domingo, 19 de septiembre de 2010

LA VIRGINIDAD DEL CORAZÓN


El reinado del amor radica en la virginidad del corazón y es figura suya el lirio que se levanta como reina entre las flores del valle.

El amor es uno: dividido o compartido, es infiel. Las uniones genuinas consisten en el intercambio de los corazones. En el corazón es donde se verifica la unión, y para simbolizar la pureza de la misma, la esposa se viste de blanco.

También Nuestro Señor nos pide entrega absoluta de nuestro corazón, pues quiere reinar solo en él y no consiente que lo dividamos entre Él y las criaturas. Es Dios de toda pureza: ama a las vírgenes por encima de todo y para ellas guarda sus favores y el cántico del Cordero... su corte privilegiada la forman las vírgenes, que le siguen a donde quiera que va.

Jesús no se une más que a un corazón puro, y propio de esta unión es engendrar, conservar y perfeccionar la pureza, pues de suyo el amor produce, entre quienes se aman, identidad de vida y simpatía de afectos. El amor evita lo que desagrada y trata de agradar en todo, y como quiera que lo que más desagrada a Jesús es el pecado, el amor lo evita con horror, lo combate enérgicamente y muere contento antes de cometerlo.

Tal es la historia de todos los santos, de los mártires y de las vírgenes. Es sentimiento que ha de tener todo cristiano: todos debemos estar dispuestos a morir antes de ofender a Dios. Nada tan delicado como la blancura de la azucena, cuyo brillo empaña el más insignificante polvo y el menor aliento. Otro tanto pasa con la pureza del amor. El amor es de suyo celoso.

El título que Dios prefiere a todos los demás es el mismo que a nosotros nos es más caro, o sea,el Dios del corazón”: Deus cordis mei. ¡Ah!, el corazón de nuestro rey: él dirige la vida y es la llave de la posición. Nada extraño, pues, que todas las tentaciones del mundo ataquen al corazón y tiendan a conquistarlo, porque ganado el corazón queda también ganado todo lo demás, por lo que la divina Sabiduría nos dice: Hijo, guarda tu corazón con todas las precauciones imaginables, pues de él depende la vida: Omni custodia serva cortuum quia ex ipso vita procedit (Proverbios 4, 23). No reina Jesús en un alma sino por la pureza del amor. Pero hay dos clases de pureza en el amor de Jesucristo.

-La primera es la pureza virginal”, que brota como fruto natural del amor de Jesús. El alma prendada de este amor, prevenida de este atractivo, quiere consagrar su corazón a su esposo y hacerle entrega de todo: ut sit sancta corpore et spiritu (Corintios 7, 34) Es una azucena y Jesús se complace entre azucenas.

Reina en su espíritu sosegado y puro, donde la verdad sola resplandece. Reina en el corazón, donde se encuentra como Rey en su trono. Reina en el cuerpo, cuyos miembros todos le están consagrados y ofrecidos como hostia viva, santa y de agradable olor: Ut exsibetis corpora vestra hostiam viventim, sancta, Deo placentem. (Romanos 12, 1)

Esta pureza constituye la fuerza de un alma. El demonio tiembla ante una virgen, y por la Virgen fue vencido.

Corazones enamorados de Jesús, los hubo muchos en los siglos de persecución, muchos también en los siglos de la fe, y eso porque sabían apreciar en lo justo el honor de no entregarse y de no pertenecer sino al Rey de los cielos. Los hay también muchos hoy, a pesar de la guerra que le hacen el mundo y la sangre; son como ángeles en medio del mundo y como mártires de su fidelidad, pues los combates que les libra el mundo y los parientes son terribles y pérfidos, y no hay flecha que no se lance para arrancarles esa regia corona que de manos de su esposo Jesús recibieran.

Nuestro Señor recompensa esta fidelidad uniéndose con sus almas de modo que cada vez más íntimo, y como es pureza por esencia, incesantemente las va purificando y las truca (cambia) en oro purísimo.

No hay premio que pueda compararse al que ellas tendrán en el cielo: Vi – dice san Juan, el apóstol de la Virgen – que el Cordero estaba en el monte Sión, y con Él ciento cuarenta mil personas que tenían escrito en sus frentes el nombre de Él y el nombre de su Padre... Y cantaban como un cantar nuevo ante el trono del Cordero, y nadie podía cantar aquel cántico fuera de las vírgenes. Por ser vírgenes y estar sin mancilla siguen al Cordero donde quiera que vaya.

-Para los que no tienen esa corona de la pureza virginal, resta la pureza de la penitencia”. Es bella, noble y fuerte esa pureza reconquistada y guardada a la fuerza de los más violentos combates y de los sacrificios más costosos de la naturaleza. Hace al alma más vigorosa y dueña de sí misma. Es también un fruto del amor de Jesús. El primer efecto del amor divino al tomar posesión de un corazón contrito (arrepentido), es rehabilitarlo, purificarlo y ennoblecerlo; en suma, hacerlo honorable. Luego el amor lo sostiene en los combates que les sea menester sostener contra sus antiguos señores, sus hábitos viciosos.

El amor penitente da un ejemplo magnífico: es una virtud pública por los combates que libra y por las cadenas que rompe. Son sublimes sus victorias; su triunfo completo consiste en hacer al hombre modesto. Compremos por tanto, aún a costa de los mayores sacrificios, este oro aquilatado en el fuego de la pureza, para enriquecernos y revestirnos de la cándida vestidura, sin la que nadie entra en el cielo. Esto es lo que san Juan advierte al obispo de Laodicea: Suadeo tibi emere a me aurum ignitum, probatum, ut loclupes fias et vestimentis albis induaris. (Apocalipsis 9, -1 – 5)

¿Quién subirá al monte del Señor? El que es inocente en sus obras y tiene corazón puro. Purificarnos, tal es la tarea más importante de la viada presente. Nada manchado podrá entrar donde reina la santidad de Dios, y para verle y contemplar el resplandor de su gloria preciso es que el ojo de nuestro corazón esté completamente puro. Aún, aunque no tuviéramos más un átomo de polvo en nuestra túnica, no entraríamos en el cielo sin antes purificarlo en la Sangre del Cordero. Sobre ello ha empeñado el Salvador su Palabra, que no puede dejar de cumplirse: En verdad os digo que de toda palabra ociosa que dijeren, darán los hombres cuenta en el día del juicio (Mateo 12, 38)

Hay que purificarse sin cesar. Antes de huir a un desierto y condenarse a una vida de sacrificios, antes de abandonar todas las obras, por bellas y buenas que fuesen, que perder el tesoro de la pureza. Todas las almas que pudiéramos salvar no valen lo que la salvación de nuestra propia alma. Aquello que Dios quiere ante todo y por encima de todo, aquello sin lo cual todo lo demás para nada sirve, somos nosotros mismos. ¡Ah!, si no tenemos todas las virtudes heroicas y sublimes de los santos, seamos al menos puros, y si hemos tenido la desdicha de perder la inocencia bautismal, revistámonos de la inocencia laboriosa que nos comunica la penitencia. No cabe vida de amor sin pureza.
Fuente: Obras Eucarísticas
San Pedro Julian Eymard

El alma a la que amo sobre las demás debe ser como el lirio entre espinas. (Cantares 2, 2)

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