lunes, 28 de junio de 2021

LA VOCACIÓN DE LOS HIJOS

Cuando Dios llama, la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad.

Por: José Miguel Cejas | Fuente: interrogantes.net

LA EDAD DEL HOMBRE

La edad. ¿Cuál es la edad de un hombre? Los calendarios, los relojes, las arrugas, las burbujas de champán de cada Nochevieja tejen cronologías extrañas que no coinciden con las fechas del alma.

Hay hombres eternamente niños. Otros, perpetuos adolescentes. Muchos no llegan nunca a la madurez. Hay a quienes les sorprende la vejez embriagados todavía en el vértigo de su frivolidad: tratan entonces de apurar la vida a grandes sorbos, a la búsqueda de lo que ya no volverán nunca a ser.

Unos alcanzan ese equilibrio llamado madurez en cada una de las épocas de su vida: ¡qué magnífica la madurez de un niño plenamente, verdaderamente niño! Sin embargo, otros no lo logran nunca: ¡qué tristeza entonces la del niño crecido prematuramente!; ¡qué ahogo del alma producen esos retratos velazqueños en los que aparecen los niños de la corte, envarados, rígidos y erguidos, con sus gargantillas estrechas, por las exigencias de una etiqueta severa que asfixiaba su niñez!

Por el contrario, ¡qué espléndida la niñez, o la adolescencia, si se sabe ser eso: ni niño ni adulto prematuro, sino un adolescente, es decir, un joven que sabe vivir su juventud intuida, con la mirada abierta hacia el futuro! ¡Qué plenitud la de la vejez si es quintaesencia de vida acumulada, consumación de ideal, culminación de una vida!

Si es cierto que cada uno es responsable de su rostro a los cuarenta años, ¡qué formidable testimonio dan de sí mismos –sin quererlo– los rostros de los santos! Sus ojos, sus gestos, revelan una sorprendente, una casi indestructible juventud interior. Demuestran que, sea cual sea la edad que se tenga, la edad verdadera de un hombre es la edad de su amor y de su generosidad. Y que su calendario definitivo no es el que marca sus días hacia la muerte, sino el que señala su camino hacia Dios.


CUANDO DIOS LLAMA

Por eso, cuando Dios llama, ¡qué importa la edad! Dios llama siempre en la juventud, en la hora perfecta del amor. El primer barrunto suele experimentarse en la niñez o en la adolescencia: Teresa de Lisieux lo evoca en sus memorias: era una adolescente de quince años cuando un guardia suizo la tuvo que arrancar de los pies de León XIII, al que le insistía audaz y fervientemente que la dejase entrar a esa edad en el Carmelo. Pero no siempre es así: Alfonso de Ligorio se decidió a los veintisiete, después de años de brillante ejercicio profesional en el foro; San Agustín se bautizó a los treinta y tres, después de una vida azarosa y turbia; y San Juan de Dios cambió de vida a los cuarenta y dos años, tras una existencia aventurera y llena de peligros que le había puesto en una ocasión al pie de la horca.

No existe una "edad perfecta" en la que llame Dios. Dios llama cuando quiere y como quiere. El Espíritu Santo, como señala Berglar, no parece demasiado preocupado por la partida de nacimiento. Por eso, nunca es demasiado tarde para corresponder a su llamada, porque vivir es siempre estar a tiempo. Porque para Dios no hay tiempo.


DIOS SUELE LLAMAR EN LA JUVENTUD

Pero el amor suele llegar en la juventud, y Dios, que es Amor, suele llamar en la juventud. La Virgen era una adolescente –¿catorce, quince, dieciséis años? Y San José debía de ser joven, por mucho que lo intenten envejecer pintores y escultores con el devoto pretexto de guardar la pureza de María. ¡Como si la juventud no supiese vivir limpiamente! ¡Como si no tuviésemos ya demasiados ejemplos tristes de la lubricidad de tantos ancianos! ¿Y Juan? El único apóstol que acompañó al Señor al pie de la cruz era un adolescente. Y luego, el resto de los apóstoles rebosaba juventud: rondaban todos la edad del Señor, que tenía treinta años. La iconografía nos los pinta solemnes, barbados, serios, y casi siempre ancianos. Pero la realidad fue muy distinta: los acompañantes de Jesús por los caminos polvorientos de Palestina estaban en la plenitud de la vida y muchos acababan de estrenar su juventud. La lectura del Evangelio deja ese sabor inconfundible, ese ardor, esa prisa alegre, esa vibración que sólo poseen los jóvenes.

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