miércoles, 23 de mayo de 2018

LA IGLESIA MILITANTE Y SUS RASGOS COMBATIVOS ESENCIALES



Si no hay batalla, no hay Cristiandad. Si no hay batalla, no hay verdadera Iglesia de Dios, no hay verdadera Iglesia Católica. El Concilio Vaticano Segundo enseña: «A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo» (Gaudium et spes, 37). Esta situación dramática del mundo que «todo entero yace en poder del maligno» (1ª Jn.5,19; cf. 1ª Pe.5,8) hace de la vida del hombre un combate (Catecismo de la Iglesia Católica 409).

La Palabra de Dios nos enseña: «Lucha la buena lucha de la fe; echa mano de la vida eterna, para la cual fuiste llamado» (1 Tim. 6,12). La vida cristiana es ciertamente contienda. San Pablo escribió que luchamos contra las fuerzas de las tinieblas: «Para nosotros la lucha no es contra sangre y carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los poderes mundanos de estas tinieblas, contra los espíritus de la maldad en lo celestial» (Ef. 6,12).
Santo Tomás de Aquino explica el significado que tienen las expresiones bíblicas como mundo o este presente siglo maloNuestro Señor consuela a sus discípulos poniendo el ejemplo de alguien que padece persecución, con estas palabras: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a Mí antes que a vosotros» (Jn.15,18). También predice Nuestro Señor que serán odiados: «Seréis odiados de todos los pueblos por causa de mi nombre» (Mt. 24,19). «Dichosos sois cuando os odiaren los hombres» (Lc. 6,22). Pensar esto brinda mucho consuelo al justo para que soporte valerosamente las persecuciones. Según San Agustín, los miembros del cuerpo no deben considerarse superiores a la Cabeza, ni negarse a ser parte del Cuerpo por no estar dispuestos a soportar junto con la Cabeza el odio del mundo (Tract. in Io., 87, 2). El mundo puede tener dos significados. En primer lugar, para quienes llevan una vida virtuosa en el siglo: «Cristo estaba en Dios, reconciliando consigo al mundo» (2 Cor. 5,19). Y también puede tener un sentido negativo, dirigido a quienes aman al mundo: «El mundo entero está bajo el Maligno» (1 Jn. 5,19). Y así, el mundo entero odia a todo el mundo, porque los que aman el mundo, que están extendidos por todo el orbe, odian al mundo entero (es decir, a la Iglesia de los buenos), que se ha extendido por todo el planeta. A continuación dice otra cosa para darles consuelo, basada en la razón porque los odian. Primero expone la razón por la que a algunos los ama el mundo; y luego, por qué el mundo odia a los apóstoles. Si el mundo ama a algunos es porque son como el mundo: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo» (Jn. 15,19). Y así, el mundo (esto es, los que aman el mundo) ama a quienes aman el mundo. De acuerdo con esto, el Señor dice: «Si fuerais del mundo», o sea, seguidores del mundo, «el mundo amaría lo suyo», porque seríais suyos y semejantes a él: «Ellos son del mundo; por eso hablan según el mundo, y el mundo los escucha» (1 Jn. 4,5). Y ahora explica por qué el mundo aborrece a los apóstoles, porque no son como el mundo. Dice: «Pero como vosotros no sois del mundo, el mundo os odia» (Jn.15,19). (Expositio in evangelium beati Ioannis, II pars, cap. 15, lectio 4).

El Catecismo de Baltimore enseña: «Se nos llama soldados de Cristo para señalar que debemos resistir los ataques de nuestros enemigos espirituales y afianzar nuestra victoria sobre ellos siguiendo y obedeciendo a Nuestro Señor. Tenemos motivos sobrados para no avergonzarnos jamás de la Fe católica, porque es la Fe tradicional establecida por Cristo y enseñada por sus Apóstoles. Es la Fe por la que padecieron y dieron la vida incontables mártires. La Fe que ha traído al mundo la verdadera civilización, con todos sus beneficios. Y es la única Fe que verdaderamente puede reformar y mantener la moral pública y privada. Es preciso conocer los misterios fundamentales de la Fe y los deberes del cristiano (…) ya que es imposible ser un buen soldado sin conocer el reglamento del ejército en cuyas filas se combate y entender las órdenes de Cristo. La expresión los días son malos se refiere a la época en que vivimos, rodeados por los cuatro costados de incredulidad, doctrinas falsas, libros malos, malos ejemplos y tentaciones de toda índole» (3 part, lesson 15).

