domingo, 14 de septiembre de 2014

LA LIBERTAD DEL CRISTIANO



Estamos en Jerusalén, en el cenáculo donde Jesús acaba de cenar por última vez con sus discípulos. Al ambiente de solemnidad propio de la fiesta religiosa que celebraban se une el presagio de que algo grande ocurrirá en las próximas horas. Jesús siente muy cercano el momento definitivo de su Pasión y comparte con sus apóstoles confidencias muy entrañables. Tras mostrarles gráficamente hasta dónde tienen que llegar para ponerse a disposición de los hermanos (les había lavado los pies, tarea que era propia de esclavos), les hablará del mandamiento del amor, de la unidad (la vid y los sarmientos), del amor y la prudencia ante el mundo. En ese contexto, les declara: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (San Juan, 15: 14-15). Jesús nos llama amigos, no siervos, porque la relación con Dios que Él nos enseña se basa en el amor, y el amor sólo pueden ejercerlo personas libres. Con una coacción suficientemente grande pueden obligarnos casi a cualquier cosa, pero nunca podrán imponernos amar a alguien.

Dios nos ha querido libres para tratarle con la confianza y el amor que sólo pueden mostrar quienes lo hacen libremente. Podría perfectamente haber diseñado una especie de robots humanos, que obedecieran ciegamente sus preceptos, conduciéndose en todo momento como el Creador quisiera. Pero, entonces, ya no sería el hombre hecho a “imagen y semejanza de Dios”, como nos indica el Génesis, porque no sería libre, no serían sus acciones fruto de una elección personal y consciente. La mayor parte de las criaturas que Dios ha querido crear no tienen esa capacidad de elección y se dejan guiar, de modo más o menos mecánico, por sus instintos. No puede decirse propiamente que un acto de un animal sea bueno o malo, porque no tiene calificación moral lo que no se ha elegido libremente, pero de alguna manera la misma existencia de los animales y las plantas da gloria a Dios, y siguiendo las indicaciones de su naturaleza está cumpliendo su destino eterno.

Jesús pedía un acto de fe a quien le solicitaba alguna curación: “¿Crees esto?” (San Juan 11: 26) le pregunta a Marta antes de resucitar a su hermano Lázaro. “Creéis que puedo hacer esto” (San Mateo, 9: 28) les pregunta a dos ciegos que querían ser curados. A nosotros también nos pide que mostremos nuestra fe en decisiones concretas, que confiemos en Él y aprovechemos los medios de gracia que nos concede. Nos recuerda la carta del apóstol Santiago que “la fe sin obras es una fe muerta” (Santiago 2: 17), que es preciso ejercer la libertad de hacer el bien para progresar en nuestra vida cristiana. Eso no significa que nuestras obras generen la fe, como si la gracia de Dios fuera producida por las obras. Más bien es al revés, si hacemos cosas buenas es porque Dios nos da su gracia, pero el hombre no es un espectador pasivo en este proceso. Puede corresponder a esa gracia o rechazarla, siguiendo su libertad. El Señor es el motor de nuestro vehículo espiritual, pero nosotros tenemos que llevar el volante, que cambiar las marchas, que pisar el acelerador o el freno. El conductor no es quien impulsa el coche, pero lo dirige, mejor o peor, y según esas decisiones el coche avanza por el camino adecuado o se pierde.


