Anhelos que de algún modo manifiestan los deseos más profundos del corazón humano.
Por: Verónica Brunkow | Fuente: elblogdelafe.com
¿Quién no ha dicho tantas
veces en la vida: “Quisiera que ese momento no terminara…”, “que no te fueras de mi vida”,
“que se congelara ese instante”, “que esta experiencia no se acabara”, “que ese
amor permaneciera por siempre”?
Anhelos que de algún modo manifiestan los deseos
más profundos del corazón humano.
Aunque nos encontremos en una cultura donde lo “express” se cuela por todas partes, la búsqueda
por lo permanente está sutilmente infiltrado en todo lo que realizamos;
deseamos que nuestras iniciativas permanezcan, que nuestra creatividad impregne
su marca en el mundo, que nuestras ideas de alguna manera influyan y provoquen
un cambio… sin embrago, toleramos (no sin
cierto grado de frustración) que nuestras iniciativas, proyectos e ideas puedan
fracasar, lo que no toleramos tan fácilmente es que el amor, cuando se trata de
un verdadero amor, no permanezca…
De hecho, creo que muchos hemos experimentado
ansiedades frente a todo aquello que se relacione con la palabra “abandono”. Una palabra que genera miedo e
inseguridad.
En el horizonte del amor,
el abandono es una amenaza que nos atemoriza profundamente.
Deseamos permanecer en el
corazón de las personas que amamos. Es la garantía que quisiéramos tener de
nuestros seres más queridos, permanecer en el corazón de nuestros padres, de
nuestros hermanos, amigos, novio(a), esposo(a), hijos… que nada pudiera separarnos, ni las propias limitaciones, ni
los malos momentos, tampoco nuestros fallos… que
pudiéramos ser tan libres en ser lo que verdaderamente somos, con la total
seguridad que no hay nada, NADA, que
pudiéramos hacer para que nos amaran menos. Un amor incondicional es lo que
todos deseamos.
Ese mismo deseo, está
también presente en el corazón de Dios: “Permanezcan en mí”, y a su vez, nos
ofrece su garantía: “ y yo en ustedes”. Él quiere una relación de permanencia, porque es
la característica propia del que ama. Hemos escuchado muchas veces, tal vez
incluso como un eslogan: “Dios es Amor”. Si
esa es su definición por excelencia, podemos decir que Dios es Permanencia.
Siempre está y su manera de estar es amando. Por lo mismo, encontramos estas
palabras tan reveladoras del corazón de Dios en Isaías 49, 15:
“ ¿Acaso una madre olvida o
deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré.”
Nuestros deseos de permanecer en el amor,
manifiestan verdades profundas de nuestra esencia como seres humanos: Estamos hechos para un AMOR que permanece eternamente y
que somos AMADOS de manera incondicional, puesto que no hay nada que podamos
hacer para que Dios nos ame menos… “¡Yo no te olvidaré!”.
Me pregunto: ¿Qué
pasaría si pusiéramos menos condiciones para amar de verdad? Tal vez esa
sea una de las fuentes principales de nuestras “frustraciones”.
Una vez escuché a un sacerdote que decía: “Las
expectativas son semillas de frustraciones”. Descargamos nuestras
expectativas en las personas que amamos y terminamos siendo víctimas de las expectativas que nos hemos fabricado sobre ellas.
De hecho, Dios no tiene expectativas
puestas en nosotros…tiene Esperanzas. Si depositáramos más la esperanza en los que
amamos, se abriría un camino muy amplio para peregrinar sobre la senda del
verdadero amor, que es aquel que todo lo espera.
Si deseamos permanecer en
el amor, permanezcamos en el deseo de amar.








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