¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Cómo lo permite Dios?
Por: Evaristo Sada | Fuente: www.la-oracion.com
¿Por qué me sucede esto a
mí? ¿Cómo lo permite Dios? ¿Qué hice para merecer este castigo? ¿Qué será de mi
futuro? Son preguntas hirientes que
brotan con frecuencia en medio del sufrimiento.
Con el salmista (Sal 30) gritamos: tristeza.
"Piedad, Señor, que
estoy en peligro: se consumen de dolor mis
ojos, mi garganta y mis entrañas."
Le damos vueltas con la cabeza y no entendemos
nada. Es simplemente incomprensible. Toda la sensibilidad se retuerce y a veces
se rebela. No es para menos. "No lo entiendo,
Señor, no tiene ningún sentido, no me entra en la cabeza."
"A ti, Señor, me
acojo: no quede yo nunca defraudado;
Tú, que eres justo, ponme a salvo, inclina tu oído hacia mí; ven
aprisa a librarme, sé la roca de mi
refugio, un baluarte donde me salve".
LAS
COSAS NO ME CUADRAN
Lo que estás viviendo te parece que no encaja con el concepto del Dios bueno y
justo del que has oído hablar tantas veces. Viene la tentación de la
desesperanza y hasta la fe se ve amenazada.
Pero apenas puedes levantar la mirada, ves el universo: su belleza, el orden,
la perfección, el detalle, la grandeza, la abundancia… y no es difícil concluir
que lo hizo y lo conserva un Padre bueno que vela por sus hijos.
Ves tu vida: el mero hecho de existir cuando
podrías no haber sido, tu capacidad de amar, tu familia, tu bautismo, tu
educación, tus amigos… y tantas cosas buenas y bellas de tu persona y de tu
historia. Aunque no es que todo sea perfecto, su belleza y gratuidad
desvelan el rostro amable de un Dios que cobija a sus criaturas.
LA PROVIDENCIA DIVINA
Esa es la Providencia. No se puede probar con argumentos, hay que
experimentarla. A veces se nubla u oscurece, más cuando se está en medio de la
batalla; son momentos, sucesos o circunstancias particulares, pero cuando se ve
en perspectiva todo adquiere sentido. Y a veces se requieren décadas para tener
suficiente perspectiva. Es como estar perdido en medio de un laberinto y luego
ser capaz de verlo desde lo alto y encontrarle sentido.
La historia de José, hijo de Jacob, es elocuente: pasó
una historia de odio, envidia, mentira, ingratitud, sensualidad… para que
llegara a cumplirse el designio de Dios sobre su pueblo. Vale la pena
recordarlo. Sus hermanos primero se burlaron de él, después le odiaron y le
rechazaron, planearon su muerte, por fin lo arrojaron a un pozo, lo vendieron
como esclavo a los primeros extranjeros, unos egipcios, que pasaron por ahí e
informaron a su padre que había muerto. La esposa del faraón lo tentó, luego
mintió y lo acusó injustamente. José acabó en la cárcel del faraón. ¿Podría haber imaginado lo que iba a suceder después? El
caso es que Dios le concedió el cargo administrativo más alto en el reino; tuvo
la oportunidad de perdonar a sus hermanos, de volver a abrazar a su padre, de
ofrecer a su familia y a las familias de todos sus hermanos una nueva tierra,
un nuevo pueblo, una nación donde salvar sus vidas en un momento de tremenda
hambre y carestía. El pueblo de Israel creció y se consolidó en Egipto.
INCENDIOS QUE DAN VIDA
Hace unos meses me invitaron a dar un taller de oración en Calgary. Tuvimos el
curso en un lugar montañoso con zonas inmensas de bosque. Mientras iba por
carretera pasamos por un bosque amplísimo que se había incendiado, sólo se
veían troncos caídos y cenizas. Mi reacción natural fue decir: "¡Qué desastre!" Poco después apareció
un gran cartel que decía: "Incendios que dan
vida". El fuego forma parte del sistema de regeneración de un
bosque. Cantidad de semillas permanecen encerradas en las piñas hasta que el
calor de un incendio las libera. Las cenizas fertilizan el campo. Gracias a
incendios de hace 30 años tenemos ahora bosques espléndidos.
ES NECESARIO VER EL CONJUNTO
EN PERSPECTIVA. LA ORACIÓN ES EL MIRADOR.
Cuando el sufrimiento y el misterio se hacen presentes en la propia vida,
tenemos en las manos un momento privilegiado para hacer oración. No
necesariamente se encuentran respuestas; más aún, rara vez se encuentran
explicaciones lógicas a lo que sucede, pero es tiempo fecundo para crecer en el
conocimiento personal, para reconocer los propios límites, dejarse interpelar
por Dios que nos llama a la conversión y anclar la vida en una confianza
inquebrantable en la providencia de Dios.
La historia es como un río que lleva su curso; en el camino encuentra tropiezos
y remolinos, pero sigue su curso. Y el Plan de Dios se cumplirá. "En el
mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo." (Jn
16,33)
"Yo confío en ti, Señor, te digo: ‘tú eres mi Dios’. En
tus manos están mis azares (…); qué bondad
tan grande, Señor, reservas para tus fieles,
y concedes a los que a ti se acogen”.
Cuando Dios permite que suframos sus hijos, nos
ofrece una oportunidad de purificación y, sobre todo, de alguna manera nos
dice: “No busques más razones, me tienes a mí como
respuesta”.
"Yo decía en mi ansiedad: "me has arrojado de tu vista"; pero tú escuchaste mi voz suplicante cuando yo te gritaba".
Tu oración la escucha el mismo Dios que vio en
la cruz a su único Hijo, Jesucristo: el crucificado que redimió a la humanidad.
La presencia infalible de Dios Padre y el ejemplo silencioso de Cristo
crucificado se manifiestan a la hora de la prueba como una nueva epifanía del
amor personal de Dios en tu vida. No hay manera de demostrarlo, pero quizá es
una experiencia que habrás vivido más de alguna vez. Cuando abres la puerta de
la fe, Él te ayuda a encajar el golpe, a recuperar la paz y a experimentar con
más fuerza aún su paternidad.
Piénsalo un poco. En tu propio sufrimiento, al cabo de los años, ¿has experimentado de alguna manera la mano Providente de
Dios? Si no es así, convérsalo con Él.
Artículo publicado
originalmente en: Cuando sufres y no entiendes nada
Este artículo se puede reproducir sin fines comerciales y citando siempre la
fuente www.la-oracion.com








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