Tradicionalmente las siete palabras vienen a ser meditadas y predicadas el Viernes Santo para recordar las últimas palabras de Jesús antes de su muerte. Es una devoción difundida por todo el mundo. Se atribuye su difusión y práctica a San Roberto Belarmino (Doctor de la Iglesia), quien escribió un tratado titulado “Sobre las siete palabras pronunciadas por Cristo en la cruz”. Es una tradición cuaresmal de la Iglesia que nos adentra en el mismo corazón de Nuestro Salvador. Debemos abrir el corazón para escuchar estas palabras con los oídos abiertos y no dejar que sus palabras caigan en el vacío. ¿Qué me dicen a mí en concreto estas palabras de Jesús?
PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN
Jesús en su Pasión nos da un ejemplo a seguir, el perdón a los que nos ofenden y persiguen. Jesús, el inocente, el que no merecía insulto, acoge los ultrajes, los ofrece al Padre e intercede por los que le maltratan. “Padre, perdónalos”. Su oración se dirige al Padre. La oración de Jesús al Padre siempre fue y es una oración confiada. En otro lugar del Evangelio dirá: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas” (Jn 11, 41). Así debe ser nuestra oración, una oración confiada, sabiendo que Dios siempre nos escucha. En nuestra oración debemos pedir siempre cosas grandes. No nos debemos quedar en las pequeñas cuestiones de nuestra vida, sino elevar la mirada y ver qué debemos pedir por los demás. Entre estas peticiones está la oración por el pecador, el alejado, el que incluso me hace daño. Debemos rezar para que se conviertan y para que Dios los perdone. Aquí vemos también que Jesús dice: “No saben lo que hacen”. ¡Cuántas veces nosotros somos más culpables que ellos, porque nosotros sí hemos conocido su amor, y nuestro pecado y ofensa es con más conocimiento! En cierto sentido Jesús pide también por nosotros, por aquellas veces que cegados por nuestro vicio y pecado no vemos y no nos damos cuenta de lo mucho que le ofendemos.
YO TE ASEGURO QUE HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO
Dice en la escritura que “su palabra es viva y eficaz”. Las promesas de Jesús, siendo palabra suya
también son vivas y eficaces. Es una promesa que hace al ladrón arrepentido.
Fijémonos en esto, el ladrón arrepentido. Es necesario el arrepentimiento para
escuchar esta promesa de Jesús. El ladrón le pidió acordarse de él cuando
entrara en su Reino; la promesa de Jesús va más allá, le promete que él estará
en el paraíso junto a Él hoy. Seguramente el ladrón no se atrevió a pedirle la
gracia de estar junto a Él, porque se reconocía merecedor de su castigo, sin
embargo, la humildad, el arrepentimiento y el reconocimiento de la divinidad de
Jesús son lo que purifica su pecado y le hacen digno de escuchar de Jesús la
promesa de algo mucho más grande, no por sus méritos, sino por la misericordia
del Señor. Esto nos inspira a acercarnos a Jesús y con humildad pedirle el
perdón: “Acuérdate de mí, Señor Jesús, no
me olvides”.
¡MUJER, AHÍ TIENES A TU HIJO!
Junto con la Eucaristía, el don
más precioso que nos dejó el Señor fue el de darnos su propia Madre como madre
nuestra. Es un misterio grande que Dios haya querido confiarnos a su madre, sin
embargo, es aún más profundo, pues tras estas palabras de Jesús se revela otra
intención más importante. No es tanto confiar a su madre a Juan, sino entregar
el discípulo a María, así le asigna una nueva misión materna. Esta misión la
ejerce para con todos los cristianos, por lo tanto, con cada uno de nosotros,
que somos hijos de María.
¡DIOS MÍO, DIOS MÍO!, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
Había caído una gran oscuridad
sobre Jerusalén. Jesús está en la cruz, está cerca la muerte. De lo más
profundo sale de Jesús estas palabras del salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué?”. Jesús cargó sobre sí mismo la muerte del
pecador. En su encíclica “Deus caritas est”, el
Papa Benedicto XVI dice: “Dios ama tanto al
hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de
este modo, reconcilia la justicia y el amor”. Por dar al pecador la
salvación y la vida, Dios llega a “ponerse
contra sí mismo, al entregarse” a
la muerte en su Hijo. La razón radica en que se ha de cumplir la justicia de
Dios para que así se nos revele lo que es el amor en su forma más radical.
A veces en nuestra vida también podemos experimentar un aparente
abandono y silencio por parte de Dios. Es en estos momentos cuando tenemos que
acudir a Él con más confianza, sabiendo que él no nos abandona y el sentimiento
de soledad nos sirve para crecer en la fe, el abandono y la confianza. Es
también una preciosa oportunidad para ofrecernos junto con Jesús y hacer
nuestros sus sufrimientos.
TENGO SED
Jesús tiene sed. Podría referirse
a una sed física, ya que después de horas de sufrimientos, pérdida de sangre,
la fiebre que le consumiría, sentiría una sed abrasadora, pero como siempre,
las palabras de Jesús tiene una profundidad mucho más honda. Jesús tiene sed de
beber el cáliz, y beberlo hasta las heces. El cáliz del sufrimiento para pagar
nuestro rescate. También tiene Jesús sed de nuestro amor. Podríamos traer a la
memoria aquella petición que hizo a la samaritana: “Dame de beber” (Jn
4, 7). Más tarde le dirá, ante la sorpresa de la samaritana, que si ella
supiese quién es el que le pide de beber le pediría a Él y Él le daría agua de
vida eterna. Aquí también Jesús manifiesta su sed para saciar la nuestra. Está
sediento de nuestro amor, porque si le amamos nos abriremos a su amor, que es
mucho más, y Él nos llenará.
TODO ESTÁ CUMPLIDO
“Yo entrego mi vida
para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que Yo la entrego libremente” (Jn 10,
18). En la cruz es Jesús quien de alguna manera decide cuándo morirá. En tantos
momentos del Evangelio vemos cómo podían haberlo matado, encarcelado o echado
fuera, sin embargo, no pudieron. Jesús, con un hilo de voz que le quedaba, dice
al Padre: “Está cumplido”, he cumplido en todo tu voluntad, no he buscado
más que agradarte, he cumplido tu misión hasta el final. Jesús fue el Hijo
fiel, “obediente hasta la muerte, y una
muerte de cruz” (Flp 2, 8).
El Padre espera de nosotros esta misma fidelidad. Una fidelidad a su voluntad
en nosotros, a la misión concreta que nos ha encomendado, a la vocación a la
que nos ha llamado.
PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU
Sus últimas palabras también son
para el Padre. Nos revelan el secreto de la paz: “A tus manos encomiendo mi espíritu”. La paz está en abandonarnos al Padre y cumplir
su voluntad. Dios está con nosotros en todo momento, lancémonos en sus brazos,
tal cual somos, que nuestra vida sea toda para Él.
No olvidemos que la Virgen en Garabandal nos insistió que meditáramos su Pasión. Esta meditación nos ayuda a darnos cuenta de cuánto Dios nos ama, y nos sentimos impulsados a corresponder a este amor en nuestra vida concreta y cotidiana respondiendo a su llamada, viviendo sus mandamientos y mandatos y esforzándonos en amar al prójimo en Él. Es un tiempo para clavar nuestros ojos en Cristo crucificado pidiéndole con confianza: “Haz que pueda devolverte amor por amor”. No podremos llegar a la resurrección con Él si no hemos pasado con Él por la Pasión.
Dios os bendiga
Equipo
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