domingo, 21 de octubre de 2012

VENGANZA Y REVANCHA



Desde luego que ninguno de estos dos términos, nos parecen muy cristianos…, y desde luego que no lo son. Los dos términos, en sus acepciones son similares, pero varían en el sentido, de que el término revancha, más indica un resarcimiento de orden material, por el daño recibido, mientras que el término venganza, señala más un resarcimiento no material, sino una satisfacción en producir un daño al que nos ha ofendido, aunque no se obtenga ninguna satisfacción material.

Cuando recibimos una ofensa, nuestro orgullo, se siente humillado e inmediatamente exige una reparación. Cuanto mayor sea nuestra soberbia mayos será la humillación que experimentemos. Una persona humilde no se siente tan ofendida como una persona soberbia, porque el orgullo que le genera su soberbia le impide aceptar humildemente la humillación que toda ofensa crea en el que la recibe. El fondo del problema radica en nuestra soberbia, que incita a nuestro orgullo, como mínimo exigimos más que pedimos, que se nos den explicaciones, y si se trata de una persona muy dominada por la soberbia, jamás se contentará con una petición de perdón por parte del ofensor, sino que exigirá una venganza y causar el mayor daño posible en su ofensor, con una revancha si es posible.

El Catecismo de la Iglesia católica en su parágrafo 2.262, nos detalla los textos evangélicos que recogen lo manifestado por el Señor en el Sermón de la Montaña, donde Él anunció la implantación del Reino de Dios. Este parágrafo dice así: “En el Sermón de la Montaña, el Señor recuerda el precepto: "No matarás" (Mt 5,21), y añade el rechazo absoluto de la ira, del odio y de la venganza, más aún, Cristo exige a sus discípulos presentar la otra mejilla (cf. Mt 5,22-39), amar a los enemigos (cf. Mt 5,44). El mismo no se defendió y dijo a Pedro que guardase la espada en la vaina (cf. Mt 26,52)”.

San Pablo, en línea con lo expresado por el Señor en su epístola a los romanos, nos dice así: “No devuelvan a nadie mal por mal. Procuren hacer el bien delante de todos los hombres. En cuanto dependa de ustedes, traten de vivir en paz con todos. Queridos míos, no hagan justicia por sus propias manos, antes bien, den lugar a la ira de Dios. Porque está escrito: Yo castigaré. Yo daré la retribución, dice el Señor. Y en otra parte está escrito: Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber. Haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal, haciendo el bien”. (Rm 12,17-21).

Si nos preguntamos, acerca de cuál ha de ser nuestra postura, frente a una ofensa recibida, incluso aunque esta sea tan terrible, como el que nos hayan asesinado a un ser querido; la contestación es muy clara pero muy dura y difícil de ejecutar, porque se resume en cuatro palabras: Amar a nuestro enemigo. Bien, ya sé que tiene que ser muy duro amar al asesino de nuestro hijo, de nuestra madre o de nuestro marido, y digo que tiene que ser, pues Dios no ha querido ponerme en este trance, pero el Señor no nos deja otra opción, que la de ahogar el mal a fuerza de bien.

Encerrarnos en una espiral de odio, nunca es una buena solución. El P. Ariel Álvarez o.f.m., nos dice: El odio causa un mayor daño a quien lo tiene que a quien lo recibe Y el que se niega a perdonar, sufre más que aquel a quien se le niega el perdón. Porque cuando uno odia a su enemigo, pasa a depender de él. Aunque no quiera, se ata a él. Queda sujeto a la tortura de su recuerdo y al suplicio de su presencia. Le otorga a su enemigo, poder para perturbar su sueño, su digestión, su salud entera y convertir toda su vida en un infierno. En cuando logra perdonar, rompe los lazos que le ataban a él se libera y deja de padecer. Por ello escribo la siguiente historia que viene a cuento.

Un joven de un pueblo decidió viajar a la capital, en el viaje alguien le sustrajo, lo que él más quería: un reloj de su padre que la había regalado con mucho sacrificio antes de morir. Cuando se dio cuenta de que le habían robado el reloj, su corazón se llenó de amargura y de un tremendo odio al desconocido ladrón del reloj. Día y noche pensaba en el ladrón y en el reloj y su odio aumentaba cada día más y más. Había noches, que de rabia e impotencia no dormía. Antes era un chico alegre y ahora se había vuelto irritable e iracundo con toda su familia y amigos. Hasta que un día, el mismo reaccionó y rezo de esta forma: Señor ya no puedo seguir así, por eso quiero perdonar a ese ladrón que se llevó mi reloj. Más aún quiero regalarle mi reloj, de forma que cuando él muera, Tú no le juzgues por este robo, porque ya no hubo ningún robo. Yo le regalé mi reloj. A partir de ese día, el muchacho recobró la paz y la tranquilidad y volvió a ser feliz.

Perdonar es soltar de las manos, una brasa ardiendo, que recogemos en un determinado momento de nuestras vidas y llega hasta quitarnos las ganas de vivir. No perdonar, nos hace enfermar síquicamente incluso físicamente y sobre todo apartarnos del camino del amor al Señor. San Agustín decía: “Si un hombre malo te ofende, perdónalo para que no haya dos hombres malos”.

A todos nos cuesta mucho perdonar, pero lo que puede suceder es que si no perdonamos y olvidamos, la lesión que hemos recibido es una herida que se puede enquistar y llevarnos al rencor y lo que es peor, aún al odio. Necesitamos amor para perdonar. El amor es más fuerte que el odio, sencillamente porque el amor lo genera el Señor, y el odio nace del maligno. El amor es la antítesis del odio, y como quiera que Dios es omnipotente, lo que de Él emana es muy superior a lo que emana del maligno. San Juan de la Cruz decía: Donde no hay amor pon amor y encontrarás amor. Y parangonando podríamos decir: Donde no hay perdón, rencor, odio y quizás hasta deseos de venganza, pon amor y encontrarás paz y felicidad, en el dulce amor que el Señor te demostrará. Porque te reconciliarás con Él y volverá a ser templo viviente suyo.
Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo