En el año 1965 su Santidad Pablo VI escribió una carta encíclica con el título Mense Maio, en la que invita a rezar a la Virgen María en el mes de mayo. Dice él que uno de los motivos de su llamada lo constituía la situación internacional, «la cual es más oscura e incierta que nunca, ya que nuevas y graves amenazas ponen en peligro el supremo bien de la paz del mundo».
El Papa habla de
cómo la paz no se conseguirá solo por el trabajo y esfuerzo humano, es
necesario rezar a Dios y pedirle el don de la paz. «La paz no es solamente un producto nuestro
humano, sino que es también, y sobre todo, un don de Dios. La paz desciende del
Cielo; y reinará realmente entre los hombres cuando finalmente hayamos merecido
que nos la conceda el Señor omnipotente, el cual, juntamente con la felicidad y
la suerte de los pueblos, tiene también en sus manos los corazones de los
hombres». Nos invita a orar «con constancia y diligencia, como ha hecho siempre
la Iglesia desde los primeros tiempos; orando de modo particular con el recurso
a la intercesión y a la protección de la Virgen María, que es Reina de la paz».
Nos sentimos
identificados con lo que dice el Papa al contemplar la situación actual del
mundo de hoy y con ello debemos sentirnos impulsados a rezar, a orar. No
podemos ni debemos cesar en la súplica confiada a Dios, por medio de María.
Ella es medianera de todas las gracias. Esta intercesión la vemos al inicio
mismo de la Iglesia en Pentecostés, «intercedió
para que el Espíritu Santo descendiera sobre la Iglesia naciente, interceda
también ahora» (S. Juan Pablo II). La doctrina que sostiene tal
título es una verdad enseñada por el Magisterio ordinario universal, que afirma
que todas las gracias de conversión y santificación, merecidas por Nuestro
Señor a través de su pasión y muerte en la Cruz, han sido confiadas a la Virgen
María a fin de que las distribuya a los hombres de buena voluntad. Dice San
Bernardo: «Cuando Ella quiera, a quienes Ella
quiera, en cuanto Ella quiera». Dios ha querido darnos todo por
María y también quiere que lleguemos a Él por Ella. Toda nuestra vida tiene que
estar dirigida por María. Dios nos dará sus gracias si nos esforzamos por hacer
todo a través de Ella, con Ella, en Ella y para Ella. Ella solo puede ejercer
este papel de medianera si lo queremos. Entregarnos a Ella, consagrarnos a
Ella, ponernos en sus manos. Así lo expresaba San Maximiliano Kolbe: «instrumentos en sus manos inmaculadas». Si lo hacemos, Ella tomará
posesión de todas nuestras facultades y con Ella aplastaremos la cabeza de la
serpiente, venceremos todas las herejías y se establecerá el Reino del Sagrado
Corazón de Jesús.
Esta mediación de María no quita nada de la mediación
única de Cristo, como nos afirma la constitución dogmática Lumen Gentium: «sirve
para demostrar su poder. Pues todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen
sobre los hombres no dimana de una necesidad ineludible, sino del divino
beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo; se apoya en la
mediación de este, depende totalmente de ella y de la misma saca todo su poder.
Y lejos de impedir la unión inmediata de los creyentes con Cristo, la fomenta»
(LG, 60).
Si Dios mismo hizo de
Ella su morada, ¿cómo no vamos nosotros también amarla, a encomendarnos a
Ella? Dijo San Maximiliano Kolbe que «Él la creó tan poderosa que basta uno de sus deseos
para doblegar enseguida el Corazón infinito de Dios» y que «la
Inmaculada es la omnipotente suplicante. Toda conversión y toda santificación
son obra de la gracia, y Ella es la mediadora de todas las gracias».
Este mes de mayo es un mes muy propicio para esforzarnos
más en recordar las apariciones marianas, meditar en los cuatro dogmas de la
Virgen, honrarla como madre nuestra, reflexionar en sus virtudes, vivir una
devoción real y verdadera a María y dedicar un tiempo en familia a rezarla. La
devoción verdadera a Ella consiste en mirarla y hablar con Ella, demostrarla el
cariño haciendo lo que espera de nosotros, confiar plenamente en Ella e imitar
sus virtudes.
La cercanía de la
Virgen Santísima como nuestra Madre la hemos contemplado muchas veces en las
apariciones en Garabandal. Entre todas las apariciones marianas ciertamente se
podría decir que destaca esta por «vivir con Ella». La
frecuencia de las apariciones, la cercanía, el tratar las cosas de la
cotidianidad con las niñas, miles de muestras de su amor maternal hacia los
presentes... todo ello nos habla de un llamamiento a una relación íntima y
cercana. Ella se presentó en Garabandal así: «Yo, vuestra Madre». Y también decía: «Miro a mis hijos». Este mes también es un buen momento
para volver a leer los relatos, darle gracias y pedirle que tenga también estos
detalles con nosotros. Seguro que ya los tiene y que muchas veces no nos damos
cuenta de ello, por ello también le pedimos reconocer más claramente su
continua presencia y protección.
Que este mes sea un mes lleno de María.
Dios os bendiga








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