martes, 22 de julio de 2014

A.-EVANGELIZANDO


Lo que más puede distorsionar el ministerio de curación es, disociarlo del contexto de evangelización. La sanación aislada y separada del anuncio explícito de la salvación en Cristo Jesús carece de fundamento evangélico.

La promesa de Jesús:

-“En mi nombre expulsaran demonios, hablaran lenguas nuevas, impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán sanos”, viene inmediatamente después de la orden: “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación”. (Mc 16, 14-16).

Evangelizar es instaurar la salvación integra del hombre en Cristo Jesús, salvación que se extiende al cuerpo, al alma y al espíritu.

Curar sin anunciar la Buena Nueva de salvación es curanderismo. La curación realizada por Dios se presenta siempre en un contexto de evangelización. Jesús envió a sus apóstoles  a evangelizar y evangelizando a curar a los enfermos. No solo a curar ni solo a proclamar un mensaje. Las dos cosas van siempre juntas.

Un día estaba comiendo cuando alguien me preguntó indiscretamente: “Padre, ¿usted está seguro que tiene el don de curación”.

Yo no podía contestar inmediatamente, así que todos se me quedaron mirando, esperando mi respuesta.

Entonces dije: Bueno… estoy seguro que tengo la misión de evangelizar… loa signos y curaciones acompañan siempre a la predicación del Evangelio. Yo simplemente predico y oro mientras que Jesús sana a los enfermos. Así hemos hecho el equipo de trabajo y nos acoplamos bien.

La última palabra del Evangelio de Marcos es muy elocuente: “Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban”. (Mc 16, 20).

Por esta razón a mí no me gusta orar por los enfermos si no tengo la oportunidad de proclamar que Jesús está vivo y dar algunos testimonios que muestren que el Evangelio es verdad y que se vive hoy.

Yo soy testigo de que los milagros y curaciones se multiplican cuando anunciamos a Jesús. Yo no entiendo como todavía hay personas que se sorprenden y no aceptan los milagros. A mí me sorprendería más que Jesús no cumpliera sus promesas de sanar a los enfermos cuando anunciamos su nombre. Si Dios es maravilloso ¿por qué no habría de hacer maravillas?

Durante el congreso de Quebec en 1974 me pidieron un taller sobre los signos que acompañan la evangelización.  La sala de las conferencias estaba llena con unas 2,000 personas. Como había mucho ruido en el pasillo exterior, deje mi folder sobre el escritorio y yo mismo salí discretamente a cerrar la puerta para estar más recogidos.

En el pasillo estaba una señora en silla de ruedas que tenía cinco años y medio sin poder caminar. La invité a entrar pero ella me respondió:

-“Yo quería entrar pero no me dejan, pues la sala está llena y no puedo caminar”.

-Venga – le dije – y empujé la silla. Cerré la puerta y comencé mi conferencia, insistiendo en la importancia de anunciar a Jesús resucitado que sana y salva a todo el hombre y a todos los hombres.

Di el testimonio de mi curación y cómo el Señor nos cura con su amor. Subraye la importancia de testificar las maravillas del Señor en nuestra vida. Una persona se puso de pie y argumentó:

-Yo soy cristiano y creo en Dios. Pero también soy médico y creo que antes de afirmar que estamos curados deberíamos de tener un examen médico que certificara la curación; como lo hacen en Lourdes por ejemplo.

-Usted como médico, tiene el derecho a hacerlo,  pero cuando uno siente la sanación como fue en mi caso, no se puede esperar que digan los médicos para dar gracias a Dios…

El replico diciendo que deberíamos ser prudentes y mil cosas más, argumentando con palabras que yo ni entendía. Sus razones eran como hielo que caía sobre la asamblea, pues yo no sabía que contestarle.

Cuando todo se estaba viniendo abajo por la prudencia y la sabiduría de ese médico, la señora en silla de ruedas que yo había introducido en la sala sintió una fuerza, se levantó y comenzó a caminar sola por el pasillo de la sala.

Por un accidente de automóvil cinco años y medio antes, había tenido una delicada operación y le habían quitado las rotulas. Por tanto, medicamente ella no podría volver a caminar. Pero el Señor la levanto ante los aplausos y admiración de todo  mundo. Unos lloraban y otros la felicitaban. Su nombre era Elena Lacroix.

Al llegar al micrófono nos dio su testimonio. Cuando termino de hablar, y la gente aplaudía, me dirigí al médico y le pregunte si creía que deberíamos esperar un examen médico o si ya podíamos dar gracia a Dios.

El medico se tiró de rodillas al suelo. Era el más conmovido de todos. Se sentía apenado y avergonzado de haber hecho el ridículo. Yo le dije:

-No se preocupe. Dios quería hacer un milagro hoy y lo usó a usted para manifestar su gloria, diciendo: “Como el padre Emiliano no te puede contestar, Yo si lo haré”

Esta fue la primera sanación física que vi con mis ojos, precisamente al evangelizar.

¡Gloria a Dios!

P. Emiliano Tardif

FUENTE: JESÚS ESTÁ VIVO

Publicado por: José Miguel Pajares Clausen

(Continuará)

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