El Papa Francisco centró su catequesis de la Audiencia General de este miércoles 11 de mayo al personaje bíblico de Judit y al tema de “una juventud admirable, una vejez generosa”.
“Judit se queda
viuda pronto y no tiene hijos, pero, como anciana, es capaz de vivir una
época de plenitud y de serenidad, con la conciencia de haber vivido hasta el
fondo la misión que el Señor le había encomendado. Para ella es el tiempo de
dejar la herencia buena de la sabiduría, de la ternura, de los dones para la
familia y la comunidad: una herencia de bien y no solamente de bienes”, dijo el Papa.
A continuación, la
catequesis pronunciada por el Papa Francisco:
“Judit. Una
juventud admirable, una vejez generosa”
¡Queridos hermanos
y hermanas, buenos días!
Hoy hablaremos de Judit, una
heroína bíblica. La conclusión del libro que lleva su nombre —hemos escuchado
un pasaje— sintetiza la última parte de la vida de esta mujer, que defendió a
Israel de sus enemigos. Judit es una joven y virtuosa viuda judía que, gracias
a su fe, a su belleza y a su astucia, salva la ciudad de Betulia y al pueblo de
Judá del asedio de Holofernes, general de Nabucodonosor rey de Asiria, enemigo
prepotente y despectivo de Dios. Y así, con su forma astuta de actuar, es capaz
de degollar al dictador que estaba contra el país. Era valiente, esta mujer,
pero tenía fe.
Después de la gran aventura que
la ve como protagonista, Judit vuelve a su ciudad, Betulia, donde vive una
bonita vejez hasta los ciento cinco años. Había llegado para ella el tiempo de
la vejez como llega para muchas personas: a veces después de una vida de
trabajo, a veces después de una existencia llena de peripecias o de gran
entrega. El heroísmo no es solamente el de los grandes eventos que caen bajo
los focos, por ejemplo, el de Judit de haber asesinado al dictador, sino que a
menudo el heroísmo se encuentra en la tenacidad del amor vertido en una familia
difícil y a favor de una comunidad amenazada.
Judit vivió más de cien años, una
bendición particular. Pero no es raro, hoy, tener muchos años todavía para
vivir después de la jubilación. ¿Cómo interpretar,
cómo aprovechar este tiempo que tenemos a disposición? Yo me jubilo hoy,
y serán muchos años, y ¿qué puedo hacer, en estos
años, cómo puede crecer —en edad va por sí solo— pero cómo puede creer en
autoridad, en santidad en sabiduría?
La perspectiva de la jubilación
coincide para muchos con la de un merecido y deseado descanso de actividades
exigentes y fatigosas. Pero sucede también que el final del trabajo representa
una fuente de preocupación y es esperado con algún temor: “¿Qué haré ahora que mi vida se vaciará de lo que la ha
llenado durante tanto tiempo?”: esta es la pregunta. El trabajo
cotidiano significa también un conjunto de relaciones, la satisfacción de
ganarse la vida, la experiencia de tener un rol, una merecida consideración,
una jornada completa que va más allá del simple horario de trabajo.
Por supuesto, hay un compromiso,
gozoso y cansado, de cuidar a los nietos, y hoy los abuelos tienen un rol muy
grande en la familia para ayudar a crecer a los nietos; pero sabemos que hoy
nacen cada vez menos niños, y los padres suelen estar más distantes, más
sujetos a desplazamientos, con situaciones laborales y habitacionales
desfavorables. A veces son aún más reacios a confiar espacios educativos a los
abuelos, concediéndoles solo aquellos estrictamente relacionados con la
necesidad de asistencia. Pero alguien me decía, un poco sonriendo con ironía: “Hoy los abuelos, en esta situación socioeconómica, se
han vuelto más importantes, porque tienen la pensión”. Hay nuevas
exigencias, también en el ámbito de las relaciones educativas y parentales, que
nos piden remodelar la alianza tradicional entre las generaciones.
Pero, nos preguntamos: ¿hacemos nosotros
este esfuerzo por “remodelar”? ¿O simplemente sufrimos la inercia de las
condiciones materiales y económicas? La convivencia de las generaciones, de hecho, se alarga. ¿Tratamos, todos juntos, de hacerlas más humanas, más
afectuosas, más justas, en las nuevas condiciones de las sociedades modernas? Para
los abuelos, una parte importante de su vocación es sostener a los hijos en la
educación de los niños. Los pequeños aprenden la fuerza de la ternura y el
respeto por la fragilidad: lecciones
insustituibles, que con los abuelos son más fáciles de impartir y de recibir. Los
abuelos, por su parte, aprenden que la ternura y la fragilidad no son solo
signos de la decadencia: para los jóvenes, son
pasajes que hacen humano el futuro.
Judit se queda viuda pronto y no
tiene hijos, pero, como anciana, es capaz de vivir una época de plenitud y de serenidad, con la conciencia de haber vivido hasta el fondo
la misión que el Señor le había encomendado. Para ella es el tiempo de dejar la
herencia buena de la sabiduría, de la ternura, de los dones para la familia y
la comunidad: una herencia de bien y no
solamente de bienes. Cuando se
piensa en la herencia, a veces pensamos en los bienes, y no en el bien que se ha hecho
en la vejez y que ha sido sembrado, ese bien que
es la mejor herencia que nosotros podemos dejar.
Precisamente en su vejez, Judit “concedió la libertad a su sierva preferida”. Esto
es signo de una mirada atenta y humana hacia quien ha estado cerca de ella.
Esta sierva la había acompañado en el momento de esa aventura para vencer al
dictador y degollarlo. Como ancianos, se pierde un poco la vista, pero la
mirada interior se hace más penetrante: se ve con
el corazón. Uno se vuelve capaz de ver cosas que antes se le escapaban.
Los ancianos saben mirar y saben ver... Es así: el
Señor no encomienda sus talentos solo a los jóvenes y a los fuertes; tiene para
todos, a medida de cada uno, también para los ancianos. La vida de
nuestras comunidades debe saber disfrutar de los talentos y de los carismas de
tantos ancianos, que para el registro están ya jubilados, pero que son una
riqueza que hay que valorar. Esto requiere, por parte de los propios ancianos,
una atención creativa, una atención nueva, una disponibilidad generosa. Las
habilidades precedentes de la vida activa pierden su parte de constricción y se
vuelven recursos de donación: enseñar, aconsejar, construir, curar, escuchar…
Preferiblemente a favor de los más desfavorecidos, que no pueden permitirse
ningún aprendizaje y que están abandonados a su soledad.
Judit liberó a su sierva y colmó
a todos de atenciones. De joven se había ganado la estima de la comunidad con
su valentía. De anciana, la mereció por la ternura con la que enriqueció la
libertad y los afectos. Judit no es una jubilada que vive melancólicamente su
vacío: es una anciana apasionada que llena de dones el tiempo que Dios le dona.
Yo os pido: tomad, uno de estos días, la Biblia y
tomad el libro de Judit: es pequeño, se lee fácilmente, son diez páginas, no
más. Leed esta historia de una mujer valiente que termina así, con ternura, con
generosidad, una mujer a la altura. Y así yo quisiera que fueran nuestras
abuelas. Todas así: valientes, sabias y que nos dejen la herencia no del
dinero, sino la herencia de la sabiduría, sembrada en sus nietos.
Redacción ACI Prensa








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