jueves, 27 de diciembre de 2018

LA HUMANIDAD ESTÁ DIVIDIDA EN DOS


EN EL EVANGELIO DE AYER, ESCUCHAMOS:
La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Jn 1,9-13
La humanidad está radicalmente dividida en dos: aquellos que creen en Cristo y han sido bautizados y aquellos que no. Unos son hijos de Dios, otros no. Los que no creen en Cristo son solo hijos del primer Adán. Los que creen son hijos de Dios en el segundo Adán, que es Cristo (1 Cor 15,45) (*). De ahí la absoluta necesidad de predicar el evangelio a todos los hombres. 
Entre los hijos de Dios también se puede establecer una división. Los que viven en pecado y los que viven en gracia. Se entiende que vivir en pecado no es pecar ocasionalmente, cosa que todos hacemos, sino pecar gravemente a conciencia -pecado mortal- y sin intención de arrepentirse y cambiar de vida. Si mueren en ese estado, aun siendo hijos de Dios su condenación es segura e incluso se puede decir que su situación será peor que la de aquellos que nunca creyeron porque nadie les predicó el evangelio.
En uno de sus sermones navideños, San León Magno, Papa, explicó para qué nació Cristo y cuál es el deber de todo cristiano: Demos, por tanto, amadísimos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo en el Espíritu Santo, pues, por la inmensa misericordia con que nos amó, ha tenido piedad de nosotros y, cuando estábamos muertos por nuestros pecados, nos vivificó con Cristo, para que fuésemos en él una nueva creatura, una nueva obra de sus manos. Despojémonos, por tanto, del hombre viejo y de sus acciones y, habiendo sido admitidos a participar del nacimiento de Cristo, renunciemos a las obras de la carne. Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, ya que ahora participas de la misma naturaleza divina, no vuelvas a tu antigua vileza con una vida depravada. Recuerda de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro. Ten presente que has sido arrancado del dominio de las tinieblas y transportado al reino y a la claridad de Dios.
Por el sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo; no ahuyentes, pues, con acciones pecaminosas un huésped tan excelso, ni te entregues otra vez como esclavo del demonio, pues el precio con que has sido comprado es la sangre de Cristo.

SERMÓN 1 EN LA NATIVIDAD DEL SEÑOR, 1.3
Por tanto, que nadie nos engañe. Ni todos los hombres son hijos de Dios, ni todos los hijos de Dios se van a salvar por el mero hecho de haber creído. Quien vive según la carne, seguramente morirá en la carne y se condenará. Quien por gracia de Dios vive en Cristo, seguramente morirá en Cristo y se salvará. Esclavos del pecado y condenados o libres en Cristo y salvos.
VEN PRONTO, SEÑOR.
Luis Fernando Pérez Bustamante
(*) Desde muy temprano (s. II), los cristianos entendieron que al igual que Cristo era el segundo Adán, la Virgen María era la segunda Eva y, por tanto, madre de la nueva humanidad al haber concebido al Salvador. Cristo nos confirma y concede la maternidad de María en la Cruz.
Luis Fernando

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