Sabías que Ricardo Palma participó en el combate del 2 de mayo contra los españoles y que por poco estuvo a punto de morir.
Mejor que sea el buen Ricardo que te narre esta y otras más historias en
el siguiente cuento de ficción histórica, escrito por nuestro comunicador Luis Eduardo Núñez
Centurión en el relato titulado: "Bajo la Palma de
Ricardo".
Aquí
la historia:
<<Estaba
en la vieja Biblioteca Nacional de Lima, en uno de sus tantos salones antiguos
que inspiran al limeño de a pie esa galantería y elegancia de la capital de
antaño. Era tarde y sabía que en cualquier momento darían la orden para cerrar
el recinto.
Mi tarea
era informar al público a tomar precauciones y desalojar el lugar sin
contratiempo. Las pocas personas que ahí se encontraban iban retirándose. La
biblioteca iba de a pocos recuperando ese silencio fúnebre que siempre la
caracterizó. ¡Misión cumplida!, me dije,
hora de retirarse.
Uno de
los encargados impide mi retirada y me da la orden que hasta el momento era la
más difícil de todas. ¿Cuál era?, pues
desalojar a un viejo de nombre Manuel, quien se encontraba en el lugar más
recóndito de la biblioteca. ¡No se diga más!, le
dije al delegado y me apresuré a retirar al anciano. ¿Qué
tan difícil puede ser pedirle a un señor de avanzada de edad que se marche?,
pensé.
La
biblioteca había apagado sus luces haciéndola misteriosa, sus lúgubres pasillos
me llevaban a los salones más oscuros. Ni una linterna tenía, únicamente mis
ganas de querer irme del lugar. De pronto, pude ver al viejo sentado en uno de
los aposentos más oscuros, leyendo bajo la luz de un candelabro dorado muy
antiguo, jamás había visto ese tipo de lámpara, tal vez el anciano lo tomó de
un museo. Es curioso, habiendo un interruptor que encienda la luz de la
habitación prefiera esa tenue iluminación. ¡Caballero,
es hora de que se marche!, la biblioteca está por cerrar, le advertí. El
anciano ni se inmuta, lee con paciencia, como si para él el tiempo no pasara.
Tenía que
acercarme, por cada paso que daba la luz de una vela me revelaba con más
claridad su rostro. ¿Dónde he visto esa cara?, me
pregunté. El viejo tenía unos lentes muy raros, solamente su nariz soportaba el
objeto, no tenía esas orejeras propias de unas gafas comunes. Estando a escasos
metros le hago una segunda advertencia: ¡Señor, por
favor debe de marcharse!, le dije levantando la voz. El viejo alza la
cabeza y me mira, sus ojos me analizaban mientras esbozaba una pequeña sonrisa.
¡No sea bellaco!, me dijo. Más respeto con sus
mayores, debería usted sentarse y apartarse del mundo que lo rodea con estos
hermosos libros, continuó. Perdoné don Manuel, no fue mi intención levantarle
la voz, me disculpé. De pronto, el viejo dejó de analizarme y continuó apacible
con su lectura. No pude aguantar la curiosidad, debía saber qué estaba leyendo
con notable tranquilidad, así que decidí sentarme a su lado. En ese momento, el
viejo toma su bastón y me lo acomoda en la cabeza.
El dolor
fue tan agudo que no pude evitar levantarme y pegar un grito. ¡Silencio, bellaco! ¿No ve que estamos en una biblioteca?, me
replicó. Yo no le he dado autorización para que se instale campante a mi
costado, continuó el viejo.
Dispénseme don Manuel, le dije mientras me sobaba la
cabeza. Ya es tarde y debemos marcharnos. El viejo hace caso omiso a mi
solicitud y no se inmuta. Don Manuel por favor, insistí. No tengo que escuchar
a un bellaco que no me llama por mi verdadero nombre, soy
Ricardo, me contestó. Disculpe usted don
Ricardo, pero aquí me dijeron que se llamaba Manuel... Así me nombraron
cuando me bautizaron, sin embargo en mi adolescencia decidí cambiarme el
nombre, me explicó.
Don Ricardo, por qué no deja su lectura para mañana, si desea lo puedo
acompañar a su hogar, le comenté. Este es mi hogar, estas paredes, este salón y estos libros
son mi vida entera, me explicó. En ese momento pude fijarme lo que el
anciano de porte bonachón leía. Tradiciones
Peruanas decía el libro. La alegría me embarga, el viejo dramaturgo de
carácter socarrón había regresado, no lo podía creer, él estaba aquí, había
vuelto para recuperar su biblioteca, regresó para escribir tal vez una
tradición más.
