Juan Duarte Martín
Le
rebanaron los genitales con una navaja de afeitar, le machacaron las tripas,
abrieron su cuerpo en canal de abajo a arriba con un machete, como el de un
cerdo, y, todavía vivo, le llenaron el vientre de gasolina y le prendieron
fuego.
Era el 15
de noviembre de 1936, en el arroyo Bujía del pueblo de Álora (Málaga). Juan
tenía 24 años y su único delito: ser diácono de la
Iglesia católica y negarse a apostatar de la fe que dio sentido a su corta
vida.
En el
calabozo de Álora, los milicianos se ensañaron con Juan Duarte. "Quizás para dar un castigo ejemplar y un
escarmiento", aventura Torres Mora. Una semana de pasión para él
desde el 7 al 15 de noviembre de 1936. Con torturas y humillaciones de todo
tipo: palizas diarias, introducción de cañas bajo
las uñas, aplicación de corriente eléctrica en los genitales, paseos por las
calles entre mofas…
Hasta
intentaron hacerlo pecar. Le mandaban a la cárcel mujeres, pero ninguna
conseguía acostarse con él. El último día, le enviaron una chiquilla de 16 años
y Juan volvió a rechazarla. "No lo he podido
convencer", salió diciendo la joven. Entonces, un miliciano lo
castró con una navaja de afeitar y entregó sus testículos a la chica:
-Paséalos
por el pueblo, le ordenó.
Pero,
hasta en el pueblo, el escarnio sentó mal y algunos vecinos fueron a ver a Juan
para convencerlo de que renegara de su fe y salvase la vida. Pero él no quería
renunciar "al tesoro de su fe". Ni
por salvar la vida. Sólo decía a sus sádicos captores: "Lo
que me hacéis a mí se lo estáis haciendo al Señor".
Presionado
por el pueblo, el comité miliciano decidió acabar con el diácono, que murió
achicharrado vivo, mientras decía:
-¡Ya lo estoy viendo…ya lo estoy viendo!
-¿Qué
estás viendo tú, desgraciado?, le espetó, indignado, un
miliciano, mientras descargaba su pistola en la cabeza de Juan.
Varios
días después de su muerte, algunos milicianos seguían disparando al cadáver.
Hasta que un vecino se acercó por la noche y lo enterró en el arroyo. Su
familia, que lo buscaba desesperada, tardó 7 meses en encontrarlo. Un monolito
recuerda hoy su memoria en el arroyo Bujía, a kilómetro y medio de la estación
de Álora.








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