jueves, 4 de noviembre de 2010

LA LEY DIVINA Y EL HOMBRE


Para ayudar al hombre, Dios promulga una ley escrita que le ayudará a conocer el camino de salvación.

La Ley Moral.
El hombre descubre en su interior la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo: es la ley moral. Esta ley proviene de Dios. Todo hombre nace con ella en el corazón. Podrá seguirla fielmente o no, pero la tiene dentro de sí mismo.

Cada hombre capta la ley moral a través de la conciencia. Resuena la voz de Dios en lo más íntimo del hombre y a través de esta ley Dios le va conduciendo a la felicidad y al Bien absoluto, pero de una manera libre.

La ley marca el camino recto, por eso la senda que marca es un camino de libertad, de verdadera libertad porque conduce al bien. Es al mismo tiempo un aviso de peligro para la libertad egoísta de que puede acabar en un fracaso.

La ley más importante y de la que derivan todas es la ley eterna o ley divina, que se puede definir como: «El plan de la divina Sabiduría en cuanto señala una dirección a toda acción».

El Concilio Vaticano II dice de la ley eterna: «La norma objetiva de la vida humana es la misma ley eterna, objetiva y universal, por medio de la cual Dios en su designio de sabiduría y amor, ordena, dirige y gobierna el universo y los caminos de la sociedad humana» (DH, 3).

Sus características son:
1. Inmutable. No puede cambiar, por ser Dios Inmutable. No depende para nada de los cambios que puedan provocar los hombres.
2. Suprema. Superior a los legisladores humanos. Las leyes humanas que vayan contra ella serán injustas, falsas y engañarán a los hombres.
3. Universal. Afecta a todos los seres creados sin excepción.

La Ley Natural.
La ley natural es la ley eterna grabada en los corazones de todos los hombres. Es exterior al hombre porque ha sido puesta por Dios en sus corazones. Es interior al mismo tiempo porque el hombre la descubre en su corazón.

No se puede decir que el hombre mismo produzca la ley moral natural, sino que el hombre descubre esa ley con su conciencia. La conciencia humana no determina lo bueno o lo malo, sino que juzga si su acción es buena o mala, según su conformidad con la ley divina que posee en su interior.

La dignidad humana se conserva y engrandece al no traicionar la ley natural. Actuar según ella, significa; actuar contra ella degrada al hombre y le lleva a oponerse a la Sabiduría divina que le quiere eternamente feliz.

La conciencia avisa sobre la moralidad de una acción sugiriendo al hombre lo que debe hacer. Una vez realizada la acción, si fue según la conciencia - y, por tanto, buena -, la conciencia aprueba la acción y recompensa con gozo y paz, aunque haya sido costosa. Si el hombre no siguió la conciencia, ésta reprueba la acción y le hará sentir remordimiento. Ciertamente los hombres pueden endurecer su corazón y acallar la voz de la conciencia.

La constitución Gaudium et spes tratando de la dignidad de la persona humana afirma: En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en el corazón en cuya obediencia consiste la dignidad humana en la cual será juzgado personalmente.

La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. La conciencia es la que de modo admirable da a conocer esa ley, cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. (GS, 16).

La ley Positiva.
Después de la creación el hombre pecó, y tras el pecado de Adán y Eva se dieron otros muchos. Todo ello llevó a una deformación de la conciencia humana que captaba con dificultad la ley moral. Dios decide entonces ayudar al hombre y le da la ley divino-positiva. Promulga una ley escrita y clara para que todos los hombres pudieran conocer sin dificultad los principales mandatos de la Ley divina, que eran el camino de salvación.

Esta revelación divina se realizó progresivamente y alcanzó su punto culminante en la Alianza de Dios con Moisés en el Sinaí. Allí junto a diversas disposiciones secundarias le da los diez mandamientos o Decálogo. (cfr. Ex. 20, 1-17; Dt. 5, 6-21.)
Enrique Cases

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