Dios al crear al ser humano libre ya previó que nuestra capacidad de elegir pudiera volverse contra Él y contra nosotros mismos, que en lugar de conducirnos según sus designios amorosos decidiéramos contradecirle, tomar un camino equivocado. Aun así, Dios ha preferido correr el riesgo de nuestra libertad. La libertad imperfecta origina el mal moral en el mundo, causa la violencia, el rencor, la explotación de unos seres humanos por otros. Si no fuéramos libres, no existirían esos males, pues actuaríamos siempre de acuerdo con la voluntad de Dios, pero tampoco podríamos agradarle, tampoco tendrían ningún mérito nuestras acciones buenas, tampoco habríamos sido creados a imagen de Dios. Sin libertad tampoco habría existido el pecado, por eso la Redención que nos ha ganado Jesucristo, tras una muerte dolorosísima, es también el pago de nuestra libertad. Ésta es la razón más radical del respeto cristiano por la libertad: se trata de un tesoro recibido de Dios Padre, ganado por la muerte de Dios Hijo y que nos asemeja al Dios amor, Espíritu Santo.
Que la libertad implique la posibilidad de errar no quiere decir que requiera el error. Nos recomienda San Pedro en su primera epístola: "Obrad como hombres libres, y no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad" (1 San Pedro 2: 16). La libertad explica el error, pero no lo justifica, porque también tenemos siempre la capacidad de hacer el bien al que nos conduce la verdad. El buen ejercicio de la libertad requiere reconocer la verdad, la realidad externa a nosotros, y el bien. Elegir sin contrastar esa elección con algún criterio de referencia, con algo que sostenga la verdad de nuestra condición humana, no conduce a ninguna parte. Elegir libremente es elegir sin coacción, conscientemente de que ésa es la decisión más adecuada, pero eso no quiere decir que cualquier decisión sea buena sólo porque se haya elegido libremente. “La verdad os hará libres” (San Juan, 8:32) nos dijo Jesús. La libertad, por el contrario, no nos hace verdaderos. La libertad es una
condición moral de las acciones humanas, pero sería absurdo considerar que todas las acciones humanas sean moralmente buenas solo porque se hayan hecho libremente, como si estuvieramos inmunes frente al error. Tenemos sobrada experiencia de que muchos de nuestros actos, hechos con plena conciencia e incluso con buena voluntad, se nos acaban evidenciando, quizás días o años más tarde, como claramente equivocados.

¿De dónde viene el mal uso de la libertad que nos lleva a tomar decisiones equivocadas? Simplificando las cosas, podemos señalar dos factores: de una conciencia errónea o de una voluntad débil. Elegir conscientemente algo equivocado, asumiendo que es verdadero, es un defecto del conocimiento. Elegir conscientemente algo equivocado, aunque sepamos que lo es, es un defecto de la voluntad. A mi modo de ver, éste es el más común de los defectos de nuestra libertad: decidimos erróneamente porque somos débiles para elegir lo verdadero, lo que sabemos que deberíamos hacer. Y como nuestra voluntad y nuestra razón están tan entrelazadas, si esa decisión equivocada se repite en el tiempo, acaba configurando unos hábitos que se convierten en principios de actuación.. Lo expresa bien Mafalda, el mas conocido personaje del humorista Quino: "¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!”. Necesitamos perfeccionar la libertad, adecuándola a aquello que nos hace mejores, tomando decisiones que nos engrandecen como personas. Eso supone algunas veces decir que no a lo que nos apetece de modo espontáneo, negarnos a lo que en un primer impulso preferiríamos hacer, porque sabemos que en el fondo nos acabará debilitando interiormente. Deberíamos elegir con la mirada puesta en nuestra finalidad última y no sólo en las circunstancias transitorias. Seguramente a muchos estudiantes universitarios les apetecerá más jugar al mus que asistir a clase, pero si hacen de esto una norma, seguramente al cabo de los años comprobarán cómo el que asistió a clase y dedicó las horas necesarias al estudio tiene muchas más posibilidades, vitales y profesionales, que los que malgastaron su tiempo por un carácter débil. Por supuesto que la diversión sana es compatible con el estudio; a lo que me refiero es a dejarse dominar simplemente por el instinto inmediato, negando por un placer efímero un valor que nosotros mismos consideramos más necesario, pero que no tenemos la suficiente voluntad como para llevarlo adelante.
Algunos críticos del cristianismo piensan que somos menos libres que ellos porque no tratamos de experimentar todas las posibilidades, incluida la de pecar, como si la libertad fuera una acumulación de opciones. La libertad se ejerce eligiendo conscientemente algo. Si la elección es buena, nos ennoblece; si no lo es, nos deteriora. Toda decisión equivocada es un atentado contra nuestra propia naturaleza y muchas también lo serán contra el bien de los demás. Afirmar que somos menos libres cuando no elegimos el mal tiene poco sentido, porque la libertad implica decidir conscientemente. Si optamos libremente por algo bueno, estamos acumulando más bondad, o lo que es lo mismo más felicidad; si optamos por un pecado, nos dañamos a nosotros mismos y, muchas veces también, a los demás. Tal vez a fuerza de repetir esa elección equivocada llegue un momento en que la conciencia se duerma, y justifiquemos como correcto lo que es en realidad fruto del acostumbramiento. El trato con Jesús nos permite sacudirnos esa autocomplacencia, seguir retando nuestra conciencia para vencer nuestros defectos, en lugar de pactar con ellos. La gran rebelión interior del cristianismo consiste en no resignarnos a nuestras debilidades, en plantear una batalla, con la ayuda de Dios, contra nosotros mismos, para sacar lo mejor de nuestro interior, y ahogar en virtud nuestras inclinaciones más mezquinas. Habrá caídas, porque somos seres humanos, falibles, pero para eso está el perdón de Dios, la contrición. Quienes nunca se equivocan, o, mejor dicho, quienes nunca creen equivocarse, son personas descarnadas, frecuentemente pedantes, demasiado perfectas para ser humanas. Quienes reconocen sus fallos y piden perdón por ellos se engrandecen internamente y son más capaces para comprender a los demás.


Si Dios quiso correr el riesgo de nuestra libertad, aun costándole su propia vida, es obvio que Dios quiere que le tratemos libremente, quiere contar con nuestras pequeñas fuerzas para agradarle, quiere que pongamos algo, siquiera un poco, de nuestra parte. El trato con Dios debería emanar de una libertad íntima, de un amor libre, que no responde a ninguna presión externa. Tal vez uno de los mejores resúmenes de la vida cristiana venga de la pluma de San Agustín: "Ama y haz lo que quieras". Los dos extremos de esta sencilla frase son imprescindibles para entenderla correctamente. Si amamos de verdad a Dios, haremos libremente lo que Dios quiera, porque nosotros lo querremos con todo convencimiento, como cualquier amor noble de esta tierra tiene por objeto agradar a la persona que ama. Si, por el contrario, hacemos lo que Dios quiere, pero sin amarle, nuestra vida será plana, mero cumplimiento de una normativa, de unos mandamientos impuestos desde fuera. Con esa actitud estaríamos reduciendo el cristianismo a un catálogo de preceptos, convirtiendo los medios en fines. Apagando la libertad, encendemos la rutina y empobrecemos un amor que de suyo está llamado a ser infinito, porque Dios es inconmensurable.
Como consecuencia de ese amor a nuestra libertad en el trato con Dios, tendremos también un profundo respeto a la autonomía de los demás, a su capacidad de decidir, aunque tomen opciones contrarias a lo que Dios les propone. Si Dios acepta esas decisiones que juzgamos equivocadas, ¿por qué nosotros vamos a impedirlas? Forzar la conciencia de nadie, incluso para obligarle a hacer el bien, parece una de las más flagrantes malinterpretaciones del querer de Dios. La conciencia es un santuario íntimo al que sólo podremos acceder si la otra persona nos abre su puerta, pidiendo ayuda.
El cariño verdadero por esa persona nos llevará a implicarnos, a ayudar, para evitar algo que degrada a esa persona a quien queremos, pero sin saltar una verja que sólo puede abrirse desde dentro.
Respetar la intimidad de los demás debería ser compatible con la sana preocupación por quienes queremos, con el interés de ayudarles, de servirles de apoyo. La apatía ante lo que puedan hacer, siempre que no nos afecte, tampoco es cristiana. Creo que lo expresa muy bien Susana Tamaro cuando afirma: “Detrás de la máscara de la libertad se esconde frecuentemente la dejadez, el deseo de no implicarse” Es difícil establecer una frontera justa entre respetar los errores de los demás y a la vez sentirse impelido a ayudarles a que los abandonen. Si el respeto convive con la preocupación por los demás, surgirá de modo natural nuestra sugerencia en lo que consideramos decisiones equivocadas. Dios, que podría cambiar inmediatamente a esa persona, no lo hace, y Él sabrá mejor que nosotros por qué. Él sólo quiere que nosotros sirvamos de altavoces de su palabra y de su vida, que nos impliquemos en ayuda a toda persona que nos rodea, también a descubrir la verdad, pero sólo ella puede llegar al convencimiento. Así, mantendremos un equilibrio entre la indiferencia, que no es cristiana, y la coacción, que tampoco lo es.
