sábado, 29 de agosto de 2009

CONFIDENCIAS DE JESÚS A UN SACERDOTE


RIGOR DE LA DIVINA JUSTICIA

Jesucristo:
Muchos no llegan a convencerse de la eventualidad de un grande futuro castigo. Muchos lo dudan: otros muchos lo niegan terminantemente y afirman que un gran castigo debe considerarse contrario a la divina Misericordia.

Tam­poco mis Apóstoles quisieron aceptar la idea de mi Pasión y Muerte; no quisieron aceptar mis palabras. La presunción impedía a mis Apóstoles el ver claro, esto es, los privaba del don de sabiduría.

Hoy para muchos se repite otra vez la misma cosa.

Yo, Verbo de Dios hecho carne, Dios como el Padre y el Espíritu Santo, he sido la Víctima por excelencia del rigor de la Justicia divina.

El Amor por la humanidad perdida determinó por parte de la Santísima Trinidad el Misterio de la Encarnación, Pasión y Muerte mía. Por la boca de la Sabiduría ha sido dicho: "Propter peccata veniunt adversa" (Por los pecados vienen las contrariedades).

El pecado es una deuda personal y social que el hombre como individuo y la colectividad contraen con Dios. Dios puede siempre pedir una satisfacción parcial y digo parcial porque ni el hombre como individuo ni la sociedad pueden extinguir totalmente la deuda. Por esto ha provisto Dios con el Misterio de mi Encarnación, Pasión y Muerte.

La misma e indivisible cosa.

A los que con tanta seguridad afirman que no se necesita hablar de castigos, sino sólo y siempre de la Mise­ricordia divina, Yo les respondo enérgicamente afirmando que Misericordia y Justicia en Dios son la misma e indivi­sible cosa. Yo respondo que impunemente Deus non irridetur" (De Dios nadie se ríe) Yo respondo que cuando la iniquidad supera el nivel de flotación, como vosotros decís, entonces la Justicia divina perseguirá sus inescrutables fines.

He dicho y repito que las ciudades de esta generación incrédula e impía, son peores que Sodoma y Gomorra; he dicho que la corrupción ha entrado por todas partes, que el mal se difunde por la tierra con la violencia de un torrente que desborda.

Ni siquiera mi Iglesia ha quedado inmune.

Mu­chos de mis sacerdotes se han contaminado. El rechazo de Dios jamás ha estado tan universalizado.

La copa rebosa.

¡Pobres sacerdotes míos, qué miopes están que igno­ran y no ven ni comprenden como Dios aún en su ira es movido como siempre por un designio de Misericordia!
Pero ¿Por qué tantos sacerdotes míos no piensan en mi te­rrible agonía en el Getsemaní? ¿Por qué no piensan que en mi sudor de sangre, en el abandono de Mi Padre, pesaba todo el rigor de la divina Justicia sobre Mí, su Hijo Unigénito? Es porque me había echado encima todos los pecados de los hombres...

También esta Justicia era siempre fruto de un designio de Infinita Misericordia.

No serán la incredulidad y la necedad las que deten­gan el Brazo de Dios para no castigar a la humanidad or­gullosa y soberbia. Mi Madre lo ha podido hacer. Los sufrimientos de los buenos y de los inocentes, el heroico ofrecimiento de las almas víctimas, han podido mitigar y aplazar el ya decretado castigo.

Pero ahora la copa rebosa. La medida está colmada hasta lo inverosímil, el derrumbe está en marcha, aunque la ceguera impide a los hombres ver el preludio de la inmensa catástrofe.

Mientras tanto la Misericordia divina, que muchos de mis sacerdotes no saben conciliar con la Justicia, ha puesto en movimiento los numerosos fermentos para una Iglesia purificada y regenerada sobre nuevas estructuras y también para una humanidad rehecha y liberada de todas las locuras del orgullo humano. Misericordia y Justicia, en paso a la par, seguirán su curso.

Hijo, dilo: urge predisponer los ánimos a la oración, a la penitencia y a la conversión.

¡Tened confianza! Dios, aun en su justicia, es siempre Amor, y toda su acción es movida por el Amor.

Te bendigo: ámame mucho. Compénsame con tu amor las ingratitudes y las ofensas.
Mons. Ottavio Michelini
8 de Octubre de 1975