miércoles, 3 de octubre de 2012

EL SANTO NIÑO DE LA GUARDIA


EL SANTO NIÑO DE LA GUARDIA (1)

La Bibliotheca Sanctorum es un diccionario impreso, escrito en italiano, en trece volúmenes, publicado por el Istituto Giovanni XXIII de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma en los años 60 del pasado siglo. Está considerada la mejor guía de la vida de los santos. Incluye, además de los santos, beatos y venerables, las figuras del Antiguo y del Nuevo Testamento que han sido objeto de veneración y los ángeles; también los personajes, reales o ficticios. que, en tiempos y lugares determinados, tuvieron un culto, posteriormente cesado. Las figuras importantes están tratadas de forma extensa. Todas las entradas están firmadas y proporcionan bibliografía.

Entre 1987-2000, se publicaron dos apéndices con las nuevas causas de canonización y con los cambios de estatus (venerables ahora beatos o beatos que ya son santos, etc.). Y otros dos tomos con santos de la Iglesia de Oriente. Como la crítica reconoce, es una obra única y muy bien ilustrada.

En el tomo IV (348) se recoge la biografía de San Cristóbal de La Guardia. El padre Teodoro della S. Famiglia recoge esta breve nota: “Santo, mártir, venerado en Toledo. Es uno de los muchos niños que se asegura fueron asesinados por los judíos. Según las biografías, nació en Toledo el 17 de diciembre de 1487. Con dos meses de vida fue librado de la epilepsia por intercesión de San Juan de Mata y la madre, en señal de agradecimiento, lo vistió con el hábito de los PP. Trinitarios.

A los cuatro años fue secuestrado por algunos judíos los cuales, según ideas supersticiosas, creían que podrían ser librados de todo mal asperjando las fuentes de los cristianos con una poción obtenida consiguiendo el corazón de un niño bautizado y una Hostia consagrada. Antes de ser asesinado, Cristóbal padeció los mismos tormentos que Nuestro Señor Jesucristo, siendo consumado el malvado sacrilegio durante la Semana Santa del año 1491.

Diez años después de su muerte, el cardenal Pedro González de Mendoza lo hizo pintar en un cuadro con el hábito de trinitario.

El culto al Santo Niño de La Guardia se propagó rápidamente en España de manos del religioso trinitario San Simón de Rojas, que peregrinó a La Guardia en 1619. En la imagen, curiosa medalla que en el anverso lleva la imagen de Simón de Rojas y en el reverso al Santo Niño de La Guardia.

San Simón de Rojas nació en Valladolid el 28 de octubre de 1552. A los doce años, ingresó en el convento trinitario de su ciudad natal, en el que hizo la profesión religiosa en 1572. Cursó los estudios en la universidad de Salamanca entre 1573 y 1579. Enseñó filosofía y teología en Toledo desde el año 1581 hasta el 1587. A partir de 1588, y hasta su muerte, ejerció con grande prudencia el oficio de Superior en varios conventos y también Visitador Apostólico. Conocido como el Apóstol del Ave María, su devoción a la Virgen María le llevó el 14 de abril de 1612 a fundar la Congregación de los Esclavos del Dulcísimo Nombre de María para el servicio de pobres y enfermos de Madrid. (A este Comedor donó hace unos meses un importante donativo el torero José Tomás). En 1619 fue nombrado Preceptor de los Infantes de España. El 12 de mayo de 1621 fue elegido como confesor de la Reina Isabel de Borbón, primera mujer de Felipe IV. Murió el 29 de septiembre de 1624.

Pío VII aprobó su culto en 1805. Su fiesta se celebra el 25 de septiembre”.

La nota litúrgica para las fiestas propias de la Archidiócesis de Toledo afirma: “El martirio de un niño de tres años, llamado Cristóbal, que el año 1490 fue raptado a la puerta de la Catedral de Toledo, está históricamente documentado. Llevado cerca del pueblo de La Guardia, su cuerpo fue enterrado en un lugar oculto. Conocido el martirio de este inocente, muy pronto el lugar de su suplicio fue tenido en gran honor y veneración. El papa Pío VII concedió celebrar la fiesta con Oficio propio en toda la diócesis de Toledo”.

La oración reza:

“Oh Dios, que de un modo admirable hiciste llegar a ti al Santo Niño Cristóbal por el camino de la inocencia y de la cruz, concédenos propicio que, por sus oraciones y méritos, podamos imitar la humildad y muerte de tu Hijo. Por Jesucristo Nuestro Señor”.

EL SANTO NIÑO DE LA GUARDIA (2)

La parroquia mozárabe de las santas Justa y Rufina de Toledo tiene una excelente página con muchísima información sobre el rito hispano-mozárabe, sobre la historia de las parroquias mozárabes, sobre Cofradías y Hermandades, y entre otras muchas cosas más: historias de la ciudad de Toledo… Allí encontramos esta completa relación de los sucesos en torno al Santo Niño de La Guardia.

Es sabido que uno de los problemas más enconados y agudos de nuestra historia durante el siglo XV fue el suscitado por los conversos del judaísmo. Las persecuciones y matanzas de 1391, las predicaciones de apóstoles como San Vicente Ferrer, las controversias religiosas y las leyes civiles y eclesiásticas de la época aumentaron de tal modo el número de los convertidos, que éstos, por su cuantía, la frecuente doblez de su conversión y su considerable poder, llegaron a constituir un peligro social para el Nuevo Estado que nacía en la España del siglo XV y principios del XVI.

Fracasados los esfuerzos persuasorios, los Reyes Católicos logran en 1478 de Sixto IV la bula que establecía la Inquisición, y en 1480 se nombran los primeros inquisidores, que al año siguiente comienzan a actuar contra los falsos conversos. La bula de constitución de la Santa Inquisición, al contrario de lo que dice la leyenda negra alimentada por los grupos hostiles a la Iglesia Católica, no le permitía actuar contra los no católicos, por lo que difícilmente pudo actuar contra judíos, musulmanes y protestantes.

La resistencia de los conversos de origen judío, al establecimiento e iniciales actuaciones de los tribunales inquisitoriales fue inmediata, y no sólo en forma diplomática y pacífica. Conocido es el complot que contra los inquisidores primeros suscitó Diego Susán con otros varios conversos de los más acaudalados de Sevilla. En Zaragoza logran asesinar a media noche y en plena Seo, en septiembre de 1485, al inquisidor Pedro de Arbués. En Teruel impiden durante casi dos años la entrada de los inquisidores, y la misma violenta oposición comprobamos en Valencia y Barcelona. Dentro de este mismo ambiente de violencia y terrorismo creado por los conversos judíos, ha de encuadrarse el trágico episodio del Santo Niño de La Guardia, en la provincia de Toledo.

Precisamente fue esta capital, a lo largo de la segunda mitad del siglo XV, sangriento campo de lucha contra los conversos. Ya en 1449 estalló el cruento motín promovido por Diego Sarmiento y el bachiller Marquillos. En julio y agosto de 1467 se repitieron los alborotos, que en años posteriores se extienden a Córdoba, Jaén y Segovia. En 1485 comienza a actuar la Inquisición toledana. Una relación coetánea nos cuenta que pasaron bien quince días sin que nadie se presentara a reconciliación, “por cuanto los conversos que en esta çibdad vivían tenían ordenada una traiçión para el día del Corpus Christi, cuando la gente christiana fuese en procesión con el cuerpo de Ihesu Christo, salir en las cuatro calles y matar a los dichos inquisidores e a los otros señores e caballeros e toda la gente christiana...”. Descubierta la trama y ahorcados los más comprometidos, a partir de este momento los autos de fe menudean en Toledo, especialmente desde febrero de 1486 a julio de 1488, años en que varios miles son penitenciados y al pie de un centenar relajados o muertos. Impresionantes serían aquellas procesiones de centenares de reconciliados vecinos de las diversas parroquias, en que hombres y mujeres desfilaban descalzos, sin bonetes y descubiertos, ellos y ellas con candelas en las manos.

La comitiva, salida de una de las parroquias de la ciudad, recorría ésta siguiendo el itinerario de la procesión del Corpus hasta llegar a la iglesia mayor. Entrando por su puerta les hacían a cada uno en la frente la señal de la cruz, y llegados al cadalso, donde estaban los padres subidos, les predicaban y les decían misa. Tras ella, se alzaba un notario llamando a cada uno por su nombre y pregonando públicamente la manera en que había judaizado. Después les señalaban dura y humillante penitencia.

Fácil es comprender que judaizantes y falsos conversos judíos, presos de pánico inmenso, ante la reiteración de espectáculos tan amargos, buscaran salvarse aún por los medios más absurdos.

En este ambiente social y de violencia religiosa, surgió del ánimo de los cinco judíos y seis judaizantes que intervinieron en el martirio del Santo Niño de La Guardia la idea de liberarse de los inquisidores mediante extraño sortilegio o encantamiento logrado por el corazón de un muchacho cristiano y una hostia consagrada.