En tiempos de los Padres de la Iglesia, los cristianos tenían conciencia de que eran soldados espirituales de Cristo y combatían por la Verdad aun a riesgo de su vida. Tertuliano escribió: «Se nos ha convocado a la guerra del Dios vivo, desde el momento en que respondimos conforme a las palabras del Sacramento, es decir, cuando pronunciamos el voto bautismal de obediencia a Cristo» (Mart., 3, 1). Por su parte, San Cirilo de Jerusalén dijo a los catecúmenos: «Os habéis incorporado a las filas del Gran Rey» (Catech. 3, 3).
El deber cristiano de combatir el pecado, los errores y las tentaciones del mundo incluya combatir los errores internos de la Iglesia, o sea toda herejía y ambigüedad doctrinal.
San Ignacio de Loyola es uno de los maestros más elocuentes de la verdad de la Iglesia militante  combativa. En el libro de sus Ejercicios espirituales dice: «Considera la guerra que vino a traer Cristo Jesús del Cielo a la Tierra». La gente está hecha a la idea de que Nuestro Señor Jesucristo vino para traer paz. Pero con toda naturalidad, San Ignacio comienza la meditación diciendo: «Considera la guerra que vino a traer Cristo Jesús del Cielo a la Tierra».

Un verdadero caballero espiritual católico del siglo XX como fue Plinio Correia de Oliveira, el seglar brasileño que dedicó la vida a defender la Santa Madre Iglesia de las arremetidas espirituales e infiltraciones del anticristiano espíritu de la Revolución, el modernismo y el comunismo, afirmó: «Todo hombre nace soldado, aunque no todo soldado emplee su armamento. En efecto, todos los hombres nacen soldados, porque, como dice la Escritura, Militia est vita hominis super terram [La vida del hombre en la Tierra es milicia] (Job 7,1). Nuestra vida es contienda, y es así como debemos entenderla por encima de todo. Desde el momento en que se ve la luz natural al nacer se es soldado. Más tarde, con el bautismo, se adquiere la luz de la Gracia y se nace por segunda vez, en esta ocasión a la vida sobrenatural, convirtiéndose en soldado para defenderla. No sólo eso; la Iglesia tiene un sacramento particular por el que confirma al hombre como soldado en toda la extensión de la palabra. Es el sacramento de la Confirmación. No todo soldado hace uso de sus armas en el campo de batalla, pero quienes lo hacen son privilegiados. Como la misión del soldado es combatir, cuando toma las armas para entrar en batalla se vuelve privilegiado. Imaginemos un pintor que no pinta, un músico que no sabe tocar, un cantante que no sabe cantar, un profesor incapaz de dar clases o un diplomático al que se le impide meterse en política» (Plinio Correia de Oliveira).

«Nuestro Señor Jesucristo, Rey de la Iglesia Católica, viene a pedirnos que nos incorporemos a la guerra santa que libra dentro de la Iglesia contra el progresismo, y dentro del Estado, contra el comunismo. Nos llama a luchar y a no ser blandengues ni indiferentes en esta contienda, sino a batallar con toda el alma.» «Desde luego, San Ignacio no habla de progresismo. Como su meditación es para todos los tiempos, se refiere en sentido general al mundo, el demonio y la carne, que son la causa de todos los errores en todas las épocas, en las que simplemente cambian de nombre. En su tiempo, el error era el protestantismo, apoyado por personas que se decían católicas pero en el fondo eran protestantes que promovían el protestantismo al interior de la Iglesia Católica. En el ámbito civil, tenían a eliminar toda desigualdad social y política. Es decir, que eran precursores de la Revolución Francesa». (Plinio Correia de Oliveira)
Contamos con declaraciones impresionantes y muy apropiadas de pontífices de los tiempos modernos sobre el carácter esencialmente combativo de la Iglesia. León XIII enseñó: «Existe una fuerza enemiga, la cual a instigación e impulso del espíritu del mal, no dejó de luchar contra el nombre cristiano y siempre se asoció algunos hombres para juntar y dirigir sus esfuerzos destructores contra las verdades que Dios reveló, y, por medio de funestas discordias, contra la unidad de la sociedad cristiana. Son como cohortes dispuestas para el ataque, y nadie ignora cuánto la Iglesia hubo de sufrir sus asaltos en todo tiempo. Ahora bien, el espíritu común a todas las sectas anteriores que se sublevaron contra las instituciones católicas, revivió en la secta llamada masónica, la cual, prendada de su poder y riqueza, no teme avivar el fuego de guerra con una violencia inaudita y de llevarlo aún en todas las cosas más sagradas» (León XIII, encíclica Inimica vis, del 8 de diciembre de 1892).

«Negarse a combatir por Cristo significa luchar contra Él. Él mismo nos garantiza que negará ante su Padre celestial a quienes se nieguen a confesarlo en la Tierra» (León XIII, encíclica Sapientiae christianae, 43)​

«Los enemigos de la Iglesia tienen por objetivo –y no vacilan en proclamarlo, jactándose muchos de ello– la destrucción total, si fuera posible, de la religión católica, única verdadera. Con tal finalidad, son capaces de todo, porque saben de sobra que cuanto más se desanimen quienes los resisten, más fácil les resultará llevar a cabo su impío plan. Por eso, los que estiman la prudencia de la carne y fingen desconocer que todo cristiano tienen que ser un valiente soldado de Cristo; los que desean alcanzar los premios merecidos por los vencedores, mientras viven omo cobardes sin participar en la lid, están tan lejos de frustrar el avance de los inclinados al mal que, por el contrario, hasta contribuyen a fomentarla» (íbid., 34).

San Pío X describe la verdadera situación del mundo a comienzos del siglo XX afirmando que es sumamente hostil a Cristo y a su Verdad: «En verdad, con semejante osadía, con este desafuero de la virtud de la religión, se cuartea por doquier la piedad, los documentos de la fe revelada son impugnados y se pretende directa y obstinadamente apartar, destruir cualquier relación que medie entre Dios y el hombre. Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema ha invadido el campo de Dios, exaltándose por encima de todo aquello que recibe el nombre de Dios; hasta tal punto que -aunque no es capaz de borrar dentro de sí la noción que de Dios tiene-, tras el rechazo de Su majestad, se ha consagrado a sí mismo este mundo visible como si fuera su templo, para que todos lo adoren. Se sentará el templo de Dios, mostrándose como si fuera Dios» (2 Tes. 2,2). (Pío X, encíclica E supremo apostolatus, 4 de octubre de 1903, 4-7). «En nuestra opinión, el magnífico ejemplo de lo soldados de Cristo tiene mucho más valor para conquistar y santificar las almas que las palabras de profundos tratados» (Pío X, encíclica Editae saepe, 26 de mayo de 1910, 4).

Pío XI nos enseña: «Los incrédulos y los enemigos de la fe católica, cegados por la presunción, pueden ciertamente renovar constantemente sus ataques a todo lo que se llama cristiano, pero al arrebatar a la Iglesia militante a aquellos a los que matan, se convierten en instrumento de su martirio y de su gloria celestial. No menos hermosas que ciertas son estas palabras deSan León Magno: “La religión de Cristo, cimentada en el misterio de la Cruz, no puede ser vencida por ninguna forma de crueldad: las persecuciones no debilitan a la Iglesia, sino que la fortalecen. El campo del Señor siempre no deja de producir nuevas cosechas, mientras las semillas sacudidas por las tormentas arraigan y se multiplican”» (Homilía pronunciada durante la canonización de San Juan Fisher y Santo Tomás Moro, 19 de mayo de 1935).
El cardenal Karol Wojtiła, futuro papa Juan Pablo II, en un discurso con motivo del Congreso Eucarístico celebrado en Filadelfia en 1976, declaró: «Actualmente asistimos a la mayor conflicto que ha experimentado la humanidad en su historia. No creo que la sociedad de los EE.UU., ni tampoco la Cristiandad en su conjunto, lo perciban plenamente. Estamos viviendo el enfrenamiento definitivo entre la Iglesia y la antiiglesia, el Evangelio y el antievangelio, Cristo y el anticristo. Este conflicto entra en los planes de la Divina Providencia. Es, por tanto, el plan de Dios, y la Iglesia debe aceptar esta prueba, afrontándola valerosamente». El papa Juan Pablo señaló las raíces de este conflicto: «Este combate contra el Diablo que caracteriza al Arcángel San Miguel no ha terminado, porque el Diablo sigue vivo y activo en el mundo. Es más, el mal que contiene, el desorden que observamos en la sociedad, la infidelidad del hombre, la fragmentación interna de la que es víctima, no son meras consecuencias del pecado original, sino también el efecto de las tenebrosas y contagiosas actividades de Satanás, saboteador del equilibrio moral del hombre» (Discurso pronunciado el 24 de mayo de 987 en el monte Gargano).
Benedicto XVI habló de la necesidad de combatir al mal en nuestros tiempos: «Hoy la palabra Ecclesia militans está algo pasada de moda; pero en realidad podemos entender cada vez mejor que es verdadera, contiene verdad. Vemos cómo el mal quiere dominar en el mundo y es necesario entrar en lucha contra el mal. Vemos cómo lo hace de tantos modos, cruentos, con las distintas formas de violencia, pero también disfrazado de bien y precisamente así destruyendo los fundamentos morales de la sociedad. San Agustín dijo que toda la historia es una lucha entre dos amores: amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios; amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo, en el martirio. Nosotros estamos en esta lucha» (Palabras del Santo Padre a los cardenales, 2 de  mayo de 2011).

Tenemos un texto impresionante del siglo III que hace una ardiente exhortación a ser en todo momento buenos soldados de Cristo: «Considerad bien lo que os digo: ¿Cuándo tiene Cristo necesidad de vuestra ayuda? ¿Ahora, cuando el Maligno ha declarado la guerra a su Esposa, o en los tiempos venideros, cuando Cristo reinará victorioso sin necesidad de más asistencia? ¿Acaso no es evidente para el que tenga el menor entendimiento, que es ahora cuando la necesita? Así pues, apresuraos de buen grado ante la presente necesidad de librar batalla en el bando de este buen Rey, que se caracteriza por otorgar generosos galardones después del combate» (Epístola de Clemene a Jacobo, 4).

Nuestras armas son las de la justicia, que son ante todo las armas de la oración y de una vida de santidad, las armas del auxilio espiritual de los santos ángeles, las armas de la ciencia sagrada, de la apologética, de las justas y francas protestas individuales y colectivas contra la descristianización y la degradación moral de la sociedad.
Necesitamos con urgencia un nuevo Enchiridion militia christianaemanual del combate espiritual cristiano que escribió el humanista Erasmo de Rotterdam a principios del siglo XVI. Necesitamos una nueva apología titulada Triunfo de la Santa Sede y de la Iglesia ante los ataques de los innovadores, libro que escribiera en 1799 el papa Gragorio XVI en medio de los ataques masónicos de la Revolción Francesa contra la Iglesia.

Ya en 1946 Pío XII hizo un análisis muy acertado y realista de la situación espiritual del mundo y de la Iglesia en nuestro tiempo: «El objetivo al cual dirige hoy el adversario sus arremetidas, abierta o sutilmente, ya no es, como solía ser hasta ahora, un punto concreto de la doctrina o la disciplina, sino todo el conjunto de la fe y de la moral cristiana hasta las últimas consecuencias. Dicho de otro modo: se trata de un asalto total; de un sí rotundo o un no rotundo. En tales circunstancias, el verdadero católico dege mantenerse tanto más firme todavía sobre el terreno de su fe y demostrarla en la práctica» (Discurso a los jóvenes de Acción Católica de Italia, 20 de abril de 1946).
Al beato John Henry Newman debemos esta alentadora declaración sobre el triunfo de la Iglesia en la batalla contra el mal y el mundo: «No tiene nada de novedoso en la Iglesia que, en tiempos de confusión y ansiedad, cuando abundan los escándalos y el enemigo está a la puerta, sus hijos, lejos de desfallecer, mejor dicho gloriándose en el peligro, como se alegran los valientes en los desafíos que ponen a prueba su fuerza; no tiene nada de novedoso, digo, que emprendan su tarea como si estuvieran en los tiempos de mayor prosperidad. (…) La evocación del pasado nos augura el éxito. Nuestros estandartes portan los nombres de numerosos campos de batalla que nos hinchieron de gloria. Somos fuertes en la fortaleza de nuestros predecesores, y con nuestra humilde capacidad, queremos hacer lo que hicieron los santos que nos precedieron. (…) No hace falta tener carácter heroico para afrontar estos tiempos y mirarlos con desdén; porque somos católicos. Contamos con dieciocho siglos de experiencia. (…) Una o dos, o una docena de derrotas, si las tuviéramos, no serán suficientes para acabar con la grandiosidad de llamarse católico» (Discursos ante congregaciones mixtas, 12).

Como soldado de Cristo, todo católico debe ser siempre consciente de que combate en el bando ganador, porque Christus vincit, y como expresó con gran concisión San Juan Crisóstomo: «Más fácil es apagar el sol que destruir la Iglesia» (Hom. In Is. 7). Cobremos ánimo y valor en la santa batalla que libramos por Nuestro Señor y su Iglesia en los tenebrosos y procelosos tiempos en que vivimos, con esta exhortación, también de San Juan Crisóstomo: «Nadie puede separar lo que Dios ha unido. Si, hablando de marido y mujer, dice: “Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. Lo que Dios juntó, el hombre no lo separe” (Mt. 19, 5-6). Si el matrimonio no se puede disolver, mucho menos se podrá deshacer la Iglesia de Dios. Se la podrá combatir, pero no será posible dañar el objeto de los ataques. Y mientras me haces más ilustre, te debilitas combatiéndome. Duro te es dar coces contra el agudo aguijón. No le embotas el filo, sino que te ensangrientas los pies. Las olas no rompen la roca; se disuelven en espumas. Nada hay más poderoso que la Iglesia; deja de combatirla, no sea que te venza. No libres combate contra el Cielo. Si luchas contra un hombre, o lo vences o te vence. Pero si combates la Iglesia no podrás triunfar. Porque Dios puede más que todos. “¿O es que queremos provocar a celos al Señor? ¿Somos acaso más fuertes que Él?” (1 Cor.10,22) ¿Quién se atreverá a subvertir el orden que Dios ha establecido? No conocéis su poder. Mira la Tierra y la hace temblar. Da la orden, y lo que se sacudía queda firme. “El Cielo y la Tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán” (Mt. 24,35). ¿Qué palabras? “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del abismo no prevalecerán contra ella” (Mt.16,18). Si no os fiáis de las palabras, confiad en los   hechos.  ¡Cuántos tiranos han intentado dominar a la Iglesia! ¡Cuántas parrillas, hornos, fauces de fieras y filosas espadas lo habrán intentado! Y no lo han conseguido. ¿Qué fue de los opresores? Están sepultados en el silencio y el olvido. ¿Y dónde está la Iglesia? Resplandece más que el sol. Las obras de ellos se acabaron; las de la Iglesia son inmortales. Pues bien, si siendo tan pocos no han podido dominarnos, ¿cómo los vencerás tú ahora que el mundo está lleno del servicio a Dios? “El Cielo y la Tierra pasarán, pero las palabras mías no pasarán”» (Mt. 24,35) (Homilia ante exilium,1-2).

Según el rito tradicional de la Iglesia Católica Romana, en el santo bautismo se nos hace siete veces la señal de la cruz para que siempre nos acordemos de que el cristiano está inseparablemente ligado a la Cruz de Nuestro Señor, a fin de que esté protegido espiritualmente y pueda vivir una vida de santo combate por Él con la señal invisible de su Cruz. Se nos hace la cruz en la frente para que aceptemos la cruz del Señor; se nos hace en los oídos para que escuchemos los preceptos divinos; en los ojos, para que veamos la claridad de Dios; en la nariz, para que percibamos la grata fragancia de Cristo; en la boca, para que hablemos palabras de vida; en el pecho para que creamos en Dios, y en los hombros para que asumamos el yugo del servicio a Cristo.
La mayor ayuda con que podemos contar en nuestra vida personal como soldados de Cristo, así como toda la Iglesia militante, está en la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios. Ella es vencedora en todas las batallas del Señor. Dirijámonos a Ella para pedirle:
Reina augusta de los Cielos, soberana de los ángeles: a Ti que al principio recibiste de Dios el poder y la misión de aplastar la cabeza de Satanás, te suplicamos humildemente que envíes a legiones de santos ángeles para que, a tus órdenes y con tu poder, localicen a los demonios, los combatan en todas partes, pongan freno a su osadía y los precipiten al abismo. ¿Quién como Dios? Madre buena y tierna, siempre tendrás nuestro amor y esperanza. Madre de Dios, envía a los santos ángeles y los arcángeles para que me defienda y mantenga al cruel enemigo alejado de mí. Santos ángeles y arcángeles, guardadnos y protegednos, amén.
(Conferencia dada en el Roma Life Forum el 17 de mayo de 2018)
(Traducido por Bruno de la Inmaculada/Adelante la Fe)

No hay comentarios: