domingo, 11 de enero de 2009

RESENTIMIENTOS


Uno puede resentirse del cuerpo o del alma.

Un accidente, una caída, un golpe fuerte pueden dejar una herida duradera, un pesar, una molestia que se empeña en pervivir en el tiempo. Mi espalda puede resentirse de dolencias pasadas y, de vez en cuando, puede hacerme llegar el eco de esa sensación molesta y aflictiva.

También el alma se resiente. Los disgustos, los desengaños, las decepciones, las traiciones, las faltas de correspondencia a la amistad nos lastiman. Y el pasado, como es nuestro pasado, nunca acaba de irse. En la medida en que lo recordamos forma parte también de nuestro presente. El pesar o el enojo, motivados quizá por acontecimientos que han sucedido hace años, no son a veces pesares o enojos de ayer, sino de hoy, vivos en su lacerante impresión.

En la vida religiosa de las personas, en el enfriamiento de la fe de muchos o, incluso, en su pérdida han pesado, y pesan, los resentimientos. No es fácil ser juez de resentimientos ajenos. Y tampoco resulta simple serlo de los propios. El centro de la persona no es la inteligencia; es el corazón. Y la inteligencia que juzga es una inteligencia modelada, influida, inclinada por el peso de los afectos y de los desafectos. Una inteligencia marcada por las humillaciones y ofensas, reales o sentidas como reales, que jalonan una vida.

Kant llevó a cabo una crítica de la razón; un análisis cuidadoso de sus posibilidades y de sus límites; de sus condicionamientos y de su ejercicio. Quizá fuese bueno, a nivel personal, intentar una crítica de los resentimientos.

Preguntarnos cuál es su causa, cuál el peso que adquieren en nuestros juicios, cuál el alcance que poseen para condicionar nuestra posición en el mundo.

La herida mejor curada, por grave que haya sido, es aquella de la que jamás no resentimos. Vivir es convalecer, recobrar continuamente fuerzas perdidas, restaurar tejidos dañados, salir sin intermisión de los peligros y de las postraciones.

Merece la pena, en todos los campos, pero particularmente en el campo de la fe, dejar atrás los resentimientos. No es sabio, no compensa, no es, tantas veces, ni siquiera justo que la memoria de los agravios, reales o sentidos como reales, empañe una relación, la relación con Dios, que ha de ser vivida en el agradecimiento, en el perdón y - ¿por qué no? – hasta en la alegría. Pero estas cosas pasan por el corazón, que necesita tiempo, y, sobre todo, la acción sanadora de la gracia.
Guillermo Juan Morado

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