El crimen, como señaló bien el sabio judío I. Loeb, no es uno de tantos crímenes rituales que durante la Edad Media la superstición popular atribuyó a los judíos, a quienes se acusaba de muerte de niños cristianos, cuya sangre luego mezclaban en los panes ácimos de la Pascua hebrea para usos de rito judaico. El caso del Santo Niño es muy diverso. A mitad del 1487 ó 1488, Alonso Franco es traído a la vergüenza pública como judaizante y debió de ser sometido a penitencia lúgubre, o procesión, de sangrienta disciplina en la villa de La Guardia. Parece que él y sus tres hermanos — Pedro García, Iohan y Lope — se pusieron en contacto con el médico de Tembleque Yuçá Tazarte, judío perito en sortilegios, que les aconsejó trabajaran por hacérselas con un muchacho cristiano. Se supone que el mismo auto en que fue penitenciado Alonso terminó en quema de otros reos en el Horno de la Vega, extramuros de Toledo; a ella asistieron el referido judaizante Juan y el judío de Tembleque Mosé Franco, quien, apesadumbrado, como su compañero, de aquel espectáculo, dijo al converso que todo ello podía remediarse si lograran el corazón de un niño cristiano.

Pronto decidieron actuar, y parece que fue Juan, entre dichos hermanos judaizantes, dedicados al comercio y el transporte, quien raptó al niño en Toledo, donde aquél fuera a vender una carretada de trigo. Hecha la venta, a la tarde apoderóse del muchacho en la Puerta del Perdón de la catedral. Tratábase de un inocente chiquillo de tres a cuatro años, hijo de Alonso de Pasamontes o Alonso Martín de Quintanar y de Juana la Guindera, a la cual hacen ciega algunos relatos. Engañado aquél con una chuchería (un nuégado o unos borceguillitos...) sustrájole el raptor, ayudado probablemente por Benito García, de las Mesuras, judío bautizado, cardador de oficio. Habiendo tenido escondido al infante en la Hoz de La Guardia, dehesa próxima a la ribera del Algodor, los confabulados idearon la diabólica traza de que, pues se acercaba la semana en que los cristianos conmemoraban la crucifixión de Jesús, era buena ocasión para repetir en aquella indefensa criatura la pasión de Cristo. Trasladáronse, en efecto, los verdugos a una de las cuevas que se abren en el accidentado terreno del término de La Guardia, en carreocaña o carrocaña (e. d. carrera o camino de Ocaña), amparados en el secreto de la noche del Viernes Santo de 1489, a la luz de una candela, y tapada la boca de la caverna con una manta o una capa, realizaron en el niño toda clase de perfidias. La sentencia inquisitorial condenatoria de uno de los cómplices, el mozo judío Yucé Franco, zapatero de Tembleque, nos describe que extendieron los brazos y piernas del niño en dos palos puestos a manera de cruz, le azotaron, escupieron, abofetearon y repelaron, y poniéndole una corona de hierbas espinosas en la cabeza, le colocaron también parte de éstas en las espaldas y plantas de los pies. El propio Yucé teníale de un brazo al niño desangrándose, dióle repelones y bofetadas y fue en abrirle el costado con un cuchillo y sacarle el corazón. A la vez, como si tuvieran presente la persona de Jesucristo, colmaban al mártir de vituperios mientras le azotaban: “A este bellaco, traidor hechicero, que con sus hechizos y embaucamientos venía a engañar y tornar a los judíos cristianos, y a echar pajarillas a volar, y que hacía cesar a los pescados en la mar y que a sus discípulos que tenía mandaba que los fuesen a tomar con redes, y que cabalgaba sobre el sol”. Y también: “A este traidor, engañador, que cuando predicaba, predicaba mentiras contra la Ley de Dios y contra la Ley de Moisén...”. Y así otras muchas oprobiosas palabras. Expiró al fin el atormentado y crucificado niño, quien quitado de la cruz, aquella misma noche fue llevado a enterrar en lugar secreto donde de él no se pudiese tener noticia, en una heredad próxima a Santa María de Pera.

Cumplida la primera parte de su delito, judaizantes y judíos juntáronse de nuevo en el secreto de la misma cueva días más adelante, concertados en practicar ciertos conjuros y experimentos de hechizos con el referido corazón infantil y una hostia consagrada que el sacristán de La Guardia, Juan Gómez, sobrino de Alonso Franco, proporcionó al cómplice Benito García sacrílegamente. Objeto del conjuro y experimento diabólico era lograr que los inquisidores y demás cristianos muriesen rabiando, pereciese la ley y la fe católica y los judíos se enseñoreasen y la ley mosaica fuera ensalzada. Mas, como vieran que el experimento no salía a medida de sus deseos, al cabo de un tiempo los confabulados reuniéronse una vez más en cierto lugar y, de común acuerdo, enviaron a Benito de las Mesuras con el mencionado corazón y otra hostia consagrada a ciertos judíos de Zamora a quienes ellos tenían por sabios, para que verificasen el hechizo de forma eficaz. Descubierto el emisario en Astorga a mediados de 1490, dio con sus huesos en la cárcel inquisitorial, en la que pronto ingresaron los demás cómplices todavía vivientes. Interesantísimas resultan las 68 piezas de los actos del proceso seguido a Yucé Franco, uno de los que más paladinamente cantaron amarrado a la escalera del tormento. Los otros procesos no han aparecido aún, si bien conservamos una relación que en 1569 tres secretarios del Consejo de la Suprema Inquisición de Madrid sacaron de los archivos de la Inquisición vallisoletana con desuno a la iglesia parroquial de La Guardia.

De los once cómplices implicados en el crimen, tres habían muerto ya cuando la Inquisición dictó su sentencia condenatoria el 16 de noviembre de 1491: “Mosé Franco, David de Perejón y Yuçá Tazarte; el octogenario judío Ça Franco, fue, sin duda, perdonado; los otros siete cómplices perecieron amarrados a sendos postes en el Brasero de la Dehesa, de Ávila, ya atenazados y quemados vivos a fuego lento, ya estrangulados antes de abrasados por confesar arrepentidos su culpa. Más tarde se agregó a la lista de acusados el nombre de Fernando de Rivera, tachado de haber ejercido el papel de Pilatos en el simulacro de pasión referido”.

La repercusión popular que el crimen y el proceso aludidos tuvieron pronto en toda España fue inmensa. Sabemos que en Ávila el escándalo del pueblo contra los judíos fue tal que los Reyes Católicos tuvieron que poner a éstos bajo su guarda, por diciembre de 1491, y algunos piensan que en el decreto de expulsión de los judíos en 1492 tuvo no escasa parte la desastrada muerte del Niño de La Guardia. Que en ésta y los territorios vecinos la conmoción fue, como era de esperar, amplísima e intensa, lo prueba una carta de noviembre de 1491 en que un notario de Ávila, dirigiéndose a autoridades y pueblo de La Guardia, refiérese a las “chismerías” que por la villa corrían y al mandato dado de que se publicara la sentencia y la noticia de la ejecución de los reos para que “cada uno calle su boca, porque el asno está enalbardado”, con lo que se alude al refrán “do vino el asno vendrá la albarda”.

Pronto también una exaltada piedad rompió los frenos y la leyenda se apoderó del santo niño inocente, tratando de aplicarle todos y cada uno de los pormenores de la pasión y muerte de Cristo y hasta de su resurrección gloriosa. Incluso trató de verse en La Guardia y sus parajes circunvecinos la más exacta correspondencia topográfica con Jerusalén y pueblos aledaños. Fue desde entonces cuando se trocó el nombre del infante en el de Cristóbal, comenzándole a invocar como a otro Cristo en pequeño.

EL SANTO NIÑO DE LA GUARDIA (Y 3)

Su culto comenzó muy temprano, pues ya en las visitas eclesiásticas a partir de 1501 hallamos referencias a los santuarios constituidos en los lugares donde el tierno niño padeció o fue enterrado y La Guardia le tomó por Patrón, celebrando fiesta solemne así en el día de los Santos Inocentes como el 25 de marzo o en la semana de quasimodo; sólo desde 1580 se votó para en adelante la celebración el 25 de septiembre de cada año.

Procesión del Niño de la Guardia por el Claustro de los Reyes del convento dominico de Santo Tomás de Ávila (foto de Mayoral Fernández tomada en 1945). Un cronista de la Orden informaba en el S. XVII que los Reyes Católicos habían donado una Hostia que habían intentado profanar unos judíos de La Guardia, siendo consagrada en 1488, antes del auto celebrado en 1491: “La Hostia consagrada fue tomada con gran reverencia y llevada por orden de los Reyes Católicos y los inquisidores fue puesta en el Sagrario del Altar Mayor del Real Monasterio de Santo Tomás donde hoy se ve...”. Esta reliquia fue conocida en su época como “Sacramento de los Herejes” y custodiada en una cajita de nácar que la princesa Margarita donó con este fin.