Don Ricardo Pal… Aún no menciones mi apellido, me
interrumpió. Te prometo retirarme “entre dos luces”, me
dijo. ¿Dos luces?, pero si únicamente tiene una
vela prendida, le expliqué. Tal esclarecimiento me hizo merecedor de
otro contundente bastonazo en la cabeza…
¡Bellaco!,
entre dos luces quiere decir al rayar el alba. De
pronto y como reviviendo una de sus incontables tradiciones, don Ricardo, al
fiel estilo de su narración “Al Pie de la letra”,
me dijo de forma muy contundente: ¡Pedazo de bruto!
Siéntate
y tengamos una buena plática, me sugirió mientras se acomodaba la bufanda.
Todavía sobándome la cabeza por el dolor, no pude evitar preguntarle sobre las Tradiciones Peruanas, historias que lo llevaron a
ser reconocido en muchos países. Todo comenzó en la
bohemia de mi tiempo, mis primeros textos eran satíricos y estaban escritos en
las revistas más famosas de la época. Mis primeras tradiciones las escribí allá
por 1872 y no son más que una de las formas que puede revestir la historia,
pero sin los escollos de ésta, me contó.
En
mi juventud también pasé por algunos periplos en altamar, en donde compartí
ciertas coincidencias con el ‘Caballero de los Mares’, señaló don Ricardo. ¿Estuvo usted en la
marina?, ¿Conoció a Miguel Grau?, no dudé en preguntarle. ¡Una pregunta a la vez bellaco!, me refutó el anciano
escritor. Era 1853 y ambos teníamos veinte años cuando
decidí ingresar a la marina, por coincidencia, Grau se inscribe también, luego
de sus muchas aventuras como marinero mercante, detalló.
Tiempo
después del combate en Angamos, propuse las siguientes palabras en una
inscripción que se le haría en su memoria, actualmente ese monumento se
encuentra en el puerto chalaco: “A Miguel Grau,
homenaje del pueblo del Callao”, explicó el anciano escritor.
¿Es cierto que gracias al telégrafo se salvó usted de morir en el
combate del 2 de mayo de 1866, contra la escuadra española? El viejo se toma el rostro y su apariencia cambia de repente, tal vez
recordarle los aciagos momentos de la guerra fue mala idea. Su faceta de
irónico y burlón cambia para mostrarme la tristeza de su corazón: El ministro de guerra don José Gálvez estaba conmigo en la
torre La Merced y no volé en mil pedazos porque él me envió en comisión al
telégrafo. Lástima que el ministro no corrió la misma suerte, gallardo señor de
quien ahora no se comenta nada, me explicó con nostalgia.
En ese
momento y con algo de dificultad, don Ricardo se pone de pie y examina todos
los libros del salón con un amor inimaginable. Le
gusta ser el eterno Bibliotecario Mendigo, ¿no es así? ¡Siempre!, me respondió. Luego que Chile nos
declarara la guerra y pasada las campañas del sur, supe de las terribles
incidencias de San Juan y Miraflores. Aquí viví los momentos más nefastos de mi
vida. Lamentablemente ya es muy tarde mi bellaco amigo y necesito descansar, ¿por qué no vienes a mi cumpleaños y terminamos esta
historia?, así me ayudas a concluir una última tradición.
Con una
grandísima alegría me levanté de mi silla y me retiré esperando con ansias el
amanecer para volverlo a ver… ¿Cómo, no te despides?, me
dijo don Ricardo y antes de que el viejo pudiera alzar su brazo para propinarme
un tercer bastonazo, le alcanzo a estrechar la mano y marcharme, no sin antes
decirle un hasta pronto y desearle buena noche.
No pude
cumplir con la orden de desalojarlo, pues entendí que la Biblioteca Nacional
era el hogar de don Ricardo y mientras me marchaba pude ver que el sencillo
anciano se despide desde una de las ventanas, como esperando a que vuelva.
Don
Ricardo vuelve a su silla, cierra su libro y con una ligera sonrisa sopla la
vela para dormirse en su ya conocida apacible calma.
Bibliografía: "Tradiciones Peruanas", Ricardo
Palma, "Ricardo Palma en la marina",
Carlos Zúñiga Segura (Biblioteca INEHPA)








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