Que tratemos a Dios libremente es perfectamente compatible con cumplir sus mandamientos, como es compatible el amor de una madre con los sacrificios que la atención de sus hijos requieren, porque nace de un amor libre. Para un cristiano, los mandamientos no son restricciones arbitrarias que proceden de un Dios antojadizo, sino algo así como instrucciones de funcionamiento que nos sirven para rendir mejor nuestros talentos. Cuando compramos un nuevo electrodoméstico, consultamos el manual de uso, para poder aprovechar las posibilidades que han previsto sus diseñadores. Por ejemplo, si adquirimos una televisión, nadie considera que se está violentando su libertad cuando nos explican cómo sintonizar los canales o cómo modular mejor el sonido. A lo mejor puede hacerse de otra forma distinta a como prevé el manual, pero seguramente será menos directa, y casi siempre acabará por violentar la garantía del aparato.
Con las limitaciones de un ejemplo, eso mismo ocurre con los principios morales. Están fundados en el Amor del Creador por sus criaturas. No es un catálogo de normativas absurdas, sino un elenco de consejos para garantizar nuestra mayor felicidad. El dilema no está, entonces, en cómo seremos más libres, sino en cómo seremos más felices con el uso de nuestra libertad. El cumplimiento de los principios morales debería basarse en un convencimiento libre, y no tanto en un respeto más o menos mecánico a las normas establecidas, o en un miedo a las consecuencias negativas de no cumplirlas. En otras palabras, quien elige libremente realizar una acción buena o rechazar una mala debería hacerlo por la alegría que le produce el bien que esa acción lleva consigo, comprendiendo y aceptando en su intimidad las razones últimas de esa opción. Actuar moralmente sólo porque “lo dice la Iglesia”, sin entender las motivaciones últimas, es una forma pobre de religiosidad, y puede ser origen de posteriores abandonos.
Finalmente, la libertad cristiana también es compatible con tomar decisiones que comprometen nuestro futuro, incluso con aquéllas que lo hacen para el resto de nuestra vida La libertad no debería entenderse como ausencia de vínculos, de relaciones, porque no vivimos en una isla desierta, porque estamos limitados por nuestras propias medidas físicas y espirituales. Es bastante común actualmente que se acuse a la gente más joven de falta de compromiso; tal vez hay detrás un miedo a que las decisiones arrastren obligaciones que alteren el futuro. Se prefiere la indeterminación, pero no hemos de olvidar que sin decisiones no hay libertad, sin compromisos no puede construirse nada estable. Para un cristiano, la entrega de su vida a Dios, ya sea de modo exclusivo en el celibato, ya en el seno de una familia, compartiendo ese amor a Dios con el del cónyuge, es una manera extraordinaria de poner en juego la libertad. No es más libre quien no se compromete, temeroso de las consecuencias futuras de su decisión; sólo es más timorato, más apocado. Cualquier decisión implica cerrar otras posibilidades, tanto entregarse a Dios, como casarse con una determinada persona (y no con otra), comprar una determinada casa (y no otra), o estudiar una determinada carrera (y no otra), pero sin ese tipo de decisiones el ser humano quedaría reducido a una pura expectativa.

Emilio Chuvieco Salinero

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