lunes, 27 de octubre de 2014

MIEDO ME DAN LOS OBISPOS A VECES


La crisis económica, y su corolario el desempleo, es una cuestión demasiado compleja y técnica para que se quiera despachar, terciando en el debate, con cuatro frases barrocas, sentimentales y buenistas.

Miedo me dan a veces los obispos cuando hablan de cuestiones que no son de su estricta competencia. No es que yo les niegue el derecho a opinar como cualquier hijo de vecino de lo que tengan por conveniente, pero siempre temo que pisando huertos ajenos no metan la patita hasta el corvejón. Les quiero demasiado para que no me duelan sus resbalones seculares.

Ahora la Comisión Episcopal de Pastoral Social que preside el bueno de don Juan José Omella, obispo de Calahorra Logroño-La Calzada y no sé si otras parcelas más, anda preparando un documento sobre la crisis económica y, como consecuencia, el paro laboral. Sólo de pensar lo que puedan decir me echo a temblar.

La crisis económica, y su corolario el desempleo, es una cuestión demasiado compleja y técnica para que se quiera despachar, terciando en el debate, con cuatro frases barrocas, sentimentales y buenistas. Eso ya lo hacen los políticos con su demagogia de barraca de feria, tanto mayor cuanto más a la izquierda se sitúan. Pero yo no creo que los obispos quieran imitar o competir en despropósitos con los aprendices de Lenín y sus bolcheviques.

Este es un asunto muy grave en el que los economistas serios y documentados tienen mucho que decir. ¿Se asesoran los obispos de los profesionales de la ciencia economía? Porque este es un asunto básicamente científico, que no se puede afrontar con recetas de aficionados. Si quisiéramos atajar una enfermedad o epidemia como el ébola tan de actualidad, no acudiríamos a curanderos, sino a médicos cuanto más experimentados mejor.

En España hay muchos excelentes economistas afines a la Iglesia, que estarían encantados, pienso yo, en colaborar con los obispos en temas económicos y sociales. ¿Hacen falta nombres? Pues ahí van unos cuantos cuyos títulos y méritos profesionales omito por ser de sobra reconocidos: Juan Velarde, José Tomás Raga, José Ramón Pin Arboledas, Javier Morillas, Rafael Pampillón y un larguísimo etcétera que me ahorro el citarlos.

Hay sujetos que ante cualquier cuestión o problema civil siempre quieren que los obispos hablen, que se “mojen”. Y digo yo, ¿para qué, para que resbalen en el suelo encharcado y se rompan la crisma? Este es un asunto muy viejo de quienes no se atreven a opinar por sí mismos y quieren que los obispos les saquen las castañas del fuego, siempre que la opinión pública de las mitras pueda coincidir con la suya.

En mis tiempo de enredador político-sindical ya había quienes decían estas cosas para ampararse o apoyarse en algún cayado episcopal a fin de levantar un poquito –muy poquito- la voz en defensa de las libertades que había suprimido el régimen aquel. A mí, esta actitud siempre me pareció desleal con la Iglesia. Si realmente estos tales tenían algo que decir, que lo dijeran por sí mismos en virtud de su condición de ciudadanos, aunque tuviéramos muchas limitaciones. Siempre había formas de enseñar la patita. Claro, te arriesgabas, si lo sabía yo, que bien lo sufrí.

Pero el mundo seglar es cosa de seglares. Sin impedimento de que la jerarquía pueda analizarlo y juzgarlo desde una óptica moral en función de su misión pastoral. Ahora bien, cuidando mucho lo que dice para no mear fuera del tiesto. Que es lo que ocurre con más frecuencia de la necesaria por falta del pertinente asesoramiento.

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