno, por
el que nace eternamente del Padre; otro, por el que nació temporalmente de la
madre».
Como se ha dicho: «la naturaleza se compara con el nacimiento como el
término del movimiento o cambio» [16],
porque por el mismo aparece algo nuevo en su sujeto. De manera que: «el nacimiento pertenece a la persona como sujeto, y a la
naturaleza como término».
Sin embargo, como en todo
sujeto del movimiento, a la persona «es posible que
le acaezcan muchas mutaciones, las cuales, sin embargo, deben diferenciarse
según los respectivos términos». Así, en la persona divina de Cristo hay
un nacimiento eterno, del Padre, y otro temporal de su Madre, la Santísima
Virgen, «Pero no decimos esto como si el nacimiento
eterno fuese una mutación o un movimiento, sino porque lo designamos a modo de
mutación o movimiento» [17].
Por consiguiente: «puede decirse que Cristo nació dos veces, de acuerdo con
sus dos nacimientos. Como se dice que corre dos veces el que corre en dos
tiempos, de modo semejante puede decirse que nace dos veces el que nace una vez
en la eternidad y otra en el tiempo, porque entre la eternidad y el tiempo hay
mayor diferencia que la que media entre dos tiempos, aunque una y otro
signifiquen medidas de duración» [18].
Eudaldo Forment
[1] La imagen es de la Natividad, con Sta. Catalina
de Alejandría y S. Pedro Mártir (1442), del. beato Fray
Angélico, O.P. (1395-1455),
[2] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III,
q. 35, a. 1, ob. 3.
[3] Ibíd., III, q. 35, a. 1, ad 3.
[4] Ibíd., III, q. 35, a. 1, in c..
[5] Cf. Antonio Royo Marín, Jesucristo y la vida
cristiana, Madrid, BAC, 1961, p. 251.
[6] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, III,
q. 35, a. 1, in c.
[7] Ibíd., III, q. 35, a. 1, ad 3.
[8] Ibíd., , III, q. 35, a. 1, in c.
[9] Ibíd., I-II, q. 81, a. 2, in c.
[10] Cf, Íbíd., I,
q. 29, a. 2.
[11] Santo Tomás, Sobre
la Potencia de Dios, q. 9, a. 4, in c.
[12] ID, Suma
teológica, III, q. 19, a. 1, ad 4.
[13] Santo Tomás de
Aquino, Suma teológica, III, q. 35, a. 1, in c.
[14] Jn, 16, 21.
[15] Santo Tomás de
Aquino, Suma teológica, III, q. 35, a. 1, ad 2.
[16] Ibíd., III,
q. 35, a. 2, in c.
[17] Ibd., III,
q. 35, a. 2, ad 3.
[18] Ibd., III,
q. 35, a. 2, ad 4.








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