Como os he tratado de exponer hay
dos formas de entender el infierno: un infierno paroxístico y brutal, el otro
es un infierno moderado parecido a una isla desierta habitada por desterrados.
Yo claramente, hace ya muchos
años, me he decantado por este segundo tipo de infierno. Un estado en el que
Dios interviene para que el sufrimiento no llegue más allá de lo que es
razonable.
En cierto modo, pienso que Dios
hace todo lo posible para que el infierno sea lo más habitable posible dado que
se ha visto forzado a dejar en ese estado a algunos de sus hijos.
Estoy seguro de que algunos de
mis lectores desearán (para los otros) un infierno de la venganza, un infierno
de la crueldad, un infierno en el que sufran sus habitantes todo lo que puedan.
Un infierno en el que sus moradores puedan hacerse todo el daño que puedan sin
que nadie pueda poner límite.
Pero estoy convencido de que en el estado de condenación cada uno sufre
según un grado propio, pero que ni en el más odioso de sus moradores ese estado
de sufrimiento es paroxístico todo el día, todos los días, durante millones de
años. Hay momentos en que sí, pero pienso que Dios atenúa ese fuego. Ese fuego
existe, pero un Dios que es padre interviene. Dios es bueno hasta con ellos.
Diré más, Dios interviene todo lo que su estado le permite. Nadie necesita más
de Dios que ellos. Dios interviene todo lo que ellos le permiten sin darse
ellos mismos cuenta de que su alivio, en el fondo, proviene de Aquél al que
odian.
P.
FORTEA
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