viernes, 30 de agosto de 2019

CONVERSANDO CON LOS COMENTARISTAS


ALFONSO, TE CONTESTO: Prohibir a un obispo ejercer la dirección espiritual con algún presbítero sería injusto. Un obispo puede ser tan bueno, tan sabio, que varios presbíteros de manera espontánea acabaran siendo dirigidos espiritualmente por él. En esos casos, no habría ningún problema en que se confesaran con él. Por supuesto que no podría usar lo conocido en confesión para sus decisiones.

Ahora bien, ya os dais cuenta lo complicado que es para un obispo una situación así si hay problemas. No puedo usar lo oído en confesión. ¿Pero puedo lo oído en una dirección espiritual?

¿Puedo no tener en cuenta que, fuera de la confesión, me ha dicho que ha perdido la ilusión y que ya no reza casi nada, cuando pensaba hacerlo formador del seminario? Y podríamos seguir con la casuística.

Lo repito, no se debe prohibir ni la dirección espiritual ni la confesión con el obispo. Hay casos en que esta relación de director y dirigido se puede dar de forma completamente natural y sin problemas. Pero lo normal, a lo largo de toda la Historia, es que eso haya sido excepcional.

A MENGÜAL LE CONTESTO: Los dos extremos son viciosos. Tanto el caso de un obispo que no hace nada en casos en que debería preocuparse e intervenir, como el caso del que (con mucho celo) cae en una invasión de la persona. Por ejemplo, cuando yo entré en el seminario de Pamplona, el bueno de don Tomás (que era un santo varón y al que me encomiendo muchas veces, ya murió) me hizo preguntas que eran más bien propias de una confesión general. Y, además, entrando en detalles. Ese sacerdote era un santo, pero ¿qué sentido tenía que cada seminarista le contase todas las intimidades al entrar en el seminario? Pues, efectivamente, no tenía ningún sentido aquello. No había en él ninguna conciencia de hacer algo malo. Lo hacía para conocer mejor a sus seminaristas. Pero era un error.

Por supuesto que la mayor parte de las veces, en la década de los 70 al año 2000, el error más común eran las omisiones por parte de los obispos. Los obispos deberían haberse preocupado de las almas de los sacerdotes. De aquellas almas que, claramente, se veía que necesitaban ayuda.

Ofrecer ayuda espiritual (por parte del obispo directamente o sugiriendo un sacerdote) no tiene nada de malo. El obispo le puede proponer que hablen cada semana si ve que el sacerdote está en buena disposición. El obispo puede tomar por sí mismo, directamente, sin intermediarios, la tarea de sacar a un sacerdote de la ciénaga de la tristeza, la tibieza, la falta de ilusión.

El problema es que, entre 5.000 obispos, algunos pueden acabar pensando que, a todo el presbiterio, se le puede dirigir espiritualmente. Y que los que se resistan es que no son dóciles.

POST DATA: No hace falta decir que casi todos los obispos se mueven en el campo de lo correcto. Ahora y en época pasadas ha sido así. Pero como veis, el error puede venir de los dos extremos, tanto de la omisión de lo que se debe hacer como de un intervencionismo invasivo. 

Normalmente a una época con muchas omisiones suele sucederse una tendencia pendular hacia la posición opuesta.

P. FORTEA

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