No basta para rezar bien expresar nuestra súplica con la más hermosa de las oraciones, que es el Rosario, sino que es preciso hacerlo con gran atención, porque Dios oye la voz del corazón más bien que la de la boca.
Orar con
distracciones voluntarias sería gran irreverencia que haría nuestros Rosarios
infructuosos y nos llenaría de pecados. ¿Cómo
osaremos pedir a Dios que nos oiga, si no nos oímos nosotros mismos y si
mientras suplicamos a esta imponente majestad, ante quien todo tiembla, nos
distraemos voluntariamente a correr tras de una mariposa? Es alejar de
uno la bendición de este gran Señor, convirtiéndola en la maldición lanzada
contra los que hacen la obra de Dios con negligencia: ¡Maldito
aquel que ejecuta la obra de Yahvé negligentemente! (Jer 48, 10)
San Luis María Grignon de Monfort








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