Cristo iba promoviendo una renovación de las costumbres y modos de ser de los hombres de todos los tiempos y naciones: predicó en el mundo el amor al prójimo.
Por: Emelly Tainara Schnorr | Fuente:
es.gaudiumpress.org
"El pecado es una
falta contra la razón, la verdad, la consciencia recta; es una falta al amor
hacia Dios y hacia el prójimo, por causa de un apego perverso a ciertos bienes.
Hiere la naturaleza del hombre y ofende la solidaridad" (CIC
1849). Esta sabia definición deja claro que los desórdenes y crímenes existentes
en el mundo tienen su raíz únicamente en el pecado.
Por causa de él, vemos como los hombres se endurecieron y se cerraron en el
egoísmo, olvidándose de Dios y de sus santos preceptos. En consecuencia, la
humanidad se alejó del benéfico camino del bien y de la virtud, cayendo en las
peores salvajerías y crueldades.
EGOÍSMO DE CAÍN: EL CAMINO
SEGUIDO POR LA HUMANIDAD
Al contemplar las páginas bíblicas, en los principios de la humanidad, luego
después de la caída de nuestros primeros padres, vemos un atentado contra el
primero y mayor Mandamiento de la Ley divina, que nos manda amar a Dios sobre
todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (Cf. Mt 22, 37).
Después de haber sido expulsados del Paraíso, Adán y Eva tuvieron dos hijos: Caín y Abel (Cf. Gn 4, 1-2). Ambos crecieron bajo
la mirada de sus padres, que se esmeraban en pasarles todas las enseñanzas
recogidas en el Jardín del Edén. Entretanto, Adán y Eva se espantaban con la
diferencia entre ellos: Caín, el mayor, era
orgulloso y violento, mientras Abel era justo y piadoso.
Con el pasar del tiempo, el primogénito se tornó agricultor, y el segundo,
pastor de ovejas. Después de algunos años, decidieron ofrecer sacrificios a
Dios. El inocente Abel ofrendó las primicias de sus rebaños y la carne más
suculenta de las víctimas, mereciendo el agrado de su Creador. Caín ofreció los
frutos de la tierra que no le hacían falta y estos fueron rechazados por el
Señor. Se inflamó de cólera y envidia contra su hermano, culminando en el
primer fratricidio de la Historia (Cf. Gn 4, 3-8).
¿POR QUÉ CAÍN ACTUÓ DE ESTA
MANERA?
Su interior era todo hecho de egoísmo. Caín se mantenía cumplidor de los
horarios y de los deberes porque él quería la atención de Eva; él quería oír a
Adán decir de él: "¡Qué hijo bueno tengo
yo!". Él quería el elogio, el incienso, el consuelo de ser bien
querido y bien visto. En el fondo, él hacía todas las cosas por amor propio.
Este amor propio lo llevó a matar al hermano. ¿Por
qué? Porque ese amor propio formaba parte del maligno. [...] Egoísta,
hijo del pecado y llevando las marcas del pecado dentro de él. Era un hombre
que hacía las cosas por puro interés.
Por tanto, Caín procedió de este modo por causa de su egoísmo y porque no tenía
verdadero amor a Dios; solamente se amaba a sí mismo, teniendo como resultado
la falta de amor al prójimo. Así siendo, sus obras se tornaron malas, al punto
de matar su hermano. El propio Nuestro Señor declaró a Santa Catarina de Siena
respecto a las maléficas consecuencias que el egoísmo trae: "[...] El egoísmo, que es la negación del amor por
el prójimo, se constituye como razón y fundamento de todo mal. Él es la raíz de
los escándalos, del odio, de la maldad, de los perjuicios causados a los
otros".
Sin embargo, ese episodio no tuvo su término en Caín; a través de él, se
delineaba el horrendo camino de egoísmo adonde la humanidad rumbaría. Pues, si
corremos los ojos en las Sagradas Escrituras, en ellas encontraremos innúmeros
hechos en los cuales trasparece la carencia de amor al prójimo en los hombres,
y cuánto ellos se ahogaron en la egolatría después de la caída original. El
vicio y el pecado reinaban sobre el mundo y la humanidad necesitaba de una
renovación que diese sentido a la existencia del hombre.
UNA NUEVA LUZ BRILLA EN EL
MUNDO ENTERO: UN MANDAMIENTO NUEVO
En una insignificante gruta, junto a la ciudad de Belén, nació un Niño,
trayendo la solución para el mundo. Él vino no solo para reparar los males
humanos, sino también dar un nuevo rumbo a la humanidad, como nos indica Mons.
Clá Dias: "Ya en su nacimiento, en un simple
pesebre, aquel Divino Infante reparaba los delirios de gloria egoísta
codiciosamente buscada por los pecadores. Él se encarnaba para hacer la
voluntad del Padre y, así, darnos el perfectísimo ejemplo de vida".
Emanaban de él afabilidad, dulzura, un deseo enorme de hacer el bien, una sed
ardiente de perdonar, atrayendo a todos e inculcándoles confianza. Cristo iba
promoviendo una renovación de las costumbres y modos de ser de los hombres de
todas las condiciones, de todos los tiempos y naciones: "Nuestro Señor Jesucristo [...] predicó en el mundo el amor al
prójimo. Y, sobre esta base enteramente nueva, Él renovó la Tierra, a tal punto
que la historia quedó dividida en dos grandes períodos: la era anterior al
nacimiento de Él y la Era Cristiana".
Así fue durante toda su vida terrenal: un abismo de
bondad, amor y misericordia. Entretanto, podríamos pensar que eso solo
cabe realizar a Dios, y no a los hombres. Ahora, si el Divino Maestro nos dejó
un ejemplo a seguir, quiere decir que ese es el camino por el cual debemos
trillar: "Amó a cada uno de nosotros para que
nos amásemos unos a otros".
¿Pero cuál es este camino? La ley mosaica era muy precisa: "Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, toda
tu alma y todas tus fuerzas" (Dt 6, 5); y: "Amarás
a tu prójimo como a ti mismo" (Lv 19, 18). Sin embargo, Jesús
amplió ese precepto cuando dijo: "Os doy un
nuevo mandamiento: Amaos unos a otros. Como yo os he amado, así también
vosotros debéis amaros unos a otros" (Jo 13, 34). Por este nuevo
mandamiento, mostraba que no bastaba amar al prójimo, sino era necesario amar
como Él amaba: en función de Dios y sin
pretensiones.
El amor así practicado nos renueva. Por él seremos hombres nuevos, herederos
del Nuevo Testamento [...]. Este amor, hermanos queridísimos, renovó también
los antiguos justos, los Patriarcas y los Profetas. Y después renovó los santos
Apóstoles. Es todavía el mismo amor que renueva presentemente a todos los
pueblos, y congrega todo el género humano que se esparce por el universo,
haciendo de él el pueblo nuevo. [...] La renovación adviene de la práctica del
mandamiento nuevo. [...] Oigan y guarden esta enseñanza: "Os doy un nuevo mandamiento: que os améis unos a
otros. No como se aman los corruptores, ni cómo se aman los hombres como
hombres, sino como se aman los hombres como son dioses y todos hijos del
Altísimo".
Por tanto, es a eso a lo que Nuestro Señor nos invita: tener
un amor por el prójimo llevado a un alto grado, al punto de, si es preciso, uno
dar la vida por el otro. Seamos santos, amándonos unos a otros por amor a Dios.








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