martes, 29 de mayo de 2018

DE ESE FRAILE ESCOCÉS QUE INVENTÓ EL WHISKY



            Si, un fraile, una vez más un fraile, acostumbrados a creer, porque así nos lo quieren hacer creer, que de frailes y de curas no cabe esperar nada que no sean aburridos sermones e injustificadas reprimendas (cuando no abusos de niños y de mujeres indefensas).

            Nuestro fraile en esta ocasión no es otro que el escocés John Cor, aquél que, según el primer registro que se tiene de la espiritosa bebida cuya historia referimos hoy, un documento de los llamados “Exchequer Rolls” (1494–95, Vol X, p. 487) datado en 1494 y emitido por orden del rey Jacobo IV de Escocia, recibe una partida de malta para elaborar unas botellas de la que en el documento se denomina “aqua vitae”, agua de la vida.

            De John Cor sabemos que era un monje tironensio que servía en la abadía de Lindores, en la ciudad de Newburgh, en el condado de Fife, en Escocia. El monasterio, como tantos en el Reino Unido, se halla hoy prácticamente derruído. Los monjes tironenses son originarios de Francia, de la abadía de la Santísima Trinidad de Tiron, en Perche, a unos 50 kilómetros de Chartres, una fundación realizada por Bernard de Ponthieu en 1106.

            En cuanto a nuestro John Cor, poco más en realidad. Los archivos históricos no se explayan con su persona. Cabe pensar que, en su comunidad, era el experto en destilar el agua de la vida, y sabemos que en la navidad de 1488 recibe del monarca un regalo de 14 chelines, lo que permite imaginarlo como hombre allegado a la corona, cuya confianza y afecto se ganaría, sin duda, gracias a sus deliciosos y mágicos brebajes. Hoy da nombre a un afamado whisky que es embotellado, para sorpresa de todos, en España, cosa que hace una importante cadena española de supermercados, y cuyos catadores están de acuerdo en calificar con una alta nota por lo que a su relación calidad-precio se refiere.

            En cuanto a la destilación de whisky permanecerá una especie de monopolio de los monasterios durante unos años, pero no pudieron ser muchos, pues tan pronto como 1536, en tiempos de la primera reforma anglicana llevada a cabo como se sabe por esa joyita de ser humano que fue Enrique VIII el Uxoricida, éstos son disueltos y la mayoría destruidos, momento a partir del cual, según parece, los defenestrados monjes continuaron fabricándolo de manera individual para poder sobrevivir, abriendo los secretos de su destilación a otros gremios.

            Junto al uso meramente lúdico que ya consta en la familia real y en ciertas familias de la aristocracia de las islas, tuvo indudablemente un uso terapéutico para la curación de heridas y la sedación de dolores, de la que se valdría el gremio de los “barberos cirujanos” -consta de hecho una transacción de la bebida realizada en 1506 entre la ciudad de Dundee y los barberos cirujanos-, dos profesiones a las que hoy apenas une el uso del bisturí, los unos para afeitar, los otros para diseccionar, pero que en los tiempos medievales vemos discurrir tan unidas que son, en realidad, sólo una.

            En cuanto a la palabra inglesa “whisky”, también escrita “whiskey”, no es sino la anglofonización del vocablo gaélico, lengua de procedencia céltica, dialectos de la cual se hablan en Gales, Irlanda y Escocia. En gaélico se le llama al whisky “uisce beata”, traducción literal, a su vez, del latín, “aqua vitae”. Por reducción, la palabra quedará reducida a “uisge”, que da “whisky” en inglés y "güisqui" en español (por extraño que les pueda parecer, la palabra aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua), y que, en consecuencia, no significa otra cosa que agua. No peca por mentir, por lo tanto, el que pillado con una trompa fenomenal del escocés brebaje asegura no haber bebido otra cosa que agua.

            Y bien amigos, los que de Vds. sean amantes del whisky –bebida favorita de mi difunta madre- ya saben sobre él un poco más. Como en todo, disfrútenlo con mesura, y sepan apreciar que, como tantos otros placeres de la vida, se lo debemos a un fraile y forma parte del enorme acervo cultural que custodiaron los conventos y monasterios de antaño, los cuales, no es que guardaran egoístamente para sí los grandes secretos de la creación privándonos de ellos a los demás, sino que, bien al contrario, en tiempos en los que el ser humano no tuvo en gran estima el saber, realizaron una labor de conservación y mejora que hizo posible su transmisión a generaciones mejor formadas y más interesadas.

            Por lo demás, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

  
Luis Antequera

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