También las autoridades religiosas dieron reiteradas pruebas de devoción hacia el mártir; así el cardenal Siliceo, que en 1547 alegaba en abono de su Estatuto de limpieza la crucifixión de aquél, y el cabildo de la Iglesia primada, que en 1613 pedía a varios cardenales y a la Congregación de Ritos licencia para rezar al inocente mártir a lo menos en todo el arzobispado toledano.

Al arzobispo Alonso de Fonseca se debe el encargo del antiguo retablo que se puso en la cueva de la crucifixión, así como al cardenal Lorenzana el haber mandado pintar, de la diestra mano de Francisco Bayéu, el martirio del niño en los claustros de la Catedral Primada.

Debido al mal estado de las pinturas del Claustro de la Catedral de Toledo el arzobispo Francisco de Lorenzana, aconsejó su reposición, para lo que se acudió a los maestros entonces de más fama, Francisco Bayéu y Mariano Salvador Maella, ambos pintores de cámara, quienes ejecutaron entre los años 1776 y 1782 trece composiciones pictóricas.

La que nos interesa se encuentran en la llamada puerta del Mollete llamada así -aunque también se la conoce como puerta de la Justicia o puerta del Niño Perdido- porque en ella se daba diariamente a los pobres un auxilio consistente en una limosna de pan cocido en piezas entonces llamadas “molletes”. Se trata de una puerta gótica, con elementos mudéjares, labrada por Alvar Martínez durante el pontificado del Arzobispo D. Sancho de Rojas (1415-1422), enmarcada por la parte interior por el fresco llamado “Rapto del Santo Niño”.

La pintura representa el rapto del niño Cristóbal, parroquiano de San Andrés y su crucifixión por los judíos raptores en el vecino pueblo de La Guardia, cercano a Toledo. Al lado izquierdo de la puerta, se ve a dos hombres tocados con turbante y sombrero que se llevan por la fuerza al niño que se resiste. A la derecha, el niño está clavado en la cruz, mientras un hombre que lleva en la boca un cuchillo desciende, con el corazón del niño en la mano, por una escalera y otro hombre que esta de pie le observa o parece conversar con el anterior. Fondo de paisajes con árboles. En lo alto la gloria con unos ángeles que bajan al Santo Niño la palma del martirio. La parte inferior de la pintura se perdió hace tiempo pero en el museo catedralicio se guarda el boceto o borrón de la pintura que está fechado en el año 1776.

Consta asimismo de la admiración que le profesaron monarcas como Fernando V, Carlos I y Felipe II. Como ya dijimos, el papa Pío VII confirmó su culto en 1805.

Carecemos de espacio para aludir siquiera debidamente al cúmulo de milagros que desde el mismo momento de la sangrienta muerte del mártir se atribuyeron a su mediación: la devolución de la vista a su madre ciega, las cuatro curaciones obradas con ciertas personas de Alcázar de Consuegra al comenzar el 1492; un tullido, una mujer con la boca torcida hacía más de dieciocho años, un sordo total y una pobre ciega, aparte de otros mil prodigios referentes a niños quebrados y enfermos de todas clases cuya curación detallan los rótulos que sobre cada caso pendían del santuario de La Guardia.

También la poesía, así latina como castellana, cantó la pasión del infante toledano, a quien se refiere el popular romance: Del Quintanar y Tembleque se parten ocho judíos con dañados corazones en busca del santo niño.

Y no es de extrañar que, al ponderar don Francisco de Quevedo en el memorial por el patronato de Santiago cuánto le sobra al Niño de La Guardia para compatrón y aun para patrón de España, escribiese al rey: “No es traslado de la pasión de Cristo en una parte, es un original espantoso, con exceso de azotes en falta de años. Este es, Señor, grande abogado que puede interceder a Dios, como no puede otro alguno, por la pasión que Cristo pasó por él y por la que él pasó por Cristo”.

El convento de Trinitarios de Torrejón de Velasco (Madrid), además de casa de religiosos, era noviciado, un centro de formación donde se instruía en Filosofía y en el pensamiento teológico cristiano a los novicios que deseaban tomar los hábitos y profesar. Uno de los más destacados oradores y escritor fue Fray Antonio de Guzmán, nacido en la Villa de Torrejón de Velasco,

Su obra “Historia del Inocente Trinitario Santo niño de la Guardia”, recoge el macabro suceso del asesinato del niño conocido como Juan (o Cristóbal, como le llamaban sus captores), de unos 4 años de edad, secuestrado en la Puerta del Perdón de la Catedral de Toledo por Juan Franco, vecino de La Guardia ayudado por unos judíos, en agosto de 1490.

Jorge López Teulón

No hay comentarios: