jueves, 30 de junio de 2011

LOS OBISPOS DE CANADA ADVIERTEN A LOS JÓVENES CONTRA LOS RIESGOS DE LA CULTURA GAY



Valioso documento que aborda los temas más polémicos.

Aprueban una carta-vademecum sobre el ministerio pastoral dirigida a los jóvenes atraídos por personas del mismo sexo.

Para la Iglesia Católica es justo no discriminar a los gays, (está escrito en el Catecismo desde siempre) y no se puede quitar a los Estados la libertad de discutir sobre la bondad o no de la equiparación de las uniones homosexuales al matrimonio. Mientras por las calles de Nueva York los activistas gays celebran el reconocimiento de las uniones homosexuales, en el cercano Canadá la Conferencia Episcopal aprueba un documento sobre el riesgo de la cultura homosexual.

Para ello se ha creado una comisión constituida por los obispos canadienses que ha elaborado una carta-vademecum sobre el ministerio pastoral dirigida a los jóvenes atraídos por personas del mismo sexo. Las Sagradas Escrituras y la tradición enseñan que las relaciones sexuales entre personas del mimo sexo no están de acuerdo con la intención original de Dios, expresada en el plano de la creación, aclara el documento firmado por la Comisión para la Doctrina de la Conferencia Episcopal de Canadá. A las personas que enseñan el catecismo y a los demás educadores católicos les asigna la función de dejar claro que los actos homosexuales son inmorales y producen graves consecuencias para los jóvenes atraídos por personas del mismo sexo . Los padres tienen la responsabilidad moral más grande, educar a sus hijos e hijas en materia de sexualidad humana.

Los puntos de vista más controvertidos.
El documento del obispado canadiense afronta todos los puntos de vista más controvertidos sobre el tema de la homosexualidad, comenta la página web canadiense Lifesitenwes.com, sobre todo en lo que se refiere a una cultura gay que opone a las enseñanzas de la Iglesia su estilo de vida agresivo e inmoral. Según la doctrina católica la homosexualidad designa las relaciones entre hombres o entre mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas de su mismo sexo. Se manifiesta de formas muy variadas a lo largo de los siglos y en las diversas culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicable. Apoyándose en las Santas Escrituras, en la que se presentan las relaciones homosexuales como graves depravaciones, la Tradición siempre ha declarado que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados”. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva. Un número importante de hombres y mujeres presenta tendencias homosexuales profundamente arraigadas. Esta inclinación, objetivamente desordenada, constituye para la mayoría de ellos una prueba. Por eso, tienen que ser acogidos con respeto, compasión, delicadeza. Se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta. Estas personas están llamadas a realizar la voluntad de Dios en su vida, y si son cristianas, a unir al sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de su condición. En ningún caso pueden ser aprobadas. La doctrina católica especifica que las personas homosexuales están llamadas a la castidad. Mediante virtudes de dominio de sí mismo, educadoras de la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben, gradualmente y con resolución, acercarse a la perfección cristiana.

Lo que dice el Catecismo.
El Catecismo de la Iglesia Católica trata la cuestión de la Castidad y homosexualidad” en los números 2357-2359. Respecto al punto n° 2358, entre la primera versión del año 1992 y el editio typica, normativa, de 1997, hay una diferencia. En el primer texto se habla de tendencias homosexuales innatas, mientras que en el texto final se introduce el concepto de tendencias homosexuales profundamente arraigadas de las que se habla en la Instrucción publicada por la Congregación para la Educación Católica. La Iglesia dice sí al respeto de la persona homosexual, a la cual, en cuanto persona, se debe dignidad, acogida, ayuda. No se puede de hecho olvidar que la persona humana, en cuanto creada a imagen y semejanza de Dios, precede y trasciende su propia sexualidad, su propia orientación sexual. Las uniones homosexuales no tienen que ser legalizadas por un motivo natural: la ley civil no puede entrar en contradicción con la recta razón sin perder la fuerza de obligar a la conciencia. Las leyes, hechas por los hombres, tienen razón de ley sólo por ser conformes a la ley moral natural, reconocida por la recta razón, y porque respetan en particular los derechos inalienables de cada persona. Las legislaciones favorables a las uniones homosexuales son contrarias a la recta razón porque confieren a la unión entre dos personas del mismo sexo garantías jurídicas análogas a las de la institución matrimonial. Y por un motivo biológico-antropológico: en las uniones homosexuales están del todo ausentes aquellos elementos biológicos y antropológicos propios del matrimonio y de la familia. El Derecho Civil confiere a las parejas unidas en el matrimonio un reconocimiento institucional, ya que tienen la función de garantizar el orden de las generaciones y son por lo tanto de eminente interés público. Las uniones homosexuales en cambio no exigen una específica atención por parte del ordenamiento jurídico, porque no revisten el papel arriba citado por el bien común. Los homosexuales, como personas y ciudadanos, pueden siempre recurrir - como cualquier ciudadano haciendo uso de su autonomía privada - al derecho común para tutelar las situaciones jurídicas de interés recíproco.

Los políticos católicos.
¿Y cómo se tienen que comportar los políticos católicos respecto a las legislaciones favorables a las uniones homosexuales? Si se propone por primera vez ante la Asamblea Legislativa un proyecto de ley favorable al reconocimiento legal de las uniones homosexuales, el parlamentario católico tiene el deber moral de expresar clara y públicamente su desacuerdo y votar contra el proyecto de ley. Conceder el sufragio del propio voto a un texto tan nocivo para el bien común de la sociedad es un acto gravemente inmoral. En el caso de que esté ya en vigor una ley favorable a las uniones homosexuales, tiene que oponerse de todos los modos posibles y hacer notar su oposición. Si no fuera posible abrogar completamente una ley de este tipo, el parlamentario podría ofrecer lícitamente su apoyo a propuestas dirigidas a limitar los daños de dicha ley y a disminuir los efectos negativos en el plano de la cultura y la moralidad pública, a condición que quede clara y sea conocida por todos su personal y absoluta oposición a dicha ley y que sea evitado el peligro de escándalo. Las leyes civiles son principios que dan estructura a la vida del hombre en el seno de la sociedad, para el bien o el mal.

Estas tienen un papel muy importante y a veces determinante en la promoción de una mentalidad o de unas costumbres. Las formas de vida y los modelos que expresan no sólo configuran externamente la vida social, sino que también tienden a modificar en las nuevas generaciones la comprensión y la valoración de los comportamientos. La legalización de las uniones homosexuales estaría destinada por lo tanto a ser la causa del ofuscamiento de la percepción de algunos valores morales fundamentales y la pérdida de valor de la institución matrimonial. No existe ningún fundamento para asimilar o establecer analogías, ni siquiera remotas, entre las uniones homosexuales y el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia. El matrimonio es santo, mientras las relaciones homosexuales contrastan con la ley moral y natural. En la Sagrada Escritura las relaciones homosexuales están condenadas como graves depravaciones. Y los obispos canadienses lo recuerdan señalando con el índice la cultura gay.

Giacomo Galearri/Vatican Insider

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